13.2. La abolición de la esclavitud

            Si algunos esclavistas justificaron la esclavitud apoyándose en el Antiguo Testamento, los principales argumentos para la abolición de la esclavitud vinieron del Nuevo Testamento. Un texto que proporciona los principios universales del derecho natural para rechazar a la esclavitud y defender la dignidad humana y el indiscutible valor de las personas.

            En 1741, el Papa Benedicto XIV dirigió al rey de Portugal la Constitución apostólica Inmensa, por la que se condenaba la esclavitud de los indios. Más tarde, en 1758, enviaba una copia de la misma a los capuchinos de Congo, entendiéndose que esa misma doctrina habría de aplicarse también a los negros.

            También la Declaración de derechos del Hombre (1789) francesa será empleada para poner de relieve la contradicción la Revolución francesa que pedía libertad para unos mientras se la negaba a otros. El abate Gregoire, miembro de la Sociedad de Amigos de los Negros, en un discurso parlamentario denunció esta hipocresía:

            “Qué extraña contradicción sería que después de haber decretado la libertad de Francia, fueseis con vuestros decretos los opresores de América”.

“A menudo se nos presenta el cálculo prestigioso de los intereses de la metrópoli, en el cual creo encontrar las viles combinaciones del egoísmo. Insistiis en la conservación de la trata y la servidumbre de los negros, por unas superfluidades, destinadas a satisfacer necesidades ficticias, que son el precio de su libertad, y que les fuerzan a decir un eterno adiós a su patria. Son conducidos de las regiones africanas, cargados de cadenas, a los campos de América, para compartir la suerte de los animales domésticos, porque necesitáis azúcar, café, alcohol de caña. ¡Indignos mortales, comed antes hierba, y sed justos!.

¿Cuándo cesarán de decirnos que unas conveniencias políticas deben inclinar la justicia y doblegar el rigor de sus leyes? …. la estabilidad, la felicidad de los imperios, resultan de la feliz concordancia de los principios políticos con los de la justicia”.

“La esclavitud degrada a la vez a los dueños y a los esclavos, endurece los corazones, apaga la moralidad y prepara todas las catástrofes”.[1]

El movimiento abolicionista

            Hacia finales del siglo XVIII empezó a surgir una oposición moral y política al comercio de esclavos. Varios grupos religiosos cristianos como los cuáqueros, evangelistas, metodistas y católicos denunciaron la esclavitud en nombre de la caridad cristiana y de la dignidad de la persona humana. En Gran Bretaña se funda la Sociedad para la Extinción del Comercio de Esclavos, mientras grupos de cuáqueros en Norte América ayudan a que la opinión pública conozca la verdad sobre el cruel tráfico de esclavos. Peticiones públicas, campañas de boicot y la difusión de materiales describiendo e ilustrando, las condiciones de vida de los esclavos a bordo de los barcos o trabajando en las plantaciones, son algunas de las acciones que estos grupos realizaron. Estas acciones tuvieron sus frutos en los Estados Unidos donde surgieron las primeras iniciativas abolicionistas: Vermont (1777), Massachussets y New Hapshire (1783).

            En 1688 Aphra Behn publica “Oroonoko”, o “El Esclavo Real”, la primera novela en que se discuten las buenas y malas costumbres en relación a los esclavos. Fue justamente en 1688 cuando los cristianos cuáqueros fundaron el movimiento antiesclavista proclamando la Protestation of Germantown (Filadelfia): “Aunque sean negros, no podemos admitir que sea más legítimo esclavizarlos que si fueran esclavos blancos […]. Aquellos que roban o capturan hombres y los que los compran o los venden, ¿no son acaso hombres como ellos?”. De esta manera surgió la Committe for the Abolition of the Slave Trade, formado por los evangélicos protestantes aliados con los cuáqueros.

En 1707 el magistrado John Holt declaró que: “Tan pronto como un negro pisa Inglaterra, se hace libre”. Pero distintas disposiciones judiciales contradicen más tarde este primer intento inglés contra la esclavitud.

El capitan, historiador y escritor John Gabriel Stedman publica en 1794 un relato de sus experiencias en Surinam, que se convirtió en un clásico de la literatura abolicionista. Stedman se incorporó con su brigada inglesa a las fuerzas holandesas para reprimir una revuelta de esclavos negros contra los dueños de las plantaciones de azúcar en la colonia holandesa de Surinam, en Suramérica. La colonia era conocida por el mal tratamiento que los dueños de las plantaciones infligían a los esclavos. Cuando Stedman conoció de primera mano tales atrocidades escribió un testimonio con las prácticas inhumanas contra los esclavos. Al volver a Inglaterra en 1784, se decidió a denunciar el derramamiento de sangre de los negros africanos. Con el apoyo del editor Joseph Johnson publicó su narración de una expedición de cinco años contra los negros rebeldes de Surinam, en Guayana, en la costa salvaje de Sudamérica. La obra estaba dividida en dos tomos, y tenía la apariencia de un libro de viajes, tan en boga en Gran Bretaña después de las expediciones del capitán Cook. El texto trataba de historia natural, de aspectos geográficos, económicos y sociales. Las ilustraciones fueron realizadas en su mayoría por William Blake a partir de los dibujos de Stedman. En ellos se reflejaba los suplicios infligidos a los negros. Esta obra y sus grabados causaron gran escándalo en la gente y sirvieron de apoyo a las campañas antiesclavistas en Gran Bretaña.

Otra figura clave en la lucha contra el esclavismo será el inglés Thomas Clarkson (1760-1846) quien sensibilizará a la sociedad de su época sobre el trato inhumano que se ejercía con los esclavos negros. Él fue uno de los iniciadores del movimiento abolicionista inglés.

Thomas Clarkson tenía unas fuertes convicciones religiosas y además se dedicaba a la política, por lo que empleó toda su influencia en luchar contra un sistema que iba contra los principios evangélicos. Durante siete años recorrió más de 35.000 millas a caballo recopilando testimonios de esclavos y dando a conocer por Inglaterra los horrores del esclavismo. En 1787 funda en Londres la British Antislavery Society.

Gran divulgador recogió elementos de tortura que empleaban los plantadores para la sumisión de los esclavos en las colonias: Cepos, grilletes, etc. Pero lo que quizás causó más impacto entre sus coetáneos fue el croquis que recogió de un barco negrero en el que se indicaba la capacidad de este para transportar por el océano de manera hacinada y claramente inhumana a los pobres esclavos.

A Clarkson se le reconoce como el iniciador del boicot moderno, ya que logró apelar a la conciencia de los individuos añadiendo en los envases de productos como el cacao o el azúcar la leyenda “no hecho por esclavos”. De esta manera trataba de conseguir que disminuyera la demanda de productos obtenidos bajo trabajo forzado y así facilitar el camino para lograr la abolición total de la esclavitud.

            Continuador del trabajo de Clarkson en la lucha por el abolicionismo fue el también inglés William Wilberforce (1759-1833). Miembro del parlamento inglés por Hull, un concurrido puerto esclavista de Yorkshire conocía de primera mano los horrores del tráfico de hombres. Hijo de un próspero comerciante, el joven Wilberforce llevaba el estilo de vida hedonista de un estudiante universitario en Cambridge, dedicado a la bebida y a las apuestas. A los 21 años de edad ingresa en el parlamento inglés aburrido del negocio de su padre, pero cinco años después experimenta una profunda conversión religiosa que lo llevó a cambiar de estilo de vida y a dedicar sus fuerzas en liberar a los esclavos. Junto a otros cristianos humanitarios empezó en 1784 una campaña contra el comercio de esclavos. Sus amigos lo abandonaron, sufrió ataques físicos en las calles y su vida tuvo precio, hasta el punto de que unos asesinos estuvieron a punto de acabar con su vida. Pero Wilberforce no se resignó y siguió luchando. En 1791 presenta un proyecto de ley en el parlamento con la intención de abolir el comercio de esclavos, pero fracasó por un amplio margen. Fue entonces cuando recibió el apoyo de John Wesley (1703-1791), el octogenario líder del reavivamiento. En una carta escrita una semana antes de morir, Wesley escribió:

“A menos que Dios lo haya llamado justamente para esto, terminará agotado ante la oposición de hombres y demonios. Pero si Dios está de su lado, ¿quién podría con usted? ¿Son, todos ellos juntos, más fuertes que Dios? Oh, no se canse de hacer el bien. Siga adelante en nombre de Dios y en el poder de su potencia, hasta que aún la esclavitud en Norteamérica –la cosa más vil que haya visto yo bajo el Sol– se esfume. Que la guía divina que desde su juventud Dios le proporciona continúe fortaleciéndolo en esta y todas las cosas, es la oración, estimado señor, de este atento siervo”.[2]

En 1807, Wilberforce publicó A letter on the Abolition of the Slave Trade justo la víspera de la importante votación en la que, por abrumadora mayoría se prohibió el comercio de seres humanos en todo el Imperio Británico.

“Nunca, nunca desistiremos hasta borrar este escándalo del nombre cristiano, hasta librarnos del peso de la culpabilidad que actualmente nos abruma, y hasta destruir todo vestigio de este sangriente tráfico que nuestra posteridad, cuando mire hacia atrás, hacia la historia de estos tiempos ilustrados, a duras penas podrá comprender que se haya permitido durante tanto tiempo para desgracia y deshonor de nuestro país”.[3]

Un año después el comercio de esclavos es abolido en los Estados Unidos y en 1815, las principales potencias europeas reunidas en el Congreso de Viena acuerdan terminar con el tráfico en todas sus colonias. Tres años después, en 1818, las potencias europeas se comprometieron en el Congreso de Aix-la-Chapelle (Aquisgrán) a poner fin a la trata de esclavos. El comercio de esclavos se había prohibido, pero no así el trabajo esclavo. Wilberforce se encargó personalmente de que una copia del barco de esclavos que hizo Clarkson llegara a manos del papa Pio VII. Este hecho confirmó al Papa la crueldad de la esclavitud, lo que le llevó a demandar del Congreso de Viena la supresión del tráfico de esclavos.

En 1823, “el político de Dios” como era conocido Wilberforce entre sus contemporáneos, inició una campaña de diez años para terminar por completo con la esclavitud. Publicó su obra Appeal to the Religion, Justice and Humanity of the Inhabitants of the British Empire in Behalf of the Negro Slaves in the West Indies, en la cual sostenía que la emancipación total e incondicional era un “deber ante Dios” de carácter moral y ético.

En 1831 se produce en Jamaica la revuelta más importante en territorio Británico protagonizada por 20.000 esclavos que quemaron más de 100 plantaciones. Este hecho convenció al gobierno británico de la imposibilidad de mantener el sistema esclavista forzando a la abolición. La noche en que Wilberforce murió, en 1833, la Cámara de los Comunes votó La Cláusula de Emancipación que abolió la esclavitud en todas las colonias inglesas del mundo.

Haití: La rebelión que se convirtió en revolución de los negros

            Pero todos estos hechos que tuvieron lugar en el continente no hubieran sido posibles sin el detonante que la independencia de Haití supuso para las mentalidades ilustradas de la época.

            Haití constituye un tercio de la isla Española (actual República Dominicana) y era una colonia francesa desde 1697 en el que el Tratado de Ryswick separaba en dos esta isla caribeña. Desde ese momento se intensificó el comercio de esclavos negros que eran empleados como mano de obra en las plantaciones de caña de azucar. El Código Negro francés promulgado por Luís XIV regulaba la vida, el trabajo y las relaciones de los negros.

            En 1791 se produce la primera revuelta de esclavos al mando de Bukman. Al morir este asumió el mando de la rebelión un esclavo negro llamado François Dominique Toussaint (1743-1803). Toussaint pronto se hizo famoso por su capacidad negociadora por lo que se le dio el sobrenombre de Louverture. En 1793 consiguió con la ayuda de España la liberación de todos los esclavos, consiguiendo así que la asamblea francesa aboliera la esclavitud en la isla. Por ello fue nombrado general primero, y luego comandante militar de las tropas haitianas.

            Hacia 1801 Toussaint promulgó la primera constitución del mundo que reconocía a todos los hombres libres y condenaba la esclavitud a todos los niveles. Toussaint organizó la isla como un estado semiautónomo, redujo los focos rebeldes de mulatos y colonos franceses y rechazó un intento de invasión británica en 1798.

            Napoleón no aceptó esta constitución y quisó recuperar por la fuerza la influencia sobre la isla y restablecer la esclavitud. Para ello envió un ejército de 25.000 hombres al mando de su cuñado el general Leblerc. La escusa de la invasión era reclamar una compensación para los colonos cuyos esclavos habían sido liberados, pero Toussaint no se dejó engañar tan fácilmente y replegó sus tropas a posiciones más seguras siguiendo una política de tierra quemada. Durante dos años ambos ejércitos lucharon por el control de la isla hasta que Leblerc mandó traer a los hijos de Toussaint que se encontraban en Francia y con una treta capturó a este. Enviado a Francia Toussaint murió por una infección en la prisión.

            Los franceses nunca más lograron restablecer la esclavitud ni el control en la isla, ya que el poder militar que había construido Louverture era tan fuerte que en 1803, los negros derrotaron al ejército francés en la batalla de Vertieres. Fue esta la primera de las derrotas que sufrió el ejército napoleónico. La independencia de Haití vendría en 1804, en la que sería el primer estado negro del mundo. Francia no reconocería esta independencia hasta 1826, no sin antes recibir a cambio una compensación económica de 150 millones de francos-oro.

De la prohibición de la trata a la abolición de la esclavitud.

Aunque se evitó la compraventa de personas, los esclavos de ultramar seguían siendo propiedad de sus amos. Considerados como mercancías, herramientas o animales, fuente de beneficio, trabajo o placer, eran invitados a reproducirse sin tener la garantía de poder fundar una familia. A menudo los esposos eran vendidos por separado, y los niños arrancados a sus padres. Los propietarios defendían la institución esclavista destacando su papel civilizador y el “dulce” trato que estos recibían por parte de sus amos. Pero esta propaganda estaba en contradicción con las numerosas revueltas que se fueron sucedieron (la más célebre la de Nat Turner en los Estados Unidos 1831), o con los múltiples intentos de fuga.

Fue Inglaterra la primera que se tomó en serio el movimiento abolicionista, primero actuando de vigilante de que los acuerdos del Congreso de Viena (1815) se llevaran a cabo, y segundo, procediendo a abolir la esclavitud en sus colonias. Inglaterra empleó 30 navíos de guerra y unas 1.000 personas para reprimir el tráfico negrero entre 1808 y 1870.

Aunque Francia, España y Portugal interrumpieron el tráfico de negreros antes de 1820, la trata continuó de forma clandestina hasta 1852. Solo en 1820, 40.000 esclavos abandonaron África en navíos franceses con destino a las Antillas, el sur de los Estados Unidos y sobre todo Brasil, que importaba anualmente unos veinte mil desde 1820 a 1823, y luego una decena de millar hasta 1852.

Las penosas condiciones en que los negros eran transportados en los barcos causaron una gran impresión en la opinión pública del continente. Los barcos negreros seguían una política inhumana en caso de apresamiento por un navío de guerra británico, ya que para eludir pruebas los negros eran arrojados por la borda. Por todo ello las sociedades antiesclavistas trataron de convencer a los gobiernos europeos para que concedieran a los ingleses el derecho de inspección. De esta manera el ejército inglés se convirtió en una policía marítima contra los negreros, asegurándose así una posición de control sobre las rutas y el comercio por los océanos.

Pero quizás uno de los principales argumentos contra el comercio de esclavos fue la difusión de muchas enfermedades por estos transportes. La malaria, las deshidrataciones, el cólera y otras enfermedades diezmaban los barcos. Además estas enfermedades también afectaban a la tripulación de los barcos. Muchos de los capataces y marineros morían junto a los negros o días después de haberlos desembarcado. Todo ello invitaba a ver en este negocio más inconvenientes que ventajas.

El movimiento abolicionista de Wilberforce se encargó de dar conferencias, realizar peticiones masivas al Congreso, distribuir tratados abolicionistas, así como emplear mujeres “respetables” como defensoras de la causa, tales como Hannah More, Elizabeth Dudley, Mary Dudley, Amelia Opie, etc. Pero también tuvieron que sufrir bastantes peligros. Recibieron amenazas de muerte, su correspondencia fue confiscada y sus peticiones al Congreso “amordazadas”. Aún así estos individuos, inspirados en el cristianismo, fueron los principales opositores al comercio y al empleo de esclavos como propiedad de un hombre sobre otro hombre.

La Iglesia Católica se sumó a la posición antiesclavista liderada por Inglaterra. Pio VII escribió una carta oficial dirigida al rey de Francia el 20 de septiembre de 1814 en la que expresaba con contundencia:

“Prohibimos a todo eclesiástico o laico que apoyen como legítimo, bajo cualquier pretexto, este comercio de negros, o enseñar en público o en privado de cualquier forma algo contrario a esta carta apostólica”.[4]

En 1823, volvió a insistir, esta vez al rey de Portugal “que finalmente se extirpe de raíz el ignominioso comercio de negros, para bien de la religión y del género humano”.

Los liberales apelaron a los principios de la Declaración de los Derechos del hombre y de los Ciudadanos, para liberar a los negros, mientras que los economistas, como Adam Smith, defendieron de las ventajas del trabajo libre sobre el trabajo servil o forzado. En su libro La riqueza de las naciones (1776) Smith considera a la esclavitud como antieconómica: “si deducimos el coste original y el gasto de su mantenimiento” (de los esclavos).

Para los liberales el mayor obstáculo para la abolición de la esclavitud estaba en el respeto al derecho de propiedad que los plantadores tenían sobre los esclavos. Cualquier intento de abolición de la esclavitud pasaba por la indemización por parte del Estado y por lo tanto de los contribuyentes. Es por ello que la abolición sufrió aplazamientos en todos aquellos lugares donde los esclavos eran numerosos y los plantadores influyentes.

            “… ¡No seré yo el que coloque el título de posesión de un colono sobre su esclavo en paralelo con el título de propiedad de sí mismo que Dios ha dado al hombre! Desaparecen antes las propiedades naturales y divinas (…) Pero ¿excluye esta noble causa el deber de indemnizar al colono expropiado? ¡No! Antes lo ordena. De otro modo ustedes reemplazarían una iniquidad por otra y para liberar al esclavo despojaríais al colono”.[5]

Hacia 1817 se funda en los Estados Unidos la Sociedad Americana de Colonización, cuya función fue la de “limpiar” de negros el suelo americano. Para ellos los únicos negros aceptables eran los esclavos activos. La Sociedad se encargó de transportar a antiguos esclavos negros a una colonia en África Occidental llamada Liberia. El candidato a presidente de gobierno, Henry Clay (1777-1852) apoyó el proyecto en los siguientes términos:

“¡Puede haber más noble causa que la que, a la vez que se a la vez que se propone librar a nuestro país de una parte inútil y perniciosa, de su población, prevé la diseminación de las artes de la vida civilizada, en una zona del globo que vive en tinieblas, y su posible redención de la ignorancia y la barbarie!”. Henry Clay

Los dos primeros “cargamentos” terminaron en desastre. Pero entre 1817 y 1847, fecha de la independencia de Liberia, la Sociedad había enviado unas 13.000 personas hacia el nuevo país.

Lewis Tappan (1788-1873) fue un abolicionista convencido al leer la biografía de William Wilberforce. Miembro de la Iglesia Cristiana Unitaria, luchó por conseguir la libertad de numerosos esclavos negros, entre los cuales se encontraron los que transportaba el buque Amistad. En 1846 fundó la American Missionary Association con la que creó numerosas escuales y colegios para dar educación de los libertos.

En 1833 el Parlamento británico votó la emancipación de los 800.000 esclavos que había entonces en las colonias inglesas de América. Los propietarios de las plantaciones fueron generosamente indemnizados por el Estado. Estos esclavos liberados pasaron a ser considerados aprendices-trabajadores, pero en muy pocos casos fueron considerados ciudadanos.

En Francia se inicia en 1835 un gran debate donde personalidades como Hippolyte Passy, Destutt de Tracy y Tocqueville abogaron por la abolición de la esclavitud. En 1843 el duque de Broglie realiza un informe favorable a la emancipación de los esclavos con indemnización. Esta llegará el 30 de abril de 1849 con la promulgación del Acta de emancipación, en que se prevé un crédito de seis millones de francos para indemnizar a los propietarios de los casi 250.000 esclavos emancipados.

Otros países como Dinamarca (1848), Portugal (1854) ú Holanda (1863), seguirán este ejemplo. En el caso holandés, los boers de El Cabo prefirieron emigrar antes que renunciar a la mano de obra servil. Los últimos bastiones de la esclavitud fueron los Estados Unidos (1865), Puerto Rico (1872), Cuba (1885) y Brasil (1888). En 1890 tuvo lugar en Bruselas la Conferencia sobre Esclavismo en África, que trató de confirman los resultados obtenidos por la abolición. No obstante el tráfico de esclavos continuó en el mundo hasta bien entrado el s.XX ya que los países musulmanes siguieron dedicándose al comercio esclavo

En 1925 se celebra en Ginebra la Convención sobre la Esclavitud, convención que fue modificada por el Protocolo aprobado en 1953 por las Naciones Unidas, en donde se llegaba al compromiso de prohibír el trabajo forzoso y la supresión de la trata de esclavos por tierra o por mar.

“Artículo 2: Las Altas Partes contratantes se obligan, en tanto no hayan tomado ya las medidas necesarias, y cada una en lo que concierne a los territorios colocados bajo su soberanía, jurisdicción, protección, dominio (suzeraineté) o tutela:

  1. A prevenir y reprimir la trata de esclavos;
  2. A procurar de una manera progresiva, y tan pronto como sea posible, la supresión completa de la esclavitud en todas sus formas

Artículo 5: Las Altas Partes contratantes reconocen que el recurso al trabajo forzoso u obligatorio puede tener graves consecuencias y se comprometen, cada una en lo que concierne a los territorios sometidos a su soberanía, jurisdicción, protección, dominio (suzeraineté) o tutela a tomar las medidas pertinentes para evitar que el trabajo forzoso u obligatorio lleve consigo condiciones análogas a la esclavitud”.[6]

Los últimos países en el mundo en abolir la esclavitud en sus territorios fueron la Península Arábiga (1962) y Mauritania (1980). No obstante, en algunos países donde existe la sharia o ley extraída directamente del Corán, la esclavitud sigue permitiéndose. Según Mahoma, el creyente puede suavizar la esclavitud, pero no abolirla. Hoy en día, en los países donde conviven árabes y negros, como en el Sudán, los negros son víctimas de razzias árabes, siendo sometidos a la fuerza a un trato cruel y permanente.

En el mundo actual siguen existiendo estructuras laborales y sociales que son claramente esclavistas: sueldos ínfimos, condiciones laborales deplorables, ausencia de medidas de seguridad, explotación infantil, etc. Todo ello para sustentar las ganancias de algunas multinacionales y con la complicidad de gobiernos corruptos que hacen la vista gorda. De hecho, en la actualidad sigue existiendo un tráfico de doncellas donde ricos príncipes árabes por pedido, reciben suministros de mujeres provenientes de otras regiones africanas, según los apetitos personales. La agencia de noticias Fides reveló en 2004 que, cada año, más de un millón de niños son vendidos en los mercados de la prostitución o son comprados para engrosar las filas de ejércitos y guerrillas, o lo que es mucho peor, son asesinados para extraer sus órganos vitales a precios astronómicos. En Tailandia, entre 1993 y 1995, la prostitución infantil representó entre el 10 y el 16 por ciento del producto interior bruto. Un hígado de un niño, asesinado para extraer sus órganos, alcanza en el mercado ilegal los 30.000 euros. Por ello, todavía queda mucho camino por recorrer para que el fin de la esclavitud y la explotación del ser humano contra su dignidad vea su fin.

Estados Unidos y la guerra de Secesión

            El caso de Norteamérica es revelador. Para el historiador valenciano José Luis Peset, la guerra civil norteamericana y la cuestión de la esclavitud son los ejes reales del debate decimonónico. Así, la ciencia occidental empieza a condenar al negro como inferior a medidados del siglo XIX con una clara intencionalidad política.

A medidados del s. XIX entraron en conflicto dos sistemas económicos. Mientras el sur agrícola seguía un sistema esclavista con grandes plantaciones para las cuales necesitaban una gran mano de obra, el norte industrial llevaba un sistema capitalista con fábricas y trabajo asalariado. Ambos sistemas se disputaban el control del país y de la expansión hacia el Oeste. Una expansión que se realizó asesinando a los indígenas (que ellos llamaban “indios salvajes”), para robarles sus tierras. Los esclavistas necesitaban estos terrenos, pues su sistema de plantación agotaba el suelo muy rápidamente. La invención por Whitney de la máquina de desmontar el algodón (1793), permite multiplicar el rendimiento del trabajo por 50. La demanda europea también aumenta, por lo que crecen las extensiones de plantación de algodón así como la mano de obra servil que lo trabaja. A pesar de que la trata de esclavos había sido prohibida en 1808, el número de esclavos negros pasa de 1.191.000 a los casi 4 millones en 1860. También el precio del trabajador varón se eleva de 600 a 1.800 dólares. A todo esto hay que añadir otros factores como son el esclusivismo de los plantadores cuyo prestigio social se medía por el número de esclavos que tenían en sus campos, o el temor de que los negros liberados pudieran hacerles la competencia en el plano económico o político. Por todo ello el Sur defendería el mantenimiento de la esclavitud.

Al disminuir la trata y con ello la posibilidad de aprovisionarse de nuevos esclavos, en algunos territorios esclavistas se empezó a favorecer la reproducción de los negros, algo que hasta entonces se había evitado considerando que era más económico comprar nuevos esclavos cuando morían que asumir la baja productividad laboral de las esclavas gestantes:

“Entonces algunos plantadores pensaron dedicarse a la ‘cría’. Seleccionaban ‘sementales’ y ‘reproductoras’. El precio de las mujeres esclavas en edad de tener hijos se elevó a la altura del precio de los hombres en la plenitud de sus fuerzas. En algunas plantaciones se consideraba que estas mujeres tenían que dar a luz un hijo por año. Los ‘breeding States’ principales, estados dedicados a la cría, eran Virginia, Carolina del Norte, Maryland, Kentucky, Tenesse y Missouri. Allí se cuidaba al ‘ganado de color’ y las reproductoras buenas eran mimadas y sobrealimentadas.”[7]

Por contra, los industriales del Norte y California querían el oro, petróleo y otras riquezas del Oeste. Para ellos la esclavitud no tenía las funciones económicas y sociales que representaban para los blancos del Sur.

Las convicciones religiosas y las ideas morales tuvieron una gran influencia en la aparición de un movimiento abolicionista. En 1831 William Lloyd Garrison (1805-1879) funda el periódico The Liberator que influirá enormemente en la opinión pública con sus proclamas antiesclavistas y dos años más tarde se funda la American Anti-slavery Society. Los abolicionistas norteños rechazaban indemizar a los plantadores con fondos públicos, y defendían el uso de la fuerza para imponer la abolición a aquellos que se negaban a renunciar a lo que eufemísticamente llamaban “la institución particular”. El choque entre estas dos formas de entender la economía conducirá a la Guerra de Secesión.

            Para ganar la guerra, los estados del Norte tuvieron que prometer a los esclavos su liberación, así como el derecho a poseer tierras. Al acabar la guerra con la victoria de los estados federados del norte, estas promesas quedaron en el olvido. Más aún, el gobierno mandó al ejército a aplastar las revueltas de negros y blancos pobres que demandaban el cumplimiento de compromisos acordados antes de la guerra. En poco tiempo los negros volvieron a trabajar a la fuerza en las plantaciones donde habían sido esclavos, si bien ahora con un estatus diferente. Trabajaban para los mismos amos como aparceros (share-croppers) y jornaleros. Un trabajo intenso “desde la madrugada hasta el anochecer”, acosados por enormes deudas que no podían pagar y sometidos al terror de grupos terroristas como el Ku Klux Klan.

            El gobierno protegía los intereses de la clase dominante quienes después de la guerra si que vieron mejorada su posición económica: los capitalistas norteños tenían el dominio del país entero y la posibilidad de poder expandir su sistema capitalista. La igualdad para los negros chocaba con los intereses de los capitalistas, asi que la solución fue romper las promesas realizadas antes de la guerra y emplear la fuerza para mantener a los negros, pobres, explotados y segregados. La excusa que se empleó fue decir que los negros “no estaban preparados” para la libertad y la igualdad plenas.

            El antropólogo francés Louis Dumont ha apuntado que el racismo se desarrolla en los Estados Unidos, una vez que es suprimida la esclavitud. Al desaparecer la distancia institucional que esta implicaba, el racismo permite volver a instaurar esta distancia. Para Dumont el racismo constituye un fruto envenenado de la Ilustración, un producto específico de la modernidad y del individualismo que ésta supone.

            Fueron los Estados del Norte antiesclavistas los primeros en practicar la segregación racial, incluso antes de la Guerra de Secesión: libertad si, igualdad no. La enmienda 13 de la Constitución que decretaba la emancipación parcial de los negros, no los hizo iguales a los blancos. Los negros fueron confiados a profesiones subalternas como criados, mozos, nodrizas, peones, o aparceros en las tierras de sus antiguos amos.

Se popularizó la tristemente célebre “regla de una gota” (One-Drop-Rule) para comprobar la supuesta “pureza racial”. Esta ley, que estuvo vigente en los tribunales de los Estados del Sur hasta el año 1970, consideraba negro a aquel que llevara en su cuerpo una sola gota de “sangre negra”, procedente de las últimas cinco generaciones.

            Hombres como Broker T. Washington y W.E.B. Du Bois, jefes de una pequeña burguesía negra lucharon por la promoción cultural, profesional y política de los negros. Junto con un grupo de intelectuales blancos fundaron la Asociación Nacional para el Progreso de las gentes de color. Como se llevó a cabo esta lucha lo veremos más adelante.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Abate Gregoire. Cit. Fco. José Muñoz Vivas. La esclavitud en Hispanoamérica. Isla de Arriarán, XVII, 2001.
[2] John Wesley, 1791. Cit. Eric Metaxas. 7 hombres y el secreto de su grandeza. Grupo Nelson, 2013. p. 50
[3] William Wilberforce. Cit. JOSÉ LUIS CORTÉS LÓPEZ, “200 años de la Abolition Act. Oprobio y escándalo”: Mundo Negro 520 (jul-ag.2007) 28-33
[4] Pio VII. Cit. JOSÉ LUIS CORTÉS LÓPEZ, “200 años de la Abolition Act. Oprobio y escándalo”: Mundo Negro 520 (jul-ag.2007) 28-33
[5] Declaración de Lamartine sobre la emancipación de los esclavos (Cámara de los diputados, 15-2-1838)
[6] Convención sobre la Esclavitud. 25 de septiembre de 1926
[7] Jean Meyer. Esclavos y negreros. Aguilar, Madrid, 1990 (p. 103)
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