11.4. El cultivo de la “nueva raza”

            La higiene racial tenía como finalidad la nordificación del país. Esto implicaba que todas las relaciones sexuales de apareamiento debían de operarse bajo el control del Estado. Este control se basaba en dos puntos: por una parte se buscó la esterilización de aquellos “miembros enfermos” de la sociedad. El segundo era el favorecimiento del cruce, fecundidad y educación de los “miembros sanos” arios.

La esterilización de los “miembros enfermos”

            El 14 de julio de 1933 se promulgó la “Ley para la prevención de la transmisión de las enfermedades hereditarias”. Esta ley obligaba a la esterilización a todos aquellos individuos que presentaran casos de deficiencia física o mental tales como idiotez congénita, esquizofrenia, insanidad maníaco-depresiva, epilepsia hereditaria, baile de san vito crónico, ceguera hereditaria, sordera y serios defectos corporales. Por extensión la ley también se aplicó a alcohólicos crónicos.

            Werner Hoche justificó esta norma sobre la base de que permitía establecer un equilibrio en la política de población de la “Nueva Alemania”.

            “Desde el Alzamiento Nacional la opinión pública está cada vez más preocupada con el cada vez mayor descenso de la natalidad… mientras que la familia sana sólo tiene por término medio dos hijos, las familias con taras hereditarias arrojan una cifra media de tres a cuatro hijos por matrimonio. Tal relación corre riesgo de cambiar un pueblo de generación en generación. Ello significa a la larga, la muerte de las familias que atesoran los valores superiores. Quedan en juego por tanto los valores supremos de una raza; se habla del futuro de nuestro pueblo”.[1]

            Hoche llegará incluso a defender la necesidad de esta ley por el coste económico que suponía la atención sanitaria de estas personas. Coincidía en este punto con el argumento que aportaba el profesor R. Deisz cuando destacaba que el Reich alemán debía de soportar anualmente una carga de 350 millones de marcos del Reich (RM) en gastos de Seguridad Social, de cuyo importe una gran parte venía originado por personas asociales y disminuidos mentales (durch asóciale und geisting minderwertige personen).

            El argumento económico también lo empleará Walter Gross (1904-1945), dirigente nazi y jefe de la Oficina del Reich para la ilustración política popular y el bienestar racial.

            “El incremento de la parte más sana de la población en los pasados 70 años fue sólo del 50 por ciento, mientras que la enferma y de hecho aquella que se ajustaba mejor a la vida en un asilo, se había multiplicado nueve veces en el mismo tiempo, o sea un 450 por ciento. El cuidado de estos últimos cuesta a la población de Alemania la considerable suma de un billón (mil millones) de marcos al año, mientras que todos los costos administrativos del Reich, las provincias y comunidades cuestan 713 millones de marcos. Era por lo tanto un acto de propia defensa lo que causó que el estado nacionalsocialista promulgara la ley para la prevención de la transmisión de enfermedades hereditarias”.[2]

Walter Groos fue un fiel defensor de la preservación de la herencia genética aria, en la creencia de un claro determinismo biológico de esta:

            “Lo que sóis vosotros, lo que soy yo y aquello en lo que puedo convertirme a lo largo de toda mi vida, todo ha sido predeterminado por nuestra herencia genética”.

            “Vosotros no sois nada. El Volk lo es todo”

            “Sois diminutas gotas en la poderosa corriente sanguínea del Volk”. Walter Gross.

            El 24 de noviembre de 1933, los nazis decidieron que “los delicuentes habituales contra la moral pública” debían ser castrados. En tres años, el régimen nazi esterilizó a unas 225.000 personas y hasta el final de la guerra hasta 400.000 personas.

            Gran parte del programa de esterilización masiva se debió a las investigaciones del doctor Carl Clauberg. Jefe de los médicos del Hospital Clínico Universitario de ginecología de Kiel, y miembro del partido nazi. Clauberg fue nombrado catedrático de ginecología por la universidad de Königsberg. En 1942 consigue de Himmler la autorización para experimentar en los campos de concentración de Auschwitz y de Ravensbrück sus métodos de esterilización masivas con personas. Clauberg escogió a más de 700 mujeres casadas de 20 a 40 años que ya hubiesen sido madres. A estas mujeres se las inyectava primeramente una sustancia opaca para poder determinar con rayos X si no existía obstrucción anterior o alteración en el aparato reproductor femenino. A continuación se las inyectaba una especie de cemento líquido constituido por formalina mezclada con novocaína con el objetivo de crear una especie de tapón en las trompas de Falopio, y de esa forma, fuese imposible la reproducción. El experimento se repetía varias veces, con algunas semanas de intervalo. Las inyecciones provocaban terribles dolores a sus víctimas, que en ocasiones evacuaban el líquido mezclado con fuertes hemorragias. Las infecciones eran frecuentes y muchas mujeres murieron en el estudio. En 1948 fue juzgado en la Unión Soviética a más de un cuarto de siglo de prisión, pero a los diez años se le concedió la amnistía y volvió a la República Federal Alemana. Clauberg nunca mostró arrepentimiento de sus actos ya que se mostraba orgulloso de los resultados científicos obtenidos.

            En Auschwitz el doctor Horst Schumann (1906-1983) experimentó la esterilización mediante la exposición a altas dosis de rayos X. En el mes de septiembre de 1943 un gran número de mujeres de entre 16 y 18 años fueron llevadas de día a su laboratorio. Por la noche unos despojos dolientes eran devueltos a los barracones. La exposición les provocaba fuertes dolores abdominales y violentos vómitos. Después se les extirpaban los ovarios para verificar el “éxito” de las quemaduras.

            Schumann también se interesó por la esterilización masculina. Hombres de entre 18 y 35 años, eran expuestos a rayos X y, con posterioridad, se les extirpaban los testículos para comprobar los resultados. Entre enero de 1942 y diciembre de 1944 Schumann castró a un millar de hombres. Este método de esterilización no era nuevo, ya antes había sido experimentado sin éxito en los años 20 en los EE.UU. por las asociaciones eugenistas del país y financiadas por la Fundación Rockefeller. Se trató, pues, de experiencias no solo criminales sino también inútiles.

El doctor Lettich, destinado en el campo de Auschwitz, dejó escrito:

“Desde el primer momento pudimos constatar que los médicos alemanes obraban todos del mismo modo, con un absoluto desprecio por la vida humana. Consideraban a los deportados no hombres, sino únicamente material humano”.[3]

            En realidad el programa de esterilización masiva no encontró mucha oposición en el resto de los países occidentales. Al contrario, las sociedades eugenésicas de Estados Unidos y Gran Bretaña la recibieron con satisfacción. En este sentido los autores alemanes de la ley admitieron que habían reproducido el programa de esterilización que se había realizado en California em los años 20

            Las autoridades académicas alemanas dieron doctorados honoris causa a los estadounidenses Leon Whitney, Madison Grant y Harry Laughlin, conocidos por su racismo y por ser dirigentes y miembros conocidos del movimiento eugenésico internacional. Los doctorados se acompañaron de cartas de felicitación escritas directamente por Hitler. Estas manifestaciones de simpatía no suscitaron escándalo en la época ya que las teorías raciales estaban muy difundidas. De hecho hacia 1935 Suecia, Dinamarca, Finlandia, un cantón suizo y varios Estados americanos habían legalizado la esterilización de los “indeseables” como medida eugenésica.

            Mientras tanto, la Iglesia Católica, arriesgándose a una feroz represión, se opuso enérgicamente. La Conferencia Episcopal alemana, reunida en Fulda, respondió rápidamente a la propuesta de ley de esterilización. Para evitar un conflicto abierto, Hitler presentó la ley el 25 de julio de 1933, veinte días después de firmar el concordato con la Iglesia. La ley entró en vigor en enero de 1934. Los nazis buscaron debilitar la oposición católica dando voz a profesores universitarios favorables a la esterilización y, al mismo tiempo, ofreciendo a la Iglesia exenciones para los católicos. Pero la Iglesia catçolica en Alemania no se hechó atrá y siguió denunciando los hechos.

El plan de eutanasia Aktion T4

            De la esterilización se pasó al asesinato masivo con el plan que se denominó en clave “Aktion T4”. Destinado en un principio a niños con deformidades, pronto se extendió a otros enfermos de diversos hospitales alemanes. Entre 1939 y 1946 más de 260.000 enfermos fueron asesinados en hospitales a manos de sus médicos en lo que se denominó “buena muerte” (eutanasia). Un proyecto tan inhumano no podía ser de domino público y por eso se actuó en secreto, o al menos discretamente, con el nombre de Aktion T-4, por Tiergartenstrasse 4 la dirección del hospital donde se inició esta práctica. Allí un médico era el encargado de supervisar la muerte del paciente tratando de que ésta fuera indolora. Evidentemente los familiares permanecían ajenos a estas decisiones y tan solo eran informados de la defunción debida a “causas extrañas”. Los asesinatos los cometían pediatras, psiquiatras, enfermeros,… En muchos casos eran personas contrarios a la eutanasia, pero la feroz acción de la propaganda que planteaba la “bondad” de esta práctica “por amor a la patria”, o por mera promoción profesional hizo que consintieran.

            Las bases ideológicas de la eutanasia se encuentran en la filosofía utilitarista propuesta en el siglo XVIII por el economista inglés Jeremy Bentham (1748-1832) y desarrollada por su discípulo John Stuart Mill (1806-1873). En 1780 Bentham publica un libro titulado “Introducción a los principios de moral” en donde plantea que el fin del hombre es la búsqueda de la felicidad, pero una felicidad entendida como la obtención del máximo placer a costa del mínimo dolor. Bentham llegó al extremo de considerar la felicidad como una magnitud que podía ser medida con precisión. El propósito de la actividad política debía ser pues, conseguir la “mayor felicidad para el mayor número de personas”. El mismo Benthan llega a afirmar que:

“Un caballo que ha alcanzado la madurez o un perro es, más allá de cualquier compasión, un animal más sociable y razonable que un recién nacido de un día, de una semana o incluso de un més. Supongamos, sin embargo, que no es así. La pregunta no es ¿pueden razonar? Si no ¿Pueden sufrir?”.[4]

            Su discípulo John Stuart Mill (1806-1873) defenderá una felicidad hedonista, pero no en términos cuantitativos como Bentham propugnaba, sino más bien cualitativos. Ser feliz consistiría no tanto en acumular el mayor número de momentos felices, sino aquellos momentos felices que sean más intensos. Introduce así el concepto de “calidad de los placeres”, identificando la felicidad como aquel placer que es más deseado por todos.

“La moral de la utilidad se basa en el principio de la mayor felicidad (placer). Las acciones son correctas en la medida en que tienden a promover la felicidad (placer), e incorrectas cuanto tienden a producir dolor”. [5]

            Lo que aquí plantea Mill es que se puede cuantificar el valor de una persona en función de lo feliz que es esta, y a su vez esta felicidad puede medirse por la presencia de momentos intensos de placer y la ausencia de periodos de dolor. El binomio placer-dolor se convierte así en el único criterio de moralidad válido para los utilitaristas.

“La naturaleza ha colocado a la humanidad bajo el gobierno de dos amos soberanos: el dolor y el placer. Ellos solos han de señalar lo que debemos hacer”.[6]

No tardaron mucho tiempo los ideólogos del racismo en emplear estas doctrinas de la utilidad, para defender las matanzas de miembros y grupos no deseables de población. En un libro publicado en 1895 y titulado “Das Recht Auf den Tud” (El derecho a la muerte) uno de esos científicos, Adolf Jost realizó una defensa anticipada de dicha eliminación física por parte de los médicos. Jost sostenía que “en consideración de la salud del organismo social, el estado debe tomar la responsabilidad de la muerte de los individuos”.

En 1873 aparece en la revista “Popular Science Monthly”, el artículo Euthanasia del ensayista Samuel D. Williams con el informe para la eutanasia activa y voluntaria para hombres enfermos sin esperanza: “en todos los casos de enfermedad sin cura y dolorosa, se debería reconocer la tarea del médico tratante, si así lo hubiera manifestado el paciente, de administrar cloroformo u otro anestésico que sobrepasara al cloroformo, de manera de destruir la conciencia de una vez y llevar al enfermo a una muerte rápida y sin dolor”. Este estudio refuerza lo dicho por Lionel A. Tollemache en un trabajo titulado The new cure for incurables (1873) y basado en los principios del darwinismo utilitarista.

A principios de siglo XX, empezaron a surgir en varios países “sociedades para la eutanasia” y en diferentes ocasiones, se promulgaron informes para una legalización de la eutanasia activa. En 1935 se fundaron en Inglaterra, la ‘Voluntary Euthanasia Legalization Society’, y en 1938 en Estados Unidos la ‘Euthanasia Society’.

“La ciencia moderna nos dice que en un mundo sobrepoblado se da una dura lucha por la existencia, de manera que al hombre enfermo, infeliz e inútil, de alguna manera se le empuja, por lo menos, a no disfrutar o a no ser alguien que, probablemente, sería más feliz, más saludable y más útil”.[7]

El naturalista y monista Ernst Haeckel lo ve según esta perspectiva en su estudio Eternidad, de 1915. Los pensamientos de la guerra mundial sobre la vida y la muerte, religión y teoría de la evolución sustentan la matanza de lisiados y enfermos mentales: “Una pequeña dosis de morfina liberaría, no sólo a estas criaturas dignas de lástima, sino también a sus familiares de la carga fútil y penosa de este ser durante largos años”.

En su obra Los milagros de la vida (1904) Haeckel, para quien un bebé no era más que el producto de la relación sexual de sus progenitores, alaba la práctica en la antigüedad de matar recién nacidos enfermos. Proponía que se despenalizara la eutanasia sobre niños con enfermedades: ‘Por eso matar niños recién nacidos lisiados como la practicaban, por ejemplo, los espartanos con el fin de seleccionar a los más capaces, no puede, por eso, razonablemente, caer en absoluto bajo el concepto del asesinato, como sucede aún en nuestros códigos de leyes. Antes bien, debemos aprobarla como una medida conveniente y útil tanto para los implicados como para la sociedad.’ En el caso de los adultos apoyó Haeckel el darles muerte ‘por petición’: ‘Muchos de estos pobres miserables esperan con nostalgia su salvación del mal, y añoran el fin de su atormentada vida’.

“Qué utilidad reporta a la humanidad mantener y criar miles de cojos, sordomudos, idiotas, etc, que nacen cada año con la carga hereditaria de una enfermedad incurable? (…) ‹nunca debería permitirse a los sentimientos que usurpasen el lugar que corresponde a la razón en estas circunstancias éticas de tanta importancia”.[8]

Haeckel cita a Jacob Richter, el cual escribió en 1901 en una petición a la Dieta del Imperio: ‘Matamos con derecho a nuestros perros fieles y caballos nobles, con los que hemos vivido durante años y a los que amamos, cuando en edad avanzada enferman sin esperanza y son torturados con un padecimiento doloroso. Igualmente tenemos el derecho o, si se quiere el deber, de poner fin al grave padecimiento de nuestros seres humanos’. ¡Ahí ya no se habla de consentimiento! Haeckel (declarado ateo) llega a proponer el Padre Nuestro, sobre todo la última oración (‘líbranos del mal’) como legitimación de la eutanasia.

‘Cuando consideramos estas frases a la luz de nuestra concepción monista de hoy del mundo, entonces debemos hacer abstracción, naturalmente, de las ideas supersticiosas de la Edad Media, que aun hace 400 años nuestros antepasados bárbaros vincularon con su creencia en el misericordioso Señor del cielo y el alma inmortal en el palacio del paraíso. Entonces sobran los ruegos por ‘la liberación de cualquier tipo de mal del cuerpo y del alma, bien y honor’.[9]

En orden a justificar sus argumentos realiza una estadística de los ‘enfermos mentales’ de Europa:

“En el último tiempo la cifra de enfermos mentales en los Estados civilizados asciende, en promedio, a 5-6 por mil. Si se considera que la población total de Europa es de 390 a 400 millones, entonces se encuentran aquí por lo menos dos millones de enfermos mentales, y entre estos más de 200.000 incurables. ¡Qué monstruosa suma de dolor y padecimiento significan estos terribles números…, qué pérdida de patrimonios privados y costos estatales para la comunidad! ¡Cuántos de estos dolores y pérdidas se podrían ahorrar, si uno se decidiera, por fin, a liberar a los enfermos incurables de sus indecibles tormentos con una dosis de morfina! Naturalmente que este acto de compasión y razón no se debería dejar al criterio de un solo médico, sino que tendría que suceder por decisión de una comisión de médicos confiables y concienzudo”’.[10]

En el caso de enfermos de cáncer, Haeckel propone lo mismo, pero con el consentimiento de los afectados.

Años más tarde el psiquiatra alemán Alfred Hoche y el juez Karl Binding escribían en 1920 el libro “La legislación de la destrucción de la vida indigna de ser vivida” (Die Freigabe der Vernichtung Lebersenwerten Lebens). Este libro defendía la tesis de que debía legalizarse la eliminación de la “gente sin valor”. Introducen asi mismo los conceptos de “vida sin valor” o “vida que no merece ser vivida” que posteriormente serían utilizados por el nacismo para justificar sus horrores genocidas. Los autores hablan de “seres humanos sin valor” y reclaman “la eliminación de aquellos que no tienen salvación y cuya muerte es una necesidad urgente”. Para ellos existen humanos que están por debajo del nivel de las bestias y no tienen “ni la voluntad de vivir ni de morir”. Éstos estarían “mentalmente muertos” y forman “un cuerpo ajeno a la sociedad de los hombres”. También los definen como “muertos en espíritu” o “existencias cargantes”.

En 1925, el psiquiatra infantil Edgard Meltzel planteó de manera directa la aniquilación de aquellas personas que sufrieran enfermedades mentales al publicar los resultados de una encuesta sobre “La eliminación de los enfermos mentales”. Para la Weltanschauung hitleriana fue relativamente fácil convertir estas ideas de “purificación racial” en acciones reales y efectivas.

Uno de los argumentos principales para justificar esta “eliminación” es el factor económico ya que consideran “un despilfarro de dinero y trabajo la asistencia médica a los retrasados”, reclamando a los ciudadanos una “actitud heróica” para eliminarles de la sociedad.

El programa nazi T-4 de “retiro” de enfermos no era sino la aplicación práctica de esta tesis. La segunda fase del Aktion T-4 consistió en eliminar adultos “improductivos” como los inválidos o enfermos mentales. Entre 1939 y 1946 más de 260.000 personas, cuyo único delito era estar enfermas, fueron asesinadas en Alemania. El Estado alemán otorgaba documentación a los funcionarios de la “muerte por piedad”. El documento decía lo siguiente:

“Delego en ______ para que, bajo su responsabilidad, autorice a determinados médicos a garantizar, según criterios humanitarios y después de valorar el estado de su enfermedad, una muerte por piedad a todos aquellos enfermos incurables”. [11]

Adolf Hitler firmaba personalmente estas autorizaciones:

“Berlín, 1 de septiembre, 1939. Adolf Hitler. Reichsleiter Bouhler y Dr. Brandt. Son autorizados a ampliar las responsabilidades de los médicos que tienen que asignarse, de tal forma que los pacientes la enfermedad de los cuales – de acuerdo con la más estricta aplicación del juicio humano – sea incurable. Se les conceda la liberación por vía de la eutanasia”.[12]

El director del asilo de Eglfing-Harr, el Dr. Pfannmüller confiesa como ejecutaban con “discreción” el proyecto:

“Para mí, en tanto que nacionalsocialista, estas criaturas no son más que una carga pesada para nuestros conciudadanos que tienen buena salud. Nosotros eliminamos, no a través del método de las inyecciones; la prensa internacional y algunas personalidades se nos echarían encima… No, nuestro método es mucho más sencillo y natural: los dejamos morir de hambre a través de la alimentación deficiente”.[13]

Una ficha de menús especiales se había hecho llegar a las cocinas de los asilos de niños y adultos con enfermedades mentales, a través de la circular 5263 en 81, las directrices con respecto a la alimentación era eliminar las materias grasas, y centrarse sólo en las verduras. Aplicado estrictamente, tenía que conducir a la muerte de la víctima, en el período máximo de seis meses.

El gobierno trató por todos los medios de convencer a la opinión pública de las “bondades” de la eutanasia y para ello empleó todas sus estrategias propagandísticas. Quizás el ejemplo más claro fue el cortometraje titulado “Existencias sin vida”, que dirigido por Schwenninger, mostraba la evolución de la psiquiatría desde el siglo XVIII. El corto finaliza con esta frase: “No se trata de que exista la caridad: elimina aquellos que no puedas cuidar”.

El obispo de Múnster, Monseñor Von Galen junto con otros representantes de la Iglesia católica denunciaron las ideologías neopaganas del nazismo, defendiendo la libertad de la Iglesia, y los derechos humanos gravemente violados, protegiendo a los judíos y a las personas más débiles, a las que el régimen consideraba que debían eliminarse. Von Galen consiguió suspender la “operación eutanasia” nazi, y presentó a título personal denuncias por asesinato tras la muerte de minusválidos. El 3 de agosto de 1941, leyó una carta pastoral en la Catedral de Múnster acusando al gobierno de las matanzas de seres tan inocentes como indefensos:

“Desde hace meses escuchamos informaciones de que de los hospitales y centros para disminuidos psíquicos son trasladados forzosamente pacientes que están enfermos desde hace tiempo y que tal vez parecen incurables. De manera regular reciben los familiares poco después una notificación de que el enfermo murió, se incineró el cadáver y las cenizas pueden ser entregadas. Es general la sospecha, cercana a la certeza, de que tantos decesos imprevistos de enfermos mentales no ocurren naturalmente, sino que son el resultado de una deliberada decisión, resultado de adscribir a la doctrina que afirma que habría derecho a eliminar la “vida no digna de ser vivida”, es decir matar a personas inocentes, cuando se considere que su vida carece de valor para el pueblo y el Estado. Una doctrina atroz que pretende justificar el asesinato de los inocentes y legitimar el homicidio violento de todos aquellos que ya no pueden trabajar, sean inválidos, mutilados, enfermos incurables o ancianos débiles”. Von Galen

En el verano de 1941 Hitler ordenó discretamente la conclusión del proyecto T-4 en Alemania, ante la oposición de las Iglesias cristianas y con el fin de mejorar su imagen internacional. Los encargados del proyecto fueron destinados al campo de exterminio de Lublin donde murieron más de 1.750.000 personas y después al campo de San Sabba en la localidad de Trieste en Italia para el control médico de estas ejecuciones.

Según documentos publicados tras el fin de la guerra, el régimen nazi decidió no ejecutar al obispo Von Galen hasta después de la victoria final, para evitar que se convirtiera en un mártir de la resistencia. Cuenta Albert Speer en sus memorias que Josef Goebbels solía contar al Füher lo que habían dicho en sus homilías “ciertos obispos levantiscos”; esto provocaba la rabia de Hitler, quien solía decir en esos casos: “Cuando llegue el momento, le daré su merecido a la Iglesia Católica”. Pese a las dificultades el ejemplo de los obispos fue seguido por no pocos sacerdotes y laicos católicos, entre los que merece la pena destacar a Bernhard Lichtenberg (1875-1943), dean de la Catedral de Berlín quien rezó públicamente por los judíos perseguidos y que al descubrir el campo de Esterweger, y protestó ante Herman Göring contra los abusos que en ellos se realizaban. En 1941 fue detenido por la Gestapo, condenado por “hacer mal uso del púlpito” y trasladado al campo de concentración de Dachau, en cuyo viaje murió en circunstancias nunca aclaradas.

La liquidación de los enfermos mentales enseñó al régimen algo esencial: estos asesinatos de hospital no habían quebrantado esencialmente la lealtad de la población (experiencia decisiva para la aplicación del programa de exterminio de los prisioneros de los campos, judíos y gitanos romas y sintis). Así, las estructuras y el personal que había pasado la “prueba” del asesinato de los minusválidos se les encomendó la participaron en el genocidio de los judíos. Los asesinos del “Aktion T4” operaron en los campos de exterminio de Belzec, Sobidor y Treblinka, aportando su experiencia en la utilización de las cámaras de gas, así como en el manejo de la opinión pública.

El plan de reproducción controlada

            La segunda parte del plan de control de la sexualidad consistía en el desarrollo de un plan de fecundidad regulada por el Estado en el cual se incluyó la poligamia. Richard Rudolf en su escrito Geschlechtsmoral (Moral sexual), sostenía que la poligamia consistía no solo en el mejor medio para llevar a las más altas realizaciones la fecundidad de la raza nórdica, sino que además esa era la condición que mejor responde a los instintos polígamos del varón.

            Con el deseo de cumplir este fin surgió un movimiento denominado “Matrimonio Midgard” fundado por Willibald Hentschel (1858-1947) quien fue discípulo de Haeckel. Los miembros de este movimiento propiciaban la fundación y financiación de colonias especiales en que varones y mujeres nórdicos seleccionados, se dedicarían a la tarea de evitar la decadencia de la raza mediante el apareamiento. A cada hombre le corresponderían diez mujeres. Este matrimonio Midgard (nombre puesto en honor a la esposa de Wotan y diosa del matrimonio en la mitología nórdica) sería una asociación para la preñez y su duración no se extendería más allá del nacimiento del hijo. El doctor F. Dupré defendía en su libro “Weltanschauung und Meruchezüchtung” este “matrimonio temporal” que sólo debería de tener por objeto fines reproductivos. Además un Consejo de ancianos nombrado por el Estado debería de vigilar el desarrollo del plan.

            “Las parejas deben ser reunidas solamente con fines reproductivos. Conseguidos estos, serán separadas… El costo de la pulcra procreación estará a cargo del Estado”.[14]

            El Estado alemán fomentó las uniones “monoraciales” entre personas de sangre alemana mediante propaganda e incentivos. Otorgó ventajas económicas a las familias con muchos hijos (exención de impuestos) y estableció concursos raciales en donde se premiaba el grado de pureza racial de los nacidos. Hitler gustaba de fotografiarse con niños de fisionomía rubicunda. El Comité del Reich para el Servicio y la Salud del Pueblo publicó una lista de diez “mandamientos” para la elección conyugal. En ellos se establecía una hipervaloración de la raza y del determinismo biológico. Algunas de estas directrices decían lo siguiente:

  1. Piensa que eres un alemán.
  2. Todo lo que tú eres no lo eres por mérito propio, sino gracias a tu pueblo. Por ello, piensa si todo lo que haces va a ser beneficio del mismo.
  3. El interés general prevalece sobre el particular.
  4. Debes conservar límpio el espíritu. Mantén limpio tu espíritu de todo lo extraño, de lo ajeno a tu raza, de lo que tu conciencia te prohibe. La ambición de ganar dinero y fortuna, la ambición de bienestar, muy a menudo hacen olvidar eso.
  5. Como alemán, elige sólo un cónyuge de la misma sangre o de sangre nórdica. Donde coincide carácter con carácter, reina la aromnía. Donde se mezclan razas desiguales, hay discordia. Las mezclas de razas distintas conducen, en la vida de los hombres y pueblos, a la degeneración y a la ruina, tanto más rápida cuanto más difieran las características raciales. ¡Cuida de no arruinarte, distánciate de lo inferior! La felicidad sólo es posible entre personas de la misma raza. ¿Qué significa sangre nórdica? La historia enseña que nuestros antepasados germánicos conicidían en muchísimos aspectos con el ideal del hombre nórdico. La raza nórdica es, según las investiagciones, la raza que más ha contribuido al desarrollo de la humanidad. El pueblo alemán todavía posee una parte esencial de sangre nórdica. Cada alemán participa de ella más o menos. Conservar y aumentar este don es un deber sagrado. El que mezcla su sangre con la de personas de inferior raza se convierte en un criminal contra su pueblo.
  6. Al elegir tu cónyuge, pregunta por sus antepasados. Tú no sólo te casas con tu cónyuge, sino prácticamente también con sus antepasados. Hombres de valor sólo pueden nacer donde existan antepasados de valor. Las propiedades del intelecto y del alma se heredan, igual que el color de los ojos y del cabello.

7.- Cásate por amor.

8.- El dinero tiene únicamente un valor pasajero y no asegura la felicidad duradera.

9.- No escojas una mujer de edad, pues fácilmente la diferencia excesiva de edad pone fácilmente en peligro el equilibrio del matrimonio.

10.- Debes tener cuántos hijos te sea posible.[15]

            En la misma línea apuntaba Walter Darré (1895-1953), ministro nacionalsocialista de agricultura, en su libro Neu Adel aus Blue und Boden. En donde expuso su teoría de Das Blue und Der Boden (La sangre y el suelo). Darré pretendía controlar la reproducción de la nación creando una serie de centros de crianza. Para ello se establecerían libros del hogar y actas genealógicas para todas las mujeres. Las muchachas se dividirían en cuatro clases, a quienes, en base a las actas genealógicas especiales, se les permitiría la reproducción en el matrimonio en conformidad con sus cualidades raciales y su capacidad de concepción, o por el contrario se les negaría ese derecho.

            Heinrich Himmler (1900-1945), comandante jefe de las SS, fundará la “Orden de la sangre nórdica” cuyos objetivos eran defender la ley sagrada de la tierra, los muertos y la estirpe. En su deliro por hallar la raza perfecta Himmler defendió la conveniencia de copular en aquellos cementerios donde hubiera héroes enterrados. En su opinión, la simiente espiritual de esos antiguos superhombres lograba colarse délficamente en el vientre de esas mujeres que, entre los muros sagrados de las sepulturas nórdicas, se afanaban por lograr la gestación y lograr que sus hijos heredaran las cualidades de los titanes allí enterrados.

También creo Himmler la Sociedad de la Herencia Ancestral (Ahnenerbe), donde se estudiaban los árboles genealógicos de los antepasados de los alemanes, en la búsqueda de los orígenes de la raza pura o raza aria.

Himmler decretó una serie de medidas destinadas a la procreación de la raza pura, dictó medidas tales como que todos los hombres de las SS debían tener al menos cuatro hijos. De facto, los hombres SS debían casarse y formar hogares de acuerdo a los estatutos de pureza aria. Los permisos de matrimonio estaban condicionados por el departamento racial quien determinaba si el matrimonio estaba acorde a las políticas raciales y se aceptaba o se vetaba el permiso.

La muchacha prometida en matrimonio debía soportar una serie de exámenes médicos y raciales para establecer su pureza aria. Su Tabla de Antepasados debía ser pura hasta cinco generaciones atrás (hasta el año 1800), a los hombres se les exigía hasta el año 1750.

            Cualquiera que atente contra la política poblacionista del Estado será acusado de traición a la raza. El 12 de marzo de 1930, se presentó el siguiente agregado al artículo 218 del código penal.

“El que se propone contener artificialmente la fecundidad natural del pueblo alemán en daño de la nación, o fomenta tales propósitos por la palabra, el escrito, la figura impresa o de otro modo, o el que contribuye al empeoramiento y a la descomposición racial del pueblo alemán, o amenaza contribuir a ello mediante el cruce con miembros de la comunidad judía de sangre o con razas de color, será castigado con prisión por traición a la raza”.[16]

El 31 de diciembre de 1931 se promulgó una orden por la cual todos los miembros de las SS que quisieran casarse debían solicitar una autorización especial en una llamada oficina racial. Este documento trataba de preservar la pureza hereditaria de la especie alemana considerada nórdica.

La cuestión reproductiva era prioritaria para la política nazi. Martín Bormann lugarteniente alemán y secretario personal de Hitler, defendió el matrimonio de conveniencia político-biológica denominado Volknohete. Esta fórmula de matrimonio enaltecía desde el punto de vista nacionalista el acto de tener descendencia, combinando la idea de fecundidad con la de patria y raza. La mujer era asimilada a la tierra procreadora que daba vida a los “Heroes”, conservando la pureza de la Raza y sustentando con su maternidad los cimientos de la Patria.

“Cuando acabe este guerra nuestra situación demográfica será catastrófica […]. Si en la cría de ganado he de atenerme estrictamente al acoplamiento de animales […], la mujer que a la terminación de esta guerra no tenga marido ni probabilidades de conseguir uno, debe hacer vida marital con un solo hombre a ser posible y engendrar el mayor número de hijos que pueda […]. Es necesario fomentar el culto a la madre para asegurar el provenir de nuestro pueblo”. Martin Bormann

            En todo este plan es muy importante tener en cuenta la consideración que hizo el régimen nazi sobre la mujer. En El ABC del Nacional-socialismo, publicado en 1936, la imagen nazi de la mujer se revestía de un aura romántica: “Queremos volver a tener mujeres, no juguetes adornados con baratijas. La mujer alemana es un buen vino. Cuando ama, la tierra florece. La mujer alemana es la luz del sol en el hogar patrio. Debe seguir siendo venerable, no el placer y la diversión de razas ajenas. El pueblo debe mantenerse puro y limpio, ése es el objetivo superior del Führer”. No era fácil encontrar mujeres de este tipo, así que un militante del partido publicó el siguiente anuncio en el Müchner Neuesten Nachrichten:

“Médico de 52 años, de pura raza aria, combatiente en la batalla de Tannenberg, con intención de establecerse, desea tener descendencia masculina mediante matrimonio civil con una mujer trabajadora, sana, de ascendencia aria, joven y virginal, sin exigencias, adecuada también para el trabajo duro, que use tacones anchos y no lleve pendientes, a ser posible sin patrimonio. Abstenerse intermediarios. Discreción garantizada”.[17]

El propio Hitler veía a la mujer en términos de utilidad reproductiva y al matrimonio como una pesada atadura para el varón.

“Desgraciadamente en Alemania tenemos dos millones más de mujeres que de hombres. El objetivo de una muchacha es y ha de ser casarse. ¡Para ellas es mejor tener un hijo que morir solterona! A la naturaleza le da igual que las personas de que se trate hayan pasado previamente por el registro civil. Lo que la naturaleza quiere de una mujer es que sea fértil. Fue una suerte no haberme casado. El matrimonio habría sido para mí una catástrofe. (…) El aspecto malo del matrimonio es que crea derechos. Entonces es mejor tener una amiga. (…) No hay nada tan exaltante como formar a una mujer joven. Una muchacha de dieciocho a veinte años es maleable como la cera. Debe serle posible a un hombre, cualquiera que sea su elegido, marcarla con su huella. Por lo demás, la mujer no desea otra cosa.Me dan horror las mujeres que se meten en política. Y si además se inmiscuyen en las cosas militares, entonces resultan insoportables. En ninguna sección local del partido ha tenido nunca una mujer el derecho a ocupar el menor puesto”.[18]

El proyecto Lebensborn

             La natalidad de la Europa de principios de siglo había sufrido un descenso importante, por lo que cuando Hitler llegó al poder impulsó políticas de Estado para fortalecer el crecimiento de la raza aria. La infecundidad en el Reich fue considerada una deshonra y tener hijos pronto se convirtió en una obligación de las mujeres para con la patria. El Führer necesitaba contar con un numeroso ejército de soldados para llevar a cabo sus planes de conquista: “El hombre ya no descenderá del mono, sino de las SS. Su jefe será el Führer, su patria el Reich, su religión la pureza de sangre. Será alto, fuerte, rubio y de ojos azules”.

El término Lebensborn significa “manantial de vida” y con él fue bautizado uno de los proyectos nazis más secretos y terribles. Su promotor fue Heinrich Himmler y su propósito era ofrecer a muchachas jóvenes “racialmente puras” la posibilidad de dar a luz a un hijo en secreto. El niño luego era dado a la organización de las SS la cual se hacía cargo de su “educación” y adopción.

Logo del Ministerio de Agricultura del Tercer Reich y la ideología Blut und Boden.

Hitler creía que la puerza de la raza aria se hallaba en Noruega, por lo que los hogares Lebensborn se reservaban a los niños nacidos de la unión de mujeres noruegas con miembros del ejército alemán.

La idea de los Lebensborn surgió de Walter Darré, quien desarrolló la teoría de Das Blut und Der Boden (La sangre y el suelo), en la que se identificaba la sangre nórdica con la tierra alemana. En 1930, escribió un libro titulado Neuadel aus Blut und Boden (Una nueva aristocracia basada en la sangre y el suelo), en el cual proponía un programa de eugenesia sistémica, bajo el argumento que la crianza era la panacea para todos los problemas del Estado. Himmler aportará la idea de la “orden de la sangre nórdica”.

“Cuando creé la Fuente de Vida en primer lugar estaba respondiendo a una apremiante necesidad de dar a mujeres racialmente irreprochables, que quedaban encinta sin estar casadas, la posibilidad de dar gratuitamente a luz. De manera discreta, hice saber que toda mujer soltera que estuviera sola y deseara tener un hijo, podía dirigirse con toda confianza a la Fuente de la Vida. El comandante general de las SS apadrinaría al niño. Como auxiliares para la concepción sólo se recomendaría a hombres racialmente irreprochables”. Heinrich Himmler. Cit. Anna Maria Sigmund, Las Mujeres de los Nazis. Editorial Sudamericana

En un comienzo los “Lebensborn” eran guarderías de las SS, pero pronto se convirtieron en una especie de granjas para el cultivo de la “super-raza” aria. En estos centros se realizaban “encuentros” entre oficiales de las SS y muchachas jóvenes alemanas con el objetivo de concebir niños “puros”.        

Como la cantidad de “hembras” necesarias era insuficiente, hacia 1939 el proyecto Lebensborn se amplió con el secuestro de niños (“bienes raciales”) que cumplieran los estandares de los racistas (pelo rubio, ojos azules, etc…) en los países ocupados de Europa Oriental. Miles de niños fueron transferidos a los centros Lebensborn para ser “germanizados”. En estos centros se adoctrinaba a los niños en las “bondades” del sistema racial alemán, y se les hacía odiar a sus padres biológicos. Aquellos niños que no se adaptaban eran a menudo golpeados, o bien llevados a campos de concentración infantiles de Cáliz, Dzierzazna y Litzmannstadi y de allí a los campos de exterminio. El resto fueron adoptados por familias de las SS. A menudo los padres adoptivos recibían historias falsas sobre la procedencia del bebé. La más común era que su padre había muerto en combate.

Es difícil conocer con precisión el número de niños que fueron secuestrados de sus familias, pero se estima que para 1946 la cifrá alcanzó unos 250.000. Después de la guerra tan solo pudieron ser rescatados unos 25.000 para poder ser enviados a sus familias de origen. En algunos casos las familias adoptivas se negaron a devolver a los niños, y en otros casos fueron los mismos niños, víctimas de la propaganda Nazi y creyéndose alemanes puros, quienes rehusaron volver con sus padres. El ideal del Lebensborn era que Alemania estuviera poblada hacia 1980 por 20 millones de germanos nórdicos. Lo que en cambio se consiguió fue muy diferente: las personas nacidas en residencias Lebensborn no destacaron nunca de manera especial por su apariencia ni por su “conformación orgánica más evolucionada”, sino que llevaron a lo largo de su vida la estigmatización social de los llamados “niños SS”.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Werner Hoche. Die Gesetzgebung den Kabinetts Hitler. Berlín 1.933
[2] Walter Gross. Pensamiento racial nacionalsocialista.Ed. Kamerad, 1938.
[3] Lettich. Cit. Manuel Moros Peña. Los médicos de Hitler. Ed. Nowtilus, 2014.
[4] J. Bentham. Cit. Jesús Ballesteros. Ecologismo personalista. Cuidar la naturaleza, cuidar al hombre, Madrid, Tecnos, 1995
[5] John Stuart Mill. Consideraciones sobre el gobierno representativo, 1861.
[6] J. Bentham. Introduction to the Principles of Morals and Legislation (1781).
[7] Tollemache LA. The new cure of incurables. In: Fortnightly Review 1873
[8] E. Haeckel. Cit D. Marco y B. Wiker. Arquitectos de la cultura de la muerte. Ed. Ciudadela. Madrid, 2007. p. 105
[9] Haeckel, E., Die Lebenswunder. Gemeinverständliche Studien über Biologische Philosophie. Ergänzungsband zu dem Buche über die Welträthsel. Stuttgart 1904. pp. 127-132.
[10] Idem. p. 135.
[11] Cit. Arcadi de Arquer. La muerte por piedad: un nuevo truco pro-eutanasia. Forum Libertas 14-7-2005.
[12] Cit. Colectivo Zotikos. Alterando la discapacidad. Ed. UOC. Barcelona, 2010. p. 32
[13] Idem. p. 34
[14] F. Dupré. Cit. Rudolf Rocker. Nacionalismo y cultura. 1937
[15] Zentner, Dr. Kurt. Historia ilustrada del Tercer Reich. Ed. Bruguera, Barcelona, 1975. P. 289.
[16] Rudolf Rocker. Nacionalismo y cultura. 1937
[17] Cit. Anna Maria Sigmund, Las Mujeres de los Nazis. Editorial Sudamericana
[18] A. Hitler. Cit. Anna Maria Sigmund, Las Mujeres de los Nazis. Editorial Sudamericana
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