11.1. Adolf Hitler: El racismo como política de Estado

Adolf Hitler nació un 20 de abril de 1889 en un pueblo austríaco de Braunauarm-Inn cercano a la frontera bávara. Apasionado lector concurría a las bibliotecas públicas de Viena, donde tomó contacto con la filosofía decadentista alemana tomando como modelos a Schopenhauer y a Nietszche.

Arthur Schopenhauer (1788-1860), heredero de Kant, intentó realizar una síntesis entre el pensamiento oriental y el occidental. Su obra está claramente influida por el budismo, “querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor”. Profundamente pesimista defiende la tiranía del Estado contra la degeneración de la raza.

 “La especie humana está para siempre y por naturaleza condenada al sufrimiento y a la ruina… Si gustáis de planes utópicos, os diré que la única solución del problema político y social sería el despotismo de los sabios y de los justos, de una aristocracia pura y verdadera, obtenida mediante la generación por la unión de los hombres de sentimientos más generosos con las mujeres más inteligentes y agudas”.[1]

Su pesimismo le llevará a despreciar el carácter de distintos pueblos. Así por ejemplo de los italianos dirá que son cobardes y desvergonzados. De los estadounidenses afirmará que son vulgares moral, intelectual, estética y socialmente. De los franceses dirá: “Las otras partes del mundo tienen monos. Europa tiene franceses. Esto nos compensa”. Incluso mostrará su pesar sobre el carácter alemán: “desprecio a la nación alemana a causa de su necedad infinita, y me avergüenzo de pertenecer a ella”.

En su principal obra “El mundo como voluntad y representación” (1819) postula que la verdadera esencia del hombre se encuentra en la práctica de la voluntad a la que considera el verdadero motor del hombre. Para él “toda satisfacción, o lo que comúnmente se llama felicidad, es, por su naturaleza, siempre negativa, nunca positiva”.

Será Friederich Nietzsche (1844-1900) quien lleve al extremo las ideas iniciadas por Schopenhauer y quien será el principal impulsor e inspirador del pensamiento hitleriano y del nazismo. Este filósofo defendía la raza aria, se declaró antijudío, nihilista y ateo. Visionario del superhombre sostenía que la superación del hombre estaba dada por la voluntad de poder que lo elevaba como especie – la supervivencia del fuerte sobre el débil – una clara herencia darwinista.

En Así habló Zaratustra indica que “el superhombre es lo que yo amo, él es para mí lo primero y lo único, – y no el hombre: no el prójimo, no el más pobre, no el que más sufre”. No hay duda que la esencia de las ideas nietzscherianas calaron hondo en el joven Hitler, que pondría en práctica lo esbozado por el filólogo alemán.

“Un decreto bien hecho del destino me hizo nacer en Braumau, sobre el Rhin. Esa pequeña ciudad se encuentra en la frontera de esos dos estados alemanes cuya reunión nos parecía, a nosotros, obra de la joven generación, que era la obra que deberíamos realizar por todos los medios posibles. La Austria alemana debería volver a la gran madre patria alemana… los hombres de una misma sangre deben pertenecer al mismo Reich. Por eso la pequeña ciudad fronteriza de Braumau, se me mostraba como el simbolo de una gran mision”.[2]

Así comienza la obra que entre 1924 y 1925, Hitler redacta en la cárcel de Landsberg del Lech en Baviera, cuando cumplía una condena de cinco años por el fracasado golpe de Estado en Munich el 9 de noviembre de 1923. Hitler se cree un mesías salvador predestinado por el lugar donde nació y con una gloriosa misión que era la de hacer triunfar, contra todas las leyes falsas y artificiales, una ley natural y sagrada: “la ley de la comunidad de sangre”. Hitler se dice “elegido del Cielo para proclamar la voluntad racista del creador”.

El Mein Kampf es el libro en el que expone su doctrina racista, dará en la que toma diversos elementos de la tradicción alemana: nacionalismo, xenófobia, pangermanismo, superioridad de los arios, aspiración a un “cristianismo alemán neopagano” y a un “socialismo alemán”, culto a las fuerzas de la naturaleza, mito del superhombre, etc.

La doctrina nacionalsocialista que surge de la síntesis de todos estos elementos, constituye más que una ideología. En realidad se convertía en una verdadera religión secular en la que se propuso crear un nuevo hombre alemán, sustituyendo en su alma todos los valores heredados del cristianismo, por la teología del arianismo. Para Hitler, la raza era el fundamento de la historia del mundo, de la organización de los estados y de las grandes civilizaciones. Estas serían el fruto de “razas superiores” que crearían la civilización a costa de los “seres inferiores”.

“Una de las premisas más esenciales para la formación de las culturas superiores es la existencia de hombres inferiores…; es indudable que la primera cultura de la humanidad no se debió tanto a la domesticación de los animales como al empleo de hombres inferiores”.[3]

En realidad no hay nada original en las concepciones raciales de Hitler. En su libro encontramos muchos de los tópicos raciales más ingenuos y extendidos, como la afirmación de que el mestizaje produce descendientes de “inferior calidad racial”, o que la raza aria es la raza superior y la única creadora de cultura.

“El ario es el Prometeo de la humanidad, y de su frente brotó, en todas las épocas, la centella del genio, encendiendo siempre de nuevo aquel fuego del conocimiento que iluminó la noche de los misterios, haciendo elevarse al hombre a una situación de superioridad sobre los demás seres terrestres. Exclúyase, y, tal vez después de pocos milenios descenderán una vez más las tinieblas sobre la Tierra. ¡La civilización humana llegaría a su término y el mundo se volvería un desierto!”.[4]

Repite las ideas gobineanas afirmando que “Todas las grandes civilizaciones del pasado cayeron en decadencia, porque la raza original creativa murió, como resultado de la contaminación de la sangre”. Hitler, al igual que los ideólogos anteriores, consideraba que la mezcla de las razas provocaba la degeneración y la decadencia de la raza aria. Creía así mismo, que el pueblo alemán no había podido conservar de manera íntegra sus características arias, por lo que era urgente purificarle prohibiéndo los matrimonios mixtos, para así conseguir en el corazón de Europa un sólido núcleo germánico.

“El proceso de su evolución representa siempre el siguiente cuadro: grupos arios, por lo general en proporción numérica verdaderamente pequeña, dominan pueblos extranjeros y gracias a las especiales condiciones de vida del nuevo ambiente geográfico (fertilidad, clima, etc.), así como también favorecidos por el gran número de elementos auxiliares de raza inferior disponibles para el trabajo, desarrollan la capacidad intelectual y organizadora latente en ellos. En pocos milenios y hasta en siglos logran crear civilizaciones que llevan primordialmente el sello característico de sus inspiradores y que están adaptadas a las ya mencionadas condiciones del suelo y de la vida de los autóctonos sometidos. A la postre, empero, los conquistadores pecan contra el principio de la conservación de la pureza de su sangre que habían respetado en un comienzo. Empiezan a mezclarse con los autóctonos y cierran con ello el capítulo de su propia existencia. La caída por el pecado en el Paraíso tuvo como consecuencia la expulsión. Después de un milenio, o más, se mantiene aún el último vestigio visible del antiguo pueblo dominador en la coloración más clara de la piel, dejada por su sangre a la raza vencida y también en una civilización ya en decadencia, que fuera creada por él en un comienzo”.[5]

Para Hitler el mayor pecado contra la raza es “la profanación de la sangre” (blutschande) y “la profanación de la raza” (Rassenschande). En su Mein Kampf condena el deterioro que provoca “el cruce de razas”. Según él, las leyes de la naturaleza dicen que “cada animal se aparee sólo con un miembro de la misma especie… el ratón con el ratón, el lobo con el lobo, etc.”. Por ello la peor violación de la sangre era el emparejamiento entre arios y judíos.

Defenderá que el Estado tome medidas para que “únicamente los sanos tengan descendencia” y evitar la reproducción de los enfermos de “sífilis, tuberculosis, enfermedades hereditarias, de los tarados y de los cretinos”. Por otra parte, el Estado deberá velar con medidas políticas para que solamente los individuos valiosos se reproduzcan. Reconoce que esta política no daría sus resultados de manera inmediata, sino al cabo de unos seis siglos más tarde, un período de tiempo, bastante asequible para alguien que esperaba que el Tercer Reich durara más de dos mil años.

“Sólo existe, sin embargo, un derecho sagrado y ese derecho es un deber para con lo más sagrado, consistiendo en velar por la pureza racial. Por la defensa de la parte más sana de la humanidad, se hace posible un perfeccionamiento mayor de la especie humana.

Un Estado de concepción racista, en primer lugar, el deber de sacar al matrimonio del plano de una perpetua degradación racial y consagrarlo como la institución destinada a crear seres a imagen del Señor y no monstruos, mitad hombre, mitad mono…

Es deber del Estado Racista reparar los daños ocasionados en este orden. Tiene que comenzar por hacer de la cuestión de la raza el punto central de la vida general; tiene que velar por la conservación de su pureza y tiene que consagrar al niño como el bien más preciado de su pueblo. Está obligado a cuidar que sólo los individuos sanos tengan descendencia”. [6]

Considerará a la Esparta clásica como “el más puro Rassenstat de la historia”. En un discurso de 1929 mostrará su admiración por el hecho de que 6.000 amos pudiesen dominar a más de 345.000 esclavos.

“Esparta debe ser vista como el primer Estado Völkisch. La exposición de los enfermos, los débiles, los niños deformes, en definitiva, su destrucción, era más decente y en verdad mil veces más humana que la miserable locura de nuestro tiempo que preserva a los sujetos más patológicos y, de hecho, lo hace a cualquier precio; y, sin embargo, toma la vida de cientos de miles de niños sanos como consecuencia del control de la natalidad o por medio de abortos, para, posteriormente, engendrar una raza de degenerados cargados de enfermedades”.[7]

Una selección eugenésica de las parejas destinadas a la reproducción es el propósito que se plantea Hitler. Una labor selectiva unida a una educación ciudadana en las escuelas donde se desanime a aquellos que presenten taras a casarse y tener descendencia.

“El Estado, por medio de la educación tiene que persuadir al individuo de que estar enfermo y ser físicamente débil no constituye una afrenta, sino simplemente una desgracia digna de compasión; pero que es un crimen, y por consiguiente, una afrenta, transmitir por propio egoísmo esa desgracia a seres inocentes”.[8]

La educación racista impartida en la escuela laica-estatal completaría lo realizado a través de la selección eugenésica:

“El fin supremo del Estado racista debe ser el asegurar la conservación de los representantes de la raza primitiva, creadora de la civilización que hace la belleza y el valor de una humanidad superior. El Estado racista habrá cumplido su papel supremo de formador y educador cuando haya grabado en el corazón de la juventus que le ha sido confiada el espíritu y el sentimiento de la raza. Es preciso que ni un solo muchacho o una sola muchacha puedan dejar la escuela sin estar plenamente instruidos de la pureza de la sangre y de la necesidad absoluta de mantenerla pura…”[9]

La infraestructura de sanidad estatal debería colaborar también en la purificación de la raza. Esta labor continuada durante al menos seiscientos años aseguraría la venida del “superhombre”.

“El Estado hará de la raza el centro de su vida, Pondrá buen cuidado al conservar su pueraz. Pondrá los más modernos adelantos de la medicina para la producción en todos los que presentan una enfermedad manifiesta en cualquier forma[…] Quienes sean física y mentalmente insanos o débiles no tienen derecho a perpetuar sus sufrimientos en la carne de sus hijos[…]Una prohibición, durante seis siglos, de procreación de los degenerados físicos y mentales no sólo liberaría a la humanidad de esa inmensa desgracia sino que, además, produciría una situación de higiene y de salubridad que hoy parece casi imposible”.[10]

Hitler arremete, como ya lo hiciera Nietzsche años antes, contra todos aquellos valores humanitarios de la civilización occidental:

“La nación es una invención de las clases capitalistas; la patria, instrumento de la burguesía para la explotación de la clase obrera; la autoridad destinada a producir un material humano de esclavos, y también de guardianes; la religión, medio de debilitar al pueblo para mejor explotarlo a continuación; la moral, principio de estúpida paciencia para uso de borregos”.[11]

Respecto de la política preferirá una dictadura basada en el poder y el terror para mantener el control de la sociedad.

“En política triunfa sólo el que es brutal e intolerante; la masa tiene horror a los débiles y a los tibios; la masa se somete a los fuertes, al hombre entero, fanático, que infunde miedo y terror”.

“El terror en el trabajo, en la fábrica, en los lugares de reunión y con ocasión de los mítines tendrá pleno éxito mientras un terror igual no le obstruya el camino (…) Si a la socialdemocracia se opone una doctrina mejor fundada, ésta vencerá, aunque la lucha sea dura, a condicion, sin embargo, de que actue con la misma brutalidad”.[12]

Para el nacionalsocialismo, al igual que para el comunismo, el individuo no tendría valor sino en tanto como miembro de una comunidad superior. Una suprema realidad a la que tendría que subordinarse y sacrificarse por entero. Para el nazismo la comunidad será la raza. En el comunismo será la clase.

Hitler sintió hacía los judíos un odio muy especial; quiso tratarles no sólo como raza inferior sino también como contra-raza portadora de todo lo malo y de todo lo horrendo de este mundo:

“De modo que ahora creo que estoy actuando en el sentido deseado por el Creador todopoderoso: al luchar contra el judío estoy defendiendo la obra del Señor”.[13]

Hacia 1919, Hitler define a los judíos como “un grupo racial no religioso”. Pero al disociar la religión de la raza, ¿cómo podía determinarse quien era judío y quien no? La respuesta la dio Göring: “Yo soy quien decide quién es judío”.

En 1935 la Ley para la Protección de la Sangre Alemana convirtió en delito las relaciones sexuales entre arios y no arios. En 1945 la profanación de la raza podía castigarse con la muerte. El judío se convirtió pues, en el chivo expiatorio. Para cumplir su destino la nación alemana debe odiar a las demás razas, bien entendido que los no nórdicos son una especie de subhombres, intermedios entre el hombre nórdico y el animal. Se trata de restaurar las fuentes originarias de lo nórdico y lo alemán y para ello, siendo el cristianismo una religión de origen semita, se imponía como tarea acabar con «los repugnantes principios del cristianismo y de la civilización occidental», inaugurando el nuevo milenio dirigido por el Tercer Reich (Tercer Imperio).

El odio de Hitler hacia los judíos se radicalizó al leer la descripción que Nietzsche hacía de la doma de las tribus de la antigua Germania por parte de estos. Nietzsche los descreciaba ya que en su opinión los judíos habían destruido la virilidad de las tribus germánicas disfrazandose de cristianismo.

            El racismo de Hitler era esencialmente pragmático y requería para su ejecución un plan de acción social en el cual debían de colaborar todas las instituciones del Estado, y en el que los propios científicos se encargarían de dar su legitimación científica. Numerosos investigadores, incluyendo antropólogos, biólogos, historiadores, sociólogos y médicos, se adhirieron voluntariamente y de forma entusiasta al régimen nazi y sus propósitos. Más de la mitad de los biólogos que ocupaban puestos académicos se hicieron del partido, una proporción superior a la media de otros colectivos profesionales. La Sociedad Alemana para la Higiene Racial llegó a tener más de 1.300 miembros, muchos de ellos académicos a finales de la década de los años 30. El método científico se aplicó a cuestiones tales como el diseño de campos de exterminio o la gestión de la información personal para optimizar el control de los enemigos del régimen. Los datos aportados por los antropólogos sirvieron para identificar racialmente a los ciudadanos “imperfectos” y permitieron a las brigadas de las SS descubrir judíos no fichados.

            La pretendida nueva creación del pueblo alemán y la práctica aniquilación del judío fueron sólo dos caras del mismo y único proyecto biopolítico. En definitiva, en el nacionalsocialismo no se pudo distinguir entre ideología y práctica racista.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] A. Schopenhauer. El amor, las mujeres y la muerte. E. Edaf, 1993. Pag. 196
[2] A. Hitler. Mein Kampf
[3] Adolf Hitler. Mein Kampf. Citado por Historia universal Salvat. Ed. Salvat, 1999. P. 208
[4] A. Hitler. Mein Kampf
[5] Idem
[6] Idem
[7] Hitler, Adolf (1961). Zweites Buch. New York: Grove Press. pp. 17
[8] A. Hitler. Mein Kampf
[9] A. Hitler, Mi lucha, 1923. En Ortega/Roig, Textos, mapas y cronología de historia moderna y contemporánea. Ed. Teide, 1976, Barcelona, p. 399.
[10] Hitler, A. Mein Kampf (Mi lucha). Verlag Franz Cher Rachfolger, Munich. P. 446-448
[11] Idem
[12] Idem
[13] Idem
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