16.4. Las teorías darvinistas y el “problema de la mujer”

La publicación en 1859 del “Origen de las especies”, marca un hito histórico en la ciencia y el pensamiento occidental. Los términos darvinistas como selección natural, adaptación, supervivencia del más dotado, eliminación del más débil, selección sexual, etc. adquieren gran relevancia y van a ser utilizados en todos los campos de las ciencias naturales y sociales. La historia, la filosofía y las sociedades se estructuran en grados evolutivos progresivos desde las “formas más primitivas e inferiores, hasta las formas más evolucionadas o superiores”.

El denominado “problema de la mujer” y su teorización biológica es formulado por primera vez por Charles Darwin en la obra “La descendencia del hombre y la selección en relación al sexo” (1871). Dos volúmenes dedicados a estudiar las diferencias sexuales de los animales y humanos. Para Darwin, a medida que aumenta la complejidad animal aparece la reproducción sexual. Los organismos sencillos se reproducen por conjugación asexual, mientras que en los organismos superiores la reproducción es sexual, separándose y distinguiéndose los sexos cada vez más en formas y funciones.

Las tesis darvinistas van a jugar un papel legitimador de una supuesta inferioridad de la mujer. La medicina, la frenología, la antropología física y las ciencias sociales en general, se basarán en el darwinismo para realizar sus peligrosas afirmaciones misóginas. Como señala la historiadora Dorinda Outram, “en todas partes la biología entra a formar parte del discurso legitimador en contra de las mujeres aportando pruebas de su inadecuación en todos los órdenes para ocupar la esfera pública y admitir los progresos que reclaman”.

Las mujeres, al igual que otras razas y clases, quedan al margen de la nueva humanidad gestada a partir de la Ilustración. No cumplir estas premisas sería ir contra la naturaleza de las cosas y el precio sería la degeneración de la especie humana y de la sociedad. Las mujeres quedan así atrapadas en una corporalidad sexual sometidas a las relaciones de poder del nuevo orden social.

 Charles Darwin: La mujer como ser menos evolucionado

            En la obra “El origen del hombre y la selección en relación al sexo” (1871), Darwin situaba a la mujer en un estadio evolutivo inferior al varón. En una graduación continua desde lo animal a o humano, la mujer se situaba más próxima a lo animal compartiendo el peldaño con las razas primitivas de la humanidad.

            La diferencia evolutiva entre sexos se traducía, en opinión de Darwin, en diferencias mentales insoslayables. Las mujeres, a consecuencia de su gran instinto maternal, poseerían una disposición natural hacia la ternura y el cariño, siendo menos egoístas que el varón, que por naturaleza disfrutaría compitiendo. La mujer se asemejaría a las hembras animales que son adaptativas en la esfera doméstica, pero no en la pública donde, según los defensores del darwinismo social, rige la ley del más fuerte.

            Justamente en la obra, La descendencia del hombre y su selección en relación al sexo (1871), Darwin sostiene que la raza humana empezó siendo andrógina y que la diferenciación entre los sexos sería producto y señal de un alto grado de evolución y sinónimo de civilización.

“Para explicar la presencia en los mamíferos machos, de rudimentos de órganos femeninos accesorios, é inversamente, la presencia en las hembras, de órganos rudimentarios masculinos, no es indispensable admitir que los primeros antecesores fuesen todavía andróginos después de haber adquirido sus principales caracteres sexuales. Es muy posible que á medida que uno de los sexos adquiera gradualmente los órganos accesorios que le son propios, algunos progresos sucesivos y modificaciones realizadas hayan sido transmitidos al sexo opuesto”

“El hombre difiere de la mujer por su talla, su fuerza muscular, su vellosidad, etc., como también por su inteligencia, como sucede entre los dos sexos de muchos mamíferos. En una palabra, no es posible negar la estrecha correspondencia que existe entre el hombre y los animales superiores, principalmente los monos antropomorfos, tanto en la conformación general y la estructura elemental de los tejidos, como en la composición química y la constitución”.[1]

Darwin será quien explique en términos evolucionistas como es la naturaleza femenina basada principalmente en las emociones y sin capacidad para las aptitudes mentales.

“Son un colectivo disminuido en aquellas facultades intelectuales y emocionales máximas productos de la evolución humana, el poder del razonamiento abstracto y de la más abstracta de las emociones, la justicia”.

Según Darwin, en el caso de la especie humana, los machos no sólo desarrollaron tamaño, fuerza, coraje y aspecto físico, sino también, razón, invención o imaginación. Este era el maravilloso resultado del éxito masculino en la “lucha sexual” por la que el varón se hacía finalmente superior a la mujer.

“De todas maneras es probable que el hombre sea tan superior en dotación mental a la mujer como el pavo real en plumaje ornamental a la pava real”. Charles Darwin.

            Darwin se vio obligado a explicar porqué las mujeres no desarrollarían rasgos necesarios para la supervivencia como lo haría el varón o el resto de especies animales. En su opinión, la hembra humana se diferencia del resto de especies en que no elige, sino que es elegida, por ello la selección sexual no actuaría en ella. Según Darwin, bastaría con mejorar la educación de unas pocas mujeres de élite para que fueran mejorando paulatinamente la capacidad de sus descendientes femeninas.

Herbert Spencer: La teoría del techo evolutivo

Herbert Spencer (1820-1903) lanzó la teoría de que la mujer había tocado techo evolutivo y que no seguiría evolucionando dadas sus funciones naturales. En un artículo titulado “La psicología de los sexos” argumentó que los varones y las mujeres eran tan desiguales mentalmente como lo eran físicamente. Afirmar lo contrario sería:

“Suponer que sólo en este caso en toda la naturaleza no hay un ajuste de poderes especiales a funciones especiales. La función de las mujeres es criar a los hijos, los atributos intelectuales no son necesarios para esta tarea, por tanto, no tienen por qué desarrollarse en el curso de la evolución”[2]

Spencer reduce así al ser humano a la función, función que en el caso de las mujeres se reduciría exclusivamente la de parir y criar a la prole. Como, en su opinión, estas tareas no exigen cualidades de orden superior, concluye que la naturaleza no ha dotado con ellas a las féminas ni tienen porqué desarrollarlas.

Para H. Spencer la naturaleza emocional de las mujeres, incluída su tendencia al cuidado, sería consecuencia directa de su fisiología reproductiva. En “The study of Sociology” (1874), la energía vital de las mujeres se encuentra naturalmente dirigida hacia la preparación del embarazo y la lactancia, impidiendo que exista energía disponible para el desarrollo de otras habilidades como las intelectuales. Para Spencer la mujer es un varón que ha cesado en su evolución, una clara resonancia del varón mal engrendado aristotélico.

En algún momento dado Spencer reconocerá que “bajo disciplinas especiales, el intelecto femenino podría igualar o sobrepasar los resultados intelectuales de la mayoría de los varones”. Pero también considerará perjudicial el desarrollo de estas capacidades ya que iría en detrimento de sus “funciones maternales”.

“Las mujeres necesitan energía para cumplir sus funciones de madre (reproductora) y si esa energía se gasta en otras tareas se la está restando de la que es la única función natural de la mujer”.[3]

Herbert Spencer difundió la teoría sobre la economía de la energía vital (Los principios de la biología, 1864-1865 y Los principios de la ética 1892-1893). Esta supuesta teoría afirmaba que “una instrucción como la que recibían los chicos no se podía impartir a la mujer porque sobrecargaría sus sistemas fisiológico y nervioso, destinado principalmente a la reproducción, de manera que se resintiría gravemente su salud y, en último extremo, quedaría estéril”.

Spencer explica los peligros del exceso de trabajo intelectual y de la excesiva cultura en la infancia y la juventud, recurriendo de nuevo a la analogía del organismo-máquina. Esta, al consumir en demasía su limitada energía vital para unos fines, se vería obligada a sustraerla de otros menesteres, de modo que las ventajas logradas en un campo van acompañadas de desventajas mayores en otros:

 “Porque la naturaleza lleva rigurosamente la cuenta, y si se le exige que gaste de un lado, restablece la balanza con deducciones en otro capítulo.

Considérese, pues, cuán grande debe ser el daño causado a los niños y a los jóvenes por la exagerada excitación de las facultades intelectuales. A todo ejercicio cerebral que exceda de la medida impuesta por la naturaleza seguirá inevitablemente una perturbación constitucional mayor o menor, y aunque no llegue a ocasionar enfermedades positivas, determinará un lento decaimiento. ¿Cómo será posible que se termine felizmente el desarrollo físico, siendo escaso el apetito, deficiente la digestión y la circulación débil?”.[4]

Herbert Spencer afirmaba que “las mujeres muestran una perceptible deficiencia en dos facultades, la intelectual y la emocional, que son el resultado final de la evolución humana, la capacidad de razonamiento abstracto y la que es la más abstracta de las emociones, el sentimiento de la justicia”.

La cuestión de la energía formaba parte del debate científico de la época. Se creía que el cuerpo humano contenía una cantidad limitada de energía o fuerza vital y que este recurso podía agotarse si se utilizaba mal. Así como el metabolismo de la digestión impide la realización de otras tareas con eficacia, el “metabolismo” del pensamiento impediría a las mujeres dedicarse a lo que por naturaleza les correspondía.

Este fue el argumento principal esgrimido por evolucionistas y médicos en contra del trabajo físico e intelectual de las mujeres. Aquellas mujeres que gasten su energía en funciones que no son propias de su naturaleza, sufrirán agotamiento físico, desarreglos, esterilidad y enfermedad mental, lo que impedirá que puedan soportar el desgaste de la maternidad. La reproducción se entiende como un proceso fisiológico que implica un extraordinario gasto de energía y la mestruación se ve como un fenómeno que debilita y enferma a las mujeres.

Se afirma categóricamente que el cuerpo humano, “no puede hacer bien dos cosas al mismo tiempo”. Las chicas adolescentes necesitan reducir su trabajo cerebral en los años del desarrollo reproductivo, su energía no debe invertirse en la escuela como los chicos cuya naturaleza les pide menos.

Más aún, si las chicas hacen mal uso de sus energías adolescentes, sus descendientes se resentirán y esto perjudicará al desarrollo de la raza, de tal manera que la especie perdería fuerza, degeneraría y perdería el tren de la evolución.

“Si las mujeres desarrollaran cualidades mentales en una sociedad provocarían la desaparición de la sociedad, es un poder que no debe incluirse en una estimación de la naturaleza femenina”.

Reservarse a la reproducción es el coste que se manifiesta en un menor desarrollo muscular y nervioso y; por tanto, con una menor capacidad para las manifestaciones mentales.

“Son un colectivo disminuido en aquellas facultades intelectuales y emocionales máximos productos de la evolución humana, el poder de razonamiento abstracto y de la más abstracta de las emociones, la justicia”.

Spencer establecerá analogías entre salvajes, niños y mujeres aceptando la tesis de Ernest Haeckel propuesta en 1866 según la cual la ontogénesis recapitula la filogénesis. Como ya hemos visto, esta teoría tuvo aplicaciones racistas, y como no, también sexistas. La idea central es que los embriones hembras estaban menos diferenciados, al igual que los de los pueblos primitivos. La naturaleza era así menos específica, más genérica y uniforme. Así las razas primitivas, las mujeres y los salvajes ocuparían el mismo escalón evolutivo que el niño en su desarrollo. Eran inmaduros e imperfectos, etapas previas al desarrollo que alcanza el varón blanco adulto.

Herbert Spencer creía que los rasgos físicos, mentales y morales, pasan directamente de padres a hijos por herencia, de tal modo que si las mujeres degeneran física o mentalmente por el mal uso de su energía vital, su degeneración se transmitirá directamente a sus hijos y descendencia futura. Para Spencer las mujeres se encuentran atrapadas por su biología (“desarrollo evolutivo arrestado”). Una biología en la cual han tocado techo evolutivo, están al servicio de la especie y por el interés de esta, este rol no debe cambiar. Están condenadas a repetir el ciclo necesario de la vida. Simone De Beauvoir criticará años después esta perspectiva que impide a la mujerse hurtarse al dominio de la especie y la obliga a subordinarse a ella.

Frank Ferneseed y la preeminencia evolutiva del macho sobre la hembra

Para resolver los casos “especiales” en que estas teorías de la inferioridad femenina no se cumplían, Frank Ferneseed afirmó en «Sexual Distinctions and Resemblances» (1881), que “la sujeción de la mujer al hombre es una característica del desarrollo progresivo de la evolución”. Fernseseed concluye que al estudiar los mamíferos, se observa que la superioridad del macho es evidente y sin excepción, “la igualdad entre los sexos sólo ocurre en variedades y especies imperfectamente desarrolladas, en personas jóvenes, en el declinar de los años y en las más bajas clases de la sociedad”.

Para Ferneseed “la preminencia del macho sobre la hembra señala una más alta etapa de la evolución. Ello ocurre en las especies y razas superiores en la flor de la edad y en los estratos superiores de la sociedad”.

Allá donde existan mujeres con cualidades y comportamientos que contradigan la teoría de la superioridad masculina estos casos serán tachados de atípicos, imperfectos y excepcionales. De manera acientífica, si hay observaciones en contra, sencillamente se las excluye. Se trataría de equivocaciones o anormalidades que no invalidan ni la teoría ni la metodología.

En realidad se estaba operando bajo la influencia de prejuicios que condicionaban y sesgaban los resultados afirmados por la teoría. Se establecía un ideal de evolución femenino y las que no se adaptaban a este ideal, como las salvajes y las trabajadoras, eran consideradas como excepciones, es decir, aberraciones. Y de entre todas las mujeres, la que representaba el escalón evolutivo más elevado era la Lady victoriana, constituyendo el modelo de naturaleza femenina por excelencia.

George John Romanes y la fragilidad mental femenina

El psicólogo darwinista George John Romanes (1848-1894), desarrolló una teoría de la fragilidad mental femenina como consecuencia de su fragilidad física. Gran amigo de Darwin y de Huxley, basó sus postulados en las teorías darwinistas de estos. Según Romanes las mujeres carecían de originalidad, tendrían menor capacidad de juicio y de adquisición de conocimientos, eran menos tenaces y decididas. En lo único que sobresaldrían evolutivamente sería en el desarrollo de sus órganos sensoriales, rapidez de percepción, intuición, afecto, simpatía, devoción, negación de sí mismas, piedad y moralidad. En opinión de Romanes, si los varones piensan, las mujeres sienten, pero en ellas el sentimiento sería peligroso pues serían muy dadas a perder el control de su voluntad y de sus emociones.

En el libro La evolución mental del hombre (1889), afirmaba la inferioridad intelectual de la mujer sobre esta base:

“Observando que la media del peso del cerebro de la mujer es alrededor de cinco onzas menos que la de los hombres, simplemente por razones anatómicas, uno no debería extrañarse en esperar una marcada inferioridad intelectual en energía y en forma”.[5]

Romanes llegó a considerar la diferencia mental entre los animales de ambos sexos tan fundamental que creía que podía hablarse de especies biológicas distintas. Frenchman Delauney llegó a afirmar que incluso entre los grupos humanos más inteligentes… “Los cráneos de una proporción significativa de las mujeres están más cercanos al volumen de los cráneos de algunos gorilas, mejor que la de los cráneos desarrollados del sexo masculino”.

Francis Galton y la inferior capacidad femenina

            Uno de los argumentos que pretendía demostrar biológicamente la mediocridad mental de las mujeres fue la hipótesis de la variabilidad. Esta teoría fue formulada por Francis Galton (1822-1911), primo de Darwin y principal ideológo y difusor del eugenismo. Para Darwin la supervivencia está asociada a la transmisión de variaciones adaptativas. La variación o desviación de la norma se convierten automáticamente, según el darwinismo, en un mecanismo de progreso evolutivo. Pues bien, segín Galton, el varón se convierte en el elemento en el que se muestran un mayor número de rasgos físicos y mentales.

Será precisamente Galton quien, a través de su obra “La herencia del genio” (1886) y su obsesión por la cuantificación a través de su laboratorio biométrico, concluirá que las mujeres son inferiores en todas sus capacidades a los varones y que los rasgos femeninos son defectos sin propósito adaptativo. Para Galton el simple hecho de que las mujeres no sobresalgan en ningún campo científico, o que no ocupen posiciones de eminencia es prueba más que suficiente que confirma su hipótesis del menor rango de habilidad femenina.

            Cuando se refiere a las características propias del carácter femenino, Galton usará las mismas valoraciones con las que denigró a los negros, tratando de sustentarlas en los efectos de la selección natural (o sexual).

            “Una notable peculiaridad del carácter de la mujer es que es caprichosa y coqueta y es menos sincera que el hombre. Sucede lo mismo con la hembra de cualquier animal en la época del apareamiento, y caben pocas dudas sobre el origen de la peculiaridad […].

            La disposición cambiante de las hembras en cuestiones de amor es tan evidente en las mariposas como en el hombre, y debe haber sido favorecida de forma continua desde los primeros estadios de la evolución animal hasta el presente […]. Coquetería y capricho se han convertido, en consecuencia, en una herencia del sexo, juntamente con una cohorte de cómplices debilidades y mezquinos engaños que los hombres han llegado a considerar como aspectos venales, pero también amables de las mujeres que no podrían, sin embargo, tolerar en sí mismos”. Francis Galton

            A la hora de seleccionar aquellos rasgos, que con fines eugenésicos, merezca la pena rescatar de las mujeres, tan sólo destacará características como la belleza, salud, buen carácter, habilidad doméstica, etc., y sólo en un segundo plano valorará los aspectos intelectuales. Más aún, según él, la contribución de la inteligencia femenina a la herencia del talento sería negativa, pues sus cualidades podrían “neutralizar en los hijos las dotes extraordinarias de los padres varones”:

            “Es un hecho que no puede negarse, pero tampoco darle demasiada importancia, el que los hijos de hombres de genio tienen frecuentemente un talento mediocre. Las cualidades de cada individuo se deben a la influencia combinada de sus dos padres; y las cualidades extraordinarias de uno pueden haber sido neutralizadas, en la descendencia, por las cualidades opuestas o defectuosas del otro”. Francis Galton.

Havelock Ellis y la menor variabilidad femenina

            El sexólogo y filósofo social Havelock Ellis (1859-1939), al publicar la obra Man and Woman (1894) se propuso estudiar las diferencias anatómicas, fisiológicas y craneales que había entre varones y mujeres. Según Ellis, las mujeres eran más infantiles, más bajas y más ligeras. Tendrían la cabeza y el tronco más largo, mientras que el cuello y las extremidades serían más cortos. Ante estos datos, se planteaba como interpretarlos para probar una inferioridad que ya era una premisa antes del estudio. Así, Ellis citaba la afirmación de J. Ranke en el sentido de que el tronco corto sería signo de superioridad en un ser humano, pero lo termina rechazadando dado que los negros tenían los troncos cortos, aunque las personas de raza amarilla lo tenían largo.

            La mayor diferencia ósea entre varón y mujer radicaría en la estructura de la pelvis. Ellis no reconocía la diferencia craneal como fundamental. El rostro femenino era pequeño en comparación con su cabeza alargada (lo que podría indicar una superioridad evolutiva) pero sus mandíbulas y dientes eran más protuberantes (signo de evolución inferior).

            En cuanto a la fisiología, Ellis afirma que los varones comen más y su sangre es más densa y roja. Por el contrario, la sangre feminina tendría menos glóbulos rojos y menor peso específico. Los varones tendrían un pulso más lento y mayor capacidad respiratoria. Además tendrían mayor musculatura, gran precisión en sus movimientos y una gran fuerza. En las mujeres la menstruación sería la principal diferencia fisiológica que “incapacitaba a las mujeres alcanzar el mismo nivel de actividad social y profesional que los hombres”.

            Havelock Ellis retomará la peligrosa teoría de la mayor variabilidad masculina que había enunciado Galton. En Man and Woman afirmará que, así como los varones llenan las instituciones para deficientes mentales, son precisamente los varones los únicos que alcanzan posiciones de eminencia. El mismo argumento lo emplearán los psicólogos de la Universidad de Columbia, James McKeen Cattell y Edward Thorndike para disuadir a las autoridades académicas de invertir en unos “seres” que sólo alcanzarán niveles moderados o mediocres de capacidad mental.

Haeckel y la teoría de la recapitulación

            Ya hemos visto como esta teoría, enunciada por E. Haeckel, postulaba que cada organismo individual repetiría en el curso de su vida la historia de su especie, pasando por todos los estadios de desarrollo previos. La embriología, la anatomía comparada y la paleontología, fueron empleadas para justificar que mujeres y pueblos primitivos ocupaban lugares inferiores en la escala evolutiva. Si desde el punto de vista de la filogenética, la mujer representaba el pasado de la raza, desde el punto de vista ontogenético, cada mujer era una eterna adolescente, pues en ese punto se detenía su desarrollo. James McGrigor Allan, miembro de la Anthropological Society de Londres y firme opositor al sufragio femenino afirmó:

“física, mental y moralmente… la mujer es una clase de niño adulto… el varón es la cabeza de la evolución. El mayor ejemplo de excelencia física, mental y moral lo encontramos en el varón”.

“Observamos que los cráneos de mujeres europeas se asemejan mucho más a los cráneos negros que al resto de varones europeos. Según Carl Vogt “Podemos estar seguros que, siempre que percibimos un acercamiento al tipo animal, la hembra está más cerca de ello que el macho”.[6]

Stanley Hall presentó a la mujer como una adolescente perpetua y una salvaje perpetua. En ella tan sólo ve a la transmisora de los rasgos de la especie humana a nivel filogenético y ontogenético. Hall adoptó una actitud paternalista respecto a la educación de las mujeres. Proponía que esta tuviera en cuenta sus especiales características naturales y su función primordial: la maternidad. Por ello habría que ahorrarla las exigencias del trabajo intelectual, las normas de conducta y los horarios que se exigían a los muchachos.

La recapitulación fue empleada en los estudios criminológicos de Cesare Lombroso. Havelock Ellis y Henry Maudsley, quienes hallaron paralelismos entre los niños, las mujeres y los criminales. Según ellos la mujer poseía más y peores tendencias negativas que el varón, rebosando venganza, envidia y crueldad.

“Dentro de la mujer normal se escondía “el inocuo semi-criminal”, neutralizado en su mayor parte por “la piedad, la maternidad, la falta de pasión, la frialdad sexual, la debilidad y la inteligencia no desarrollada”… El criminal femenino llevaba lo peor de ambos sexos”.[7]

Incluso el hecho de que las niñas madurasen antes que los niños, era signo de que la mujer no alcanzaba nunca un nivel de desarrollo similar al del varón. Según McGrigor Allan, su maduración temprana era comparable a la de los frutos y animales más bajos en la escala zoológica.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Charles Darwin. La descendencia del hombre. 1873.
[2] H. Spencer, 1873. P. 31-32. Cit. Amparo Gómez Rodríguez. Ciencia y valores en los estudios del cerebro. Arbor, 2005.
[3] Idem.
[4] Idem.
[5] Romanes, George J. “Mental differences between men and women” Nineteenth Century, n. 21, 1887, pp. 654-672. Cita tomada de Fee, Elizabeth, o.c. p. 429
[6] James McGrigor Allan. Sobre las diferencias reales en la Mente de los Hombres y Mujeres. Revista de la Sociedad Antropológica de Londres. Vol. 7 (1869)
[7] Sexual Sciencie. Cynthia Eagle Russett. 1989
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