14.1. Un pueblo con una larga historia

“¿Quién nos ha infligido este mal? ¿Quién nos ha hecho a los judíos diferentes de todos los pueblos? ¿Quién ha permitido que suframos tan terriblemente hasta ahora?… Siempre permaneceremos judíos, y así lo deseamos”. Ana Frank

            El pueblo judío ha sido objeto de múltiples persecuciones a lo largo de su historia. Esto no indica que su raza o cultura este “maldita”. Al contrario, esto es signo de ser un pueblo con una gran memoria y una larga trayectoria histórica a lo largo de más de cuatro milenios, en los que han vivido y padecido buenos y malos momentos. Quizás sea este el rasgo más destacable del pueblo judío: saber mantener su identidad, su historia, su religión, sus costumbres y sus gentes durante más tiempo que ningún otro grupo humano en la tierra. La clave, para entender este hecho, la encontramos en la Biblia: en ellas se recoge su historia, su fe y su modo de vida por generaciones y generaciones. Ellos se llaman a si mismos el “pueblo elegido”, y en cierta manera su pervivencia en el tiempo denota que hay algo de verdad en esta afirmación.

El pueblo judío en la antigüedad

Su larga historia está llena de grandes momentos. Por varias veces reconstruyeron la ciudad de Jerusalén y su Templo. Pero también no está exenta de padecimientos. Sus tierras fueron saqueadas e invadidas por asirios, babilónicos, persas, griegos, romanos y árabes. En el libro del Éxodo encontramos las intenciones del faraón para con los judíos de Egipto: “He aquí los hijos de Israel, son más que nosotros y más fuertes. Actuemos contra ellos con astucia para que no se multipliquen y, para que cuando nos acaezca una guerra, no se unan a nuestros enemigos para combatirnos” (Éxodo 1:9-10). En el libro de Esther se narra la aniquilación del pueblo judío por el rey Ajashversosh. Su visir Hamán planeó la destrucción de todos los judíos del reino: “Hay un pueblo disperso en todas las provincias… cuyas leyes son distintas de las del pueblo, y no observan las órdenes del rey… Escríbase que sean destruidos” (Ester 3:8).

Alejandro Magno permitió, años después, el asentamiento de los judíos en Egipto y en especial Alejandría. Los barrios judíos desarrollaron entonces un próspero comercio transformando a Alejandría en una segunda Atenas, capital comercial e intelectual del mundo antiguo. Algunos historiadores de aquella época, como Clearco de Soli, Teofrasto de Eresos y Megástenes, valoraron positivamente la aportación judía. No obstante, muchos autores griegos vieron este favoritismo con recelo, y descargaron sus comentarios de reprobación sobre estas gentes. Así Mnaseas de Patros (s. II a.C.) acusó a los judíos de que “adoran una cabeza de asno” y su contemporáneo Filostrato declaraó que “los judíos han estado en rebelión en contra de la humanidad; han establecido su propia vida aparte e irreconciliable; no pueden compartir con el resto de la raza humana los placeres de la mesa, ni unírseles en sus libaciones o plegarias o sacrificios; están separados de nosotros por un golfo más grande del que nos separa de las Indias”.[1] Agatárquides de Cnido despreciaba las “prácticas ridículas de los judíos, el carácter absurdo de su ley y, en particular, la observancia del Shabat” que los mostraba como un pueblo de holgazanes. Apolonio Molón afirmará que los judíos “son los peores de entre los bárbaros, carecen de todo talento creativo, no hicieron nada por el bien de la humanidad, no creen en ninguna divinidad… Moisés fue un impostor”. Pero la más dañina de todas estas injurias será la que lanze Damócrito (s. I a.C.) al asegurar que “cada siete años toman un no-judío y lo asesinan en el templo…”. Tan sólo dos grandes sabios se enfrentaron contra todo este odio irracional judeófobo: Flavio Josefo y Filón de Alejandría, los cuales se entrevistaron con Calígula para mediar ante el emperador y restaurar la paz en el territorio.

Después de la conquista romana del territorio palestino, en el año 70 d.C. estalla una rebelión judía cuyo sofocamiento terminó con la destrucción del Templo y la diáspora de los judíos. Estos se diseminaron por toda Europa, vendidos como esclavos en muchos casos. El historiador, senador y cónsul romano Publio Tácito, en el libro V de su “Historiae” define a los judíos como raza codiciosa que siente “odio implacable contra el resto de los hombres”. Tácito los tendrá por “los peores hombres que existen” y los califica de “pueblo abominable”, precisamente por considerar un crimen matar a un niño recién nacido, al contrario de lo que permitían las leyes romanas.

 “Los judíos revelan un terco vínculo los unos con los otros… que contrasta con su odio implacable por el resto de la humanidad… siniestros y vergonzosos, han sobrevivido sólo gracias a su perversidad… Creen profano todo lo que para nosotros es sagrado, y permiten lo que nos es aborrecible… consideran criminal matar a un bebé recién nacido”. Tácito.[2]

El historiador y geógrafo Estrabón sobredimensiona el poder y la extensión que los judíos pudieran tener en su época:

“Los judíos han llegado a todas las ciudades, y es difícil hallar un lugar en la tierra habitable que no haya admitido a esta tribu, y que no haya sido poseído por ella”.[3]

El filósofo, político y orador Séneca criticó la costumbre judía de guardar el descanso del Sabath llamándoles “la nación más malvada, cuyo despilfarro de un séptimo de la vida va contra la utilidad de la misma”.

Judíos y Cristianos

            Es razonable entender que en la base de la confrontación entre judíos y cristianos hay una cuestión religiosa clave. Mientras el judaismo se basa en la espera del Mesías, el cristianismo se fundamenta en que esta llegada ya se ha producido en la persona de Jesús de Nazaret. Ahora bien, para ambas religiones la paz y la no violencia se encuentran en el núcleo de su fe: No matarás. Esa tensión entre disputa y respeto a nivel religioso va a ser característica durante los dos milenios de convivencia. Por ello, si han existido desaveniencias y persecuciones su origen hay que buscarlo en otro tipo de intereses: económicos, políticos o sociales.

La integración del pueblo judío en la Europa medieval fue difícil, y sufrieron persecuciones, conversiones forzadas y deportaciones en masa. A partir de las Cruzadas se empezó a presentar a los judíos como “hijos del Diablo”, agentes empleados por Satanás con el fin expreso de combatir el cristianismo y hacer daño a los cristianos. El fracaso en la Primera Cruzada se achacó a que los judíos habían ayudado a los sarracenos a tomar los santos lugares. Los judíos se convirtieron de repente en extranjeros y en asesinos de Cristo que debían ser castigados antes de liberar los lugares santos. En 1096, el conde Emicho Leisingen de Renania formó un ejército con unas 10.000 personas, con el único fin de aniquilar a los judíos del centro de Europa. Lugares como Renania, Espira, Maguncia, Worms y Ratisbona fueron el triste escenario de auténticas masacres contra las poblaciones judías.

Varios obispos protegieron la comunidad judía de sus diócesis, y el papa condenó toda esta violencia. El obispo católico Cosme intentó evitar las conversiones forzosas, y la jerarquía católica de Bohemia al completo predicó en contra de esos actos. El Obispo Comas salvó a los judíos de Praga. El obispo Juan de Espira ofreció refugio a los judíos de la ciudad de Metz. El obispo de Worms también intentó dar cobijo a los judíos, pero los cruzados irrumpieron en su palacio episcopal el 18 de mayo y mataron a los que ahí se encontraban. El 25 de mayo de 1096, el obispo Rutardo intentó proteger a los judíos de Maguncia ocultándoles en su palacio, pero dos días después los asaltantes entraron produciendo una enorme matanza. En apenas un día fueron asesinados más de 1100 judíos. En 1097 el emperador Enrique IV permitió que los judíos convertidos a la fuerza retornaran a su antigua fe y consiguió que algunos de sus bienes les fueran restituidos.

Con la Segunda Cruzada volvieron las masacres en 1146, pero con la enérgica intervención de San Bernardo de Claraval (1147-1149), las persuciones cesaron y no alcanzaron la magnitud de la Primera Cruzada. Bernardo defendió activamente a los judíos . Viajó desde Flandes a Alemania para acabar con los ataques que los judíos estaban sufriendo por instigación de un monje fanático. La comunidad judía siempre ha mostrado mostró gran reconocimiento y gratitud hacia este santo.

En el siglo XII se les empezó a acusar de asesinar niños cristianos, de profanar los sagrarios y de envenenar los pozos. Papas y obispos condenaron con firmeza estas mentiras. El Papa Inocencio III se opuso al ataque indiscriminado contra los judíos, pero el clero menor, siguió propagándolas llegando con el tiempo a ser consideradas como ciertas por las gentes.

En muchas cartas pontifícias los Papas protegieron a los judíos, a la par que les garantizaban la libertad de conciencia y los derechos civiles. El papa Gregorio I hacia el año 600 había promulgado un decreto, por el que se prohibían las violencias contra los judíos. Este Papa también se preocupó por evitar aquello que pudiera envenenar la atmósfera y agudizar las tensiones entre judíos y cristianos. Enemigo de todo fanatismo se enfrenta enérgicamente contra los perseguidores del judaísmo. Estaba convencido de que los medios pacíficos eran mejores para lograr la conversión que la fuerza de la violencia.

Clave en esta política pacificadora fue la bula Sicut iudaeis (Constitutio pro Judaeis, 1120) del papa Calisto II (1050-1124), en la que se prohibe privar a los judíos de sus bienes, y bautizarles a la fuerza, y en la que se proclama la libertad de fe para ellos.

“Hemos decretado que nadie obligue a recibir el bautismo a los judíos a la fuerza o contra su voluntad. Y si alguno de ellos acude a los cristianos en busca de la fe, una vez que se manifieste su voluntad, hágasele cristiano sin impedimentos; porque no se entiende que tenga la fe de Cristo quien es obligado a acceder al bautismo no de modo espontáneo sino contra su voluntad”.

“No se ha de bautizar a la fuerza a los judíos, ni se les ha de obligar a ello”

“También, no deber cristiano para presumir… para dañar su persona, o con violencia a tomar sus bienes, o para cambiar las buenas costumbres que han tenido hasta ahora en cualquier región que habitan. Además, en la celebración de sus fiestas propias, nadie debería molestarles de ninguna manera, con palos o piedras, ni debe intentar cualquiera de requerir de ellos o para extorsionar a los servicios que no debe, a excepción de aquellos que hayan sido acostumbrados desde tiempos pasados ​​a llevar a cabo.

Decretamos… que nadie debe atreverse a mutilar o disminuir un cementerio judío, ni tampoco, con el fin de obtener dinero, a exhumar los cuerpos una vez que han sido enterrados. Si alguien, sin embargo, trataré, el tenor de esta carrera una vez conocida, a ir en contra de ella… sea castigado por la venganza de excomunión, a menos que ponga en orden su presunción por lo que la satisfacción equivalente”.[4]

Esta bula fue confirmada por los papas siguientes como Alexander III (1159–1181), Clemente III (1187-1191), , Celestino III (1191-1198), Inocencio III (1199), Honorio III (1216), Gregorio IX (1235), Inocencio IV (1246), Alejandro IV (1255), Urbano IV (1262), Gregorio X (1272 y 1274), Nicolás III , IV Martin (1281), Honorio IV (1285-1287), Nicolás IV (1288-92), Clemente VI (1348), Urbano V (1365), Bonifacio IX (1389), Martín V (1422), y Nicolás V (1447). Esta protección de los Papas permitió que los judíos pudieran participar de la vida social de las ciudades y vivir agrupados tranquilamente en barrios que se denominaron juderías o guettos. Así, por ejemplo se creó el Guetto de Roma que fue la judería más famosa de toda Europa, precisamente por ubicarse en la Ciudad Eterna, y por ser la que más duró en el tiempo.

Se ha dicho que a los judíos se les prohibía tener tierras y que por ello sólo podían dedicarse al comercio y los negocios del dinero, pero esto no es cierto. Lo que el régimen feudal les prohibía era llegar a ser grandes propietarios. Sto. Tomás defendía que los judíos debían trabajar en cualquier oficio honesto y Federico II en 1237 obligó a aquellos judíos sin trabajo a que se emplearan en las labores agrícolas.

Uno de los motivos del odio y los recelos del pueblo hacia los judíos era el económico. Los judíos junto con los templarios y los lombardos eran los banqueros de Europa. Ellos recojían, guardaban y prestaban prácticamente todo el dinero que circulaba por Europa. En no pocos casos estos préstamos eran escandalosamente abusivos en sus intereses, llegando a arruinar a los que los solicitaban. La Iglesia prohibía a los cristianos la usura en cambio a los judíos les era permitido. Felipe Augusto permitió en 1206 que los judíos cobraran el 43% en intereses, pero hubo casos en los que se llegó a cobrar el 52, el 86 o el 170% como publicaba un estatuto de Francia. Ottocar de Bohemia les permitió prestar al interés que quisieran. A esto se unieran los falsos rumores de crímenes espantosos, como que se dedicaban a chupar la sangre o a envenenar las fuentes públicas.

Esta judeofobia latente en las clases populares cobró más fuerza durante el desarrollo económico que acompañó a la formación de las grandes ciudades durante el Renacimiento. Las prohibiciones que pesaban sobre los judíos, acompañaron a las nuevas estructuras sociales que se iban formando.

En gran parte de Europa, hasta finales del siglo XVIII, los no cristianos no siempre gozaron de un estatus jurídico plenamente reconocido. A pesar de ello, los judíos, extendidos por todo el mundo cristiano, pudieron conservar sus tradiciones religiosas y sus costumbres propias. Por eso, fueron objeto de sospecha y desconfianza. En tiempos de crisis, como carestías, guerras, epidemias o tensiones sociales, la minoría judía fue a veces tomada como chivo expiatorio, y se convirtió así en víctima de violencia, saqueos e incluso matanzas.

Las expulsiones de los judíos de Europa

            No obstante los judíos no fueron bien aceptados en muchos lugares. Giordano Bruno (1548-1600) se refería a ellos como “la nación más indigna y podrida del mundo, de la más baja y puerca naturaleza y espíritu”

Los judíos sufrieron la expulsión de muchos de los reinos de la Europa de entonces. Así por ejemplo sucedió en Francia en 1182, donde por orden del rey Felipe Augusto, sus bienes fueron confiscados y posteriormente fueron expulsados del país. A esta expulsión le sucedieron las de 1306, 1321/1322 y 1394. En 1279 los judíos de Londres fueron acusados de adulterar la moneda del reino. Dos cientos ochenta personas fueron juzgadas y ejecutadas, y el rey Eduardo I ordenó la expulsión de todos los judíos de Inglaterra, confiscándoles todas sus posesiones. Esta acción ha sido considerada como la primera expulsión importante de Europa. En algunos casos se les echaba la culpa de manera irracional de la peste que asoló al continente. La expulsión de 1321 de Francia se debió a la acusación de que empleaban leprosos y apestados para envenenar las aguas de ríos y fuentes. La expulsión de 1421 en Austria estuvo precedida por la persecución en la que 270 judíos fueron quemados, sus bienes fueron confiscados y los niños fueron obligados a la conversión.

Únicamente en España esta expulsión se realizó menos traumáticamente. En 1492 los Reyes Católicos ordenaron la expulsión permitiendo que los judíos abandonaran el reino con sus bienes, pero también ofrecieron la posibilidad de quedarse, a aquellos que se convirtieran con sinceridad al cristianismo. Esta medida hubo de tomarse por la gran cantidad de tumultos y altercados que se habían producido en diversas ciudades españolas (Masacre de Segovia de 1474) durante los últimos años entre los cristianos, los judíos conversos y los no conversos, ya que su condición ambigua les permitía escapar a veces de la justicia en los tribunales civiles de la inquisición. Aproximadamente unos 50.000 judíos abandonaron España para dirigirse a Portugal (donde 4 años después fueron expulsados), Italia, Marruecos (allí fueron más tarde expoliados) y Turquía.

A España le siguieron las expulsiones de Sicilia (1492), Lituania (1495), Portugal (1496), Alemania (1519), Túnez (1535), Reino de Nápoles (1541), Génova (1550 y 1567), Baviera (1554) y los en Estados Pontificios (1569-1593) con excepción de los residentes en Roma y Ancona.

Ya hemos visto como España supuso una excepción en el panorama europeo respecto al trato que se dio a los judíos. Pero hubo otra excepción en toda Europa y esta fue de Polonia, nación que no solo no expulsó a sus judíos sino que además los protegió de la ira y persecución que estaban sufriendo en el resto del continente. Con el rey Alexander, Polonia pasó a ser un refugio para los exiliados del oeste de Europa. Esta comunidad convirtió a Polonia en el centro cultural y espiritual del pueblo Judío en el este de Europa hasta 1648, momento en que sufrió los ataques de los cosacos del Este.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Cit. Alfono Roperp. Mártires y perseguidores. Editorial Clie, 2010. P. 96
[2] Cit. Pablo Javier Davoli. Anatomía del antisemitismo. Pg. 15
[3] Estrabón. Cit. Karl Kautsky. Cristianismo: sus orígenes y fundamentos. Ed. Círculo latino. P. 259
[4] Sicut iudaeis. V. Tit 6. c.9
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