10.1. La teoría de la evolución como síntesis entre el monogenismo y el poligenismo

            El debate de la antropología naturalista de principios de siglo XIX se planteaba, como ya hemos visto en el capítulo cuarto entre los monogenistas y los poligenistas. Los primeros defendían un tronco común para todos los seres humanos, una raza primigenia que bien por degeneración (Blumenbach, Louis Leblerc) o por graduación (Prichard) habría ido originando la enorme diversidad racial que se observa distribuida por la Tierra. En el lado opuesto se encontrarían los poligenistas que rechazaban la unidad del género humano y hablaban de diferentes creaciones para cada una de las razas principales. El resto de “subrazas” se habrían formado por mezclas y aleaciones de los tipos raciales puros (Morton, Nott, Agassiz y Gliddon). El monogenismo se defendía en los círculos intelectuales europeos, mientras que el poligenismo tomó más relevancia en las escuelas de antropología americanas, si bien algunas de las escuelas europeas como la Sociedad Etnológica de París y de Londres recibieron la infuencia de estos postulados. En muchos casos el poligenismo fue empleado por los filósofos y científicos materialistas como arma arrojadiza contra la Iglesia Católica la cual siempre defiende la unidad del género humano.

            En medio de este debate Darwin publica su obra “El origen de las especies”, cuyo título completo es bastante esclarecedor: “El origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”. Según el antropólogo Marvin Harris, existen unas tendencias ideológicas subyacentes que condicionan el desarrollo de lo que él considera la síntesis darwinista. Por una parte está la insatisfacción de los científicos con la versión bíblica de la creación. La ciencia positivista del siglo XIX solo consideraba científico aquello que tuviera que ver con los hechos y que pudiera ser medido y cuantificado. Otro aspecto a considerar es la creciente presión por volver a la doctrina del progreso humano. En este sentido la teoría evolutiva permitía ordenar y clasificar las diferentes razas y culturas en orden creciente de progreso.

            De esta manera la teoría darwinista habría conseguido, según Thomas Huxley, conciliar lo mejor de las teorías monogenistas y poligenistas. Permitía aceptar que todos los grupos humanos pertenecían a la misma especie, y por otra parte explicaba la diversidad humana mediante diversos niveles evolutivos. Así lo expresa el historiador de la antropología George Stocking:

            “Las tensiones intelectuales generadas, se resolvieron después de 1859 mediante un evolucionismo amplio que era al mismo tiempo monogenista y racista, y afirmaba la unidad del hombre, mientras relegaba al salvaje de piel oscura a una posición cercana a la del mono”.[1]

No obstante siguió existiendo un debate poligenista que enlaza a los poligenistas anteriores a Darwin con James Hunt y algunos autores del siglo XX como Ernest Otón y Carlton Coon, quienes siguieron insistiendo en una filogenia separada, e intentando mantener una genealogía específica para los caucasoides. Los estudios genéticos actuales, con los descubrimientos del ADN mitocondrial y la hipótesis de la Eva primitiva, han tirado por tierra esta hipótesis y vienen a refrendar la teoría monogenista de un origen común para todo el género humano.

            La aparición de las teorías evolutivas de Darwin y Spencer a partir de la segunda mitad del s. XIX, coinciden también con un cambio en las motivaciones sociales. Por un lado se sigue defendiendo el racismo como ideología antropológica ya que permite no solo mantener la esclavitud, sino también las luchas de clases, las guerras nacionales y el colonialismo. Pero aparece una ideología paralela, específica del empresariado industrial: la doctrina del laissez-faire, que, en un contexto capitalista, justifica la competencia, el trabajo asalariado, los beneficios y la acumulación de capital.

            Según Spencer la lucha por la existencia es la lucha en la que predomina el más fuerte biológicamente hablando. Para él cada raza posee una serie de características fijas, mejores o peores, que la definen y que autorizan, según él, que un grupo racial humano luche por su pureza racial eliminando los especimenes impuros. De esta forma quedarían justificadas las guerras de conquista y de agresión contra aquellos pueblos que están destinados a vivir sometidos a los conquistadores. Esta aplicación de las doctrinas de Darwin a la vida social humana se le denominó “Darwinismo social”.

Spencer concebía a la humanidad “como un organismo viviente”. Así el Estado sería como una especie de superorganismo gigante, al cual se le pueden aplicar todas las leyes propias de un organismo biológico.

            Paul Bourget (1852-1935) asume los principios de Spencer y en 1885 escribe sus Ensayos de psicología contemporánea (1883) en donde señala que:

“Una sociedad debe ser asimilada a un organismo. Como un organismo […] ella se descompone en una federación de organismos menores, que a su vez se descomponen en una federación de células. El individuo es la célula social. Para que el organismo total funcione con energía, es necesario que los organismos componentes funcionen con energía, pero con una energía subordinada y, para que estos organismos menores funcionen con energía, es necesario que sus células componentes funcionen con energía, pero con una energía subordinada. Si la energía de las células se vuelve independiente, los organismos que componen el organismo total cesan paralelamente de subordinar su energía a la energía total y la anarquía que entonces se instaura constituye la decadencia del conjunto”.[2]

En la misma línea apuntó el filósofo español Julián Sanz del Río (1814-1869) principal divulgador del krausismo en España, quien en su obra “El Ideal de la Humanidad para la vida” (1861) apuntaba categóricamente que:

“El individuo humano se contiene todo en la humanidad, como parte y órgano esencial de ella; una misma naturaleza vive y quiere ser realizada históricamente en cada individuo, familia, pueblo y pueblo de pueblos”.[3]

Poco a poco el determinismo biológico se fue convirtiendo en el dogma que iría impregnando la política, la psicología, la antropología, las ciencias y el pensamiento occidental.

            En esta visión biológica de la sociedad va a tener mucha influencia la doctrina maltusiana sobre el crecimiento de la población. Para el economista inglés la población crece de manera geométrica, mientras que los alimentos crecen en progresión aritmética, de tal manera que esto explicaría las crisis sociales y las hambrunas de las clases trabajadoras. Según Thomas Malthus (1766-1834) debían de limitarse las uniones matrimoniales para limitar los nacimientos. Además las epidemias y las guerras serían beneficiosas para la humanidad ya que eliminaban los “excedentes” de población que un país no estaba en condiciones de soportar. Sobre estas premisas, los racistas defenderán la necesidad de la guerra de exterminio de la población inferior y de los pueblos atrasados. La guerra es considerada como la única y verdadera creadora de raza. El escritor y ecologista norteamericano William Vogt (1902-1968), en su libro “El Camino de la Esclavitud”, sostiene lo que él llama la “ley de la fertilidad consumida de la tierra”. Esta ley exige que los excedentes de la población humana, vuelvan al seno de la tierra para devolverle a ella su perdida vitalidad o fertilidad. Por ello recomienda el exterminio “ecológico” de las poblaciones humanas de la Unión Soviética, la de China y la de Japón, así como la ocupación de todos estos territorios por los imperialistas norteamericanos. Vogt defenderá una guerra mundial en la que se empleen medios de exterminio masivo con el fin de diezmar o destruir completamente a los pueblos de las razas inferiores.

            Según Marvin Harris, las teorías racistas y evolucionistas no serían más que un intento de racionalización de los imperios coloniales para mantener unos intereses muy concretos.

            “El racismo resultaba útil también como justificación de las jerarquías de clases y de castas; como explicación de los privilegios, tanto nacionales como de clase, era espléndido. Ayudaba a mantener la esclavitud y la servidumbre, allanaba el camino los nervios de los capitanes de industria cuando bajaban los salarios, alargaban la jornada de trabajo y empleaban a más mujeres y más niños”.[4]

            Varios son los autores que emplearán el racismo y el evolucionismo darwinista para justificar las aspiraciones imperialistas británicas: Thomas Henry Huxley (La lucha por la existencia en la sociedad humana, 1888), Benjamín Kidd (Evolución social, 1894), P. Charles Michel (Una visión biológica de nuestra política internacional, 1896), o Charles Harvey (La biología de la política británica, 1904).

4. David Rockefeller asumió las teorías de Darwinismo social para justificar la enorme fortuna que acumuló en vida mediante la competencia desleal.

El magnate de los negocios John D. Rockefeller amasó durante el s. XIX una gran fortuna a través del petróleo mediante una feroz y desleal competencia con el resto de compañías del sector. Estas terminaron siendo absorbidas por el gigante petrolífero consiguiendo así el monopolio de la industria. Rockefeller encontró en el darwinismo social las claves ideológicas que justificaban su agresiva gestión empresarial. Desde entonces tomó la causa darwinista como suya alentando estudios y concursos sobre el darwinismo y los negocios, y difundiendo su doctrina en escuelas y universidades. En una cena de negocios afirmó: “El crecimiento de un gran negocio consiste simplemente en la supervivencia del más apto… Esta no es una tendencia perversa en los negocios. Es sencillamente el desarrollo de una ley de la naturaleza”.[5] Dicho en otras palabras: el pez grande que se come al pez chico.

Otro de los multimillonarios socialdarwinistas fue Andrew Carnegie. El magnate del acero aseguró a los lectores d ela North American Review que “está ahí; no podemos esquivarla y no se han encontrado sustitutos para ella. Y aunque la ley puede ser dura para el individuo, es lo mejor para la raza, porque asegura la supervivencia de los más aptos en todas las esferas”.[6]

Spencer y Darwin además de resolver las disputas entre monogenistas y poligenistas habrían sido capaces de conectar la guerra, la raciación y la competencia del mercado encontrando un componente común: la lucha por la vida, que operaría en todas las esferas de la vida y sociedad humana, en una única ley de la evolución, “para completar así la biologización de la historia sin abandonar el sueño de la Ilustración del progreso universal”.

            Con una visión gnóstica bastante exotérica, en 1893, Thomas Huxley, uno de los discípulos más leales de Darwin, definió la evolución como aquel “proceso cósmico” mediante el cual el hombre y la naturaleza, avanzando por medio de la lucha, la selección y la supervivencia han llegado a su condición actual. Para Huxley la ética y la moral son el principal obstáculo para este proceso cósmico, en la medida en que impiden el desarrollo de las terribles leyes naturales de selección. De modo que, lejos de ser una guía para la moralidad, la evolución es una lección de inmoralidad. Por ello los darwinistas ensalzarán aquellas cualidades que los moralistas condenaban: la astucia, la fuerza bruta, la falta de piedad y la ferocidad.

           En este sentido, un amigo cercano a Darwin y profesor suyo, Adam Sedgwick (1785-1873) ya advirtió sobre los peligros a los que daría lugar la teoría de la evolución: “si este libro llegase a encontrar la aceptación generalizada de la gente, ello iría acompañado de una bestialización de la raza humana como nunca se había visto antes”.[7]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] George Stocking . cit. Laura Suárez y López Guazo. Eugenesia y racismo en México. UNAM, 2005. p. 61
[2] Paul Bourget. Cit. Remo Bodei. Destinos personales: la era de la colonización de las conciencias. Ed. El cuenco de plata, 2006. P. 204
[3] Julián Sanz del Río. Cit. María Teresa González Cortés. La Biopolítica. Revista El Catoblepas nº 65, julio 2007. p.12
[4] Marvin Harris. El desarrollo de la teoría antropológica. 1987. Cit. Marta Casas. Las teorías racistas de la primera mitad del siglo XIX como ejemplo de la racionalización de prejuicios. (Capítulo del libro “Modelar para gobernar”), Biblioteca de la Universidad de Barcelona, 2001. P. 41.
[5] John D. Rockefeller. Citado por R. Hofstadter, Social Darwinism in American Thought, Braziller, Nueva York, 1959.
[6] Citado en R. Hofstadfer, Social Darwinism in American Thought, edición revisada, George Brazillier, Nueva York, 1959, p. 45.
[7] A.E.Wilder-Smith. Man´s origin, man´s destiny. 1993.
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