10.4. La influencia del darwinismo en las ideologías racistas

            En la época de Darwin se produce el choque cultural del colonialismo. Las principales naciones europeas se encuentran con pueblos que poseen medios técnicos de producción primitivos y una organización sociopolítica de tipo tribal. Otro hecho destacable es el auge de los nacionalismos. Los pueblos europeos sufren un proceso de exaltación de su propia identidad como nación y en este sentido el concepto de raza se va a convertir en el elemento objetivo étnico-biológico. Mientras tanto la ideología racista será la encargada de proporcionar fundamento “científico” al nacionalismo ideológico.

            Las ideas darwinistas suministrarán importantes “apoyos científicos” al racismo. La hipótesis de la lucha por la vida, aplicada a las ciencias sociales se llamará “Darwinismo social”. Esta ideología de la política social afirma que las razas humanas se organizan en distintos peldaños evolutivos, en el que las razas europeas son las más avanzadas, mientras que el resto de otras razas aún conservan rasgos simiescos. En “El origen de las especies” Darwin considera a los nativos de Australia y a los negros en el mismo escalón evolutivo que los monos, afirmando que como raza inferior debían de desaparecer. Por ello opinaba que era esencial impedir su multiplicación, para que de esta manera terminaran extinguiéndose.

            En cuanto a los “humanos civilizados”, la principal tarea política debía de consistir en acelerar el proceso evolutivo, eliminando a aquellos que de todos modos tarde o temprano, la naturaleza terminaría retirando.

            Podemos encontrar múltiples observaciones racistas en los escritos de Darwin, como aquel en el que describe a los nativos de Tierra de Fuego, a quienes observó en su largo viaje de 1831, y que definía como criaturas:

“Totalmente desnudas, bañadas en tinturas, comiendo lo que encontraban al igual que los animales, descontroladas, crueles con todos aquellos ajenos a su tribu, sintiendo placer al torturar a sus enemigos, ofreciendo sacrificios sangrientos, asesinando a sus hijos, maltratando a sus esposas, llenos de supersticiones escabrosas”.[1]

            Darwin tenía en muy baja consideración a los indios nativos de América, especialmente a los fueginos de quien dijo que:

            “Su piel roja, inmunda y grasienta, sus cabellos enmarañados, su voz disonante, sus gesticulaciones violentas y carentes de toda dignidad. Al observar a tales hombres, uno apenas puede creer que sean criaturas como nosotros, nuestro prójimo puesto en nuestro mismo mundo… ¿No es un tema habitual de reflexión el dudoso placer que pueden extraer de la vida, algunos de los animales menos dotados? Con mucha más razón, pues, podemos preguntarnos lo mismo con respecto a estos hombres”.[2]

De los fueginos dijo: “Pienso que en este extremo de Suramérica el hombre existe en un estado de progreso inferior al de cualquier otra parte del mundo”. Ni su regíon, ni su ingenio para trabajar escaparon de la mala consideración del naturalista inglés. En la página de su diario del Beagle correspondiente al 24 de febrero de 1834, escribió:

“Su país es una masa quebrada de rocas feroces, de colinas arduas, de bosques inútiles, un paisaje oculto bajo la niebla y la stormentas inacacables… ¡Qué adversas condiciones para que los poderes superiores de la mente entren en juego! ¿Qué puede hallar ahí la imaginación para pintar, la razón para comparar, el entendimiento para discernir? Arrancar una lapa de la roca no precisa ni siquiera de astucia, la cualidad más baja de la mente… Aunque esencialmente sean la misma criatura, qué poco debe parecerse la mente de uno de estos seres a la de un hombre instruido. ¡Cuán grande es la escala de progreso que separa las facultades de un salvaje fueguino de las de sir Isaac Newton!”.[3]

Respecto a los indios Yámanas escribió que eran los hombres más desgraciados del mundo a causa de la perfecta igualdad que reinaba en sus sociedades. Le parecía imposible que mejorara el estado político de Tierra del Fuego mientras los pueblos que la habitaban no adquieran la idea de propiedad, que permite la superioridad de unos sobre otros. No como hasta ahora que “nadie puede ser más rico que el vecino”.

Ante esta visión desoladora y pesimista del nativo fueguino podemos contraponer otra mirada que el investigador W.P. Snow realizará diez años antes al visitar la misma región. En sus observaciones describe a los fueguinos como:

“Sujetos muy bien parecidos, enamorados de sus hijos, en posesión de algunos implementos muy ingeniosos. Reconocían algún tipo de derecho sobre la propiedad y aceptaban la autoridad de varias de las mujeres más ancianas”. W. P. Snow

¿Quién de los dos tenía razón en su descripción? No hay que perder de vista que la teoría darwinista, tal y como fue planteada en su época, era completamente materialista, y más que anti-poligenista, se presentó como anti-creacionista. Este matiz es importante, pues el creacionismo defiende un origen común para todos los humanos en igualdad de dignidad. El darwinismo por el contrario hablaba de evolución graduada en la que los escalones superiores eran mejores que los inferiores. Fue precisamente esta interpretación la que hizo que el racismo ganara fuerza y se aceptara de manera generalizada. El científico norteamericano James Ferguson pone de relieve el estrecho vínculo entre la negación de la creación y la aceptación del racismo:

“La nueva antropología se convirtió rápidamente en el respaldo teórico de una de las dos escuelas de pensamiento opuestas respecto al origen del ser humano. La más antigua y establecida es la que sostiene la ‘monogénesis’, es decir, la creencia en que toda la humanidad, independientemente del color de la piel y otras características, desciende directamente de Adán y del acto de creación singular y original de Dios. La monogénesis fue promulgada por la Iglesia y aceptada universalmente hasta el siglo XVIII, momento en que la oposición a la autoridad teológica empezó a fomentar la teoría rival denominada ‘poligénesis’ (es decir, la teoría de la evolución), la cual sostiene que las distintas comunidades raciales tienen desarrollos diferentes”. James Ferguson

La antropóloga hindú Lalita Vidyarthi explica cómo la teoría darwinista favoreció que el racismo fuera aceptado por las ciencias sociales:

»La teoría (de Darwin) de supervivencia del más apto fue recibida con entusiasmo por los científicos sociales de la época. Creían que la humanidad había atravesado varias etapas de evolución, culminando en la civilización del ser humano blanco. A mediado del siglo XIX el racismo era aceptado como una realidad por la vasta mayoría de los científicos occidentales«.

Es por ello que racistas y darwinistas se unieron para tratar de “demostrar” estas teorías bio-racistas, aunque para ello cayeran en numerosas ocasiones en incoherencias y falsedades científicas. Pensaban que en el momento en que las “demostrasen”, habrían probado “científicamente” la superioridad de unas razas sobre otras, lo que justificaba el “derecho” a colonizarlos, oprimirlos y si fuera preciso exterminarlos.

En el libro “La falsa medida del hombre”, el biólogo estadounidense Stephen Jay Gould apunta que algunos antropólogos no tuvieron pudor en falsificar sus datos para justificar sus teorías y tratar de demostrar una supuesta superioridad de la raza blanca. Recordemos el caso de Paul Broca que exageraba las dimensiones de los cerebros caucasianos y reducía la de los negros e indios. O el caso de E. Haeckel que falsificó los dibujos que realizaba de embriones humanos y de animales con el propósito de convencer al público de que el hombre recapitulaba en el proceso embrionario toda la evolución de su especie.

El evolucionista inglés Havelock Ellis (1859-1939) contemporáneo de Darwin respaldó la distinción entre razas inferiores y superiores en base a datos pretendidamente científicos:

»Los niños de muchas razas africanas son poco o nada menos inteligentes que los niños europeos. Pero al desarrollarse se vuelven estúpidos y obtusos y en el conjunto de su vida social permanecen dentro de una rutina de poco vuelo, en tanto que los europeos mantienen mucho de su vivacidad de la infancia«. (Stephen Jay Gould, Ever since Darwin)

            Otro de los más importantes naturalistas del s. XIX, el francés Georges Cuvier (1769-1832) fundador de la geología, la paleontología y la anatomía comparada moderna, no tuvo reparos en afirmar la semejanza entre las razas inferiores y los animales. Para él la raza caucasiana era evidentemente superior “por ser la más civilizada”. En 1817 publica la obra Le Regne Animal, distribuí d´aprés son organosation, donde reduce el número de razas a tres: caucasiana, mongólica y etiópica. Dejaba fuera de clasificación a los papúes de Nueva Guinea, a los malayos y a los indios americanos. De los indígenas africanos aseguró que eran:

“La más degradada de las razas humanas, cuya forma se asemeja a la de los animales y cuya inteligencia nunca es lo suficientemente grande como para llegar a establecer un gobierno regular”[4]

El mismo Cuvier trató de encontrar el parentesco entre el negro y el mono:

“La raza negra… se caracteriza por su complexión oscura, su cabello crespo o lanoso, el cráneo comprimido y la nariz aplastada. La prominencia de la parte inferior del rostro y el grosor de los labios lo aproximan a todas luces a la familia de los simios; y las hordas que la componen han permanecido siempre en el estado de la más absoluta barbarie”.[5]

Ahora bien, si el negro era un subhombre próximo a los simios y sin parentesco con los verdaderos hombres (blancos), no solamente no poseía historia, sino que su puesto estaba dentro de la historia natural. Y como un elemento más de la naturaleza, su lugar debía estar en los museos de historia natural y en los zoológicos.

Georges Cuvier conoció la exhibición de una mujer negra Khoi-san en el Jardin des Plantes en París, junto con otros animales y plantas exóticas. Cuando dicha mujer murió fue Cuvier el encargado del descuartizamiento y reparto de las distintas partes de su anatomía entre diversos laboratorios y museos científicos de Francia. Su cerebro y sus genitales fueron conservados en formol y de su cuerpo se hizo un molde de yeso para conservar su apariencia física. Todo ello fue expuesto en el Museo de Historia Natural de París durante más de 180 años hasta 2002, momento en que el Congreso Arqueológico Mundial urgió a Francia para repatriar los restos de dicha mujer a su lugar de origen en Sudáfrica.

Charles Lyell (1792-1875), otro importante científico de la época y padre de la geología moderna, escribió:

            “El cerebro del bosquimano… remite al de los sitiados (monos). Esto entraña una relación entre la falta de inteligencia y la asimilación estructural. Cada raza de hombre tiene un puesto propio, como sucede entre los animales inferiores”.[6]

            El naturalista francés Jean Baptiste Lamarck (1744-1829) es prudente y tratará de evitar todo conflicto frontal con la Iglesia, pero para explicar la aparición del hombre emplea los mismos argumentos que para la aparición de las especies animales.

“… si una raza cualquiera de cuadrúmanos, en particular la más perfeccionada de todas, perdiera por la fuerza de las circunstancias, o por cualquier otra causa, el hábito de trepar a los árboles y de agarrar las ramas con los pies, como si fueran manos, para aferrarse, y si los individuos de esta raza, durante una serie de generaciones, se vieran obligados a servirse de los pies para caminar y dejaran de emplear las manos al igual que los pies, no cabe duda que (…) esos cuadrúmanos se transformarán, a la postre, en bímanos y que el pulgar de sus pies dejará de estar separado del resto de los dedos, con lo que dichos pies sólo servirán para caminar”. Lamarck

Lamarck en su Philosophie zoologique (1809) establece una división en seis razas: Caucasiana, mongólica, malaya, hiperbórea, americana y etiópica o negra. Lo original de Lamarck está en introducir a la raza hiperborea en la que incluía a los habitantes de las zonas árticas de Asia, como lapones (saami), esquimales (inuit) y los pueblos siberianos.

Para él, la biología determina la cultura.

“Las variaciones en las características físicas indican las existencia de diferencias mentales, psicológicas y culturales.”[7]

Muchos otros fueron los evolucionistas que realizaron clasificaciones raciales inspiradas en la teoría de Darwin. Thomas Henry Huxley (1825-1895) escribirá en 1888 un texto para justificar las políticas del Imperio Británico: Lucha por la Existencia en la Sociedad Humana”. Allí Huxley negará la igualdad y la dignidad a los negros.

            “Ningún hombre racional, bien informado, cree en la igualdad, y menos aún en la superioridad, del negro medio respecto del blanco medio. Y, si esto es verdad, resulta sencillamente increíble que, una vez eliminadas todas las incapacidades de nuestro pariente prognático, éste pueda competir en condiciones justas, sin ser favorecido ni oprimido, y éste habilitado para medirse con éxito con su rival de cerebro más grande y mandíbula más pequeña, en una pugna ya no de dentelladas sino de ideas”.[8]

Desde unos presupuestos monogenista-evolutivos, combinará tres parámetros, como son el pelo, el color de la piel y la forma de la cabeza para clasificar en diversos tipos evolutivos las distintas razas de la Tierra. De esta manera llega a resultados tan absurdos como incluir en el mismo grupo a esquimales, polinesios y mongoles.

Para Huxley existen cuatro razas principales: el australoide, el negroide, el xanthoeri y el mongoloide, a los cuales agregó posteriormente el melanocroi. Los aborígenes australianos constituirán los principales representantes del tipo australoide dolicocefálico (piel y ojos oscuros, cabello negro rizado, nariz chata, arco óseo superciliar pronunciado y muy prognatas). Huxley afirmaba haber encontrado el tipo austraolide fuera de Australia, en el interior del Deccan y entre los egipcios. El tipo Negroide estará constituido por el negro africano. Para Huxley esta raza se caracteriza por ser dolicocéfala, carece de arco óseo superciliar; el color de la piel y los ojos van de café a negro; el cabello es negro, corto, rizado o lanudo; la nariz es chata y ancha; los labios gruesos y protuberantes, y poseen un prognatismo acentuado. El tipo xanthoeroi o blanco lo formarían los habitantes de Europa Central. Este grupo se caracterizaría por una piel suave casi sin color, ojos azules o grises, y cabello de color claro: la forma del cráneo va desde dolicocefálico hasta braquiocefálico. El tipo mongoloide habitaría Asia y América. Sus características principales serían su piel amarilla-café, ojos negros, cabello lacio, nariz pequeña y chata, pliegue oblicuo del párpado, pero sin arco óseo superciliar que se proyecta, en parte braquicefalico y en parte dolicocéfalico. Por último estaría el melanocroi o castaño, que viviría alrededor del mar Mediterraneo, el Asia Menor, Arabia, Persia y la India. El melanocroi tendría la piel color café, el cabello fino y ondulado casi negro, y los ojos oscuros. Huxley consideraba que el melanocroi era el resultado de la mezcla entre el xantheroi y los australoides.

Uno de los primeros problemas que se plantearon los evolucionistas fue el conocer la raza o razas que habrían dado origen al género humano. Thomas Huxley defendía que los australianos eran la raza más primitiva, y la madre de todas las demás razas. A partir de 1874 surgieron algunas teorías que consideraban a los pigmeos como la raza primigenia y por lo tanto como el primer foco de la civilización humana. Esta teoría, identificaba raza y cultura y fue defendida sobre todo por los antropólogos alemanes y austríacos de la llamada “Escuela de los círculos o ciclos culturales”, en libros como Der Ursprung der afrikanischen Kulturen (El origen de las culturas africanas) (1898) y Kulturgeschichte Afrikas (Historia de la civilización de África) (1933) de Leo Frobenius (1873-1939), etc. Grafton Elliot Smith (1871-1937), uno de los defensores del difusionismo monocéntrico exponía en obras como The Difusion of Culture (La difusión de la cultura) (1933) teorías como que el único foco civilizatorio de la humanidad estuvo en el antiguo Egipto, y que desde allí se difundió la cultura al resto del mundo. Su teoría decía que hace justamente 7000 años, cientos de sacerdotes egipcios recorrieron el mundo entero en busca del elixir de la vida, por lo que les llamó los «dadores de vida».

Carl Heinrich Straz den Haag (1858-1924) en su obra “La figura humana en el arte” (1915) establece los criterios físicos que caracterizan el primitivismo humano. En su opinión, en el origen ambos sexos estarían muy poco diferenciados, tendrían el color del cabello oscuro, el pie prensil con desarrollo limitado del dedo gordo, glúteos poco desarrollados, pelvis estrecha, pubertad temprana, etc. Straz llega a la conclusión de que “las formas más simples, menos diferenciadas y más variables, son las más antiguas”. Por todo ello, sorprendentemente situará a los aborígenes australianos como el “grupo más primitivo de la humanidad”.[9] Los que pensaban así no tomaron en cuenta que este pueblo mantenía, aún en el s. XIX, una de las redes comerciales más extensas del África y que controlaban una de las minas de cobre más importantes del África… o ¿quizás ese fue el motivo?

Para el raciólogo italiano Renato Biasutti (1878-1965) las razas más primitivas serían los pigmeos asiáticos y africanos, y probablemente también los khoi-khoi y los san, o bosquimanos, emparentados con los anteriores. Este hecho influyó mucho en su momento, llegándose a creer que los san eran tan primitivos que ni siquiera eran humanos.

En 1885, el antropólogo francés Paul Topinard (1830-1911), incorpora más índices de clasificación como el índice nasal, el índice cefálico, el pelo, el color de la piel, el color del pelo y la altura. También este intento clasificatorio caerá en contradicciones al unir a los bechuanos con los indios. Para Topinard, desde un punto de vista zoológico, algunos grupos humanos estarían fuera del género Homo.

Habrá que esperar a los años 90 para que el antropólogo francés Jean Louis Armand (1810-1892), principal estudioso del hombre de Cromagnon, ponga en discusión todos los modelos de clasificación raciales del s. XIX. Defensor del monogenismo escribe dos textos en los que defiende la unidad del género humano: “La unidad de la especie humana” (1861) e “Introducción al estudio de las razas humanas” (1882). Para él no existen razas puras, sino que todas son producto de muchos cruces, aunque algunas han sufrido más cruces que otras.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 522
[2] Charles Darwin. Cit. Stephen Jay Gould. Ocho cerditos. Reflexiones sobre historia natural. Ed. Crítica, 1993
[3] Ch. Darwin. El origen del hombre. Biblioteca Edaf, 1989. P. 128
[4] Cuvier. Le Regne Animal, distribuí d´aprés son organosation, 1817, p.105.
[5] Cuvier. (Davis, 1968). Cit. Luís César Bou, África y la historia (2001). p. 17.
[6] (en Wilson, 1970, p. 347). Citado por STEPHEN JAY GOULD. La falsa medida del hombre. Ed. Crítica. Pág. 55
[7] Lamarck. Cit. Amnistía Internacional. Una postal, una vida. Marzo 2009.
[8] Thomas Huxley. Citado por STEPHEN JAY GOULD. La falsa medida del hombre. Ed. Crítica. 2004 Pág. 90
[9] Carles Lalueza. Razas, racismo y diversidad. Ed. Algar. 2002. Pág. 35
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