13.4. La propaganda racista

Los imperios coloniales no se hubieran sustentado sin una eficaz propaganda de corte racista en la que se mostraba a los pueblos colonizados como crueles e ignorantes. Estos debían de ser salvados de la antropofagia y la esclavitud, por una raza nórdica, claramente superior. Esta propaganda permitirá justificar la brutal represión de las revueltas indígenas, como las de Bugeaud en Argelia en 1845-1846, las guerras maoríes en Nueva Zelanda en las décadas de 1840, 1850 y 1860, las de los cipayos en la India en 1857, hasta la matanza de los Herero en Namibia por parte de los alemanes en 1904-1907 y la eliminación casi total de los aborígenes australianos a manos de los ingleses.

            La influencia de esta propaganda irá creando una serie de prejuicios que influirá en muchas generaciones posteriores. En 1931, Albert Bayet acuñó el término de “colonización democrática”, que venía a significar una obligación de incluir en el orden del progreso a las sociedades indígenas consideradas estas en una etapa infantil.

            Una de las actividades más importantes de la propaganda racista fue la Exposición Colonial Internacional de 1931, cuya finalidad era exaltar la “misión civilizadora” de las metrópolis. En realidad esta exposición no fue sino un zoo humano en el que los “indígenas” eran exhibidos como animales. Los visitantes iban pasando por los diferentes recintos de la exposición examinando a las “gentes salvajes que no eran como nosotros”.

            Esta experiencia no era nueva. Ya en 1877 el francés Geffroy de Saint-Hilaire, creó el Jardín d´Acclimatation en el que se presentaba a un grupo de nubios y esquimales como “espectáculos etnológicos”. La prensa los calificó como “bandas de animales exóticos, acompañados por individuos no menos singulares”. Posteriormente fueron exhibidas “guerreras salvajes del Amazonas”, y hasta 1912 casi una treintena de exhibiciones etnológicas fueron desfilando por las jaulas del huerto de aclimatación.

            Una de las atracciones más frecuentes era una “aldea negra” formada por más de 400 africanos en la que se representaba de manera esperpéntica un poblado africano.

            “Desde entonces no hubo una ciudad, una exposición ni un francés que no descubriese, con ocasión de una tarde soleada, una reconstrucción “idéntica” de estos lugares salvajes, poblados de hombres y de animales exóticos, entre un concurso agrícola, la misa dominical y el paseo por el lago”.[1]

            En el Reino Unido y en los Estados Unidos este tipo de representaciones eran frecuentes. Entre 1810 y 1930 fueron exhibidos zulúes, bosquimanos y «hotentotes».

LOS ASHANTI EN EL HUERTO DE ACLIMATACIÓN

            Pues bien! No, yo no mantengo que son horribles. Hay en ellos una belleza humana, estén seguros de ello. Un rostro bello es el que, por su forma, no despierta en absoluto la idea de las funciones nutritivas y de los instintos egoístas, sino que sólo expresa sentimientos de sociabilidad o preocupaciones intelectuales. Una bonita boca, por ejemplo, es aquella de la que olvidamos que está hecha para comer, y creemos formada tan sólo para sonreír, para cantar o para ser besada. Ahora bien, la boca de los ashanti está claramente hecha para comer, y para comer groseramente, con gran actividad de los caninos clavándose en la carne sangrante. Esa boca es dos o tres veces más grande que la nuestra, y está sostenida por unas muy anchas mandíbulas; supera en mucho la línea de la nariz; está toda echada hacia delante; es amenazadora. Su nariz parece estar hecha tan sólo para olfatear la presa y sus ojos para acecharla. La inclinación de la frente sin pensamiento hace de sus rostros un hocico. Si un animal tuviese esta jeta, podría ser muy bien un animal muy bello y que incluso no tendría un aspecto más malvado que un león o un leopardo. Sin embargo, esta cabeza carnicera, al estar apoyada en cuerpos parecidos a los nuestros, da miedo y hace daño, quizá porque, colocada así, nos recuerda brutalmente nuestros orígenes bestiales. Resumiendo, estos buenos ashanti son desagradables de ver, no porque tengan cabeza de animal, sino porque, al tener estas cabezas, aún así tienen aspecto de ser seres humanos.

            Al menos, estos ashanti (hablo sólo de los varones) tienen cuerpos muy bellos, aunque no tan bellos como los de los gimnastas de nuestros circos, sostenidos por unas piernas un poco delgadas. Las mujeres tienen unas cabezas más presentables que los hombres, y una dulzura de bestias sumisas en sus ojos y en la boca. Pero son pequeñas, macizas, el torso demasiado corto, las piernas como pilares, los pechos largos y colgantes como odres y, en su punta, rugosidades de piel de elefante que forman el pezón. Ambos sexos están ceñidos con cotonadas a rayas o con pieles teñidas de colores vivos.

            … Alguien, cerca de mí, preguntaba ingenuamente y casi encolerizado:

            “Pero, vamos a ver, ¿para qué sirven los ashanti? ¿Por qué hay ashanti? ¿Qué es lo que estas gentes han venido a hacer a este mundo?”

            Han venido a comer, a beber, a bailar, a gozar, a sufrir, a dormir, a morir – exactamente igual que los civilizados –. Y ya es bastante. Pero ¿piensa usted que esto no los excusa suficientemente de vivir? ¿Cree usted que nosotros, los arios, tenemos, sólo nosotros o casi sólo nosotros, por nuestros sueños, nuestro arte, nuestras virtudes, por el conocimiento cada vez mayor que tomamos del universo, razones válidas de existir? ¡Pues bien! Digamos que los ashanti y los demás salvajes existen para servirnos un día…”[2]

Exhibidos en museos

            Cuando los colonizadores holandeses llegaron al África del Sur contactaron con los indígenas del grupo joi-joi a quienes denominaron hotentotes. El carácter afable de estos los llevó a recibir amigablemente a los boers instalados en el siglo XVII en la Colonia del Cabo por la Compañía de Indias Orientales holandesa. Las tierras fueron rápidamente apropiadas por los blancos, y los joi-joi sometidos a la esclavitud y servidumbre, o bien simplemente exterminados.

            La “Venus Hotentote” fue una pobre mujer joi-joi de nombre Saartje (“Sarita” en holandés) Baartman, de nalgas prominentes que fue llevada a Europa para ser exhibida como atracción en ferias y espectáculos. En 1810 fue llevada a Londres por William Dunlop, un médico de la armada británica. Con apenas 25 años Sara Baartman recorrió Inglaterra exhibida mediodesnuda, como curiosidad científica y monstruosa. Exhibida en los “freak shows” de Piccadilly Circus, los espectadores pagaban para verla, y por un extra podían tocar sus nalgas prominentes. Al final, una asociación benéfica solicitó la prohibición del espectáculo y la pobre mujer africana fue llevada a los tribunales acusada de escándalo público. Después fue trasladada a Francia, donde un domador de fieras la exhibió durante quince meses junto a varios animales. Fue en París donde un grupo de científicos naturalistas, entre los que destacaba Cuvier, la estudiaron con detenimiento. El mismo Cuvier la describió como una mujer inteligente, de excelente memoria y que hablaba fluidamente el holandés.

            En 1815 esta mujer falleció debido a lo que se llamó una “enfermedad inflamatoria”. Los científicos parisinos se reunieron para realizar la autopsia. Cuvier realizó un vaciado de su cuerpo en escayola y luego publicó los resultados de la autopsia en academias científicas en términos muy deshumanizantes: comparó los genitales de Baartman con los de los simios. El cuerpo de Baartman fue descuartizado y sus partes vendidas y repartidas entre diversas escuelas y museos. El esqueleto, el cerebro y los genitales fueron exhibidos en el Museo del Hombre de París. Fueron justamente los genitales los que mayor expectación causaron por presentar una elongación de los labios menores de la vagina, lo que en aquella época se denominaba sinus pudoris o “cortina de la vergüenza”. En base a los estudios de la “Venus Hotentote” Josiah Clark Nott llegó a la conclusión de que los hotentotes junto con los bosquimanos, eran: “… los especimenes más bajos y más bestiales de la humanidad”.

            El cuerpo de Baartman fue reclamado en 1994 por el gobierno de Mandela y después de un largo debate que llegó a la Asamblea Nacional de Francia, los restos retornaron a Sudáfrica en 2002 para ser enterrados. La poetisa sudafricana Diana Ferrus le dedicó un poema que, entre otras cosas dice:

            He venido a sacarte de esta miseria

a llevarte lejos de los ojos curiosos

del monstruo fabricado por el hombre

que vive en las tinieblas

con sus garras de imperialismo

que diseccionó tu cuerpo parte por parte

que asoció tu alma a la de Satán

y se declaró él mismo el dios absoluto. (Ferrus, 2000)

            El caso de la “Venus Hotentote” no fue el único. A lo largo del s. XIX otras personas de distintos tipos raciales (excluidos blancos por supuesto), fueron a parar a las vitrinas de los museos de historia natural de Europa y Norteamérica. Por ejemplo en España tuvimos el triste caso del “Negro de Banyoles” que fue exhibido durante más de un siglo en diferentes museos, hasta que en el 2000 fue trasladado a Botswana donde fue enterrado, no sin antes cierta polémica en el país.

            Su origen se remonta a 1825, año en que dos hermanos franceses, taxidermistas de profesión, Edouard y Jules Verreaux, realizaron varios viajes al África del Sur para reunir una colección de animales africanos. En uno de estos viajes obtuvieron el cadáver de un africano, robándolo de su tumba cuando días antes había sido enterrado por sus familiares. En una carta escrita por Jules Verreaux el 12 de mayo de 1831 desde Sudáfrica, informa a Cuvier de la llegada a París de una “gran colección de objetos procedentes de esta zona de África”. Y señala: “En la colección ocupa un lugar prominente un bechuana disecado muy bien conservado y que casi me costó la vida, ya que para obtenerlo tuve que exhumarlo de noche en un lugar vigilado por sus parientes”.

            Los Verreaux sometieron el cadáver a la taxidermia y lo llevaron a un museo de su propiedad “Maison Verreaux” que tenían en París. Allí fue expuesto en una vitrina, con una lanza en la mano y un escudo en la otra.

            A la muerte de los fundadores, la viuda de Edouard vendió buena parte de la colección. Uno de los compradores fue un veterinario catalán llamado Francesc Darder, antiguo director del zoológico de Barcelona. En 1916 fundó su propio museo en Banyoles (Girona) donde el cadáver disecado estuvo expuesto hasta que en 1991 el médico haitiano Alphonse Arcelin se dio cuenta de era un hombre real el que era exhibido como si fuera un objeto o un animal más. Arcelín consiguió el apoyo diplomático de los países africanos, de la propia Organización para la Unidad Africana y del también secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annam. Por fin el “Negro de Banyoles” fue retirado de la vitrina en 1997 y en octubre de 2000 sus restos fueron repatriados a Botswana, concretamente a Gaborone, la capital de este país africano. En medio de una gran ceremonia el ministro de exteriores local expresó su «indignación» por lo que la Organización de Estados Africanos definió como un ejemplo de «ser humano utilizado como atracción turística».

Los zoos humanos

            Junto a las “piezas” que aparecían disecadas en los museos de historia natural, empezaron a ser habituales una serie de espectáculos llamados “exposiciones etnográficas”o “aldeas negras”. Estas aldeas reunían a grupos de aborígenes africanos en una serie de escenarios en los que eran exhibidos en su “estado natural” desnudos o semidesnudos, en un clima que no les era propio, y donde realizaban para el deleite del público, danzas y enfrentamientos tribales, como si de auténticos zoos humanos se tratase.

            Estas exhibiciones empezaron a ser muy populares en Europa y EE.UU. a partir de la década de 1870, justamente en la época de máximo apogeo imperialista. París, Hamburgo, Londres, Barcelona, Nueva York, Ginebra,… son algunas de las ciudades en las que estas exposiciones llegaron a convocar de entre 200.000 y 300.000 espectadores.

            El pionero en esta actividad fue el alemán Karl Hagenbeck (1844-1913), que como cazador de animales dotaba de ejemplares a muchos zoológicos europeos. A partir de 1870 el tráfico de animales sufrió una grave crisis que obligó a Hagenbeck a inventar nuevas atracciones para el público. Fue entonces cuando pensó crear zoos humanos que mostraran a poblaciones humanas exóticas junto con animales salvajes propios de su hábitat natural. En 1874 montó una exhibición itinerante en la que mostraba a grupos de hombres, mujeres y niños samoanos y lapones, con sus vestidos tradicionales y cierta escenografía que pretendía repesentar su forma de vida original.

            Hacia 1876 capturó en una expedición al Sudán a un grupo de nativos nubios, con los que montó otra atracción que llevó por diferentes capitales europeas como París, Berlín o Londres. En 1881 raptó docenas de hombres, mujeres y niños de tribus de Tierra del Fuego. Para ello contó con la aprobación de los gobiernos chileno y alemán, y con el apoyo científico del profesor Virchow de Berlín. Los indígenas fueguinos fueron transportados a la capital alemana y, tras ser expuestos en diversas ciudades, utilizados para la experimentación en diversos laboratorios y hospitales. En 1883-1884 Hagenbeck exhibió en Berlín a un grupo de catorce mapuches araucanos, con los que recorrió diversas ciudades de Alemania. Así mismo, en 1884-1885 realizó una gira mostrando a más de sesenta hombres, mujeres y niños cingaleses junto con un espectáculo de elefantes amaestrados. Mal nutridos, tratados cruelmente, expuestos a climas difíciles a los que no están adaptados, considerados como mercancía y forzados a aparecer y actuar ante el público, el viaje europeo es para muchas de estas personas una pesadilla a la que pocos sobrevivirán. Ese fue el triste caso de un grupo de Galibis que exhibidos en la feria de París de 1892 murieron en unas condiciones deplorables e inhumanas de higiene y malos tratos.

Ante la rentabilidad de estas iniciativas, el director del Jardín zoologique d´acclimatation parisino, Geoffroy de Saint Hilaire, organizó en 1877 dos “espectáculos etnológicos” centrados en la exposición de indígenas africanos. La concurrencia al Jardín fue un éxito pues más de un millón de personas lo visitaron, así que la dirección continuó el espectáculo hasta 1912 con unas treinta “exhibiciones etnológicas”.

Pero las mejores oportunidades de exhibir a los indígenas fueron las grandes exposiciones internacionales de París de 1878 y 1889. En ellas se presentaron reconstrucciones de “aldeas negras”, con más de 400 africanos secuestrados de sus tierras para este fin. También las Exposiciones Coloniales de Marsella (1906 y 1922) y París (1907 y 1931) mostraron a indígenas desnudos o semidesnudos ante un público que les tiraba comida como si fueran animales en un zoo. Estas exposiciones tuvieron una concurrencia masiva: 28 millones en 1889 y 34 millones en 1931. Algunos autores han señalado que detrás de este interés también había un cierto voyeurismo, pues en aquella época no había muchas otras oportunidades de ver a un ser humano desnudo. En ellas la crueldad de los espectadores era patente:

“La actitud del público era uno de los temas más sorprendentes: muchos visitantes arrojaban alimentos o chucherías a los grupos que se exhibían, comentaban las fisonomías comparándolas con los primates (retomando con ello uno de los tópicos de la antropología física, ávida de sacar a la luz los “caracteres simiescos” de los indígenas) o riéndose abiertamente viendo a una africana enferma temblequeando en su choza”.[3]

            En 1882, el Museo Nacional de Río de Janeiro organizó una exposición antropológica en la que exhibió un grupo de indígenas Botocudos, especialmente secuestrados de su país natal para este “pedagógico” fin. Los Botocudos fueron presentados como fósiles vivientes de seres prehistóricos del Nuevo Mundo, relacionando su fisionomía con el cráneo de Lagôa Santa, descubierto años antes. Precisamente para el antropólogo positivista L. Netto, muchos de los organismos que componen numerosos pueblos del planeta, no podrían ser denominados personas con toda propiedad. Serían sólo:

“Criaturas que del hombre sólo tenían la forma y la naturaleza física; individuos que mostraban, en la casi absoluta privación de una lengua modulativa, capaz de expresar el pensamiento, en los gestos toscos y en las costumbres simiescas, buena parte del carácter de los animales con los cuales convivían y hacían vida en promiscua ferocidad”.[4]

Para el Congreso Antropológico de Ámsterdam de 1883, se organizó otra exhibición de seres humanos enjaulados en actitud humillante y denigradora. El antropólogo español Juan Vilanova describía así la satisfacción de poder estudiar estos especímenes en su “estado salvaje”.

“Quisieron que Europa conociera alguna tribu punto menos que salvaje, de las que en América y Asia están sujetas a su paternal dominio. A este fin se llevaron a Ámsterdam, imponiéndose enormes sacrificios, varias familias completas con su ajuar propio, usos y costumbres de los llamados pieles rojas de Surinam, y de naturales de Java, que vi y examiné con el mayor gusto”.[5]

En 1897, el rey de Bélgica Leopoldo II mandó traer para la Exposición Universal de Bruselas, 267 hombres, mujeres y niños para representar una escenografía pintoresca del Congo. Los africanos vivían y danzaban delante de sus chozas de bambú con tejados de paja, pero al llegar la noche eran recluidos en establos junto con otros animales. Por el día los visitantes les lanzaban comida, lo que produjo serias intoxicaciones entre los indígenas. Para evitarlo el propio rey Leopoldo ordenó colocar un cartel que decía: “los negros son alimentados por el comité organizador”.

Después de la conquista francesa de Tombuctú, un grupo de Tuaregs fueron exhibidos en estas exposiciones; los malgache después de la ocupación de Madagascar; las mujeres amazonas de Abomey después de la derrota mediática de Behanzin contra los franceses en 1894. Muchos de los indígenas exhibidos en estas condiciones murieron, no soportaban el cambio de clima y enfermaban ¿o enfermarían de la humillación? De todos modos esto no supuso ningún remordimiento ya que la propia humanidad de estos seres era discutible.

Los empresarios al cargo de estos negocios provenían del ámbito circense, y se encargaban de proveer fieras animales a los circos. No solían ser muy formales en sus acuerdos establecidos, y si veían decaer el negocio dejaban a su suerte a los pobres indígenas. En una población suiza se generó una gran alarma ante la posibilidad de que estos “seres salvajes” fueran liberados de sus jaulas…

Estas exhibiciones serán aplaudidas por los antropólogos que aprovechan la oportunidad que suponía la llegada de este “circo” a su ciudad, para examinarlos y establecer jerarquías raciales. Muchos alabarán la calidad de estas “muestras” y la posibilidad de estudiar “sujetos vivos”. Un documento de la Sociedad Antropológica de Paris da testimonio del interés científico que suponía el transporte de estos “especimenes” a París.

“Necesitamos enfatizar nuestro deseo de que el director de los jardines zoológicos persevere en su camino, tan útil para la antropología, para el transporte a París de especimenes de cada grupo humano”.[6]

Así que con el apoyo de la ciencia, los zoos humanos refuerzan en toda Europa esta imagen de la barbarie de aquellas lejanas tierras, lo cual pretendía justificar la expansión colonial de la época. Y para elevar el espectáculo, las exhibiciones se muestran activas. El “salvaje” es presentado en “contextos primitivos” jugando, bailando, haciendo música, etc.

Ota Benga: El caso del pigmeo enjaulado

            Los teoricos del evolucionismo, con el fin de confirmar sus hipótesis empezaron a buscar fósiles vivos de ancestros humanos por todo el mundo. Algunos evolucionistas creían que en la actualidad existían criaturas “semimonos- semihumanas” que eran el eslabón perdido. Esto fue motivo de muchos actos de crueldad como el que involucró al pigmeo Ota Benga, quien fue capturado en el Congo en 1904 por el investigador evolucionista Samuel Verner.

            Ota Benga, cuyo nombre en nativo significa “amigo” tenía mujer y dos hijos. Pero su familia fue asesinada por la Force Publique, una especie de cuerpo de policía, fuerza antiguerrillera y ejército de ocupación, que el rey belga Leopoldo II había creado en 1888 para controlar el Congo, garantizar el trabajo esclavo y aplastar las numerosas sublevaciones étnicas. Entre los métodos de disuasión que empleaban se incluían los ahorcamientos, las torturas y las mutilaciones. En una de estas masacres arrasaron el poblado de Ota Benga, y su familia fue aniquilada. Cuando Ota volvía de cazar en la selva fue capturado por los asesinos de su familia y llevado a un mercado de esclavos. Allí fue comprado por Samuel Verner quien buscaba pigmeos para exhibirlos en la Exposición Universal de Saint Louis de 1904. De esta manera, encadenado como un animal, y metido en una jaula, Ota fue enviado a los EE.UU. Al llegar fue exhibido junto con sus compañeros en la sección de antropología de la Exposición, bajo el epígrafe de “salvajes primitivos”. La organización describía a estos seres como el “vinculo más cercano con el ser humano”. La sección de los pigmeos fue muy celebrada por el numeroso público que visitó la exposición, unos 20 millones de personas que dejaron unos 25 millones de dólares en taquilla. Para todos estos espectadores, las exhibiciones de pigmeos, indios estadounidenses, filipinos y asiáticos, viviendo en chozas y villas ambientadas por el Departamento de Antropología de la exposición de St. Louis, parecían probar que el hombre en realidad había evolucionado desde un ser salvaje a ser el “amo de la civilización”.

            Los antropólogos usaron a Ota y sus compañeros como conejillos de indias para sus estudios. Les sometieron a tets de inteligencia para concluir que los negritos “se comportaban de la misma forma que las personas mentalmente deficientes, cometiendo muchos errores estúpidos y tardando mucho tiempo en ejecutar las pruebas más simples”. Cuando llegó el otoño, no se permitió a los pigmeos abrigarse con ropa gruesa porque sino no se verían “tan auténticos”. Este hecho hizo que muchos enfermaran y muriesen de pulmonía.

            Dos años más tarde Ota Benga fue llevado al zoológico del Bronx en New York, donde fue expuesto como “el más antiguo ancestro del ser humano” junto a algunos chimpancés, un gorila llamado Dinah y un orangután llamado Dohung. El evolucionista William T. Hornaday, director del zoológico se sentía orgulloso de tener allí el “eslabón perdido”, como así manifestó en las múltiples conferencias que dio. De esta manera Ota Benga con 23 años y una estatura de 1,35 m fue exhibido ante las miles de personas neoyorquinas que visitaban el zoo. Para darle un aspecto más fiero los dueños del zoológico afilaron los dientes de Ota hasta que terminaran en punta, le dieron un arco con flechas para que disparara a sus observadores y sembraron de huesos su jaula en un burdo intento de hacer creer a la gente que sus instintos eran antropófagos.

            Los visitantes trataban a Ota Benga como si realmente fuese un animal enjaulado. El New York Times describía en uno de sus números la actitud de los que concurrían al zoológico:

“El domingo en el parque había 40.000 visitantes. Casi todos, hombres, mujeres y niños, se dirigieron al albergue de los monos para ver a la principal atracción, el hombre salvaje de Africa. Lo molestaron todo el día con aullidos, burlas y alaridos. Algunos le presionaban las costillas, otros lo hacían caer y se reían de él”.[7]

La edición del New York Journal del 17/09/1906 decía que si bien con el prisionero se quería demostrar la teoría de la evolución, consideraba que el trato dado era una gran injusticia y crueldad:

»Esas personas nada inteligentes o consideradas, han estado exhibiendo en una jaula de monos a un ser humano, un pigmeo africano. Posiblemente la intención era inculcar una profunda enseñanza respecto al evolucionismo.

Pero en la práctica, el único resultado obtenido ha sido exponer al escarnio a la raza africana, la cual merece al menos la benevolencia y bondad de los blancos de este país después de toda la brutalidad que ha sufrido este pigmeo aquí…

Es vergonzoso y repugnante que la desgracia o la deficiencia física de un ser humano, creado por la misma Fuerza que nos puso a todos aquí y nos dotó con los mismos sentimientos y con almas similares, lo lleve a estar encerrado en una jaula con los monos, exponiéndolo a la burla del público«.[8]

El New York Daily Tribune también dio espacio al tema de la exhibición de Ota Benga en el zoológico con el propósito de demostrar la teoría de la evolución. La justificación que el director darwinista del zoológico dio, muestra su enorme cinismo:

»La exhibición de un pigmeo africano junto a un orangután en la misma jaula en el Parque Zoológico de Nueva York la semana pasada, suscitó una crítica considerable. Algunas personas declararon que era un intento del director Hornaday de demostrar una estrecha relación entre los negros y los monos. El doctor Hornaday lo negó: ‘Si el pequeño sujeto está en la jaula’, dijo, ‘es porque allí está más cómodo y porque estamos indecisos respecto a qué hacer con él. En ningún sentido es un prisionero, excepto que nadie estaría de acuerdo en permitirle que se pasee por la ciudad sin que alguien lo vigile’ ».[9]

            Varios grupos cristianos mostraron su disconformidad por la exhibición de un ser humano en el zoológico junto a animales y por el trato tan cruel que se le estaba dando. En el New York Globe apareció una de estas quejas:

»Editor del Globe: Señor. Yo viví en el sur varios años y en consecuencia no estoy tan encariñado con los negros, pero los considero seres humanos. Pienso que es una vergüenza que las autoridades de esta gran ciudad permitiesen ver algo como lo del Parque del Bronx, es decir, un muchacho negro exhibido en una jaula de mono… Todo este asunto del pigmeo debe ser investigado…«.[10]

Otra petición donde se pide que Ota Benga sea tratado como un ser humano fue la realizada por el reverendo Mac Arthur:

»La Exhibición de un Ser Humano y un Mono es Censurada por Clérigo. El Rev. Mac Arthur Opina que la Exhibición es Degradante.

‘La persona responsable de esta exhibición se degrada a sí misma a la vez que degrada al africano’, dijo el Dr. Mac Arthur. ‘En vez de hacer de este hombre pequeño una bestia, debería llevarlo a la escuela para que desarrolle las facultades que Dios le dio’.

El Dr. Gilbert dijo que ya había determinado que la exhibición era un ultraje y que junto con otros pastores se unían al Dr. Mac Arthur para que ese habitante del bosque sea liberado de la jaula de los monos y sea llevado a otro lado«.[11]

La Conferencia de Ministros Bautistas Negros pronto denunció la “exhibición degradante”. “Nuestra raza ya está lo suficientemente deprimida”, dijo el reverendo James Gordon, “sin (tener que) exhibir a uno de nosotros con simios. Creemos que merecemos ser considerados como seres humanos con almas”. Gordon también se opuso a la exhibición como prueba del darwinismo. “La teoría de Darwin es absolutamente contraria al cristianismo”.

William Hornaday, el director del parque del Bronx, defendió con vehemencia su exhibición. “Estamos cuidando excelentemente al chiquito”, dijo. “Tiene uno de los mejores cuartos en la casa de los primates”.

Y The New York Times opinaba que “es absurdo quejarse por la supuesta humillación y degradación que estaría sufriendo… La idea de que los hombres son todos iguales excepto cuando han tenido o carecido de oportunidades de educación es ahora anticuada”.

El calvario de Ota Benga terminó en septiembre del 1906 cuando una institución religiosa se hizo cargo de él, y lo llevaron al orfanato y asilo Howard Colored. Allí sus dientes fueron reparados, se le dieron ropas a la europea y recibió clases en el Seminario Teológico y Colegio de Virginia. La poetisa Anne Spencer se hizo cargo de su tutela.

Al final Ota Benga abandonó su educación formal y se puso a trabajar en una fábrica de tabaco. A Ota se le hizo muy difícil con 32 años adaptarse a un estilo de vida que era desconocido para él. Prisionero entre dos mundos, el trato tan inhumano que había recibido anteriormente fue tan humillante, y había dejado en él un poso tan amargo, que al final Ota Benga terminó suicidándose.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Nicolas Bancel, Pascal Blanchard y Sandrine Lemaire, Ces zoos humains de la République coloniale. 2000
[2] Jean Lemaitre, Impressions de theatre 1887. Cit. Marc Ferro. E libro negro del colonialismo. Ed. La esfera de los libros, 2005. P. 800.
[3] Bancel, 2000. Cit. Luís César Bou, África y la historia, 2001. P. 25.
[4] L. Netto. Revista da Exposiçao Antropológica Brazileira, 1882.
[5] J. Vilanova. De Madrid a Ámsterdam, pasando por Zurich, 1888.
[6] Bordier, documento de la Sociedad Antropológica de Paris, 1877
[7] New York Times. Cit. Harun Yahya. Los desastres producidos por el darwinismo a la humanidad. P. 43
[8] New Cork Journal. Idem
[9] Idem. p. 44
[10] A. E. R. New York, 12 de Setiembre. Idem p. 44
[11] Idem p. 44 y 45
Anuncios
Esta entrada fue publicada en Racismo y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.