14.9. La judeofobia en Inglaterra y los Estados Unidos

            En el libro “Los fundamentos del siglo XIX”, Houston Chamberlain elaboró la antítesis ario-semita. Allí exponía como desde la antigüedad.

“… los arios cometieron el fatal error de proteger a los judíos (bajo el rey persa Ciro) y así permitieron que el germen de la intolerancia semítica esparciera su veneno por la Tierra durante milenios, una maldición contra todo lo que es noble y una vergüenza para el cristianismo”.[1]

Según Chamberlain todo lo bueno tenía su origen en “los arios”, mientras que todo lo infame era semita. Su ideal era el nórdico rubio dolicocéfalo. En esta división incluía a Dante, al rey David, e incluso al mismo Jesús, de quien intentó demostrar, de forma muy burda, que no fue judío sino un ario de cabellos rubios y ojos azules.

Otros racistas neopaganos como Alfred Rosenberg y Walter Darré, consideraron el cristianismo como una doctrina “semítica” que socavaba el espíritu “germánico” por medio de una mentalidad de esclavos. Algunos ideólogos racistas llegaron a construir sistemas escatológicos muy elaborados en los que la lucha entre la raza aria y la semita era la contrapartida de la lucha final entre dios y “las fuerzas diabólicas”.

Debido a los pogroms rusos en 1881 comenzó el éxodo más grande de judíos de tierras rusas a los Estados Unidos. En 1890 eran un millón y medio, y para 1920 ya eran tres millones. Henry Adams (bisnieto del segundo presidente americano) escribía entonces:

“La atmósfera judía me hace sentirme aislado. Los judíos van a controlar completamente las finanzas y el gobierno de este país, o estarán muertos”. Henry Adams

En 1896 se fundó una asociación antisemita en los Estados Unidos, a la que pertenecían personajes fanáticos de reconocido prestigio en la vida social americana. Esta asociación, entre otras actividades, se preocupaba de difundir folletos y cartas en las que se hablaba de la superioridad de la raza teutónica y de los “peligros” que la inmigración de los judíos podía producir sobre el espíritu del país. En ellos se podía leer:

“La inmigración de los judíos es un peligro social y moral para la comunidad americana […]. La historia de más de dos mil años ha demostrado que los judíos no han sido un ejemplo de asimilación como otras naciones, y la presencia de esta personas está creando serios disturbios en todas partes”.

Prejuicios aberrantes y discriminación hacía los judíos, así como contra los italianos, eslavos y negros, encontraron en aquel período un gran apoyo de las sociedades eugenésicas que intentaban proporcionar al sentimiento racista una base científica. Fruto de estos recelos contra los judíos surge el “restrictionismo” o movimiento antimigratorio. Madison Grant, que era uno de sus miembros, acusó a los judíos en su libro “El paso de la gran raza” (1916) del mestizaje de la nación. Este movimiento logró en 1924 que se aprobara el Acta de Inmigración por el cual se limitaban las llegadas de inmigrantes de todo el mundo, en especial de judíos del este.

En 1922 la universidad de Harvard anunció un sistema de cuotas para estudiantes judíos. Esta restricción empezó a ser muy común para acceder a bancos, compañías de seguros, hospitales, estudios jurídicos y academias universitarias.

En el período entre guerras surge en los EEUU la Asociación Germanoamericana, que fue el movimiento político pronazi más importante al otro lado del Atlántico. Liderado por el antisemita Fritz Julius Kuhn (1896-1951), esta asociación llegó a tener en su mejor momento unos 15.000 miembros además de los 8.000 miembros de sus Tropas de Asalto.

En 1939 consiguen congregar en el Madison Square Garden de Nueva York una manifestación de unas 20.000 personas a favor del régimen nazi alemán. Se hacían pasar por americanos patriotas, y combinaban en su propaganda imágenes de George Washington y la esvástica.

Otro movimiento antisemita que aparece durante el período entre guerras es el de los Camisas plateadas, creado por William Dudiey Pelley. En 1934 llegaron a los 15.000 miembros, la mayoría de clase media, pero cuatro años más tarde se redujeron a solo 5.000.

La tragedia del St. Louis

            El St. Louis fue un barco aleman en el que en mayo de 1939 viajaban 937 pasajeros judíos de Hamburgo a Cuba, huyendo del terror nazi. Todos ellos poseían certificados en regla que les permitían desembarcar en La Habana, para luego dirigirse a los Estados Unidos. Pero el presidente cubano Federico Laredo Bru se negó a respetar los documentos y el buque tuvo que partir. Cerca de la costa de Florida el capitán solicitó ayuda, pero los barcos de guardia costera de EE.UU. patrullaron para evitar que nadie saltara en busca de libertad. Los pasajeros llegaron a enviar un telegrama al presidente Rosevelt, pero este jamás contestó. Ante esta situación, el barco tuvo que regresar a Europa. Varios paísea ceptaron a los pasajeros: Bélgica (214), los Países Bajos (181), Inglaterra (288) y Francia (224), pero meses más tarde los alemanes invadieron Europa occidental y muchos de aquellos terminaron siendo víctimas de los campos de concentración nazis. Destinos similares les sucedieron a los pasajeros de los barcos Orduña, Flandre y Orinoco.

La Conferencia de Evián

Los nazis quisieron en todo momento dejar Alemania limpia de judíos (judenrein). La vida se les hacía tan difícil que estos se veían forzados a abandonar el país. Hacia 1938, unos 150.000 de los judíos alemanes, aproximadamente la cuarta parte, habían huído del país. Pero muchos se quedaron atrapados en Alemania al no encontrar países dispuestos a aceptarlos. Muchos trataron de huir a los Estados Unidos, pero no lograron obtener los visados necesarios para hacerlo. En 1924, el Congreso había establecido cupos y limitado el ingreso de inmigrantes de grupos considerados indeseables desde el punto de vista racial o étnico.

Para resolver el problema de los refugiados, en el verano de 1938 se convocó una conferencia internacional en la localidad francesa de Evián. Delegados de treinta y dos países se reunieron durante nueve días, momentos en los que manifestaron su “compasión” por los refugiados. Pero el resultado es que la gran mayoría de los países, incluyendo a Estados Unidos y Gran Bretaña, ofrecieron excusas para no admitir más refugiados judíos.

Incluso, en los Estados Unidos hubo un proyecto de ley Wagner-Rogers que trató de rescatar a 20.000 niños judíos en peligro, pero el Senado lo rechazó por dos veces en 1939 y 1940. El fracaso de la Conferencia de Evián y las actitudes de rechazo de los países hacia los judíos, fue considerado por el gobierno alemán como la confirmación de sus políticas antijudías.

El refugio Iberoamericano

            La propaganda antisemita no era tan fuerte en Latinoamérica como en los Estados Unidos y en los otros países europeos que participaron en la Conferencia de Evián, no obstante la crisis económica exigía una cautela en el ingreso de inmigrantes. En este estado de cosas los judíos pudieron encontrar un gran apoyo en diversos países Latinoamericanos que expidieron salvoconductos para salvar la vida a varios miles de judíos perseguidos por el régimen nazi.

            Así el gobierno dominicano formuló entre 1938 y 1944 más de 5.000 visados a judíos europeos. Aunque muchos judíos no llegaron a realizar dicho viaje, estos documentos fueron fundamentales para poder huir de la Europa ocupada nazi.

            En Bolivia, el magnate de la minería Mauricio (Moritz) Hochschild creó una Sociedad de Protección a los Inmigrantes Israelitas (SOPRO), con el fin de gestionar y facilitar el acceso a visados de los refugiados judíos de Europa. Entre 1938 y 1941, más de 20.000 judíos consiguieron salvoconductos en los consulados bolivianos de Zurich, París, Londres, Berlín y Viena.       Lo mismo sucedió en otros países latinoamericanos como El Salvador, donde el cónsul General de Ginebra, José Arturo Castellanos expidió hasta 20.000 pasaportes que permitieron salvar otras tantas vidas en Budapest. Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Panamá y Costa Rica fueron otros países que abrieron sus fronteras para salvar a miles de judíos que huían del holocausto nazi.

Autor. José Alfredo Elía Marcos

 

[1] Houston Chamberlain. Los fundamentos del siglo XIX.
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