10. El darwinismo y la lucha de razas

“En futuro próximo las personas se asesinarán entre sí porque sus cabezas son redondeadas o puntiagudas” George Vacher de Lapouge (1854-1936)

            A mediados del siglo XIX un hecho va a convulsionar los ambientes científicos e intelectuales de occidente. En 1859 el naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882) publica el libro “El origen de las especies”, en el que plantea que las especies vivientes no han sido creadas de manera independiente, sino que su origen ha ido siguiendo un proceso evolutivo de adaptación al medio y de supervivencia de los especimenes más fuertes. La concepción evolucionista transformó el pensamiento humano. No hubo cuestión alguna dentro del ámbito de las ciencias naturales que no recibiera una nueva formulación en base a dicho concepto. Pero la teoría evolutiva también afectó a otros campos de las ciencias humanas. La sociología, la lingüística, la filosofía o la antropología empezaron a formular teorías evolutivas de sus respectivos objetos de conocimiento.

            Fue justamente el evolucionismo darwinista quien proporcionó base científica a la concepción jerárquica de las razas. El filósofo ingles Herbert Spencer (1820-1903) se apoyó en la concepción evolutiva para formular una teoría sociológica de tipo organicista que más tarde se denóminó Darwinismo Social y que constituyó un importante baluarte ideológico para justificar el racismo desde mediados del s. XIX. En 1951 publica la obra Statics Socvial donde aparecen algunos de los términos claves del darwinismo como el de “supervivencia de los más aptos”, o de la antropología al asimilar la cultura a un ente “superorgánico” de la especie humana. Tomando la metodología de las ciencias naturales analiza las sociedades como si fueran organismos vivos con diversas funciones interrelacionadas. En su análisis llega al presupuesto de que algunos grupos humanos de razas débiles o degeneradas estaban obligadas a desaparecer al no ser lo suficientemente aptas como para sobrevivir y por tanto debían ser sustituidas por otras razas más fuertes.

            El evolucionismo influenció a algunos investigadores que como Broca o Galton utilizaron los datos acerca del tamaño del cerebro para establecer distinciones falsas y ofensivas entre los diversos grupos humanos. Los darwinistas creyeron que los europeos habían generado una cultura (superorganismo- superestructura) mucho más poderosa gracias a su superioridad biológica con la que se habían impuesto sobre el resto de pueblos más “atrasados”.

            Esta concepción antropológica materialista lleva a considerar erróneamente al ser humano como un animal un poco más evolucionado. Olvida el darwinismo social que el hombre además de una biología, posee una biografía, que es un ser histórico capaz de generar una cultura propia que trasciende la simple materialidad orgánica.

Consecuencias del darwinismo social

            En el terreno político el darwinismo social proporcionó la legitimación necesaria para justificar el colonialismo, el nacionalismo y el imperialismo. Según un argumento de la época, si la rata indígena era eliminada por la rata europea, el maorí de Nueva Zelanda cedía su lugar a la raza anglosajona.

            Antes de Darwin la sensibilidad europea trataba de prevenir los efectos mortíferos de la confrontación entre los europeos y los aborígenes. Por ejemplo, en 1830 se creó la Aborigines Protection Society. Pero fue a partir de década de los 50 cuando se adoptó poco a poco una legitimación racista basada en la teoría de la selección natural. Alfred Wallace argumentaba en 1872 que la ley de conservación de las razas “conduce necesariamente a la extnción de todas las razas inferiores y poco desarrolladas en el plano intelectual con las que están en contacto los europeos”. De esta manera la extención-exterminio de los pueblos no aptos se convertiría en el corolario del progreso. Robert Knox, fundador de la influyente Anthropological Society, afirmó haber descubierto la “verdad de la raza”, en la “guerra de exterminio” como sinónimo de la expresión “selección natural”. La francesa Clemence Royer, una mujer enamorada de la Ilustración, anticristiana y feminista que tradujo e introdujo a Darwin en Francia, protestó contra la “protección exclusiva y poco inteligente que se concede a los débiles, a los inválidos, a los incurables, a los mismos malvados, a todos los desgraciados de la naturaleza”, básicamente porque la caridad cristiana impide que se realice la selección natural en la sociedad. El rechazo de la compasión en política es, sin duda, el rasgo definitorio de todos los que aceptarán los axiomas del social-dawinismo. Una política compasiva sería contraria a las leyes generales que rigen el progreso general de la “civilización”. Clemence Royer arremetió contra lo que ella consideraba la “caridad imprudente y ciega con los seres mal formados”. Gumplowicz fustigaba el “aprecio exagerado de la vida” que aún reinaba en Europa, así como “el fantasma de la libertad humana” que tiene “la pretensión de dominar los asuntos sociales y de reinar a su antojo”.

            Un especialista en la cultura polinesia, realizaba de esta manera una filosofía de la historia en base a una supuesta lucha de razas en la que el fuerte se come al más débil:

            “Cuando un pueblo permanece tanto tiempo estacionario, debe abandonarse toda esperanza de verla avanzar. Está irrevocablemente situado entre las naciones inferiores y, como ellas, condenado a morir o a ser absorbido por una raza superior. (…) Es la ley implacable de la naturaleza, sobre la cual nada puede prevalecer, como la historia ha establecido muchas veces: el más fuerte se come al más débil. La raza polinesia no ha sabido subir los escalones de la escalera del progreso, no ha hecho la mínima contribución a los esfuerzos que hace la humanidad para mejorar su suerte: debe así dejar sitio a otras mejores que ella y desaparecer. La civilización no perderá nada con su muerte”.[1]

            No faltaron voces críticas de intelectuales lúdicos que criticaron el darwinismo social, como Jacques Novicow, que lo definió como “la doctrina que considera el homicidio colectivo como la causa del progreso del género humano”.

            El propio Marx, en una carta escrita a Engels en 1862 reconoce que en la obra de Darwin hay más de ideología política que de biología.

            “Es notable cómo Darwin vuelve a hallar en los animales y en las plantas su sociedad inglesa con su división del trabajo, la competencia, la apertura de nuevos mercados, las inversiones y la lucha por la existencia de Malthus…; en Darwin el reino animal aparece como una sociedad burguesa…”.[2]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Eugene Caillot. Los polinesios orientales al contacto con la civilización, 1909.
[2] Darwinismo y antropología en el siglo XIX. Miguel Ángel Puig-Samper. Historia de la ciencia y de la técnica. Ed. Akal. Pág. 40.
Anuncios
Esta entrada fue publicada en Racismo. Guarda el enlace permanente.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s