15.2. La condenación racial del gitano

            La publicación en 1855 del Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas introdujo en los círculos intelectuales el debate sobre la naturaleza racial de los gitanos. En un principio su origen indostánico llevó a pensar que pudieran ser de procedencia aria, pero rápidamente se desechó esta idea por intereses políticos y ante la “evidencia” de que se trataba de un pueblo de “ladrones, pervertidos y haraganes”.

            Fue el médico italiano Cesare Lombroso (1835-1909), padre del positivismo criminológico, quien puso las bases raciales craneométricas a estos prejuicios antigitanos. En 1876 publica el libro L´uomo delincuente (El hombre delicuente) en el que incluye un capítulo donde de la naturaleza criminal de los gitanos. En el dice que son “la imagen viva de una raza entera de delicuentes que reproducen todas las pasiones y vicios (…) son vengativos hasta el extremo (…) vanidosos como todos los criminales (…) feroces asesinan sin remordimientos”. También dirá de los gitanos que heredan costumbres primitivas de los indostánicos como la que describe en el siguiente texto:

            “En la India hay una tribu, la de los Zacka-Khail, cuya profesión es la de robar. Cuando nace un niño, le consagran haciéndole pasar por una brecha practicada en el muro de la casa, repitiendo por tres veces las palabras “se ladrón””.[1]

Para Lombroso la delincuencia era una cuestión racial de carácter primitivo, natural en seres poco evolucionados y que se podía detectar por los rasgos faciales y craneales. El definía al delincuente como un ser atávico producto de la regresión a etapas primitivas de la humanidad, un ser hipoevolucionado que ha sufrido un salto atrás hereditario.

Su obra fue traducida a varias lenguas y tuvo una gran influencia en los sistemas legales occidentales. Por ejemplo la constitución de 1919 de la república de Weimar, discriminaba a los gitanos a través de una serie de leyes que les impedía sus movimientos y asentamientos en determinadas partes del país. Por ejemplo, se les prohibía el uso de parques y baños públicos, y debían estar registrados por la policía. En 1929 se prohibió a los gitanos circular libremente por el país y se creó el primer campo de concentración para ellos. Otro ejemplo lo encontramos en los Estados Unidos, donde que esperar a 1998 para que se derogara una ley del estado de Nueva Jersey que “contemplaba vigilancia especial sobre la población gitana”.

En Escandinavia, los gobiernos socialdemócratas crearon una serie de leyes eugenésicas de esterilización de enfermos, criminales y pobres, entre los que se incluía a los gitanos. Suecia aprobó unas leyes en 1934 y 1941, con el consenso de todos los partidos políticos y bajo las directrices del Instituto de Biología Racial de la universidad de Upsala, para la esterilización forzada de minorías étnicas como gitanos y lapones. En Noruega, periodistas como Scharfenberg, recomiendan en 1930 la misma práctica para los gitanos. En Suiza la Fundación Pro Juventude separó desde 1926 hasta los años 80 a los niños gitanos de sus padres para internarlos en centros especiales. La misma medida se llevó a cabo en 1927 en Checoslovaquia para los niños gitanos menores de catorce años.

En la Alemania de principios de siglo XX se producen numerosos ataques y pogroms contra las comunidades gitanas, siendo uno de los lugares más adversos para ellos en toda Europa. Por aquel entonces cobraba una gran importancia la obra del geógrafo alemán Friedrich Ratzel (1844-1904), fundador de la geopolítica y del concepto del espacio vital (Lebensraum). Basándose en las ideas del darwinismo social y las tesis deterministas del s. XIX, interpretará la lucha por la vida como una lucha por el espacio. Ratzel consideraba al Estado (una vez superadas sus etapas primitivas) como un organismo y el espacio vital era aquel necesario para garantizar la supervivencia de un estado frente a otros a través de la lucha o la competencia. El propio Ratzel había viajado a Norteamérica donde había sido testigo de la lucha a muerte entre los blancos y los indios por el control de las tierras, un suceso que citó sin cesar para defender la legitimidad de la conquista del “espacio vital” por los pueblos más fuertes. En 1897 publica Geografía política, una de sus principales obras, en la que considera a los pueblos con una cultura inferior, como los judíos y los gitanos, que están condenados a la extinción, junto con “los raquíticos pueblos de cazadores del interior de África”, así como “innumerables existencias parecidas”, puesto que se trataba de “pueblos dispersos, sin una tierra propia”.

En esta línea Henry Friendlander sostenía que Alemania no podía permitirse la existencia en Europa Central de naciones no europeas que no podían ser asimiladas, como era el caso de los gitanos y los judíos. Todas estas ideas, unidas a los prejuicios que la población tenía hacia los gitanos, desembocaron en que el nazismo creara una ideología criminal que se traduciría en los campos de exterminio y en la eliminación de todos los “cuerpos impuros”. El investigador y periodista Lauréese Rees, en su libro “Auschwitz y la solución final” explica muy bien esta circunstancia.

“Los nazis consideraban que los gitanos eran asociales y peligrosos desde un punto de vista racial. Deseaban librarse de ellos, y en relación al volumen de su población, los gitanos sufrieron más que cualquier otro grupo bajo el Tercer Reich, aparte de los judíos. No hay estadísticas exactas sobre el número de gitanos que murieron a manos de los nazis; sin embargo, se cree que entre doscientas cincuenta y quinientos mil de ellos pudieron haber perecido durante la guerra”.[2]

No podemos olvidar tampoco a los miles de niños gitanos que fueron abandonados y recluidos en los orfanatos estatales rumanos durante la segunda mitad del s. XX. A estos niños se les dejó morir de inanición y sin cuidados, como parte del programa político del dictador socialista Nicolaeu Ceaucescu (1918-1989) de mejora racial. En su afán por construir un país de rumanos puros, dignos sucesores de los dacios, los gitanos sólo tenían cabida como fuerza de trabajo. La represión del dictador comunista contra la población de etnia gitana de Rumanía fue implacable. Se les privaba de derechos, de documentos, de la posibilidad de trabajar e integrarse en una sociedad que por otra parte no tenía más fin que la que marcaba el dictador. Tampoco pueden olvidarse las matanzas de gitanos perpetradas por el gobierno comunista de Stalin y el de la ex-Yugoslavia. Bajo los regímenes comunistas del Este, los gitanos sufrieron políticas de asimilación y restricciones a su libertad cultural. En Bulgaria se prohibió el uso de la lengua romaní y la representación de música romaní en actos públicos. En Checoslovaquia las mujeres romaníes fueron sometidas a esterilizaciones como parte de la política del Estado para reducir su crecimiento demográfico.

Durante la II República española se siguió un programa eugenésico de esterilización de la población gitana. El doctor Enrique Diego Madrazo (1850-1942), seguidor de la filosofía de la escuela laica y la Institución Libre de Enseñanza escribió varias obras con tintes claramente racistas y eugenistas: En 1903 publicó un ensayo regeneracionista ¿El pueblo español ha muerto? Impresiones sobre el estado actual de la sociedad española (1903), libro en el que denuncia las múltiples deficiencias de la enseñanza en sus diferentes grados…

En 1904 escribe Cultivo de la especie humana. Herencia y educación. Ideal de vida, en el que unía las teorías eugenistas con las tesis regeneracionistas que alimentaban el republicanismo de la década de los 30. En su obra proponía la creación de un Centro para la Promoción de la Raza, cuya función sería poner remedio al “declive biológico sufrido por los españoles”. Madrazo defiende la necesidad de una eugenesia negativa dedicada a localizar y eliminar aquellos grupos de población que suponían una amenaza biológica para el organismo nacional: enfermos mentales, disminuidos físicos, delincuentes y gitanos, principalmente. Madrazo no dudaba en defender la castración obligatoria, la expulsión e incluso la destrucción, al menos en relación con la raza gitana. Por otra parte abogaba por un programa de eugenesia positiva, destinado a estimular la reproducción de los individuos más aptos e inteligentes. Aquí se inscribe su defensa de la educación para padres y de la pedagogía sexual.

En el siguiente texto se exponen algunas de sus medidas eugenésicas contra la etnia gitana de España:

“Ejemplo tenemos de la tiranía de las leyes hereditarias en lo que fatalmente se repite dentro de la raza gitana (..). No os canséis, no lograréis modificarle [al gitano]; si le arrastráis forzosamente a la escuela se os escapará, sin que haya medio de retenerle entre sus compañeros (..). Como pájaro salvaje, teme al hombre y huye su presencia; igual que el lobo tira al monte y del monte ama la vida. De capacidad craneana reducida, de columna vertebral sutil y excepcionalmente cambreada en su posición lumbar que da el característico balanceo a la pelvis; de esqueleto reducido y endeble; enjunto, de mano fina, dedos delgados y uñas largas, de piel oscura y ojos negros; sucios y desgreñados, holgazanes y traidores, falsos y ladrones, se aman entre ellos de modo rudimentario muy próximo al olvido, y odian a los otros hombres. Sin hogar ni verdaderos lazos familiares, ni cohesión moral, no los une más que la rapacidad y vivir malditos fuera de la ley (..) y su alma de prehistórico salvaje se solaza con tal proceder de la vida (..). No nos alcanzará el sosiego ni podremos vivir tranquilos mientras esa maldita raza se halle infiltrada en nuestras entrañas (..). Hay que señalar la trascendental importancia de este problema, que tiene que terminar infaliblemente por la expulsión o destrucción de ese pueblo”[3]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Cesare Lombroso. El delito. Sus causas y remedios. 1902. Cit. Salvador Allende, Higiene mental y delincuencia, 1933
[2] Lauréese Rees. Auschwitz y la solución final, 2005.
[3] Madrazo, Enrique: Cultivo de la Especie Humana. Herencia y Eugenesia, Santander, Imprenta Literaria de Blanchard y Arce, 1904, pp. 102-106
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