14.11. El autoodio judío

            Muchos judíos habían ido dejando sus tradiciones religiosas muchas décadas antes de que se formularan los principios racistas. Nacidos en familias religiosas y educados en las ieshivot talmúdicas, abandonaron el judaísmo apenas se pusieron en contacto con la cultura alemana. Un ejemplo de esto lo vemos en el poeta Heinrich Heine, de ascendencia judía, quien decía que “el judaísmo no es una religión sino una desgracia”. El escritor Moritz Saphir fue aún más lejos: “el judaísmo es una deformidad de nacimiento corregible por cirugía bautismal”.

            El autoodio judío ha sido un aspecto muy estudiado por el filósofo Theodor Lessing (1872-1933) quien en 1930 escribió un libro con ese título: Der jüdische Selbsthaß. En él examinaba las biografías de seis judíos que habían terminado odiando su ascendencia. Algunos de ellos terminaron suicidándose, como el conocido psiquiatra y filósofo austríaco Otto Weininguer que, nacido de padres judíos, renegó de su fe y su herencia suicidándose a los 23 años.

            Deseosos de poder colaborar en la construcción de la nación alemana un grupo de judíos crearon una organización nacionalista alemana. Una sociedad antisemita que buscaba apoyar “el renacimiento nacional alemán”.

            Una de las personalidades que estudió Lessing fue al periodista vienés Arthur Trebitsch, quien hizo apostasía de su religión judía, escribió un libro judeófobo, y ofreció sus servicios a los nazis de Austria. El mismo escribía su impotencia al sentirse judío y no poder desprenderse de esa “tara” que como una especie de enfermedad cubría su ser. Por todo ello pedía perdón por existir:

“Me fuerzo a no pensarlo, pero no lo logro. Se piensa dentro de mí… está allí todo el tiempo, doloroso, feo, mortal: el conocimiento de mi ascendencia. Tanto como un leproso lleva su repulsiva enfermedad escondida bajo su ropa y sin embargo sabe de ella en cada momento, así cargo yo la vergüenza y la desgracia, la culpa metafísica de ser judío. ¿Qué son todos los sufrimientos e inhibiciones que vienen de afuera en comparación con el infierno que llevo dentro? La judeidad radica en la misma existencia. Es imposible sacudírsela de encima. Del mismo modo en que un perro o un cerdo no pueden evitar ser lo que son, no puedo yo arrancarme de los lazos eternos de la existencia que me mantienen en el eslabón intermedio entre el hombre y el animal: los judíos. Siento como si yo tengo que cargar sobre mis hombros toda la culpa acumulada de esa maldita casta de hombres cuya sangre venenosa me contamina. Siento como si yo, yo solo, tengo que hacer penitencia por cada crimen que esta gente está cometiendo contra la germanidad. Y a los alemanes me gustaría gritarles: Permaneced firmes! No tengáis piedad! Ni siquiera conmigo! Alemanes, vuestros muros deben permanecer herméticos contra la penetración. Para que nunca se infiltre la traición por ningún orificio… Cerrad vuestros corazones y oídos a quienes aun claman desde afuera por ser admitidos. Todo está en juego! Permanezca fuerte y leal, Alemania, la última pequeña fortaleza del arianismo! Abajo con estos pobres pestilentes! Quemad este nido de avispas! Incluso si junto con los injustos, cien justos son destruidos. ¿Qué importan ellos? ¿Qué importamos nosotros? ¿Qué importo yo? No! No tengan piedad! Se los ruego.” [1]

Otros ejemplos de este autoodio judío lo encontramos en Karl Marx. De padres judíos convertidos al protestantismo, gestó en su juventud tal odio ahacia lo judío que se alineó con los antisemitas y denunció a su propia gente de una manera muy violenta. Marx escibe el 1843 un panfleto titulado “Sobre la cuestión judía” en el que se exhortaba a la sociedad a emanciparse del judío.

“El fundamento secular del judaísmo es la necesidad práctica, el interés egoísta. El culto practicado por el judío es la usura y su Dios, el dinero”.Karl Marx.

En un artículo publicado en la Deutsch-Franzosische Jahrbucher (1844) considera al capitalismo como inherentemente malvado. Para él, las actividades judías de hacer dinero son el mismo corazón del odioso sistema capitalista.

“¿Cuál es la mudana razón de ser de la judería [judaísmo]? La necesidad práctica del judaísmo es el egoísmo”. “¿Cuál es la religión mundana de los judíos? Es el regateo mezquino del vendedor ambulante”. “¿Cuál es su Dios mundano?… El dinero”. “Los judíos se han emancipado a la manera judía. No sólo han dominado el poder del dinero sino – con o sin los judíos – el dinero se ha convertido en un poder mundial. Los judíos se han emancipado convirtiendo a los cristianos en judíos”. “El dinero es el más celoso Dios de Israel y ningún otro dios puede competir con él. El dinero degrada a todos los dioses humanos y los transforma en mercancías. El dinero es el valor universal de todo”. “El judaísmo llega a su clímax en la consumación de la sociedad burguesa – y la sociedad burguesa ha llegado a su punto más alto en el mundo cristiano”. Karl Marx

En 1845 en la obra La Sagrada Familia, Marx afirma haber demostrado que “… la tarea de abolir la esencia del judaísmo es en realidad la tarea de abolir el judaísmo en la sociedad civil, abolir la inhumanidad de la vida práctica contemporánea, cuya cumbre es el sistema monetario”.

Otro ejemplo de la actitud racista de Marx lo encontramos en una carta que escribe a Engels en la que critica en términos despectivos el origen negroide de Lasalle:

“Ese negro judío de Lasalle, que afortunadamente se marchó al final de la semana, ha perdido, y otra vez digo afortunadamente, cinco mil Tolers en una especulación mal planteada […]. Ahora me resulta completamente claro que, como prueban la forma de su cabeza y el tipo de cabello, desciende de los negros que se unieron a Moisés en el éxodo de Egipto (o si no, es que su madre o su abuela paterna se cruzaron con un negro). Ahora bien, esta combinación de judaísmo y teutonismo con una base negroide no podía dejar de producir un asombroso producto. La torpeza del hombre es efectivamente negroide. Uno de los grandes descubrimientos de nuestro negro – que me confió como a “su amigo más seguro”- es el de que los pelasgos descienden de los semitas”.[2]

Rosa Luxemburgo, Gertrud Stein o Friedrich Stahl son otros ejemplos de esta apostasía antijudía.

La judeofobía había penetrado profundamente en la sociedad alemana de tal manera que cuando el partido nazi llegó al poder el camino para justificar el holocausto estaba preparado.

Los jóvenes alemanes eran adoctrinados en la judeofobía, como mecanismo para rechazar un pacifismo sentimental. Los maestros reprimían en las aulas las debilidades de los niños. El judío ya no era el chivo expiatorio, ni tan siquiera un miembro de una raza inferior. Era el culpable de todo mal: la derrota en la Gran Guerra, las crisis económicas, el crimen en las ciudades… Para remediarlo solo existía una salida: la “Solución final”.

Pronto la violencia estalló en las calles. Boicots económicos y asesinatos de judíos se convirtieron en una experiencia cotidiana. Se impedía que los judíos ejerciesen como abogados, médicos, maestros, periodistas, académicos o artistas. Además debían llevar cosida en la ropa una estrella amarilla que los identificase.

Para 1933 la presión a la que se enfrentaban los judíos era insoportable. Para muchos la única salida era la emigración o el suicidio. Las Leyes de Nuremberg de 1935 retiraron la ciudadanía a todos los judíos. Se limitó la salida de capitales, por lo que el gobierno se enriquecía por cada emigración.

En 1938 tiene lugar la Noche de los Cristales Rotos. Al menos 91 judíos fueron asesinados, treinta y cinco mil arrestados y llevados a los campos de concentración, siete mil quinientos negocios saqueados y seiscientas sinagogas incendiadas. Los altavoces distribuidos por la ciudad anunciaban por las calles:

“Se requiere de todo judío que decida colgarse, que tenga la amabilidad de colocar en su boca un papel con su nombre, para que sea identificado”.

El Holocausto supuso que una nación entera se transformara en el brazo ejecutor de la judeofobia más brutal. A los judíos se les etiquetaba como parásitos, o virus infecciosos que amenazaban al mundo. Como consecuencia seis millones de judíos (un tercio del total en Europa) fueron asesinados en las revueltas y en los campos de concentración. Los instintos sádicos descontrolados fueron protegidos por la ley, por el Estado y por el silencio del mundo. Ni la Conferencia de Evian (1938), ni la de Bermuda (1943) consiguió un refugio para los judíos perseguidos. Incluso Israel permaneció sellada a los judíos por los británicos, quienes devolvían a Europa los barcos cargados de refugiados judíos, o los hundían como el triste caso de los cuatro buques alemanes (Cap Arcona, Athens, Deuschtland y Thielbeck) cargados con más de 9.000 refugiados del campo de Neuengamme, que fueron bombardeados y hundidos en 1945 por la aviación británica frente a Lübeck.

Los judíos vieron con estupor que ni los ideales liberales de Europa, ni las democracias occidentales se levantaron para protegerlos. Todas las solicitudes de auxilio judías fueron desoídas, incluido la solicitud de que se bombardearan los hornos crematorios de Auschwitz, o las vías de acceso por ferrocarril a los campos de concentración. Los aliados temían que al bombardear los campos de la muerte sus propios ciudadanos creyeran que habían sido arrastrados a una “guerra judía”. Así resumen Prager y Telushkin la judeofobia nazi:

“Casi toda ideología y nacionalidad europea había estado saturada con odio contra el judío cuando los nazis consumaron la “solución final”. En las décadas y siglos que la precedieron, elementos esenciales del pensar socialista, nacionalista, iluminista y post-iluminista habían considerado intolerable la existencia de los judíos. En un análisis final, todos se habrían opuesto a lo que Hitler hizo pero, sin ellos, Hitler no podría haberlo hecho”.

            El psicoanalista vienés Sigmund Freud, de ascendencia judía, relataba muy acertadamente este auto-odio y sus terribles consecuencias para la esperanza de los hombres.

            “Pertenezco a una raza que en la Edad Media era considerada responsable de todas las epidemias y que hoy es culpada por la desintegración del Imperio austríaco y la derrota alemana. Dichas experiencias ejercen un efecto moderador y no propician la creencia en ilusiones. Gran parte del trabajo de mi vida… fue [un intento] de destruir mis ilusiones y las de la humanidad. Pero si dicha esperenza no puede ser realizada al menos en parte, si en el curso de la evolución no aprendemos a distraer nuestros instintos del acto de destruir nuestra propia especie, si continuamos odiándonos unos a otros por pequeñas disputas y matándonos los unos a los otros por una mezquina ganancia, si continuamos explorando, para nuestra destrucción mutua, el gran progreso hecho en el control de los recursos naturales ¿qué clase de futuro nos espera?” Sigmund Freud.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Arthur Trebischt. Cit. Gustavo D. Perednik. El origen de la judeofobia.
[2] Karl Marx. Cit. Marvin Harris. El desarrollo de la teoría antropológica.
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