1.3. Racismo, xenofobia y etnocentrismo.

El racismo hunde sus raíces en la xenofobia, que no es otra cosa que el miedo irracional que sentimos hacia lo extraño y “los extraños”. Esta actitud o sentimiento es prácticamente innato y lo encontramos en todos los seres humanos, grupos sociales y naciones. La xenofobia es una desconfianza instintiva hacia el foraneo, percibido a priori como un enemigo potencial. Algunos autores defienden que tiene que ver con los instintos territoriales que observamos en los animales. Pero la xenofobia no es equiparable al racismo, ya que este no se presenta como un instinto, sino como una construcción teórica y racional. De hecho el racismo como ideología y dogma político no aparece en la historia sino muy recientemente, en el ámbito de lo que llamamos Modernidad.

Nadie está “programado” para ser racista. Lévi-Strauss en Raza e historia (1987) rechaza el supuesto innatismo del racismo.

“El racismo es una ideología precisa en la que se cree que hay una correlación entre el patrimonio genético y las capacidades intelectuales o disposiciones morales; que todos los miembros de una raza poseen esas cualidades; que hay razas superiores e inferiores, y que aquéllas más privilegiadas están “autorizadas” a dominar, explotar o destruir a las “inferiores” si fuere necesario”.[1]

Esta ideología trató durante el siglo XIX de encontrar fundamentos científicos que demostraran que las diferencias genéticas provocaban las correspondientes desigualdades de inteligencia, desarrollo cultural, afectividad, personalidad,… y, en consecuencia, justificaban el dominio de un grupo humano sobre otro, a la vez que atribuía a todos los miembros de un grupo las propiedades que se creían prototípicas de ese colectivo. Esta construcción ideológica ha impregnado doctrinas políticas y comportamientos sociales entre las que se pueden destacar: el colonialismo de las potencias europeas en África, Asia y Oceanía, el nacionalsocialismo de Hitler, una larga tradición de comportamientos post-esclavistas en las Estados Unidos, más marcados y persistentes en los estados sureños que pertenecieron a la Confederación y que llegaron a inspirar la mismísima Constitución Americana (1787) y una amplia legislación vigente en la República de Sudáfrica hasta la abolición del “apartheid” en 1991.

Los principios de “primacía de la persona” y de “igualdad de todos los seres humanos” en cuanto a dignidad y derechos serían suficientes para contrarrestar cualquier posible argumentación del racismo. Pero además los conocimientos científicos realizados en el último siglo han demostrado la falsedad de todas las supuestas bases “científicas” en que se asentaba, y no son pocos los autores que han tenido que ir pacientemente desmontando todas y cada una de las falacias del racismo.

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La xenofobia es una desconfianza instintiva hacia el foraneo, percibido a priori como un enemigo potencial. No es racismo, pero si puede producir las mismas consecuencias: discriminación, violencia, odio, etc.

Tampoco debemos confundir racismo con etnocentrismo que correspondería a la creencia de un grupo determinado de personas de que su cultura es mejor que las del resto de pueblos. En este sentido se rechaza al “otro” por ser de cultura diferente, pero si, renuncia a su cultura propia, y se asimilia a la “nuestra” será aceptado y perfectamente integrado. Esta situación se da con los inmigrantes que vienen a los países desarrollados, y que en muchos casos se les exige renunciar a sus usos y costumbres propios para integrarse en la cultura del país de acogida. Mientras el etnocentrismo rechaza el derecho a la diferencia, el racismo niega el derecho a la igualdad.

Esa misma situación se encontraría en la discriminación por motivos religiosos que tuvo lugar contra los judíos en la España del XV y en la Europa del Renacimiento. Estos eran perseguidos por razones religiosas, pero tenían la opción de cambiar de fe, cosa que en el caso del racismo biológico, un negro jamás podrá cambiar el color de su piel, ni un judío podrá dejar de ser judío.

Así pues, como apunta Julián Peragón, ”el etnocentrismo y la xenofobia son matrices culturales que favorecen la aparición del racismo en una sociedad concreta, pero si bien son condiciones necesarias, no son suficientes. Para que el racismo tome su verdadera dimensión, será preciso la aparición del componente ideológico de legitimación de la dominación en base a los caracteres propios y permanentes del otro”.[2]

etnocentrismo

El etnocentrismo es una actitud que consiste en considerar al grupo o cultura propia como superior, y es despreciativo respecto a otros grupos y culturas.

En las últimas décadas, los países que crearon esta ideología, han ido creando una propaganda de depuración histórica y se resisten a realizar un juicio histórico de lo que pasó. Parte de su estrategia se basa en las siguientes ideas clave:

  • El racismo siempre ha existido en todas las civilizaciones y por lo tanto no es un producto exclusivo del siglo XIX.
  • Todas las naciones han participado de una u otra manera en el racismo.
  • Asimilar racismo a xenofobia y por tanto justificarlo como algo natural y normal en las personas.

            Estas argumentaciones son claramente falsas y lo único que intentan es crear confusión y faltar a la verdad sobre las consecuencias históricas que supuso la ideología racista. A lo largo de estas páginas intentaremos aportar algo de luz sobre los verdaderos orígenes, causas y consecuencias del racismo como ideología antihumana.    

Autor: José Alfredo Elía Marcos   

[1] Lévi-Strauss, Claude. 1952 Race e histoire. París, Gonthier, 1967. 1968 De près et de loin. París, Odile Jacob, 1988. P. 208-209
[2] Peragón, Julián. Las raíces del racismo. Conciencia sin frontera. Nº 20. 1993
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