10.3. De la lucha por la supervivencia a la lucha por la raza

            Uno de los términos que Darwin tomó prestado de Thomas Malthus (1766-1834) fue el de la “lucha por la supervivencia”. Ya el clérigo inglés aseguró a finales del siglo XVIII que cuando los recursos escasean, los supervivientes luchan por ellos en feroz contienda. Esta hipótesis que Malthus aplicaba a la población creciente en las islas británicas, será la que inspire a Darwin para establecer su ley de la “selección natural” en la que los seres vivos “luchan por la supervivencia”.

»En octubre de 1838, es decir, quince meses después que había comenzado mi pesquisa, leí como pasatiempo lo escrito por Malthus sobre la población. Como estaba preparado para apreciar la lucha por la existencia que ocurre en todas partes, debido a mi continua y larga observación de los hábitos de los animales y de las plantas, inmediatamente me hizo dar cuenta que bajo esas circunstancias las variaciones favorables tenderían a ser preservadas y las desfavorables destruidas. El resultado de esto sería la formación de nuevas especies. Entonces, finalmente, disponía de una teoría por medio de la cual llevar adelante mis especulaciones«. Ch. Darwin.

En un medio ambiente determinado, sobrevivirán aquellos individuos que tengan las carácterísticas más adecuadas al mismo, es decir, se trata de la “supervivencia del más apto” y de la “eliminación de las formas menos eficaces”. Los individuos supervivientes transmitirán las “variaciones favorables” a las sucesivas generaciones.

“Dado que se producen más individuos de los que pueden sobrevivir, tiene que haber en cada caso una lucha por la existencia, ya sea de un individuo con otro de su misma especie o con individuos de diferentes especies, ya sea con las condiciones físicas de la vida (…). Viendo que indudablemente se ha presentado variaciones útiles al hombre, ¿puede acaso dudarse de que de la misma manera aparezcan otras que sean útiles a los organismos vivos, en su grande y compleja batalla por la vida, en el transcurso de las generaciones? Si esto ocurre, ¿podemos dudar, recordando que nacen muchos más individuos de los que acaso pueden sobrevivir, que los individuos que tienen más ventaja, por ligera que sea, sobre otros tendrán más probabilidades de sobrevivir y reproducir su especie? Y al contrario, podemos estar seguros de que toda la variación perjudicial, por poco que lo sea, será rigurosamente eliminada. Esta conservación de las diferencias y variaciones favorables de los individuos y la destrucción de las que son perjudiciales es lo que yo he llamado selección natural.” La selección de las especies. Charles Darwin

            El mismo Darwin trasladará su teoría científica al campo humano. En ese sentido condenará las ayudas de las instituciones estatales de beneficencia, así como la caridad cristiana que no hace otra cosa que interponerse en el curso “natural” de la existencia permitiendo la supervivencia de seres débiles que en otras circunstancias hubieran perecido. Su sostenimiento de la “caridad” no haría otra cosa que perjudicar a la raza humana:

 »Entre los salvajes, el débil, físicamente o de entendimiento, es rápidamente eliminado, y los que sobreviven exhiben normalmente un estado de salud vigoroso. En cambio nosotros, las personas civilizadas, hacemos los mayores esfuerzos por controlar ese proceso de eliminación. Construimos asilos para los imbéciles, tullidos y enfermos. Instituimos leyes protectoras del pobre y nuestros médicos se exigen al máximo en sus capacidades para salvar la vida de cada uno hasta el último momento. Hay razones para creer que la vacunación ha preservado a muchas individuos de constitución física débil, que de otro modo habrían sucumbido ante enfermedades comunes (viruela, etc.). De ese modo los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagaron su linaje. Nadie que haya prestado atención a la cría de animales domésticos dudaría que esto (el cuidado de los débiles) tiene que ser muy nocivo para la raza humana«. Charles Darwin: El origen de las especies

            Como muy bien puede verse, estos argumentos resultaban muy gratos a los oídos del establishment de la época. Imperalistas, capitalistas y esclavistas no tardaron en hacer suya esta teoría, pues daba una justificación “científica” al sistema político, económico y social que ellos habían creado y que querían mantener.

Dentro de esta mentalidad victoriana, el libro “El origen del hombre y la selección en relación al sexo” (1871) suscribirá el punto de vista de la sociedad de su tiempo en el que la superioridad intelectual del varón con respecto a la mujer permitían justificar la división del trabajo, así como un salario inferior para ellos. Darwin empleará las diferencias sexuales como una analogía solapada de las diferencias raciales.

“Por lo general se admite que cualidades como la intuición, la rapidez en la apreciación y, quizás, la capacidad de imitación, se encuentran más acentuadas en las mujeres; pero por lo menos algunas de estas facultades son características de las razas inferiores, y por ende de un estado de civilización más bajo y primitivo. La diferencia fundamental entre el poderío intelectual de cada sexo se manifiesta en el hecho de que el hombre consigue más eminencia, en cualquier actividad que emprenda, de la que pueda alcanzar la mujer (tanto si dicha actividad requiere pensamiento profundo, poder de raciocinio, imaginación aguda o, simplemente, el empleo de los sentidos o las manos)”. Darwin. El origen del hombre.

En su opinión la mujer está menos evolucionada, y por lo tanto es inferior con respecto al varón, pues este último al tener que buscar pareja ha desarrollado más sus facultades en la lucha evolutiva: “Por consiguiente, estas facultades han sido puestas a prueba, han sido objeto de selección de forma continua durante el progreso de la masculinidad”. En otro pasaje expresa su alivio de que las innovaciones evolutivas de cada sexo se hayan transmitido, por herencia, a ambos sexos evitando que entre varones y mujeres la desigualdad siguiera aumentando.

“De hecho, es una suerte que la ley de transmisión equitativa de los caracteres a ambos sexos haya regido, de forma general, para la clase entera de los mamíferos; de otro modo, es probable que el hombre hubiera adquirido tanta superioridad en capacidad mental sobre la mujer como la del pavo real sobre la pava en relación a su plumaje ornamental”. Darwin. La descendencia del hombre.

            Primo de Francis Galton, creador de la pseudociencia del eugenismo, Darwin fue un firme adepto de las tesis eugenistas. En su opinión la sociedad debería favorecer el crecimiento y desarrollo de los más aptos sin níngún tipo de trabas. En cambio habría de poner impedimentos y favorecer la competencia entre los hombres más pobres y desfavorecidos en la “lucha por la existencia”, para así evitar que se propague su especie.

“El mejoramiento del bienestar de la humanidad es un problema de los más intrincados. Todos los que no pueden evitar una abyecta pobreza a sus hijos deberían abstenerse del matrimonio porque la pobreza es no tan sólo un gran mal, sino que tiende a aumentarse, conduciendo a la indiferencia en el matrimonio. Por otra parte, como ha observado Galton, si las personas prudentes evitan el matrimonio, mientras que las negligentes se casan, los individuos inferiores de la sociedad tienden a suplantar a los individuos superiores. El hombre, como cualquier otro animal, ha llegado, sin duda algunas, a su condición elevada actual mediante “la lucha por la existencia”, consiguiente a su rápida multiplicación: y si ha de avanzar aún más, puede temerse que deberá seguir sujeto a una lucha rigurosa. De otra manera caería en la indolencia, y los mejor dotados no alcanzarían mayores triunfos en la lucha por la existencia que los más desprovistos. De aquí que nuestra proporción o incremento, aunque nos conduce a muchos y positivos males, no debe disminuirse en alto grado por ninguna clase de medios. Debía haber una competencia para todos los hombres, y los más capaces no debían hallar trabas en las leyes no en las costumbres para alcanzar mayor éxito y criar el mayor número de descendientes. A pesar de los importante que ha sido y aún es la lucha por la existencia hay, sin embargo, en cuanto se refiere a la parte más elevada de la naturaleza humana otros agentes aún más importantes”.[1]

            En realidad fue la obra la Darwin, la que influyó en Francis Galton para elaborar su doctrina eugenésica. Con el fin de salvaguardar la imagen de un Darwin bueno y puro se soslaya esta faceta oscura de su pensamiento. Pero como afirma el filósofo e historiador francés Pierre Thuillier, lo que si es claro es que su obra contiene todas las premisas fundamentales del razonamiento eugenésico.

            La lucha por la existencia, bien podía trasladarse al ámbito cultural y a la relación entre los pueblos. Para Darwin las razas luchan entre sí, quedando las superiores como supervivientes, mientras que las razas inferiores quedarían eliminadas y reemplazadas por las primeras.

»En algún momento de un futuro no muy distante como para medirlo en siglos, casi con toda certeza las razas humanas civilizadas exterminarán y reemplazarán a las salvajes en todo el mundo. Al mismo tiempo, los monos antropomorfos… sin duda, serán exterminados. La diferencia entre el hombre y sus allegados más cercanos se presentará entonces más amplia, porque será la que corresponderá entre el ser humano con una civilización incluso mayor —como es de esperar— que la de los caucásicos y la de algunos monos tan inferiores como el mandril, en vez de como se presenta ahora entre el negro africano o el australiano y el gorila«.[2]

            Para este naturalista inglés la civilización europea occidental constituía la cima del progreso, y por ello estaba llamada a dirigir a los “salvajes” escasamente civilizados, por el camino de esta civilización “superior”.

            Sin embargo se apartaba del determinismo radical, al aceptar que las facultades morales podían perfeccionarse gracias a factores sociales, como la educación, la religión o el arte, más que con la acción directa de la selección natural.

“En la actualidad, las naciones civilizadas se han sobrepuesto en todas partes a las bárbaras […] siendo el principal instrumento de su triunfo, aunque no el único, el desarrollo de las artes, que, como se sabe, radica en las facultades intelectuales”. [3]

Respecto a la esclavitud, Darwin se manifestó en numerosas ocasiones en contra, si bien consentía que en tiempos pasados pudo ser beneficiosa.

“La esclavitud, aunque en cierto sentido beneficiosa en los tiempos antiguos, es un gran crimen; y, sin embargo, sólo hasta hace muy poco han venido a reconocerlo las naciones más civilizadas del mundo”.[4]

Su actitud siempre fue abolicionista y no dudó en mostrar duros reproches ante el trato vejatorio sufrido por los esclavos:

“Los que excusan a los dueños de esclavos y permanecen indiferentes ante la posición de sus víctimas no se han puesto jamás en el lugar de estos infelices, ¡qué porvenir tan terrible, sin esperanza del cambio más ligero! ¡Figuraos cuál sería vuestra vida si tuvieseis constantemente presente la idea de que vuestra mujer y vuestros hijos – esos seres que las leyes naturales hacen tan queridos hasta a los esclavos – os han de ser arrancados del hogar para ser vendidos, como bestias de carga, al mejor postor! Pues bien; hombres que profesan gran amor al prójimo, que creen en Dios, que piden todos los días que se haga su voluntad sobre la tierra, son los que toleran, ¿qué digo?, ¡realizan esos actos! ¡Se me enciende la sangre cuando pienso que nosotros, ingleses, que nuestros descendientes, estadounidenses, que todos cuantos, en una palabra, proclamamos tan alto nuestras libertades, nos hemos hecho culpables de actos de este género!”.[5]

La selección natural como justificación de la guerra

            Antes de estallar los movimientos revolucionarios, los pueblos no se mezclaban en las guerras de reyes y príncipes, ya que estos empleban ejércitos profesionales de mercenarios. Sin embargo la revolución en América del Norte hizo que las milicias se formaran con el pueblo llano, bajo el argumento progresista de que la guerra, al carecer de distinciones sociales, era un asunto que incumbía a la gente de a pie. La Revolución Francesa consagró el lema “Morir por la patria”. A partir del entonces la guerra fue cosa del pueblo, “de un pueblo de 30 millones, que se consideraban todos ciudadanos”, afirmaba Karl von Clausewitz. Y añadía: “con esa participación del pueblo en la guerra […] los medios que se aplicaban, los esfuerzos que podían ser ofrecidos, ya no tenían un límite preciso; la energía con la que se podía librar la guerra misma ya no tenía contrapeso alguno, y en consecuencia el riesgo para el adversario era extremo”.

            La llegada de la Revolución francesa y de Napoleón Bonaparte hizo posible la aparición del concepto de guerra moderna, de guerra absoluta “en su demoledor energía”. El propio Napoleón, promotor de las más altas aventuras criminales, afirmó después del desastre de la campaña rusa, con un alto grado de cinismo: “¡A un hombre como yo le tiene sin cuidado la vida de un millón de hombres!”. Por todo ello los Estados se vieron en la necesidad de encontrar argumentos para justificar la llamada a filas de la juventud de sus naciones, y la conveniencia de la guerra entre naciones. Las teorías darvinistas favorecieron dicha justificación.

            Para Darwin la biología de los seres vivos estaba teñida de rivalidad y de tensiones, envuelta en enfrentamientos y luchas. A su juicio la vida provocaba desenlaces, fracturas, tragedias, de forma y manera que solo sobrevivían los más aptos. Por tanto, el acto de vivir siempre implicaba, según Charles Darwin, competir, pelear, rivalizar bien por el alimento, bien por la hembra, bien por la supervivencia. En “The descent of Man” profetiza que las razas más capaces habrán eliminando a las menos capacitadas, salvo que esta última, por vivir en ambientes extremos para la supervivencia humana, dejarán de tener interés para la colonización. El papel de raza “más capaz” lo reservaba a los anglosajones de quienes dice:

            “Podemos adivinar que una nación que ha producido durante un largo periodo de tiempo el mayor número de hombres con gran capacidad intelectual, enérgicos, valientes, patrióticos y benevolentes, prevalecerá con toda probabilidad sobre otras naciones menos favorecidas”.[6]

            “Es en apariencia muy verdadera la opinión de los que entienden proceder el admirable progreso de Estados Unidos, como también el carácter del pueblo, de la selección natural; los hombres más enérgicos, los más vivos y valientes de todas las partes de Europa, durante las diez o doce postreras generaciones han emigrado a este gran país y mejorado en él de condición”.[7]

            Influido por estas ideas bélico-biológicas de Darwin el sociólogo y paleontólogo estadounidense Lester Frank Ward (1841-1913) relacionó la evolución social con la evolución cósmica. Lester F. Ward defenderá el valor positivo de los actos de guerra pues, según él, cuando las razas dejan de pelear y enfrentarse entre sí, el progreso, auténtico motor de la historia, se detiene.

“La guerra ha sido de hecho la condición principal y directora del progreso humano (…). En cuanto las razas dejan de luchar, el progreso se para; no quieren para nada el progreso y no realizan ninguno”.[8]

            Max Nordau reconocerá la influencia de las teorías darwinistas para justificar la guerra.

“La mayor autoridad entre todos los defensores d ela guerra es Darwin. Desde que ha sido promulgada la teoría de la evolución, pueden justificar su barbarie natural con el nombre de Darwin y proclamar los instintos sanguinarios de sus corazones como si fuesen la última palabra de la ciencia”.[9]

El historiador y polítólogo alemán Heinrich von Treischke (1834-1896) afirmaba que el Estado es una comunidad moral que está llamada a educar la raza para convertirse en una nación con un verdadero carácter nacional. Para Treischke la idea de paz perpetua es una ilusión propia de caracteres débiles, y la debilidad es el mayor pecado para un Estado. Por ello la guerra es una drástica medicina para la raza humana, que evita la debilidad y la decadencia de la misma.

            El geólogo estadounidense Joseph Le Conte (1823-1901) publicó en 1892 el libro The Race problem in the South (El problema racial en el Sur) en donde mostró argumentos brutalmente darvinistas para justificar la esclavitud de los negros y el exterminio de los indios americanos. En su opinión cuando dos razas entran en contacto, una debía someter a la otra. Si la raza más débil se hallaba en un estado de desarrollo primitivo – como sucedía, a su parecer, con los negros -, era apropiada la práctica de la esclavitud, pues permitía moldear la mentalidad “primitiva”. En cambio, si la raza había logrado un grado mayor de sofisticación, como era el caso de los pieles rojas, era “inevitable su exterminación”. Le Conte era presidente de la Asociación Americana para el Desarrollo de la Ciencia y sus planteamientos gozaron de gran consideración en los círculos académicos del momento.

Muchos otros escritores occidentales alabarían el valor de la guerra como medio para la selección racial. Tal fue el caso del escritor Karl Bertsche y del oficial alemán Ernst Jünger. Bertsche en su obra “La guerra, alimento del alma” (1917) declaraba en términos darwinistas, que la guerra, al igual que la enfermedad, la indigencia y la muerte, permitía la selección de los mejores seres humanos. Es más, señalaba Bertsche, la guerra tiene el mérito de hacer renacer en el ser humano sus fuerzas más puras hasta niveles verdaderamente insospechados. En una carta dirigida a su editor Bertsche declara que existe una guerra declarada contra los judíos.

“Los descendientes de los judios que azotaron a Jesús son castigados todavía hoy en todo el mundo. El hecho de que se persiga a estos malditos pervertidos en todas las partes… no es de ninguna manera injusta, ya que, aparte del diablo, los cristianos no tienen mayor enemigo que los Judios. Debido a sus muchas profanaciones, estas bestias no merecen que nadie se preocupe por ellos, y mucho menos tener contacto con ellos”. K. Bertsche

            De igual manera se posicionaba Ernst Jünger quien en su libro “Tormentas de acero” (1920), un auténtico best-seller de la época, veía en el conflicto bélico una expresión de la ley de la naturaleza.

            Para el eugenista Karl Pearson la vida era lucha, y la guerra una forma de selección natural.

            “El progreso nacional depende de la aptitud racial y la prueba suprema de esa aptitud es la guerra. Cuando la guerra cese, la humanidad ya no progresará pues no habrá nada que controle la fertilidad del individuo inferior”.[10]

            Las ideas del darwinismo social, junto con el monismo de Haeckel, influyeron mucho en Alemania justificando sus tendencias colonialistas, militaristas y expansionistas de dominación del mundo.

“En la naturaleza no existe esa paz idílica que cantan los poetas; en todas partes encontramos lucha y afán de aniquilar al vecino y a los competidores… Por consiguiente, la totalidad de la historia de las naciones… ha de ser explicada por la selección natural. La pasión y el egoísmo, conscientes o inconscientes, son por doquier la fuerza motriz de la vida”.[11]

            Los sectores más reaccionaros y prósperos de la sociedad occidental vieron en las teorías evolucionistas una forma de justificar la dominación sobre otras razas. Por eso se habló de sociedades aptas y no aptas, de razas evolucionadas y primitivas, de individuos aventajados y torpes… y, sobre todo, de seres humanos que nacían con derecho para someter a otros, destinados por nacimiento a la servidumbre y la sumisión.

            El darwinismo social también tenía sus contradicciones. Si Ernst Haeckel había llegado a la conclusión de que el desarrollo de los organismos individuales compendia y sintetiza la historia orgánica de toda su especie, para el sociólogo Gumplowicz el individuo era fruto del pensamiento colectivo, mientras que para el escritor Maurice Barrés (1862-1923) las personas no eran dueñas ni si quiera de sus propios pensamientos, pues estos no eran sino disposiciones psicológicas muy antiguas que movían y dirigían a las personas.

            La Segunda Guerra Mundial tuvo un carácter de guerra de razas. Los estadounidenses consideraron a los japoneses como criaturas infrahumanas. El bombardeo desmesurado de ciudades en Europa, cuyo único fin era provocar exclusivamente víctimas entre la población civil, demuestra como la guerra no fue sino una lucha biopolítica contra las poblaciones. Así sucedió con la destrucción nuclear de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, dos ciudades sin objetivos militares, y cuyo bombardeo supuso la aniquilación total de la población civil. En el último año de la guerra, murió más gente en los campos de batalla, que en todos los años previos de contienda.

            En los conflictos del s. XX, posteriores a 1945 (Corea, Vietnam, Yugoslavia, Ruanda, Irak,…) el racismo ha desempeñado un papel crucial en la justificación de la guerra.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 521
[2] Charles Darwin. La descendencia del hombre. Citado por STEPHEN JAY GOULD. La falsa medida del hombre. Ed. Crítica. Pág. 58
[3] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 130
[4] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 119
[5] Darwin. El viaje del Beagle. Cit. J.R. Coca y J. Valero. Exclusión «científica» del otro. Ediciones de la Torre, 2012.
[6] Charles Darwin. The Descent of Man. Citado por Carles Lalueza. Razas, racismo y diversidad. Ed. Algar. 2002. Pág. 39
[7] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 142
[8] Lester F. Ward. Cit. Juan del Val. El darwinismo y las ciencias sociales. El País, 22-4-1982
[9] Max Nordau, en North American Review (1889), citado por Lewotin, Rose y Kamin. No está en lso genes. Ed. Crítica. 2009. Pág. 334.
[10] Karl Pearson. Cit. Niall Ferguson. El imperio británico: Cómo Gran Bretaña forjó el orden mundial. Ed. Debate, 2005.
[11] E. Haeckel. Cit. Edward J. Larson. Evolución: La asombrosa historia de una teoría científica.Ed. Debate, 2006.
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