16.2. El origen del sexismo: El lado interesadamente olvidado de la Ilustración

            Durante el siglo XVIII, siglo de la razón y de las luces, empieza a configurarse el ideal burgués de “mujer doméstica” – la “virtuosa”, “el alma bella”, “el ángel del hogar”, “la abnegada” – y con ello la segregación sexual. Si al varón se le asigna el espácio público y productivo; a la mujer se la reserva el espacio privado-doméstico y reproductivo. La Revolución Industrial creará un nuevo modelo de producción basado en la división sexual. Los varones produciendo en el espacio agresivo de la industria por un salario, mientras las mujeres aguardan en el espacio idílico de la casa dispuesta a dar reposo al asalariado. Hegel explicaba así el apartamiento de la mujer de la vida pública:

“El varón representa la objetividad y la universalidad del conocimiento, mientras que la mujer encarna la subjetividad y la individualidad, dominada por el sentimiento. Por ello, en las relaciones con el mundo exterior, el primero supone la fuerza y la actividad, y la segunda, la debilidad y la pasividad”.[1]

El siglo XIX puso su fe y sus esperanzas en la ciencia y el progreso. Parecía que la ciencia conseguiría alcanzar un conocimiento auténtico, objetivo y verdadero de todo lo humano y social. Todo sería analizado y rigurosamente medido y diseccionado para constatar las enormes diferencias entre los sexos, razas, clases, culturas y pueblos.

La cuestión de las diferencias entre varones y mujeres, y el rol que correspondía a cada sexo en el orden social fue tema de interés científico. El “problema de la mujer” mantuvo ocupados a las eminencias científicas de diversos campos como la medicina, antropología, frenología, sociología, etc. Todas las teorías que se formularon se basaban en el presupuesto de que varones y mujeres eran esencialmente diferentes fisiológica, anatómica, morfológica y funcionalmente y, por tanto, sus facultades, capacidades y habilidades eran muy distintas.

Surge así la teoría del dimorfismo sexual y de la divergencia biológica. Cada sexo es concebido como dos cuerpos diferentes con dos naturalezas opuestas. Las mujeres son consideradas como criaturas completamente diferentes al varón blanco y europeo.

La Teoría de la evolución (1859) proporcionó fundamentación teórica a todas las observaciones que se habían realizado anteriormente. Precisamente fue Darwin quien inició la especulación de la mujer como ser menos evolucionado al publicar en 1871 la obra La descendencia del hombre y la selección en relación al sexo. En ella explicaba como las diferencias sexuales en los animales iban aumentando según una línea evolutiva progresiva.

Evolucionistas como Spencer, Darwin o Haeckel defenderán una inferioridad evolutiva femenina basada en términos de selección natural y sexual. A partir de entonces la inferioridad de la mujer se consideró innata configurada a través de siglos de evolución. Las mujeres, al igual que otras razas y pueblos repetirán, en su propia historia la evolución de la especie. En la ontogénesis la mujer representaba la adolescencia eterna más cercana al niño que al adulto. En la filogénesis la mujer se hallaba a mitad de camino entre las razas salvajes y primitivas, y el varón blanco occidental, cada uno de ellos en eslabones distintos de la evolución.

A pensadores de la talla de Kant, Rousseau, Hegel, Scopenhauer, Darwin, Spencer, etc. no se les puede justificar diciendo que son hijos de los prejuicios de su tiempo, máxime cuando fueron precisamente ellos quienes los crearon y dieron soporte ideológico.

Rousseau: La mujer queda excluida del contrato social

            La obra de El Emilio (1762) de Jean Jacques Rousseau, “Sofía o La mujer” representa ese “lado oscuro de la ilustración” en cuanto a la mujer. Lo que Puleo denomina “la ilustración olvidada”. En El Emilio, la mujer es presentada como lo opuesto al varón. Recluida en una sociedad pre-política familiar, doméstica y ajena a la sociedad civil, la mujer rousseaniana es excluida del contrato social. Y si tiene educación, esta ha de reducirse a la adquisición de los conocimientos necesarios para hacerse cargo de los deberes conyugales y familiares. Así el hábitat natural del varón (Emilio) será la esfera pública y su educación irá encaminada a que pueda ejercer en el futuro las funciones políticas propias de este ámbito. Por el contrario, la mujer (Sofía) queda condenada a la esfera privada entendiendo ésta siempre como el ámbito de la domesticidad y la familia, dedicada incondicionalmente al bienestar de la familia y a la economía doméstica. La educación de Emilio se orientará a formación de la autonomía moral, mientras que la educación de Sofía se dirigirá a la dependencia y sujeción a Emilio.

            Rousseau parte del principio de que la naturaleza ha dotado a los dos seres de cualidades incompatibles: “Cultivar en la mujer las cualidades del hombre y descuidar las que le son propias, es trabajar en detrimento suyo… Creedme, madre sjuiciosas, no hagáis a vuestra hija un hombre de bien, que es desmentir a la naturaleza”.[2]

“La educación de las mujeres debe estar en relación con la de los hombres. Agradarles, serles útiles, hacerse amar y honrar por ellos, educarlos cuando niños, cuidarlos cuando mayores, aconsejarlos, hacerles grata y suave la vida son las obligaciones de las mujeres en todos los tiempos, y esto es lo que, desde su niñez, se les debe enseñar (…)       Una marisabidilla es el azote de su marido (…) Toda joven literata se quedará soltera de por vida cuando sobre la tierra no haya más que hombres sensatos”.[3]

Con su “Emilio”, Rousseau manifestó una misoginia rabiosa. Decía “una mujer sabia es un castigo para el esposo, sus hijos, sus criados, para todo el mundo. Desde la elevada estatura de su genio, desprecia todos los deberes femeninos, y está siempre intentando hacerse a sí misma un hombre”.

Según Rousseau, mientras el varón está sometido al “contrato social” ilustrado, la mujer firma un “contrato sexual” fuera de las luces y la razón ilustrada. La mujer ha de cumplir con el papel que la “naturaleza” le ha asignado para el buen curso de la civilización: ser madre y esposa fiel.

En la ilustración aparece Tetis sumergiendo a Aquiles en la laguna Estigia.

            Las virtudes que debía tener una mujer eran ser pasivas, débiles y sumisas. Agradar al varón con pudor y vergüenza, ser casta y fiel, modesta, recatada y atenta. Rousseau temía la presencia de la mujer en lo público porque siendo seres de “caos y pasiones” podían depravar el orden socio-racional de la civilización.

“La primera y más importante cualidad de una mujer es la dulzura (…) Debe aprender a someterse sin quejarse al tratamiento injusto y las ofensas de su marido.”[4]

“La mujer está hecha para ceder al hombre y para soportar incluso su injusticia”.[5]

Kant: La mujer como objeto de la razón práctica del varón

            Las aportaciones del filósofo alemán a los debates franceses e ingleses sobre la Ilustración y la “querelle de femmes” son recogidas en dos obras: Observaciones sobre lo bello y lo sublime (1764) y Antropología desde el punto de vista pragmático (1798). Kant, legitima, por el interés de la humanidad, la natural desigualdad sexual. Según él, las mujeres quedan excluidas de los sujetos con razón universal, autónoma, natural y crítica. Son, por el contrario, un objeto de la razón práctica de los varones, excluidas del ámbito de lo público, de la ciudadanía con plenos derechos (Mª Luisa Posada Kubissa, 1998).

«En lo que respecta a las mujeres cultivadas, éstas necesitan sus libros tanto como su reloj; a saber: lo llevan para que se vea que lo tienen, aun cuando esté parado o no esté puesto en hora con relación al sol.

Una mujer letrada que tenga la cabeza llena de griego, como la Señora Dacier, o que sostenga profundas discusiones sobre mecánica, como la Marquesa de Chatelet, tendría además que tener barba; porque así se expresaría mejor la imagen de pensadoras sesudas, por la que luchan».[6]

            Según Kant, las mujeres han de ser educadas de manera diferente. Su instrucción ha de orientarlas hacia lo sentimental y sensible, alejándose de lo racional. En su opinión las mujeres no poseen conciencia ética sino la virtud bella del gusto, insensibles a todo lo que sea deber moral u obligación: son bellas irracionales en permanente minoría de edad que deben ser puestas bajo la tutela del sexo sublime del varón.

“Las mujeres deben evitar el mal, no porque sea injusto, sino porque es feo, y las acciones virtuosas para ellas se consideran las que son moralmente bellas. Nada de deberes, nada sobre lo que es preciso, nada de obligatoriedad. (…) Ellas lo hacen todo únicamente porque así les agrada, y el arte consiste en hacer que a ellas sólo les guste lo que es bueno”.[7]

Kant concede que las mujeres se aparten de la filosofía, pues tan “pesada carga” ha de quedar en manos de fuertes varones:

«[la mujer] no aprenderá, por tanto, geometria; acerca del principio de razón suficiente o de las mónadas sólo sabrá lo mínimo imprescindible […]. Las bellas pueden dejar a Cartesius (Descartes) girando en su torbellino, sin inmutarse siquiera porque Fontenelle quiera hacerles compañia bajo las estrellas; y su atractivo nada pierde porque ignoren lo que Algerotti se esforzó por descríbir acerca de la fuerza de atracción de la materia, siguiendo a Newton. En cuanto a la historia, no se llenarán la cabeza con batallas; y, en lo referente a la geografía, tampoco lo harán con nombres de fortalezas, ya que es tan impropio de ellas oler a pólvora, como de los hombres oler a almizcle».[8]

            La historiadora Mª Luísa Posada Kubissa, al reflexionar sobre estos textos kantianos, se pregunta por qué han sido olvidados por tantos y tantos lectores críticos que se acercaron a su lectura.

“Ante un panorama tan desolador y a la vista de esa pedagogía «avanzada» que Kant propone para las mujeres, se siente la tentación inmediata de elaborar una relación de frases   sentencias kantianas que podrían conformar un modelo perfecto de catálogo de injurias. Leyendo a Kant, y sin necesidad de una exégesis profunda de sus textos, es tan imposible no toparse con alguna muestra como las aquí citadas, que una se pregunta si los muchos y muchos intérpretes de Kant que en el mundo han sido, olvidaron apuntar esta cuestión; o si, lo que es más probable, compartían hasta tal punto sus tesis sobre las mujeres, que no percibieron el oscurantismo filosófico del gran pensador de las luces en este punto”.[9]

Sylvain de Maréchal: el delicado equilibro cerebral de la mujer

            El anticlericalismo y monismo materialista de los enciclopedistas franceses será la base de sus teorías misóginas sobre el intelecto o razón sexuada en las mujeres, la psicología del útero o, en palabras de Michel Foucault, “la histerización del cuerpo femenino”.

            Un ejemplo lo tenemos en el ilustrado Sylvain de Maréchal (1750-1803), redactor del célebre Manifiesto de los iguales (1796), quien en 1801 solicita un Proyecto de una ley que prohíba aprender a leer a las mujeres. Este pensador radical, republicano y ateo, justifica ese proyecto apoyándose en la naturaleza e invocando la voz de la razón para impedir que las mujeres accedan a la vida pública, expresen sus ideas o posean la autonomía de una actividad individual.

“Considerando los inconvenientes graves que resultan para los dos sexos que las mujeres sepan leer (…) la Razón quiere (aunque pase por bárbara) que las mujeres (chicas, casadas o viudas) no metan nunca la nariz en un libro ni pongan la mano en una pluma (…) La razón quiere que los maridos sean los únicos libros de sus mujeres”. [10]

            El temor de Marechal es que si las mujeres educan el intelecto se desnaturalizarían, pretendiendo ser independientes y autónomas, rivalizarían con los varones en el especio público y reclamarían el derecho a constituirse en sujetos-ciudadanos. Maréchal cree que es imposible que la mujer dé el paso de la naturaleza a la cultura, pues su incapacidad para controlarse la obliga a estar bajo la tutela del varón.

“Por poco que sepa leer y escribir, una mujer se cree emancipada y fuera de la tutela en que la naturaleza y la sociedad la han puesto por su propio bien”.[11]

            Para ilustrar sus tesis, Maréchal no duda en recordar la muerte precoz de varias jóvenes “a quienes sus madres habían condenado al estudio de las lenguas y otras ciencias” incompatibles con su naturaleza. También argumenta que la instrucción es un peligro para la reproducción, ya que en su opinión las escritoras son menos fecundas y la educación de los niños se resiente a causa de las distracciones del ingenio en las madres. Pero existe un peligro mayor, y es el peligro moral, ya que Marechal afirma que las letras corrompen, incitan al adulterio, a la seducción y al desenfreno sexual. Será precisamente Maréchal quien introducirá uno de los pilares teóricos de los médicos-filósofos del s. XIX y XX: el delicado equilibrio fisiológico entre sexo – femenino y cerebro.

Schopenhauer: La mujer como el segundo sexo

            Será Arthur Schopenhauer (1788-1860) el pensador que mas desprecio muestre hacia las mujeres, tanto en su obra como en su vida. Considerará a estas como relativas del varón: la mujer es el “segundo sexo”.

Hijo de un matrimonio sin amor. Su padre se suicidó a los cuarenta y ocho años tirándose a un canal. Su madre, una novelista muy popular en su época, tras fallecer su marido se dedicó “al amor libre”, como escribirá discretamente su hijo. Cuando se volvió a casar, lo hizo con un hombre veinte años menor que ella. La relación entre Arthur y su madre estará llena de amargas discusiones, y llegará al odio puro. En una carta a su hijo, ella le decía: “Eres una carga insoportable y es muy difícil vivir contigo; todas tus buenas cualidades quedan oscurecidas por tu engreimiento”. En una ocasión, tras una acalorada discusión, ella le empujó escaleras abajo, desde donde Arthur la insultó aún más ferozmente. Will Durant lo describió como “un hombre que no ha conocido el amor de una madre – o lo que es peor, que lo único que ha conocido ha sido el odio de una madre – no tiene razón alguna para sentir aprecio por el mundo”.

            Durante toda su vida vivió solo, movido en sus primeros años por sus vicios sexuales y en los últimos por el ansia de fama y el amargo desprecio por sus contemporáneos académicos. Se declaró ateo y anticristiano, aunque estudió con profundidad las tradiciones brahmánicas y budistas. El psiquiatra Karl Stern escribió que “murió en una amarga soledad, era un viejo y amargado solterón, lleno de miles de manías (entre las cuales la misoginia y el antisemitismo sólo eran dos ejemplos”.

            Según Schopenhauer, la mujer no vive para sí misma sino para la multiplicación de la especie. En su pensamiento la mujer sería la trampa que la naturaleza, vía instinto sexual, pone al varón, un mero instrumento de la voluntad de vivir de la especie.

Para Schopenhauer el genio es entendido como “conocimiento sin voluntad”. Por ello, sólo los varones tendrían capacidad para el genio. Las mujeres serían esclavas pasivas de la voluntad. En el ensayo “El amor, las mujeres y la muerte” se burla de la belleza femenina y afirma:

“¿Qué puede esperarse de las mujeres, si se reflexiona que en el mundo entero no ha podido producir este sexo un solo ingenio verdaderamente grande; ni una sola completa y original en las bellas artes, ni un solo trabajo de valor duradero, sea en lo que fuere?”.[12]

            Schopenhauer considera a las mujeres como simples conejillos de Indias o como pecadoras. Cree que la mentira es connatural a ellas, y duda incluso que pueda tomárseles juramento. Las acusa de pensar que corresponde al hombre ganar dinero y a la mujer gastarlo, de hecho dirá que “su principal deporte al aire libre es ir de compras”. De forma corrosiva afirma que “cuando las leyes otorgaron a las mujeres derechos iguales a los de los hombres, deberían haberlas dotado también de intelectos masculinos”.

            En la obra Parerga y Paralipómena (1851), describirá a la mujer como un peón indefenso en manos de la naturaleza que, en último término, no se distinue en sus operaciones de los animales irracionales:

“Porque, igual que la naturaleza ha dotado al león de garras y fauces, al elefante de colmillos, al toro de cuernos y a la medusa de tinta, del mismo modo ha dotado a las mujeres de la capacidad de engañar para su protección y defensa; todo el poder que [la naturaleza] ha dado al hombre en forma de fuerza física e intelecto racional, se lo ha dado a la mujer en forma de ese don del engaño […] Utilizarlo en cualquier ocasión se le hace tan natural como a los animales el usar sus armas, y ella considera que ése es su derecho”.[13]

            Algunos autores ven en el pensamiento misoginio de Schopenhauer, una proyección de su propio desprecio hacia las mujeres por haberle transmitido la sífilis cuando era joven. Otros argumentan que su filosofía del pesimismo es una proyección de su odio hacia el sadismo verbal de su madre.

“Que la mujer está destinada por naturaleza a obedecer se evidencia en el hecho de que toda mujer situada en la posición antinatural de completa independencia se une inmediatamente a algún hombre a quien permite que la oriente y la dirija. Esto se debe a que necesita un señor y un amo. Si es joven, será un amante; si es vieja, un confesor.”[14]

            El pensamiento de Schopenhauer tendrá una gran influencia en otros autores, principalmente en Nietzsche, quien se revelará como otro misógino radical.

“El hombre debe ser educado para la guerra, y la mujer, para la recreación del guerrero: todo lo demás es tontería.”[15]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1]Hegel. Filosofía del Derecho, 1821
[2]Rousseau. Principio de la educación. Libro V, apartado LXXVII.
[3]Jean-Jaques Rousseau, Emilio o la educación (1762)
[4]Idem
[5] Idem. p. 594
[6]KANT, I. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime (1764).
[7]Kant. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime (1764).
[8] Kant, I. cit. Posada, Mª Luisa. Cuando la razón práctica no es tan pura. 1992
[9]Posada, Mª Luisa. Cuando la razón práctica no es tan pura. 1992
[10]Marechal en Fraisse, 1991. Cit. Isabel Morant. Orígenes del liberalismo. Hombres y mujeres en el espacio público. Ed. Universidad de Salamanca, 2003. P. 135
[11]Maréchal. Cit. Genevieve Fraisse. Musa de la razón. Ed. Cátedra, 1989. p. 32
[12] A. Schopenhauer. El amor, las mujeres y la muerte, 1851. Ed. Edaf. p. 76-77
[13] Idem. p. 71
[14]Idem. p. 84
[15] Nietzsche, F. Así habló Zaratustra (1883)
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