16.10. La influencia del sexismo en España

            El sexismo en España no va a ser original, sino que se hará eco de los planteamientos discriminatorios que en el resto de Europa se realizaban para adaptarlos a la peculiar situación española. Los principales altavoces del sexismo en España serán González Blanco y Novoa Santos.

Edmundo González Blanco (1877-1938) rechazará la idealización romántica de la mujer al afirmar que “la Historia enseña que nuestro sexo ha sido, en general, demasiado entusiasta al retratar al sexo opuesto”. Edmundo publicó en 1930 “La mujer según los diferentes aspectos de su espiritualidad”.

El fisiólogo gallego anarquista Roberto Novoa Santos (1885-1933) denunciaba la mísera y deficiente educación psicológica del público masculino que rendía culto al ídolo “mujer”. Novoa Santos publicó en 1908 la obra “La indigencia espiritual del sexo femenino”. El mismo Novoa animaba a una labor de in-dignificación de las mujeres:

“Sería muy conveniente que un sismo espiritual demoliera los grandes prejuicios sobre la “inteligencia y genio femeninos. Una tempestad que convirtiera en ruinas los edificios levantados sobre argumentos antibiológicos, para luego edificar sobre los escombros una gran obra sobre la función y el destino natural de la mujer en las sociedades”.[1]

Una táctica de inferiorización de la dignidad de la mujer fue la redefinición del alma humana. En contra de la tradición cristiana en la que el alma es la manifestación de la dignidad y la excelencia humana, el materialismo cientifista anulará cualquier consideración de un alma personal. El alma se sexualizará, de tal modo que, aunque varones y mujeres estén dotadas de un espíritu, este sería diferente en unos y en otras. González Blanco decía: “Los espíritus tienen sexo como los cuerpos”, y así afirmaba que hacía falta tener “mucha ignorancia, o mucha mala fe para negar que, a menos de ser espíritus puros, influya el sexo de una manera radical en la naturaleza y dirección de las almas”. El materialismo evolucionista de Novoa Santos elimina del alma su condición humana, haciéndola equiparable a la del resto de seres vivos. Las mujeres tendrían ciertamente alma, pero sería semejante al del resto de animales irracionales: “¿Por qué – se preguntaba Novoa santos – la bestia no va a tener también su alma?”.

La redefinición del espíritu llevó a describir este como un “estado de conciencia”. Desde una perspectiva evolucionista, además, incluso las formas inferiores de vida podían llegar a albergar el germen de nuestra propia conciencia. Cada rasgo embrionario se desarrollaría en la cadena evolutiva hasta alcanzar su forma actual.

Novoa Santos llegó a afirmar que las hormigas negras tenían, desde su punto de vista, un esbozo de alma humana. Se trazaba así una línea evolutiva desde los organismos unicelulares hasta el hombre (varón), blanco, de clase media, que ocupaba la cúspide de esta pirámide natural. En esta evolución, las diferencias eran siempre de grado y nunca cualitativas. Novoa Santos se opuso a conceder el voto a las mujeres por ser estas demasiado “católicas”. Miembro de la Institución Libre de Enseñanza fue quien introdujo la psicología Freudiana en España. Profundo misógino, Novoa criticó a Weininger por ser demasiado benevolente con las mujeres “excepcionales”:

“Lo que no comprendo es por qué de cien mujeres originales, la morbilidad sólo ha de haberse extensiva a ochenta (…) De cien mujeres originales, las cien son degeneradas, sujetos que caen dentro del terreno de la psico-patología”.[2]

Años más tarde Novoa tuvo que cambiar sus radicales y denigrantes planteamientos contra las mujeres. Su pensamiento se moderó, pero sin llegar a romper con las concepciones discriminatorios que tuvo en su primera etapa, como muestra este fragmento, donde de manera contradictoria habla de inferioridad y de capacidad:

“Sostener que la especial posición biológica que la mujer ocupa implica un estado de inferioridad nativa de su espíritu, no equivale a negar su capacidad para las más elevadas funciones intelectuales, ni a votar su exclusión del campo de las actividades artística, técnica y científica”.[3]

Otro que modificó sus planteamientos misóginos fue Edmundo González Blanco “asaltado por todas partes… bajo presión unánime del público, [servidor] se ve forzado, a su pesar, a tolerar y transigir con los hechos consumados”. Publica en 1930 el libro “La mujer según los diferentes aspectos de su espiritualidad”, donde años después no le queda más remedio que reconocer la dignidad de la mujer y su misión en la sociedad, como parte de su argumentación para defenderse de los ataques recibidos. “Yo jamás sentí desprecio a la mujer: que el desprecio a la mujer es lo más despreciable que hay en el mundo”.

El doctor español Gregorio Marañón (1887-1960) compartió esta idea de la bisexualidad original y señalaba una tendencia hacia una progresiva diferenciación sexual. Pero Marañón disentía con Weininger en asignar un signo negativo a todo lo que fuera femenino. Según Marañón “Nadie puede sostener hoy en día que la esencia de la masculinidad sea superior a la de la feminidad”.

La teoría de la intersexualidad implicaba una coexistencia en los individuos de elementos femeninos y masculinos en diferentes proporciones. Un sexo prevalecía sobre el otro, ejerciendo su influencia en todas las funciones y órganos de la mujer y del varón, pero el otro sexo no dejaba de existir del todo y “conserva, en catacumbas oscuras, un resto de vitalidad, una llamita perenne”. Marañón invitaba a matar el fantasma del otro sexo que cada cual lleva dentro, un verdadero enemigo interno que el individuo debía ser capaz de identificar y combatir.

Fue Gregorio Marañón el primero en explicar las diferencias sexuales entre el varón y la mujer en base a las secreciones endocrinas u hormonales. En la obra “La doctrina de las secreciones internas” (1915), planteó los fundamentos endocrinológicos por las cuales las glándulas genitales, suprarrenales, la hipófisis y tiroides regulan el mecanismo hormonal. Marañón fue más lejos al afirmar que no solo los rasgos sexuales y fisiológicos, sino también “las diferencias en la vida afectiva y psíquica de uno y otro sexo” dependían de la acción hormonal. En su opinión, “hasta las más refinadas actividades de la inteligencia humana, el pensar y el crear, están estrechamente unidas con la función del testículo” y otro tanto sucedía con las glándulas genitales femeninas en las mujeres.

En 1919, Gómez Ocaña publicó la obra “El sexo, el hominismo y la natalidad”, donde desarrolló los planteamientos endocrinológicos en el terreno sexual. La producción hormonal se convertía así en el aspecto definitorio de la sexualidad humana, mejor que lo que habían tratado de hacer la craneología, la fisonomía del aparato reproductivo y la neurología. Se iba creando así una teoría de carácter somaticista en la que el estado humoral dictaba las distintas dimensiones de la vida de las personas.

Según la teoría de la intersexualidad, los individuos albergaban caracteres del sexo contrario, pero esta no originaba una fusión o hibridación de características. Los atributos femeninos y masculinos eran como agua y aceite en el ser humano. Las proporciones podrían variar, pero cada rasgo permanecería esencialmente puro, incontaminado por la presencia de caracteres opuestos. Según Weininger “cuando una mujer quiere emanciparse, no es ella, sino el hombre que hay en ella el que quiere emanciparse”.

En el fondo de toda esta cuestión estaba el mito de la garçone (marimacho), en el que la mujer abandonaba su misión tradicional para asemejarse al varón tomando funciones de este. Pelo corto, el vestir andrógino y los ademanes masculinos formaban un conjunto de señales externas de algo más profundo que estaba sucediendo en la sociedad: el trabajo femenino, el derecho al voto y la emancipación de la mujer.

La obra de Marañón sirvió de referencia a autoras feministas. Es el caso de Leonor Serrano de Xandrí, quien partiendo de conceptos endocrinológicos y apoyándose en los trabajos neuronales de Ramón y Cajal, construyó una teoría de la feminidad en la que la cultura y la educación jugaban un papel central.

La primera guerra mundial tuvo efectos demoledores sobre el discurso cientifista sobre la inferioridad femenina. La demostración práctica de millones de mujeres que durante la contienda realizaron labores “masculinas” con gran eficacia y compromiso, derribó contundentemente las viejas teorías de la incapacidad femenina como una versión defectuosa, inferior o patológica de la condición humana, retratada esta como masculina. Los promotores de la inferioridad se vieron forzados a aceptar a las mujeres como interlocutoras de su discurso, así como sujetos sociales con derechos ciudadanos. El discurso hubo que cambiarse desde el “no pueden” al “no deben”, para así seguir manteniendo la subordinación femenina.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Novoa Santos. La Indigencia espiritual del sexo femenino. Las pruebas anatómicas, fisiológicas y psicológicas de la pobreza mental de la mujer. Su explicación biológica, Valencia, 1908.
[2] Idem.
[3] Novoa Santos. La mujer, nuestro sexto sentido y otros esbozos. Madrid, 1929.
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