13.3. Colonialismo, imperialismo y racismo

            Con la Ley Áurea promulgada en Brasil en 1888, se consigue la definitiva abolición de la esclavitud en en el mundo occidental. Tan sólo el mundo islámico seguirá permitiendo el tráfico de esclavos y es en países actuales como Mauritania, de mayoría islámica, donde la esclavitud sigue siendo una práctica cotidiana.

La Conferencia de Berlin de 1885 dejó clara la postura de los países participantes en cuanto al deseo de abolir el comercio de esclavos. Así en el capítulo II, deferente a la trata de esclavos se dice:

            Art 9. Estando prohibida la trata de esclavos en virtud de los principios del derecho de gentes, según se hallan reconocidos por la spotencias signatarias, y debiendo considerarse también como prohibidas las operaciones que por tierra o por mar proporcionan esclavos para la trata, las potencias que ejercen o jercieran derechos de soberanía o que tengan influencia en los territorios que forman la cuenca convencional del Congo, declaran que aquellos territorios no podrán servir de mercado ni de vía de tránsito para la trata de esclavos de cualquier raza que sean, comprometiéndose cada una de estas potencias a emplear todos los medios que estén a su alcance para concluir con este comercio y para castigar a los que se ocupan de él”.[1]

A medida que progresaba el abolicionismo, dejó de ser necesaria la justificación de la esclavitud, pero empezó a ser imprescindible encontrar argumentos que disculparan la colonización. En ese sentido el evolucionismo positivista será la doctrina que permitirá el dominio blanco sobre el continente africano. El negro dejó de ser “el animal” para convertirse en el primitivo, el salvaje o, en el mejor de los casos, el niño necesitado de tutelaje. Por ejemplo, el boer Jan Smuts pronunciaba una conferencia en Oxford en 1929 en la que afirmaba que el negro es tan infantil y alegre que se le puede considerar un “tonto feliz”:

            “El africano es un tipo humano con algunas características maravillosas. En buena medida ha seguido siendo un tipo infantil, con una psicología y un aspecto infantiles. Un ser humano tipo infantil no puede ser una mala persona porque ¿no nos mostramos dispuestos en los asuntos espirituales a ser como niños? Tal vez como resultado directo de este temperamento el africano es el único ser humano feliz con el que me he topado.”[2]

            La Enciclopedia Británica de 1911 hacía eco de esta idea.

“…la constitución mental del negro es muy similar a la de un niño, normalmente bien dispuesto y alegre, pero sujeto a súbitos accesos de emoción y pasión durante los que es capaz de realizar actos de atrocidad singular, impresionable, vano, pero exhibiendo frecuentemente en la función de sirviente una fidelidad canina que ha pasado la prueba suprema”.[3]

El médico y filósofo franco-alemán Albert Scweitzer, lo dijo de otra manera:

“El negro es un niño, y con los niños no se puede hacer nada sin autoridad.”[4]

La ideología colonialista convirtió a los negros en niños que nunca crecen. Esto se refleja en la forma en que el blanco se dirigía al negro en las colonias, llamándole boy, (muchacho). Hasta hace poco, en muchos sitios del Sur de EE.UU., el negro era el boy, independientemente de su edad, de tal manera que un blanco de 18 años se dirigía a un negro de 60 llamándole boy. En muchos casos esta visión llevaba a muchos colonos a tratar con rudeza y mano dura a los negros, como si de ganado se tratara.

“Los negros obedecen a impulsos y móviles del todo diferentes a los nuestros. Si doy a un jefe negro un buey, se creerá con derecho a robar todo mi ganado. Si le doy un latigazo se apresurará a traerme ganado (…). Si trataís bien al negro creerá que le tenéis miedo. Si le maltratáis creerá en vuestra superioridad.” Dr. Peters, colonizador alemán.

El antropólogo francés Levy Bruhl (1857-1939) atribuirá a los negros una mentalidad “prelógica”. Estos pueblos se hallarían en las primeras etapas de la evolución, por lo cual merecían ser llamados “primitivos”.

            Influido por el evolucionismo darwinista y la idea de “pueblos prelógicos”, Arthur Gobineau llegará a afirmar:

“La variedad negra es la más baja y ocupa los peldaños inferiores. El carácter animal dado a su forma básica le impone su destino desde el instante mismo de la concepción. Nunca pasa de las zonas más restringidas del intelecto… Si sus facultades reflexivas son mediocres o incluso inexistentes, sus deseos y, por consiguiente, su voluntad poseen tal intensidad, que a menudo resultan terribles. Muchos sentidos se hallan desarrollados en ella con un vigor desconocido en las otras dos razas; sobre todo el del gusto y el del olfato. Precisamente ese afán de sensaciones es el que nos demuestra de manera más primaria su inferioridad”.[5]

            En su “análisis” Gobineau arremete contra las sociedades negras:

            “Las costumbres de esas poblaciones parecen ser las más brutalmente crueles. La guerra de exterminio, esa es su política; la antropofagia, esa es su moral y su culto. En ninguna parte, puede uno ver ni villas, ni templos, ni nada que indique sentimiento alguno de sociabilidad. Es la barbarie en toda su fealdad, y el egoísmo de la debilidad en toda su ferocidad”.

            “Las bestias feroces parecen de una esencia demasiado noble para servir de punto de comparación a estas tribus horribles. Los monos bastarán para representar la idea de la psiquis, y en cuanto a la moral, uno se considera obligado a evocar el parecido con los espíritus de las tinieblas”.[6]

En otros casos se apelará a la dificultad de que los negros pudieran civilizarse debido a su primitivismo. Así aparece en el Curso de geografía universal de Farmochi.

            “Sin negar que los negros se puedan civilizar, es cierto, pero, que su civilización siempre será inferior a la nuestra, porque la fuerza de la mente de aquella gente es realmente inferior. Creemos que la raza superior a cualquier otra, aquella de la que dependerá siempre el destino del mundo, es la raza blanca”.[7]

La medicina y la psiquiatría también contribuyeron aportando argumentos que justificasen el racismo y el recurso a la esclavitud. Hacia 1797, uno de los firmantes de la Declaración de la Independencia, considerado como el padre de la psiquiatría americana, el médico Benjamín Rush (1746-1813), afirmó que el color de los negros era debido a una rara enfermedad hereditaria llamada “Negritud”, derivada de la lepra, y que la única cura que había era volverse blanco. Esta supuesta enfermedad se utilizó como argumento para justificar la segregación de modo que los blancos no se “infectaran”.

En 1851, Samuel Cartwright (1793-1863) anunció que había descubierto dos enfermedades mentales que justificaban la esclavitud. La drapetomanía y la dysaesthesia aethiopis. Para Cartwright la drapetomanía era un grave impulso en los negros a escapar de sus amos, y para ello, el mejor tratamiento para esta enfermedad era “sacarles el demonio a latigazos”. Por otra parte la dyasethesia aethiopis, pretendía explicar la pereza de los esclavos y era considerada un deterioro que afectaba tanto al cuerpo como a la mente de los negros. Los síntomas incluían desobediencia, contestar irrespetuosamente y rehusarse a trabajar. El tratamiento consistía básicamente en “trabajo rudo”. Cartwright afirmó: “El coercitivo del hombre blanco, al hacer que el negro perezoso se volviera activo, pone en acción los pulmones, a través de los cuales la sangre vitalizada es enviada al cerebro para darle la libertad a la mente”.

 “Si el hombre blanco intenta oponerse a la voluntad de Dios, tratando de hacer del negro algo más que un “humilde siervo” […] intentando elevarlo a su mismo nivel, o poniéndose en igualdad ante el negro; o si abusa del poder que le ha dado Dios sobre él, siendo cruel o castigándolo con fiereza […] el negro huirá; pero si lo mantiene en la posición… de sumisión; y si su maestro o supervisor es amable y atento en sus cuidados, sin condescendencia, y al mismo tiempo se preocupa de sus necesidades físicas, y le protege de abusos, el negro estará a su servicio, y no podrá huir.

[…] Dos clases de personas están predispuestas a perder a sus negros: aquellos que se familiarizan con ellos, tratándolos como iguales, sin hacer ninguna distinción en cuanto al color; y, por otra parte, aquellos que los tratan cruelmente, negándoles las comunes necesidades vitales […] Antes de que los negros huyan, a menos que estén muy asustados o paralizados de miedo, se vuelven malhumorados y descontentos. La causa de este malhumor y descontento debe ser indagada y eliminada, o estarán preparados para huir o caer en la tuberculosis Negra… La experiencia [está] a favor de sacársela a latigazos, como medida preventiva para la huída u otra mala conducta. A esto se le llama “sacarles el diablo a latigazos”.[8]

Otro de los argumentos exgrimidos contra los negros era su falta de humanidad justificada en la “cercanía” de estos con los monos. Así se expresaba J. Junt ante un auditorio de científicos de la Sociedad Antropológica de Londres.

“Las analogías entre los negros y los monos son más grandes que entre los monos y los europeos. El negro es inferior, intelectualmente, al hombre europeo. El negro sólo puede ser humanizado y civilizado por los europeos”.[9]

El racismo fue la ideología empleada para justificar las acciones de dominación colonial de finales del s. XIX y principios del XX. La Conferencia de Berlín de 1885 legitima el “reparto de África”. Doce países europeos, el Imperio Otomano y Estados Unidos se consideran con derechos territoriales exclusivos sobre el continente africano, ignorando a los pueblos que lo habitaban. El rey Leopoldo II de Bélgica (1835-1909) asumió el Congo como una propiedad privada imponiendo un régimen esclavista y genocida. Se calcula que durante el dominio de Leopoldo fueron exterminados unos diez millones de nativos, la mayoría de ellos esclavizados, mutilados o amenazados de muerte para que trabajaran en la obtención del caucho.

Francia arrasa en 1893 la ciudad de Tombuctú destruyendo su cultura varias veces centenaria. También será Francia la responsable de la conquista y destrucción del Reino de Dahomey (1894) o de Madagascar (1895). El Reino Unido conquista y destruye el Reino de Benín (1897), mientras que el empresario y mercenario inglés Cecil Rhodes se apropia del cono sudafricano. Francia y España, mediante la Conferencia de Algeciras (1906), convierten Marruecos en un “protectorado”. La matanza por inanición y envenenamiento del agua de los pueblos Herero y Namaqua en el desierto de Namib, entre 1904 y 1907, por parte de los colonizadores alemanes, se convierte en el que ha sido considerado como el primer genocidio del siglo XX. En total perecieron unos 65.000 Herero (el 80% de la población total) y 10.000 Namaqua (el 50% de la población total).

            El acta surgida de la Conferencia de Berlín de 1885 estableció el reparto de las colonias en África, pero excluía a los africanos de la esfera de los derechos del hombre. El Estado colonial se creía en el deber de civilizar los territorios colonizados, monopolizando en su beneficio funciones que corresponden a los individuos y a la comunidad civil. A los indígenas no se les reconocía ningún derecho. A cambio los países colonizadores prometían su “conservación, mejorar sus condiciones de vida morales y materiales, y luchar contra la esclavitud, en especial contra la trata de esclavos”.

            A finales del siglo XIX corresponde el auge de los nacionalismos y la creación de los grandes imperios de Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y Rusia. Estas naciones basarán su grandeza en mantener una competición colonial y en este sentido las teorías racistas justificarán muy bien las ambiciones políticas y estratégicas, para mantener el dominio y el control de los pueblos de África, Asia y el Pacífico.

“La afirmación de que era deseable que los hombres dominasen la naturaleza, y que los europeos eran quienes estaban mejor armados científicamente… para ello inspiró a numerosos autores la convicción de que era el destino y el deber de los europeos tomar en sus manos las regiones ocupadas por pueblos menos avanzados… La demanda creciente de materias primas por las zonas industrializadas de Europa y América del Norte se convirtió en una de las racionalidades que se invocaron con más frecuencia para justificar la expansión imperialista en África, en el sureste asiático e incluso en zonas tan pobladas y cultivadas como China”.[10]

            Para justificar la presencia colonial en el continente africano se esgrimieron crueles argumentos como que eran infantiles, indolentes y perezosos. Esta pereza se llegó a decir que era innata y exclusiva de la raza negra. Así lo expresaba un observador europeo de inicios del s. XIX:

“Dotado con un descuido que es totalmente único, con una agilidad, indolencia y pereza extremas, y una gran sobriedad, el negro vive en su suelo nativo, en la apatía más dulce, inconsciente a la necesidad o al dolor o a la privación, no es atormentado ni por las preocupaciones de la ambición, ni por el ardor devorador del deseo. Para él los artículos necesarios e indispensables para la vida se reducen a un número muy pequeño; y esas necesidades sin fin, que atormentan a los europeos, no son conocidas entre los negros del África”.[11]

            Esta era una reformulación del famoso mito rusoniano del “buen salvaje”, incapaz de tener un mínimo de espíritu emprendedor era inadmisible para el burgués europeo. La indolencia y la pereza del negro lo inhabilitaban históricamente para desarrollar cualquier civilización. Quizás algún negro podría ser civilizado pero, en palabra de Madison Grant, este proceso debía de imponerse desde fuera ya que el negro no poseía ese “impulso propio”.

“Siempre que la iniciativa para imitar a la raza dominante desaparece, el negro, o lo que para esta cuestión es lo mismo, el indio, revierten rápidamente a su grado ancestral de cultura. En otras palabras, es el individuo y no la raza la que es afectada por la religión, la educación y el ejemplo. Los negros han demostrado a través del tiempo que son una especie estacionaria, y que no poseen desde dentro la potencialidad de progreso o iniciativa. El progreso derivado de un impulso propio no debe ser confundido con la mímica o con el progreso impuesto desde afuera por la presión social, o por el látigo de los esclavistas”.[12]

            La pensadora alemana Hannah Arendt (1906-1975), afirma que el imperialismo que estaban llevando a cabo las grandes potencias europeas en su “pelea por África”, necesitó inventar el racismo como la única excusa para su comportamiento criminal. Más aún, el racismo colonialismo preparó el terreno para el racismo genocida de Estado; “si el hitlerismo ejerció un poderoso atractivo internacional e intereuropeo durante la década de 1930 fue porque el racismo, aunque sólo era doctrina de Estado en Alemania, había ya logrado un enorme éxito ante la opinión pública internacional”.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Acta General de la Conferencia de Berlín de 26 de febrero de 1885.
[2] Jan Smuts (Mamdani, 1998). Cit. Luís César Bou, África y la historia, 2001. P. 38
[3] Encyclopedia Britannica, 1911. Cit. Luís César Bou, África y la historia, 2001. P. 37 y 38
[4] Idem
[5] Gobineau, 1884.cit. Luís César Bou. África y la historia, 2001. P. 28.
[6] Gobineau, 1884.cit. Luís César Bou. África y la historia, 2001. P. 29.
[7] Farmochi. Curso de geografía universal, 1850.
[8] Samuel Cartwright. “Enfermedades y peculiaridades de la raza negra”; 1851
[9] J. Junt. Sesíon científica de la Sociedad Antropológica de Londres. 1863.
[10] Perrin. Le culte du moi. 1888
[11] Pieterse. 1992. Cit. Luís César Bou. África y la historia, 2001. P. 40
[12] Madison Grant, 1916. Cit. Luís César Bou. África y la historia, 2001. P. 41
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