16.1. La Revolución Cristiana vs Modernidad

            La conversión de Europa al Cristianismo supuso un notable progreso humano en la consideración de la mujer, la infancia, el matrimonio, la familia, la viudez, a nivel personal, social y político. El Cristianismo tuvo un papel decisivo en la defensa del derecho a la vida de los hijos, y especialmente de las niñas. En el mundo romano estas eran abandonadas en un número mucho más elevado que los niños (entre un 20 y un 40% de los nacimientos). En el 390, con Teodosio I convertido al cristianismo, se promulgó una ley civil que retiraba a los padres el “derecho” a la vida de sus hijos, prohibiendo el infanticidio. Un año después, se prohibieron las prácticas paganas de los sacrificios de sangre. El respeto a los niños, a las mujeres y a los esclavos, se extendió con el Cristianismo.

El matrimonio cristiano también fue una institución decisiva para mejorar la situación de la mujer en la familia y en la sociedad. Para los romanos el matrimonio era un acto privado en el que no había contrato de matrimonio sino de dote. El modo corriente de contraer matrimonio era bien con la compra de la esposa (coemptio) o bien con la simple cohabitación durante un año tras el mutuo consentimiento (usus). La mujer pasaba de ser propiedad del padre, a serlo del marido y si quedaba viuda, de su hijo mayor, siempre que hubiera tenido hijos en cuyo caso, madre e hijas caían en desgracia. En cambio, el matrimonio cristiano se hacía público, con una ceremonia religiosa en la que los dos contrayentes eran los ministros del sacramento, y donde se realizaban compromisos de igualdad y respeto mutuo con fórmulas totalmente simétricas (consensus). Los cristianos se casan como todo el mundo, pero “dan muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de todos, sorprendente” (Carta a Diogneto,V,4). Acogen la vida que nace y respetan el lecho conyugal: “Como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. Ponen mesa común, pero no lecho”.

“Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella para consagrarla a Dios, purificándola por medio del agua y la palabra […] Igualmente, los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo […] Gran misterio este que yo relaciono con la unión de Cristo y de la Iglesia”.[1]

“Esposas, respetad a vuestros maridos, como corresponde a cristianas. Maridos, amad a vuestras esposas y no las tratéis con aspereza. Hijos obedeced en todo a vuestros padres, pues es lo que agrada ver entre cristianos. Padres, no irriteís a vuestros hijos, no sea que se desalienten”.[2]

            El Cristianismo también abolió el “estigma” social y la discriminación que existía en la sociedad respecto a las solteras y las viudas. Aquellas mujeres que optaban por la virginidad lo hacían con libertad siguiendo una vocación religiosa (a veces con fuerte oposición familiar). Las viudas eran atendidas por la comunidad y colaboraban en la evangelización y en muchas otras labores sociales. Las mujeres casadas defendían su fe, frente a la sociedad pagana, a veces incluso a costa de la vida. Como expone la historiadora Gloria Sole:

“Muchas fueron las mujeres que participaron activamente en la implantación y difusión del Cristianismo – reinas, nobles, monjas, madres de familia, jóvenes – por lo que se puede decir que las mujeres contribuyeron muy directamente al desarrollo de la civilización cristiana europea”.[3]

            La historiadora francesa Regine Pernoud (1909-1998) (La mujer en el tiempo de las catedrales) ha puesto de manifiesto que la mujer del s.VII al s. XV tenía capacidad jurídica y sus derechos económicos estaban plenamente reconocidos. En esos tiempos las mujeres vendían, compraban, hacían contratos, administraban sus propiedades o hacían testamento con una libertad que perderán las mujeres del s. XVI, y más en los siglos XVII, XVIII y XIX. Así mismo, también tuvieron una capacidad de maniobra social que desapareció posteriormente.

En la sociedad civil del Medievo se podría destacar la influencia de las mujeres que fueron reinas y en la sociedad eclesiástica a las abadesas que tenían jurisdicción también sobre conventos de varones. Por otra parte, por la consagración a Dios en la virginidad, que fue una de las grandes revoluciones sociales que trajo consigo el Cristianismo, la mujer gozó de una independencia que no ha tenido jamás en otras culturas.

La deriva de la Modernidad hacia la vida pública y el predominio del varón

Sin embargo, la situación de la mujer se deterioró a partir del Renacimiento, con el Cisma protestante, la progresiva influencia del derecho romano, el desarrollo de la mentalidad burguesa, la Modernidad, y el Código Napoleónico de 1804, que copiaron otros países.

            Responsable del Cisma protestante, Lutero tenía un carácter complejo y su conciencia nunca estaba serena llena de escrúpulos. Creía que el deseo sexual era tan grande y tan poderoso que era imposible llevar una vida casta, por ello la vida cristiana no debía ser aspirar al celibato ascético, sino en canalizar la actividad sexual hacia el matrimonio. Así el matrimonio no sería ningún sacramento, sino que era el estado obligatorio para todas las personas para así ver desahogadas las apetencias del cuerpo y servir a la perpetuación de la especie.

“Dejen nos tener su hijo y hagan lo que puedan; si mueren: benditas sean porque seguramente morirán en la noble labor y de acuerdo a la voluntad de Dios… Han visto que débiles y enfermizas son las mujeres infértiles; aquellas bendecidas con muchos hijos son mas sanas, más limpias y más felices. Pero si eventualmente se desgastan por tener hijos y se cansan y se mueren, eso no importa. Dejen que mueran pariendo, para eso están aquí.”[4]

“Las niñas empiezan a hablar y tenerse en pie antes que los chicos porque los hierbajos siempre crecen más deprisa que los buenos cultivos.”[5]

“Dios creó a Adán dueño y señor de todas las criaturas, pero Eva lo estropeó todo.”[6]

Según Lutero todas las restricciones al matrimonio deberían de eliminarse, todos debían casarse cuanto antes, después de la pubertad, mejor. La importancia del sexo reproductivo es tan grande en Lutero, que llegó a permitir el divorcio en caso de impotencia, adulterio, abandono, absoluta incompatibilidad o la negativa de uno de los cónyuges a practicar el sexo. Llegó incluso a permitir la bigamia como solución a las dificultades maritales tanto del rey Enrique VIII de Inglaterra como a las de Felipe de Hesse, un importante noble protestante que apoyó el cisma Luterano.

La Modernidad supuso la deriva hacia la vida pública y el predominio del varón. El momento de inflexión de este cambio se produce con el pensamiento ilustrado, y su consolidación social y económica.

La revolución industrial y la urbanización modificaron los modos de vida y trabajo de los países de Europa. Las gentes empezaron a emigrar del campo a la ciudad y de las metrópolis a las colonias, buscando mejores condiciones de vida. Esto trajo consigo importantes cambios familiares y sociales.

La familia preindustrial era extensa, y en ella vivían varias generaciones en una unidad productiva, en la que casa y trabajo estaban profundamente unidos. Mujeres y varones colaboraban estrechamente en las diversas labores y todos eran conscientes de la centralidad y necesidad de su aportación. Más tarde, talleres y granjas dejaron paso a las fábricas; los varones de la familia se marcharon a la fábrica, a la ciudad, e incluso a las colonias, a ganar el salario, y la mujer se quedó en la casa, atendiendo a los niños y los ancianos.

El s. XIX empezó a considerar “trabajador” sólo a quien ganaba un salario, un sueldo. La división de funciones reservó a los varones las actividades hegemónicas de la ciencia, la política y la economía. La mujer fue excluida de manera contundente de estos mundos. A lo sumo podían elegir entre permanecer en el hogar, bien como “amas de casa”, bien como sirvientas o auxiliares, o bien trabajando como en la industria como mano de obra barata y poco cualificada.

La importancia que la Ilustración dará al redescubierto derecho romano – que sancionaba de forma preminente, entre otros roles, la figura del paterfamilias – sembró también, en los comienzos de la edad moderna, un importante elemento de discriminación negativa. Empezaron a aparecer las leyes sálicas y las prohibiciones a la mujer para ejercer el comercio, y se volvió a sobredimensionar la autoridad del varón en la familia y en el Estado, en detrimento de la mujer. A ello colaboró la difusión de una mentalidad que encarnaba valores de mera productividad, de éxito externo a ultranza y de dominio técnico, poco compatibles con la especificidad femenina de lo humano. (Ballesteros, j., 1995). Correlativamente, los valores que naturalmente encarna la mujer con más facilidad que el varón – la ternura, la receptividad amorosa de lo humano, la donación a los demás, el conocimiento intuitivo – fueron proscritos por una cultura racionalista y violenta como la de la modernidad, y quedaron reducidos junto con la mujer misma – al ámbito del hogar y la familia, sin peso ni presencia pública (Blanco, B., 1991, 59).

A principios del siglo XIX las mujeres no podían votar, presentarse a elecciones u ocupar cargos públicos. No podían tener propiedades, tenían que transferir al cabeza de familia, el varón, los bienes heredados, no podían dedicarse al comercio, tener negocios propios, ejercer la mayoría de las profesiones, obtener créditos o abrir una cuenta en un banco. No es exagerado afirmar que la llegada de la industrialización y una clase media burguesa hegemónica hicieron crecer de una forma contundente el poder masculino, por el cual la mujer pasó a ser de algún modo posesión del marido (Cfr. Bear, M.R., 1972).

Gran parte de esta nueva situación se debe al Código civil promulgado por Napoleón en 1804, un código en el que se inspirarían muchos otros gobiernos de Europa y América. Las mujeres quedan bajo la patria potestad o bajo el poder del marido. Napoleón tenía una opinión muy personal acerca del sexo femenino.

Art. 213: “El marido debe protección a su mujer, la mujer obediencia a su marido”. Art. 214: “La mujer está obligada a habitar con su marido y debe seguirle adonde él estime conveniente deberán vivir”. Art. 215: “La mujer no puede estar en juicio sin la autorización de su marido”. Art. 217: “La mujer, aunque los bienes sean comunes o separados, no puede donar, vender, hipotecar, adquirir, a título gratuito u oneroso, sin la autorización de su marido en el acto o su autorización por escrito”.

A su vez, se establece el consentimiento paterno para el matrimonio, en las mujeres, hasta los 21 años. Desde los 21 a los 25, deberán cursar “Actas Respetuosas”, pidiendo el consejo paterno.

Entre otras cosas el Código Napoleónico establecía que:

– La mujer casada debe obediencia a su marido.

– El adulterio femenino es más grave que el cometido por un hombre.

– La autoridad sobre los hijos recae en el padre.

– El marido debe administrar los bienes de su mujer y los de la familia.

– La mujer necesita el permiso de su marido para todo acto jurídico y para trabajar.

Básicamente, las mujeres no podrán ejercer profesiones liberales, abrir cuentas en los bancos o ejercer cualquier acto público sin la autorización de su padre o esposo.

Esto no quita que las mujeres no influyeran, y mucho, en la vida cotidiana del s. XIX y del s. XX desde el ámbito familiar. Ellas inspiraron y colaboraron en gran parte de la cultura literaria, artística y humanística. Ellas guardaban y transmitían los valores religiosos y éticos; educaban a los hijos y desarrollaron numerosos servicios sociales y asistenciales. Su papel más importante quizás haya sido la creación y conservación de una vida familiar fuerte y estable, y la educación de los hijos (Cfr. Solé, G., 1995, 9-23). El mundo doméstico, en el que la mujer venía a ser el centro y referente de todos los miembros de la familia, era el ámbito de acogida y maduración en el que se enseñaban los valores fundamentales a las personas, en un ambiente de solidaridad y apoyo, de aceptación, atención, comprensión y valoración personal. Sin embargo, el “triunfo” en la vida consistía, para la mentalidad dominante en el éxito público.

Algo que a menudo se silencia es el papel destacadísimo de las Congregaciones católicas femeninas en el s. XIX, especialmente en Francia, España e Italia, en la dignificación social y laboral de la mujer. Sólo en Francia, por ejemplo, entre 1800 y 1880 se crearon 400 congregaciones, y 200.000 mujeres entraron en noviciados. Posteriormente, esas congregaciones se extendieron por todo el mundo. Las fundadoras, procedentes de todos los estratos sociales, demostraron por lo general insólitas dotes para las tareas de gobierno y organización. Muchas mujeres realizaban, al amparo de estos movimientos religiosos y sociales, trabajos de enseñanza, gestión y servicios, con responsabilidad profesional en escuelas, hospitales y asilos. (Solé, G., 1995, 28) Este fue para muchas mujeres el cauce más importante de promoción profesional y humana, y ha supuesto uno de los movimientos sociales de mayor envergadura cultural de todos los tiempos.

“Las Congregaciones, para desarrollarse, debían llamar a mujeres de acción. Les ofrecen puestos de responsabilidad, donde pueden dar pruebas de iniciativa y de espíritu de empresa, dirigiendo a cientos y miles de personas. También eran necesarios “cuadros médicos”, profesoras y otras profesionalidades, para todas las tareas. Eran las únicas que ofrecían unos trabajos femeninos tan variados… y, de ahí, en parte, su éxito”.[7]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] San Pablo. Ef 5,25-32.
[2] S. Pablo. Col 3, 18-21.
[3] Gloria Sole Romeo. Historia del feminismo. Eunsa, 1995. P. 10
[4] Martín Lutero. Sobre la Vida Matrimonial, 1522.
[5] Martín Lutero, Conversaciones de sobremesa (1533)
[6] Martín Lutero, Conversaciones de sobremesa (1533)
[7] Langlois, C. Le catholicisme au féminin. Cerf, París, 1984, p. 643-644
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