10.2. El racismo de Darwin

            Quizás uno de los aspectos menos conocidos de Darwin es su profundo racismo. El estudio del pensamiento de su obra y de sus escritos, arroja bastantes luces para entender porqué sus teorías cayeron tan bien en los círculos de intelectuales racistas de la Inglaterra victoriana. Charles Darwin consideraba a los europeos blancos más “avanzados” que otras razas humanas. Presuponía que el ser humano evolucionó a partir de criaturas parecidas a los monos, de tal manera que mientras unas razas habían progresado más que otras en su evolución, las más atrasadas mantenían algunos rasgos simiescos aún.

            La obra de Darwin recibe la influencia del cirujano inglés William Lawrence (1783-1867), quien en 1819, en la obra Lectures on the natural History of Man afirmó con tonos claramente racistas que los indios americanos y “otros pueblos de piel oscura en todo el mundo” eran inferiores moral e intelectualmente a los blancos. Para Lawrence el clima no influye en la descendencia sino que esta es obra exclusiva de la intervención de los progenitores: los rasgos superiores serían aportados por el varón, mientras que los defectos y taras serían herencia de la mujer.

La obra de Lawrence se puede considerar predarwinista ya que de ella Charles Darwin tomará algunas ideas esenciales en la formulación de sus tesis:

  • Las diferencias mentales y físicas en el hombre son heredadas.
  • Las razas humanas han surgido por mutación, al igual que sucede en las camadas de los gatos, o en las razas de ovejas.
  • Que la selección sexual ha mejorado la belleza de las razas superiores y de las clases gobernantes.
  • El aislamiento de una raza permite que este conserve sus caracteres.
  • Las selecciones y exclusiones son los medios por los que la naturaleza consigue el cambio y la adaptación.

“Gran influencia en todo momento ha sido atribuida al cambio climático… [pero] tenemos abundancia de pruebas de que las diferencias de clima son ​​totalmente insuficientes para dar cuenta de las diferencias entre las distintas razas de hombres”.

“Estas señales diversidades que constituyen las diferencias de raza en animales… sólo se puede explicar por dos principios… es decir, la producción ocasional de una descendencia con caracteres diferentes a los de los padres, como una variedad autóctona o congénita, y la propagación de tales variedades de generación”.[1]

            En 1871 Darwin publica el libro “La Descendencia del Hombre y la selección en relación al sexo” donde comenta descaradamente que los negros y los aborígenes australianos son iguales a los gorilas y que con el tiempo, estas razas “inferiores” serían desplazadas evolutivamente por las “razas civilizadas”.

            Dedica en este libro un capítulo entero a las razas humanas. El primer problema que aborda es si éstas constituyen especies separadas o no. Para ello expondrá argumentos que apoyan una u otra hipótesis, aunque no se define claramente en favor de ninguna de las dos. Para Darwin, lo que unos llaman razas, para él no constituyen más que subespecies:

“Es casi indiferente que se designen con el nombre de razas las diversas variedades humanas, o que se les llame especies y subespecies, aunque este último término parece ser el más propio y adecuado”.[2]

Llegados a este punto es interesante ver la diferencia entre los términos especie y subespecie. Una especie se definiría como aquellos grupos de poblaciones con cruzamiento fértil entre sí que están aislados reproductivamente de otros grupos. El término subespecie haría más referencia a una raza geográfica que se distingue del resto por rasgos taxonómicamente reconocibles.

“Las razas, si se definen formalmente, son subespecies. Las subespecies son poblaciones que ocupan una subdivisión geográfica concreta de la distribución de una especie, y que son suficientemente diferentes en cualquier serie de sus rasgos como para ser taxonómicamente reconocibles […]. Son categorías de conveniencia […]. Las subespecies representan la decisión personal del taxónomo acerca de cuál es el mejor modo de representar la variación geográfica”.[3]

El concepto y las fronteras del término especie son nítidas y claras. Miembros de una especie que pueden cruzarse entre sí, originando descendencia fértil, mientras que el cruce con otras especies o es inviable o genera miembros estériles. No es igualmente claro las distinciones entre las diversas subespecies, ya que los límites son relativos y arbitrarios, y dependen de los criterios particulares empleados para definirlas.

En tiempos de Darwin estos conceptos no estaban tan precisados como en la actualidad y el aislamiento reproductor no constituía un criterio demarcador suficiente. Así lo reconocía el propio Darwin cuando afirmaba que:

“Si se llegara, de todas suertes, a la demostración de que todas las razas humanas cruzadas son del todo fecundas, aquel que quisiera por otras causas tenerlas por especies distintas podría con justicia observar que ni la fecundidad ni la esterilidad son criterios infalibles de la distinción específica […]. La fecundidad completa de las diferentes razas humanas entrecruzadas, aun cuando estuviera probada, no había de impedirnos considerar esas razas como especies distintas”.[4]

Aún así, Darwin tiene claro que el concepto de que la especie constituye una entidad biológica singular es esencial en la teoría evolutiva, y no así el de subespecie, como lo prueba la opinión que mantiene entre monogenistas y poligenistas a propósito de las razas:

“La cuestión de saber si el género humano se compone de una o muchas especies ha sido ampliamente discutida desde hace mucho tiempo por los antropólogos, dividiéndose al fin en dos escuelas, la monogenista y la poligenista. Los que no aceptan el principio de la evolución tienen que considerar las especies como creaciones separadas o como entidades en cierto modo distintas […]. Por el contrario, los naturalistas, que admiten el principio de la evolución, como la mayoría de los más modernos, no encuentran dificultad ninguna para reconocer que todas las razas humanas provienen de un tronco único primero; y esto sentado, les dan, según conviene, el nombre de razas o de especies distintas, a fin de indicar la importancia de sus diferencias”.[5]

La postura de Darwin es claramente monogenista, pues sostiene que las distintas razas se originaron por diversificación a partir de una sola especie ancestral porque considera que, desde un punto de vista evolutivo, es:

“Inadmisible que los descendientes modificados de dos organismos, que difieren uno del otro de un modo señalado, puedan después converger en punto tal, que el conjunto de su organización sea casi idéntico”.[6]

Sin embargo, la concepción que mantiene Darwin sobre las razas humanas es bastante contradictoria. Por una parte considera que estas se distinguen por una serie de diferencias que siguen una jerarquía que va desde las razas que denomina salvajes y que él cree inferiores, hasta las razas civilizadas, con los blancos caucasianos a la cabeza:

“Las diferencias de este género que existen entre los hombres más eminentes de las razas más cultas y los individuos de las razas inferiores, están escalonadas por delicadísimas graduaciones”.[7]

En la cumbre de esta graduación evolutiva se encontrarían:

“Las naciones occidentales de Europa, que tantas ventajas llevan en el presente a su progenitores salvajes, se encuentran, por decirlo así, en la cima de la civilización”.[8]

En el extremo opuesto situaría a los aborígenes australianos, escasamente dotados:

 “Enorme es, en efecto, la diferencia que bajo este respecto existe entre los términos que se comparan, aunque se tomen como tales la mente de uno de los salvajes inferiores, a quien faltan palabras para expresar una cantidad numéruica mayor que cuatro, y a quien con dificultad se le oiga usar término alguno abstracto para expresar objetos comunes o afecciones del ánimo, y el entendimiento del mono más bien organizado”.[9]

Para justificar esta inferioridad racial, Darwin empleará los argumentos de la craneometría de la época, según la cual la fisiología de las razas consideradas inferiores tienen un cierto parecido con la de los monos.

“El cráneo de estos idiotas (los idiotas microcéfalos) es más pequeño y las circunvoluciones del cerebro son menos complejas que las del hombre en su estado normal. El seno frontal, ampliamente desarrollado y trazando proyección sobre las cejas, y, asimismo, el extraordinario prognatismo de sus mandíbulas, dan a estos idiotas cierta semejanza con los tipos inferiores de la humanidad […]. Podemos considerar el simple cerebro de un idiota microcéfalo, en tanto que se asemeja al de un mono, como un ejemplo de retroceso”.[10]

No es de extrañar que atribuyéndoles esas semejanzas anatómicas, también se le atribuyan propiedades o facultades comunes:

“Bien conocida es la propiedad de imitación que se nota en los monos, de la cual se hallan también dotados los salvajes más atrasados”.[11]

Al caracterizar a lo que llama “tipos inferiores de la humanidad”, Charles Darwin no duda en asimilar la supuesta falta de desarrollo de ciertas aptitudes con la de los animales:

“A juzgar por los horribles adornos y por las músicas no menos desagradables que prefieren la mayoría de los salvajes, podría deducirse que sus facultades estéticas se encuentran en inferior estado de desarrollo al que han alcanzado algunos animales, por ejemplo, las aves. Es evidente que ningún animal será capaz de admirar espectáculos como una hermosa noche serena, un bello paisaje o una música clásica; pero gustos tan refinados como éstos se adquieren por la cultura y dependen de asociaciones de ideas muy complejas, que no pueden tampoco ser apreciadas por los bárbaros, ni aun por personas incultas”.[12]

El mismo juicio realizará en lo que se refiere a las facultades mentales:

“Por lo notorio no es menester que insistamos en la variabilidad o diversidad de las facultades mentales en los hombres de una misma raza, sin mencionar por supuesto las diferencias mucho mayores de los individuos de distintas razas”.[13]

Fiel al pensamiento de la época, Darwin cree en la existencia de tipos raciales puros. En más de una ocasión hace referencia a ello, como cuando habla de Australia del Sur, cuya última raza es “probablemente la más pura y homogénea en sangre, costumbres y lengua que existe en el mundo”. O por ejemplo cuando, refiriéndose a su viaje en el Beagle, habla del trato con un marinero negro, al cual le asigna la cualidad de puro:

“Siempre me sorprendía considerablemente en el tiempo que viví con los fueginos, a bordo del Beagle, los mil numerosos rasgos de carácter que me probaban lo semejantes que eran sus facultades a las nuestras, y otro tanto advertí en un negro puro con quien tuve mucho trato”.[14]

Sobre estas bases de pureza racial, no es de sorprender el miedo a la posible contaminación por mestizaje y la creencia de que la mezcla degradaba la raza.

A pesar de todo Darwin iba bastante a contracorriente de la opinión general en este tema, señalando que:

“Los caracteres distintivos de las razas humanas son harto variables […]. Difícil sería decir, ya que no imposible, cuál es el carácter que es siempre constante. Aun dentro de los límites de una misma tribu, están muy lejos los salvajes de ofrecer esos caracteres uniformes, como algunos pretenden”.[15]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] William Lawrence. Lectures on the natural History of Man, 1819.
[2] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 176
[3] Gould, 1987, pp. 201-202.
[4] Darwin, 1980, pp. 169-170.
[5] Darwin. El origen del hombre. Capítulo VII
[6] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 175
[7] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 71
[8] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 142
[9] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 70
[10] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 43
[11] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 130
[12] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 97
[13] Idem. p. 35
[14] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 175
[15] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 171
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