14.5. El antisemitismo racial alemán

Donde el antisemitismo se produjo con mayor virulencia fue en Alemania. En parte por la judeofobia luterana, y en parte por la Aufklärung alemana que impregnada de un nacionalismo exacerbado deseaba encontrar sus raíces y su identidad. Los judíos representaban el 1% de la población total del Imperio de Guillermo II, encontrándose en Prusia dos tercios de ese porcentaje.

Se pueden encontrar cuatro tipos de odio hacia los judíos. El primero es el antisemitismo a la antigua. Este se hallaba entre los pequeños campesinos y comerciantes quienes se veían obligados a pedir prestado dinero a los judíos. El segundo era el antisemitismo religioso que exigía el bautismo como “pasaporte para la libertad”, según la expresión de Heine. Ante este muchos judíos renunciaron a sus creencias religiosas y se hicieron protestantes, ateos o incluso llegaron a generar un profundo desprecio hacia la religión. El tercer tipo de odio era el de exclusión de la “buena sociedad” (Bildungsbürgertum), que impedía el acceso de los judíos a las altas funciones del Estado y sobre todo al ejército. En Prusia, por ejemplo los judíos no podían llegar al grado de teniente, ya que esto suponía el primer paso para un ascenso social. El cuarto antisemitismo es el vulgar (Radau-Antisemitismus), y se desarrolló en la pequeña burguesía desde la década de 1870. Fruto de este antisemitismo surgieron partidos antisemitas que llegaron a obtener dieciséis escaños en el Reichstag en 1893. Estos partidos echaban las culpas de todos los males económicos a los judíos y por ello tuvieron éxito hasta 1904, en que la economía se consolidó.

Los descubrimientos en el mundo de la lingüística por William Jones en 1786 y la ley de Grimm de 1822 van a dotar de argumentos a los racistas judeófobos. Las investigaciones de las lenguas europeas determinaron la afinidad entre el sánscrito, el griego y el latín, postulando un origen común junto con el celta y el gótico en un idioma indoeuropeo que surgiría en las tierras orientales de la India entre las razas arias que lo habitaban. Jacob Grimn, en el diccionario de la lengua alemana, definía a griegos, romanos, celtas y germanos como procedentes de migraciones asiáticas de poblaciones árias.

            Por el contrario las lenguas semíticas (hebreo, árabe, arameo,…) tendrían su origen en las razas semíticas derivadas del judaísmo. Christian Lassen (1800-1876) decía que “los semitas no poseen el equilibrio armonioso entre todos los poderes del intelecto, tan característico de los indogermánicos” y su colega francés Ernest Renan, como ya hemos visto, condenaba la actividad judía por “la espantosa simplicidad de la mentalidad semita”.

Los “jóvenes hegelianos” representantes del materialismo filosófico (Feuerbach, Bauer y Marx) arremetieron contra los judíos. Bauer escribirá sobre la “cuestión judía” hacia el 1820. Karl Marx, a pesar de ser judío de padre converso al protestantismo, arremetió contra todo lo que significara judaísmo, y en 1844 escribe una obra titulada “La cuestión judía”.

“La nacionalidad quimérica del judío es la del comerciante… La base secular del judaísmo es la necesidad práctica, el interés propio. ¿Cuál es el culto mundano del judío? El chalaneo. ¿Cuál es su dios mundano? El dinero. La sociedad burguesa crea continuamente judíos… La emancipación del chalaneo y del dinero, y consecuentemente del judaísmo real, será la autoemancipación de nuestra era”.[1]

Otros autores alemanes, como Treitschke o Stöcker continuarán esta tradición redactando su manifiesta repulsa hacia el judaísmo. El pensador Schopenhauer escribe de ellos:

“Los judíos son, según dicen ellos, el pueblo elegido. Es muy posible; pero difieren los gustos, pues no son mi pueblo elegido. Los judíos son el pueblo elegido de su Dios, y su Dios es como pintiparado para tal pueblo. Váyase lo uno por lo otro… Dios misericordioso, previendo en su omnisciencia que su pueblo elegido sería disperso por el mundo entero, dio a todos sus miembros un olor especial que les permitiera reconocerse y encontrarse en todas partes: es el foctus judaicus”.[2]

El socialista y anarquista Pierre Joseph Proudhon (1809-1865) definió a los judíos como “esta raza que envenena todo”, llegando incluso a reclamar la expulsión de los judíos de Francia pues “el judío es el enemigo del género humano”. Su odio hacia los judíos le llevó a declarar: “Es preciso devolver al Asia esta raza o exterminarla”.

El antisemitismo fue empleado como instrumento político durante el gobierno de Bismarck. Ironizaba el escritor inglés Israel Zangwill “si no hubiera judíos, habría que inventarlos para uso de los políticos… son indispensables como antítesis de una panacea; causa garantizada de todos los males”.

Desde los comienzos el nacionalismo alemán alimentó la fobia contra los judíos, considerándolos protegidos de los franceses. En cada crisis económica se echaba la culpa a los judíos, quienes eran sistemáticamente perseguidos. Así pasó en las crisis de 1848, de 1873 y en las siguientes.

La crisis de 1878-79 y la creación de las ligas antisemitas

Durante la crisis de 1878-79, se realizó una alianza entre grandes propietarios e industriales para un retorno al proteccionismo. Es precisamente durante esta época, que surgen en Alemania los primeros partidos antisemitas. Su acción se basaba en tres presupuestos: el económico, el religioso y el nacional-racial (voelkisch).

            En 1878 el reverendo protestante Adolf Stocker, creó el primer partido antisemita cuyo eslogan era “Alemania ¡Despierta!”. Stocker consideraba que un odio común permitiría superar las oposiciones que fragmentaban a la sociedad alemana, por lo que abogó por lograr un país purificado de judíos, afirmando que “el judaísmo es una gota de sangre ajena al cuerpo germano y con poder destructivo”.

            En 1879 se creó la Liga antisemita alemana fundada por Wilhelm Marr, un revolucionario que escribió el ensayo “Der Sieg des Judenthum ubre das Germanenthum von nicht confessionellen Standpunkt“(La victoria del judaísmo frente al germanismo: desde un punto de vista no confesional). Esta obra, que para 1879 ya había llegado a la duodécima edición, definía las supuestas características raciales de los judíos. La Liga antisemita introdujo este término en el léxico político y estableció el primer movimiento político popular basado por completo en creencias antijudías. Un escritor y periodista ligado a este movimiento llamado Heinrich von Treitschke (1835-1896), trató de buscar argumentos para legitimar la germanización forzosa de la minoría polaca de Prusia. Para él, las virtudes alemanas estarían en peligro si llegara a crecer la proporción de judíos en suelo alemán. Justificará todo exceso antijudío como “una reacción brutal y natural del sentimiento nacional alemán contra un elemento extranjero”. Creía firmemente que los judíos controlaban la prensa alemana y que estaban preparando una migración masiva de judíos desde Polonia para llegar algún día a ser mayoritarios en Alemania. Fue él quien acuñó la que luego sería una popular frase Die Juden sind unser Unglück!, que significa “¡Los judíos son nuestra desgracia!”, adoptada posteriormente como slogan por el periódico nazi Der Stürmer, y que medio siglo después se transformó en el lema de los nazis.

El primer congreso antijudío se reunió en 1882 en la localidad de Dresden y en 1895 llegaba al poder, por primera vez en la historia un partido con una plataforma judeófoba.

Eugen Dühring (1833-1921), un abogado, filósofo y economista alemán publica en 1880 “La Cuestión Judía como un Problema de Raza, Costumbres y Cultura”, (Die Judenfrage als Rassen- und Kultusfrage). En esta obra denuncia al cristianismo como “vergüenza milenaria”, y la causa de ser el principal obstáculo contra el antisemitismo, aparte de ser una máquina oscurantista judaica. Dühring daba clases de filosofía en la Universidad de Berlín y desde allí ejerció una influencia muy importante. Pensador de izquierdas, fiel seguidor del movimiento obrero y de las ideas de Marx y Engels, el mismo desarrolló un sistema que intentaba fusionar el positivismo de Comte con el materialismo ateo de Feuerbach. En su texto ataca a los judíos escribiendo:

“El origen del descontento general sentido hacia la raza judia es debido a su inferioridad en todos los campos intelectuales. Los judíos demuestran una falta de espíritu científico, un débil entendimiento de la filosofía, una inhabilidad de crear en las matemáticas y hasta en la música. La fidelidad, reverencia, el respeto y todas las cosas grandes y nobles son extrañas a ellos. Por esto es que esta raza es inferior y depravada… La obligación de los pueblos nórdicos es el exterminar estas razas parasíticas de la forma en que se exterminan a las víboras y animales de presa”.[3]

Algunos “científicos” como Karl Grattehaver llegaron a afirmar que el mal olor de los semitas procedía de un “hedor judaico producido por cierto amonium pyro-oleosum”. Bruno Bauer ataca el “cristianismo judío” en su Cristianismo desenmascarado, mientras que George Daumer, otro fanático del ateismo anticristiano, en sus “Secretos del alma cristiana”, hace de Jesús el jefe de una secta judía antropófaga.

La segunda gran crisis de 1890 y el surgimiento de las ideas völkisch

La crisis de los años 1890 fue más marcada. En esa época surgieron las organizaciones patronales, los sindicatos obreros, la Liga Agraria y la Liga de los Empleados de Comercio. Estas dos últimas emplearon el antisemitismo contra el liberalismo y el socialismo internacionalista, buscando identificar a ambos con los judíos. Hubo tres autores que difundieron las ideas völkisch (nacionalpopulistas) y antisemitas: Paul de Lagarde (seudónimo de Antón Bötticher), Julios Langbehm y Arthur Möller van den Bruck. Los tres se consideraban guardianes de un pasado mítico, y atacaron el progreso y a la modernización, especialmente al liberalismo. Los tres buscaban una religión nacional destinada a unir a todos los alemanes y a unificar a la Germania, para lo cual reclamaban un Führer (guía) para personificar y realizar esa unidad. Los tres se declaraban antisemitas encarnizados, pues veían en el “judío” el “bacilo” de la disolución del Volk. El orientalista Paul de Lagarde (1827-1891) escribe en Judíos e indogermanos (1887) una analogía entre judíos y los gérmenes peligrosos para la salud de los hombres. Además sugiere un tratamiento:

            “No hay trato con la triquina y los bacilos. No se educa a la triquina y a los bacilos; se los extermina tan rápida y radicalmente como sea posible”[4]

En la obra de Houston Chamberlain (Los fundamentos del siglo XIX, 1899) se realizan acusaciones antisemitas:

“… los arios cometieron el fatal error de proteger a los judíos (bajo el rey persa Ciro) y así permitieron que el germen de la intolerancia semítica esparciera su veneno por la Tierra durante milenios, una maldición contra todo lo que es noble y una vergüenza para el cristianismo”. Houston Chamberlain.

Un cristianismo entendido de una manera mesiánica, muy alejada del catolicismo o el protestantismo. Neopaganos del nazismo, como Alfred Ronseberg y Walter Darré, consideraron el cristianismo romano como una enseñanza “típicamente semítica” que socavaba el espíritu “germánico” por medio de una mentalidad de esclavos.

El libro de Möller van den Back, Das Dritte Reich (El tercer Reich, 1922) dio el nombre al Estado Nazi. Muy pronto aquellos que buscaban una nueva cultura de esencia germánica, hicieron del antisemitismo su bandera.

Todas estas ideas se difundieron desde principios de siglo gracias a la Heimatkunde (instrucción patriótica) en las escuelas primarias y secundarias, al surgimiento de los movimientos juveniles, la Bündische Jugend (juventud confederada), y a los Wandervögel (movimiento juvenil pájaros errantes). En Austria surgieron también organizaciones similares que introdujeron en 1911 el Arierparagraph (artículo ario), que impedía a los “no arios” el acceso a ciertos grupos.

Uno de estos grupos fue la Liga Pangermanista, cuyo presidente Hermann Class publicó en 1912 el libro Wenn ich der Kaiser wäre (si yo fuera emperador). En este texto preconizaba una dictadura capaz de lograr una sociedad ideal que encarnara al “pueblo eterno”. Proponía también colonizar los territorios del Este, e hizo suya la ideología imperialista del estado alemán.

El espíritu antisemita iba poco a poco impregnando la sociedad alemana de principios de siglo. En 1900 el multimillonario Alfred Krupp, gran magnate alemán de los armamentos, patrocinó un concurso de ensayos sobre la pregunta “¿Qué podemos aprender de los principios del darwinismo para su aplicación al desarrollo político interno?”. Prácticamente todos los participantes en sus propuestas dieron prioridad al papel del gobierno para regular el destino de la raza alemana y evitar que esta se “convertiera en judía”.

En 1911 Werner Sombart publica “El Judío y el Capitalismo Moderno”. En este tratado afirma que el judaísmo y el capitalismo son sinónimos, y declara en la misma línea que años antes declaraba Dühring que: “los intereses y las facultades intelectuales estan mas desarrolladas en ellos que las habilidades manuales.”

La tercera crisis y el antisemitismo de Estado

La tercera gran crisis económica tuvo lugar durante la Primera Guerra Mundial. El ministro de la Guerra efectuó en 1916 un censo de judíos y llegó a una conclusión sorprendente a la vez que contradictoria: los judíos que se encontraban en el frente eran unos cobardes, mientras que los que se encontraban en la retaguardia estaban aprovechándose de la guerra para sus negocios. Era la primera vez que un organismo estatal se declaraba abiertamente antisemita. Cuando la guerra empezó a ser desfavorable para Alemania, se creó un Partido de la Patria (Vaterlandspartei) profundamente antisemita, partido que reunía a gran parte de la clse industrial.

En 1923 Julius Streicher fundaba Der Stümer, periódico semanal que fue publicado hasta el final de la Segunda Guerra mundial y que se identificaba como el “periódico alemán en lucha por la verdad”. En este se publicaban viñetas satíricas que incitaban al odio hacia los judíos. Al pie de cada caricatura figuraba el lema acuñado por Heinrich von Treitschke en la década de los 1880: “Die Juden sind unser Unglück” (Los judíos son nuestra desgracia). Streicher recicló los viejos mitos judeofóbicos que habían circulado por la Europa medieval, como el libelo de sangre, en el que se acusaba a los judíos de matar niños cristianos para elaborar el pan de Pascua. El estereotipo del judío dibujado en las caricaturas era de nariz ganchuda, feo, encorvado, con mirada maliciosa y cuerpo deforme.

            El psicoanalista alemán Carl Gustav Jung (1875-1961) trató de realizar una psicología racial. Para él existía un inconsciente “ario” y un inconsciente “judío” claramente distintos. Para Jung el primero posee un “potencial superior al segundo”, y añadía que el judío “tiene algo de nómada y es incapaz de crear una cultura propia: todos sus instintos y sus dones exigen para desarrollarse un pueblo-anfitrión más o menos civilizado”. Además, Jung le reprochaba a la psicología médica que aplicara a los alemanes categorías judías, en clara referencia al psicoanálisis de su colega y rival Sigmund Freud. Las colaboraciones entre Jung y el régimen nazi fueron claras a pesar de los intentos por parte de sus seguidores por limpiar a Jung de toda sospecha de antisemitismo. En 1992 el psicoterapeuta jungiano Andrew Samuels reconoció que el intento de instaurar una psicología de las naciones llevó a Jung a adherirse a la ideología nazi.

            Para Sigmund Freud (1856-1939) parte del odio hacia los judíos provenía de esa imagen del pene circuncidado, considerado como alterado, damnificado o incompleto. Gran parte de las fantasías que desembocaron en el antisemitismo venían de la idea de que la circuncisión era un proceso de feminización del judío varón, que dejaba su órgano sexual degenerado y altamente comprometido a enfermedades de transmisión sexual. A esto se unía ese temor que existía ante la feminización de la cultura europea en gran parte atribuida a los judíos. Hitler en el Mein Kampf señala que la emancipación femenina es una invención de los judíos: “Por medio de la democracia sexual, el judío nos roba nuestras mujeres”. La propaganda del discurso político llegó a declarar que: “La mujer introdujo el pecado en el mundo… [ella] es la causa principal de la contaminación de la sangre nórdica”.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Karl Marx. La cuestión judía. 1844
[2] Schopenhauer. El amor, las mujeres y la muerte. Ed. La cuadratura del círculo. P. 209
[3] Eugen Dühring. La cuestión judía. 1880
[4] Gérard Rabinovitch, Questions sur la Shoa. 2000
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