16.3. El sexismo científico

El positivismo científico que impregnaba los círculos intelectuales europeos llevó a declarar que, así como las razas inferiores se encontraban en un grado evolutivo más atrasado que las razas europeas, también existía un grado de inferioridad evolutiva en la mujer, que la llevaba a ser más débil, delicada e irracional.

El Positivismo en sus inicios fue misógino. Augusto Comte, padre de la Sociología moderna, reiteró antiguas y falsas creencias sobre la mujer en sus influyentes escritos.

“La relativa inferioridad de la mujer en este sentido es incontestable, poco capacitada como está, en comparación con el hombre, para la continuidad en intensidad del esfuerzo mental, o bien debido a la debilidad intrínseca de su raciocinio, o a su ligera sensibilidad moral y física, que son hostiles a la abstracción científica y a la concentración”. “Esta indudable inferioridad orgánica del genio femenino ha sido confirmada por experimentos decisivos, incluso en las Bellas Artes, y en medio de las mejores circunstancias, en cuanto a los fines del gobierno, la radical ineptitud del sexo femenino es aún más evidente, incluso en el nivel más elemental que es el gobierno de la familia”.[1]

Sobre los presupuestos del determinismo biológico Auguste Comte, se alegaba que la función fisiológica de la hembra era parir y cuidar a los niños, y que la mujer se debía dedicar exclusivamente a eso.

Se ahuyentó a la mujer de todo trabajo intelectual con teorías científicas que alegaban que estaba menos capacitada fisiológicamente que el varón para el trabajo mental. Los frenólogos afirmaban que las zonas cerebrales relacionadas con la inteligencia y la creatividad estaban más desarrolladas en el varón, en cambio las que se relacionaban con la afectividad predominaban en la mujer.

Los estudios del cerebro

            Desde finales del s. XVIII diversos científicos venían realizando diversos estudios sobre el cerebro. Frenólogos, neurólogos y antropólogos físicos, fueron construyendo un discurso “científico” sobre la inferioridad de las mujeres, las razas no blancas, las culturas y pueblos no civilizados y las clases sociales más bajas. Todas sus conclusiones, racistas y sexistas, partían de tres hipótesis: Primera que el cerebro era el órgano de la mente; segundo, que el tamaño y forma del cráneo reflejaba fielmente el cerebro, y que por tanto, la medida del cerebro podía sustituirse por la medida del cráneo, y, tercero, que el tamaño del cerebro indicaba la capacidad mental. Si un cuerpo con más masa muscular es más fuerte, se deducía que un cerebro de mayor tamaño, debía ser más inteligente.

            Como ya hemos visto, Frank J. Gall fue el pionero en establecer el estudio del cerebro sobre bases materialistas. Gall consideró que había una correlación entre la memoria, la inteligencia y la forma del cráneo. Llegó a asegurar que se podrían determinar las aptitudes mentales de un individuo examinando la forma e irregularidades de su cráneo.

            Para Gall el cerebro es el órgano de la mente y el pensamiento. Un cerebro dividirá en facultades independientes que se pueden situar en regiones diferentes dentro de la superficie cerebral. Sostiene además que el tamaño y forma de cada región craneal corresponde al grado en que esa facultad se ha desarrollado en un individuo.

La observación del cráneo y sus protuberancias, permitiría al frenólogo reconocer la inteligencia de un individuo o bien la enfermedad mental y la criminalidad. En Gall, la ecuación cráneo = cerebro = mente = psique, resume toda la lógica de su pensamiento.

            Johann Gaspar Spurzheim, discípulo de Gall, mantenía que había una diferencia natural en las disposiciones mentales de varones y mujeres, en calidad y cantidad, que la educación no puede cambiar. Spurzheim afirmaba que los varones tenían ciertos poderes mentales más desarrollados que las mujeres, ya que estas demostraban un intelecto de menor vigor, un poder reflexivo más pequeño y una incapacidad (al igual que sucedía con los negros) para extender su razonamiento más allá del mundo visible. En el varón predomina el intelecto, mientras que en la mujer será el sentimiento.

            La definición de índice cefálico por Anders Retzius (1840) se convirtió en la piedra angular de la antropometría. Los antropólogos consideraban este parámetro sumamente significativo de las diferencias en los rasgos mentales, de actitudes y comportamientos de las razas, sexos y otros colectivos humanos. La Sociedad Antropológica de Londres se propuso demostrar científicamente la inferioridad de ciertos grupos humanos, entre ellos las mujeres, basándose en características fisiológicas naturales y no en la cultura, la educación, el ambiente, etc.

            El antropólogo alemán Hermann Schaaffhausen (1816-1893), codescubridor del hombre de Neandertal, se centró en ciertas características del cráneo, para concluir que los cráneos femeninos tenían varios rasgos en común con otros órdenes inferiores: “La proyección de las protuberancias parietales, la elevación menor del hueso frontal, la base más corta y estrecha del cráneo, y… el arco dental más elíptica y la inclinación a prognatismo”.

            Otro parámetro que tuvieron en cuenta los antropólogos fue el peso, y el volumen, mayores estos en el varón de raza blanca y menor en la mujer. Paul Broca examinó unos 500 cerebros (de diferentes razas y sexos) y tomó sobre ellos más de 180.000 medidas. Carl Vogt pesó 2086 cerebros masculinos y 1061 femeninos para concluir que el de las mujeres pesaba entre 113 y 140 gramos menos que el de los varones (estos tenían una ventaja de un 10% de volumen y peso). Estas cinco onzas “perdidas” fue un tema muy popular en la Inglaterra victoriana de final de siglo. Con ello se infería que las mujeres eran inferiores en sus capacidades y facultades mentales, intelectuales y morales.

Según un estudio de la época el peso cerebral medio de un recién nacido masculino es de 400 gr, mientras que el de una recién nacida femenina es de 380 gr. El de un adulto masculino es de 1570 gr, mientras el de una mujer era de 1223 gr. También se hablaba de que la circunferencia era distinta siendo de 57 cm en el caso de los varones y 55 en el caso de las mujeres.

Los craneólogos como Paul Broca basaban sus argumentos en la masa encefálica. Si en la mujer esta era menor que la del varón, debía ser menos inteligente que él. Topinard, discípulo de Broca justificaba la diferencia de tamaños usando bases darwinistas.

“El hombre, qye lucha por dos o más [individuos] en la lucha por la existencia, que tiene toda la responsabilidad y la spreocupaciones por el mañana, que nunca ceja en su combate con el entorno y los rivales de su misma especie, necesita más cerebro que la mujer, a quien debe proteger y alimentar, [ser] sedentario que carece de vocación interior, cuyo papel consiste en criar los hijos, amar y ser pasiva”.[2]

Urbano González Serrano, difusor de la corriente degeneracionista de finales de siglo, postuló que “las mujeres, al hacer uso intensivo de su cerebro, hacían peligrar su propia salud y la de la raza entera”. Otro antropólogo, Thomas Bendyshe, señaló que las mujeres eran en algunos aspectos tan inferiores respecto al varón como los negros respecto a los europeos.

            John Stuart Mill abundó en el tema del tamaño cerebral como prueba de la inferioridad femenina: “Dejando aparte la diferencia abstracta de calidad, cosa difícil de verificar, la eficiencia de un órgano depende, como es sabido, no solamente de su tamaño sino también de su actividad”. J. S. Mill.

Cuando el neurólogo inglés Hughlings Jackson (1835-1911), al aplicar las tesis evolucionistas de Spencer, pretendió encontrar las funciones mentales superiores en la región frontal del cortex, el resto neuroanatomistas trataron de demostrar que en los varones se producía un mayor desarrollo de los lóbulos frontales. La mujer era homo parietalis mientras que el varón era homo frontalis. Este mejor desarrollo del lóbulo lateral en la mujer se convertía asi en una nueva “deficiencia” cerebral que justificaría su “inferioridad”.

            La única ventaja que se le concedía a la mujer era en sus sentimientos. La inferioridad intelectual vendría compensada por una superioridad emocional, que para algunos teóricos era considerada como “debilidad emocional”. Al carecer de los controles superiores, la mujer se convertía en un ser atado a sus instintos primarios – entre ellos el maternal -. La tesis de la localización cortical de funciones llevó a que se postulase una teoría neurológica de la emocionalidad de las mujeres. En el tálamo se encontrarían la expresión de las emociones, mientras que en el córtex se hallarían las del control de movimientos y la asociación de ideas. Según Cyril Burt y R.C. Moore (The mental differences between the sexes, 1912) la actividad mental del varón sería principalmente cortical, mientras que la de la mujer sería talámica. La mujer se presenta como más vulnerable a sus instintos y emociones, y por lo tanto más dependiente del varón en la toma de decisiones importantes.

Carl Vogt enfatizó la diferencia y especifidad tanto sexual como racial del cerebro. En la obra Lecciones sobre el hombre (Lectures of Man, 1868) afirmó que los cerebros de varones y mujeres podían ser distinguidos como si pertenecieran a dos especies biológicas diferentes.

            James Mc Grigor Allan consideraba que el cráneo de la mujer se parecía mucho al del niño y al de las razas inferiores, en tamaño, peso y facultades. En cambio el de los varones blancos civilizados era superior en todos los aspectos.[3]

            El darwinismo vino a apuntalar estas especulaciones al razonar que la inferioridad de la mujer y de otros grupos humanos se debía a que sus cerebros estaban menos evolucionados y maduros.

            A finales del s. XIX la frenología cae en descrédito. Se cuestiona que el volumen y el peso sean datos relevantes para conocer a una persona. Así mismo se cuestiona el concepto de localización cerebral de las aptitudes y se plantéa el tema de la unidad funcional del cerebro. Aun así se sigue con la idea de que en ambos sexos la estructura, la cualidad y el material son esencialmente diferentes, hasta el punto de que determinan a unos y otras.  

Gustave Le Bon y la supuesta debilidad innata femenina

El principal difusor de la idea de la debilidad innata de la mujer fue el psicólogo francés Gustave Le Bon, quien defendía la existencia de un hiato en la organización física y cerebral entre varones y mujeres, una frontera biológica inalterable que determinaría la superioridad intelectual de los primeros sobre ellas.

Le Bon realizó unas investigaciones anatómicas, premiadas por la Sociedad Francesa de Antropología en 1879, sobre el volumen del cráneo de más de 1200 parisinos. En sus conclusiones estableció una jerarquía de distribución del “grado de inteligencia” entre las distintas clases sociales de París, así como entre los sexos.

En esta clasificación por cráneos, la jerarquía intelectual correspondería a los “sabios y literatos”, seguida por los “parisinos burgueses”, la “antigua nobleza”, los “trabajadores domésticos” y, por último, los campesinos.

En cuanto a los sexos, tras contrastar “el peso del cerebro, en relación a la inteligencia de ambos sexos”, Le Bon concluyó la incuestionable superioridad masculina. Esta supuesta superioridad sería una ventaja evolutiva que los “machos” habrían obtenido progresivamente en los primeros pasos de la hominización. Las mujeres, en cambio, se hallarían en un grado evolutivo inferior, cercano al mono, tanto en su inteligencia como en sus aptitudes físicas.

“Incluso entre las aglomeraciones más inteligentes, como los parisinos contemporáneos, hay una notable proporción de la población femenina en los que los cráneos se aproximan más por su volumen a los de ciertos gorilas que a los cráneos del sexo masculino mejor desarrollados”.

“La diferencia existente entre el peso del cerebro, por lo tanto, del volumen del cráneo del hombre (varón) y de la mujer, va creciendo a medida que se asciende en la escala de la civilización, de forma que, desde el punto de vista de la inteligencia, la mujer tiende a separarse más y más del hombre (varón) […] los cráneos femeninos de las razas superiores, donde el rol de la mujer es nulo, son remarcádamente más pequeños que los cráneos femeninos de las razas inferiores”

“Mientras que la media de los cráneos parisinos masculinos se sitúa entre los cráneos más grandes que se conocen, los cráneos femeninos de París se sitúan entre los más pequeños cráneos de mujer observados, muy por debajo de los cráneos polinesios, y además por encima de los cráneos de mujeres de Nueva caledonia”. [4]

El antropólogo Paul Broca consideró los estudios de Le Bon como científicos y “muy exactos” y se adhirió a la tesis según la cuál la superioridad intelectual del hombre sobre la mujer crecía a medida que se ascendía en la escala racial.

“La diferencia va creciendo a medida que la división del trabajo ha permitido dar a la mujer ocupaciones más sedentarias”.[5]

Clemence Royer (1830-1902) rebatió todos estos argumentos absurdos de Le Bon y Broca en el ensayo “Des rapports des proportions du crâne avec celles du corps, et des caracteres correlatifs et evolutifs en taxonomie humaine” (1880). Muy acertadamente Royer afirmó que la medida del peso cerebral debía ponerse en relación con otras variables antropométricas, tales como el peso de todo el cuerpo.

No obstante Royer no supo escapar de la trampa determinista sobre la raza y defendió la superioridad biológica “occidental” en términos darvinistas, para así justificar las desigualdades raciales implícitas en el colonialismo contemporáneo.

“En resumidas cuentas, la máquina física de las razas superiores está mejor constituida que la de las razas inferiores, y las diferencias… se explican perfectamente por un progreso continuado hacia lo más alto, ocasionado por la competencia vital”.[6]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Auguste Comte. Curso de filosofía positiva. 1839
[2] Topinard. Mémoires Société d´Anthropologie París, 1888, p. 22. Citado por STEPHEN JAY GOULD. La falsa medida del hombre. Ed. Crítica. 2004 Pág. 120
[3] Lewontin, Rose y Kamin. No está en los genes. Ed. Crítica. 2009. Pág. 197.
[4] Gustev Le Bon, 1878. Recherchs anatomique et mathématiques sur les variations de volumen du crâne. P. 72-75. Cit. Juan Manuel Sánchez Arteaga: LA DESIGUALDAD DE LAS DESIGUALDADES. Universidad de Lisboa, 2007.
[5] Paul Broca, 1878. Cit. Juan Manuel Sánchez Arteaga.
[6] Clemence Royer (1878), “Des rapports des proportions du crâne avec celles du corps, et des caractères correlatifs et evolutifs en taxonomie humaine”, Congrès internationale des sciences anthropologiques, pp. 105-119, Paris, 1878. Cit. Sánchez Arteaga, J.M.
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