16.5. Paul Julius Moebius y la “inferioridad mental de la mujer”

            Paul Julius Moebius (1853-1907) fue un neurólogo alemán que trabajó principalmente en los campos de la neurofisiología y la endocrinología. Moebius es autor de un panfleto de apenas sesenta páginas titulado “La inferioridad mental de la mujer” (1900), un texto insultante y denigrante hacia la mujer, que fue muy criticado, pero a la vez produjo muchas adhesiones llegándose a publicar hasta ocho ediciones. Los principales argumentos de Moebius para afirmar la inferioridad femenina eran la diferencia del peso cerebral de estas y su endeble constitución física en comparación con la del varón.

            Estos estudios no son propios, sino que repite las conclusiones sacadas por Theodor Ludwig Wilhelm von Bischoff y de otros médicos de su época. Los estudios del criminólogo Lombroso, las consideraciones sobre el libre albedrío de la mujer de Krafft-Ebing y los juicios femeninos de Fanny Sewald y Laura Marholm.

            Moebius fue neurólogo en el Policlínico Universitario de Leipzig y en el Policlínico Neurológico de Albert-Verein. Seguidor de la frenología y el darwinismo, fue un gran admirador de Schopenhauer. En su obra reconoce la influencia de Rousseau, Schopenhauer y Nietzsche. Desarrolló la electroterápia como método de curación mediante la aplicación de electricidad, un sistema que fue muy alabado por Sigmund Freud.

En su obra, Moebius trató de demostrar que las diferencias morfológicas en el cerebro de varones y mujeres podían explicar la inferioridad de estas. Basándose en las investigaciones del anatomista Nikolaus Rüdinguer (1832-1896) trató de demostrar científicamente que “las mujeres eran seres inferiores”.

“Rüdinger ha observado que en los recién nacidos el grupo de circunvoluciones en torno a la cisura de Silvio es más sencillo y posee menos sinusoidades en las hembras que en los machos; además, la isla de Reil es, en término medio, un poco mayor en todos sus diámetros, más convexa, está surcada en el cerebro de los varones más profundamente que en el de las hembras. Ha demostrado que en los adultos la tercera circunvolución frontal es más pequeña en la mujer que en el hombre, especialmente en aquellas secciones que lindan directamente con la circunvolución central… Además, Rüdinger ha probado que en el cerebro femenino el derrame de toda la circunvolución media del lóbulo parietal y la del pasaje superior superointerno presentan un desarrollo insuficiente”.[1]

            Y como remate final a esta sarta de disparates, termina concluyendo Moebius:

“En todos sentidos queda completamente demostrado que: en la mujer están menos desarrolladas ciertas porciones del cerebro de suma importancia para la vida mental, tales como las circunvoluciones del lóbulo frontal y temporal; y que esta diferencia existe desde el nacimiento”.[2]

            Como vemos, Moebius no discute las observaciones realizadas por Rüdinger, las toma como datos empíricamente comprobados, mucho más fiables que los establecidos en relación al tamaño del cráneo o el peso del cerebro.

            Moebius se casó con una mujer que era diez años mayor que él. Él mismo reconoce que su matrimonio fue infeliz y sin hijos. Este pesimismo lo arrastró durante toda su vida y obra, hasta el punto de que su último trabajo lleva por título “Sobre la desesperanza de toda psicología”.

Para Moebius no solamente los varones y las mujeres son diferentes, sino que además es imprescindible que se mantengan en ese estado de desigualdad.

“[Las mujeres] no consiguen dominar los afectos y están incapacitadas para el dominio de sí mismas. Los celos, o la vanidad insatisfecha o herida, suscitan en ellas tempestades que no dejan campo a ninguna reflexión de orden moral. Si la mujer no fuese débil física y mentalmente; si, por lo demás, no la hicieran inofensivas las circunstancias, sería un ser altamente peligroso”.[3]

En opinión de Moebius la evolución humana hubiera sido imposible si solamente existieran las mujeres.

“Todo progreso parte del varón. Por eso la mujer es para ellos una pesada carga; les impide emplear todas las energías e insaciables indagaciones y temerarias innovaciones, y también pone freno a las nobles iniciativas, porque no tiene facultad para distinguir por sí misma el bien y el mal y subordina todas las cosas a la costumbre y al: así lo dice la gente”.[4]

Moebius relega la posición de la mujer al hogar, y su papel social a ser exclusivamente madre y educadora de la prole, por el interés de la conservación de la especie y de la formación de una raza sana y fuerte.

“Su horizonte es limitado debido a su posición natural. Ellas viven dependientes de sus hijos y de su marido; lo que es extraño a la familia no les interesa. La justicia sin consideraciones personales es para ellas un concepto vacío de sentido”.[5]

Moebius lanzará un peligroso tópico que luego se va a repetir mucho: las mujeres son incapaces de pensar. Lo único en lo que encuentran placer es en chismotear.

“La lengua es la espada de las mujeres, porque su debilidad física les impide combatir con el puño; su debilidad mental las hace prescindir de argumentos válidos, por lo que sólo les queda el exceso de palabras. El afán de reñir y la locuacidad han sido considerados con justa razón como especialidad del carácter femenino. La charla proporciona a las mujeres un placer infinito y es verdadero deporte femenil”.[6]

Este psiquiatra alemán valora a las mujeres como seres dependientes, inferiores e incapaces de progreso. Las compara en varias ocasiones a los niños y a los pueblos primitivos o poco evolucionados. Su determinismo biológico las condena a la única tarea de “producir” hijos. Según Moebius, nunca habrá mujeres pintoras, escritoras, científicas, etc. pues al ser simples “apéndices” del varón, nunca podrán alcanzar la plenitud individual.

Afirmará que la libertad por sí misma es negativa, y dadas las “especiales condiciones cerebrales de la mujer”, le conviene estar sujeta al varón.

            En Moebius se ve con claridad como el prejuicio adelanta a las conclusiones científicas. Primeramente afirma la “manifiesta inferioridad mental de la mujer”, para luego acompañarla de las pruebas que lo “demostraran”.

“Es indudable que las facultades mentales del hombre (varón) y de la mujer son muy diferentes entre sí… ¿pero son las mujeres verdaderamente deficientes respecto a los hombres (varones)?… Un antiguo proverbio da la respuesta: Cabellos largos, cerebro corto”.[7]

La cuestión del “instinto femenino”

            A partir de las diferencias morfológicas, Moebius introduce un concepto clave en su análisis y es el de “instinto”. El instinto es lo que define y explica las manifestaciones psicológicas, morales y de comportamiento que, según el autor, dominarían en las mujeres. Moebius establece dos postulados:

  1. Que las mujeres “tienen una menor reacción psíquica a los estímulos más fuertes”. Sus sentidos no son deficientes pero sí su psique de la cual dependen aquellos.
  2. Que la mujer es inferior en cuanto a fuerza y destreza. Siendo la habilidad manual función de la corteza cerebral, al estar esta disminuida en las mujeres, esto explicaría su menor habilidad para el trabajo.

Para Moebius el “instinto” es la diferencia esencial que distingue a mujeres y varones. Pero con esta afirmación no hace otra cosa sino establecer “una línea recta desde los seres que obran por instinto a los seres cuyas acciones están subordinadas a la reflexión”.

“Hablamos de instinto cuando se ejecuta una acción coordinada y útil, sinque el que la lleva a cabo sepa el porqué,… cuando acertamos a dar una opinión sin saber cómo”.

“El instinto presenta grandes ventajas, es fiable y no proporciona ningún género de preocupaciones. De modo que el instinto hace a la mujer semejante a las bestias, más dependiente, segura y alegre. El le da esa fuerza singular y la hace aparecer verdaderamente admirable y atractiva”.[8]

Su definición de instinto le permite acercar a la mujer más a la naturaleza animal que a la de los seres racionales y reflexivos representados por los varones. El instinto es algo propio de los animales, aquellos humanos que se rigen por el, en lugar de por las facultades superores, están más cerca de las bestias y, por tanto, se hayan en un estado intermedio de la evolución.

“La característica de un alto desarrollo psíquico está en que el instinto va perdiendo su importancia mientras crece la de la reflexión, en que el ser ligado a la especie se va individualizando cada vez más”.[9]

Partiendo de la consideración de que el instinto domina a las mujeres, Moebius concluye que éstas carecen del poder de reflexión y de individuación que es propio de los varones. Las mujeres se hayarían a medio camino entre el hombre (varón) y las bestias, sometidas a sus funciones naturales.

“Muchas características femeniles dependen de esta semejanza con la bestia. Ante todo la carencia de opinión propia. Lo que es considerado generalmente bueno y verdadero, es para las mujeres verdadero y bueno. Son rígidas conservadoras y odian la novedad…”.[10]

Por todo ello, el progreso es fruto exclusivo de los varones:

“Cómo los animales que obran de la misma manera desde tiempos inmemoriales, el ser humano se hallaría estancado en un estado original si no existieran más que mujeres. Todo progreso parte del hombre (varón)”.[11]

Moralmente, Moebius afirmará que la mujer se encuentra en lo que llamará el “estadio del sentimiento”; una etapa que el varón ya se liberó de ella hace tiempo con su capacidad de raciocinio certera.

“Llamamos sentimiento a un estado intermedio entre lo instintivo y lo consciente o sabido”… “Las mujeres se detienen en un estado intermedio. Su moral es, sobre todo, una moral sentimental, una rectitud inconsciente”.[12]

No es que sean inmorales, pero su moral es “unilateral o defectuosa”, no tienen sentido de lo justo y en el fondo se reirían de la ley. ”La justicia sin consideraciones personales es para ellas un concepto vacío de sentido”. Por ello las mujeres tienen vicios característicos de su sexo, como su gran capacidad para mentir, ser astutas y ladinas.

Para Moebius el problema de la mujer es precisamente su naturaleza limitada por la evolución. Para él, las mujeres están cognitiva, moralmente peor dotadas, completamente determinadas por su función natural: “El sexo femenino aprende muy poco y en breve olvida lo que ha aprendido”.

Afirmará que carece de las capacidades que exige la actividad intelectual en los diversos campos del conocimiento, como mucho puede repetir monótonamente lo aprendido pero son incapaces de crear o inventar. Su aportación al mundo del pensamiento, la ciencia o las artes es nula, pues carecen de capacidad para “combinar”, de “imaginación” y de un “pensamiento independiente”. Su incapacidad creadora es tal que:

“Incluso en el arte culinario y el de vestir sólo progresan gracias a los hombres (varones), puesto que son ellos los que inventan… Todo cuanto vemos a nuestro alrededor, todos los utensilios domésticos, los instrumentos de uso diario, todo ha sido inventado por los hombres (varones)… La mujer no ha aportado nada al desarrollo de la ciencia… resulta inútil esperar algo de ella en el provenir”.[13]

Unida a su poca capacidad, Moebius añade su “falta de voluntad”. Esta es atribuida a un déficit en su naturaleza que hace que los intereses de las mujeres sean “exclusivamente personales”. Estos intereses son los que determinan su fin natural, la reproducción, que exige de ellas “hacerse deseables”. Por ello, las mujeres, en opinión de Moebius, están dotadas “por naturaleza” de cualidades específicas de su sexo, “ella callará todo lo que pueda resultar adverso a la opinión de los demás”, se ejercitará “en el disimulo” y “la mentira”.

“La hembra debe ser, ante todo madre. Así en el campo intelectual debemos dar a la mujer todo lo que aligera su tarea de madre y eliminar todo lo que pueda obstaculizarla”. “Si queremos que una mujer pueda cumplir bien sus deberes maternales, es indispensable que no posea un cerebro masculino”.[14]

Moebius criticará el afán de algunos pensadores de su tiempo “que han sugerido a las mujeres la manía de la emancipación”. Esto no hace sino que “la procreación disminuya proporcionalmente al desarrollo de la civilización”, lo cual conduce a la “degeneración de la raza” la que “representa el principio del fin”.

Moebius afirmaba que el hombre (varón) era más perfecto por naturaleza y no se trataba por lo tanto, de una cuestión de valores equivalentes pero distintos, sino de un problema o deficiencia femenina, de inferioridad y diferencias cuantitativas. El escritor alemán pedía a los médicos que fueran conscientes de la trascendencia de esta deficiencia mental y que pusieran “en acción todo su poder para combatir en interés del género humano las tendencias contra natura de las feministas”.

“El que la hembra humana no sólo deba parir los hijos, sino también cuidarlos… es la causa de que la diferencia entre los sexos sea más marcada en la especie humana que en las especies animales”.[15]

En su opinión la “natural constitución inferior de la mujer” es una adaptación evolutiva a su instinto reproductivo.

“La definición mental de la mujer no sólo existe sino que se hace muy necesaria; no solamente es un hecho fisiológico, es también una exigencia psicológica para la especie”.[16]

Y citando a Lombroso afirma que, está demostrado que “en todo el reino animal la inteligencia se halla en razón inversa a la procreación”. La función natural de las mujeres les impide desarrollar facultades superiores, la especie no necesita de ellas para perpetuarse.

“Yo creo que el punto más importante para los médicos es que ellos se formen un claro concepto del cerebro o del estado mental de la mujer, y que comprendan bien el significado y el valor de su deficiencia mental; y que hagan todo lo posible para combatir, en interés del género humano, las aspiraciones contra natura de las feministas. Se trata de la salud del pueblo, en peligro por la perversión de la mujer moderna. La naturaleza es un amo inflexible y castiga con penas severas a los infractores de sus leyes”.[17]

Repercusión y alcance de Moebius

El panfleto de Moebius forma parte de una literatura médica europea destinada a degradar la condición femenina y desarticular la mitificación romántica de la mujer basada en una supuesta superioridad moral. En palabras del autor, se trataba de combatir “el falso concepto de que la mujer es igual al varón por la moralidad”.

El escrito se enmarca en un momento histórico en el que las mujeres entran masivamente en el mercado de trabajo, más explotadas que los hombres, con sueldos inferiores y trabajando en condiciones infrahumanas, comienzan a reivindicar la igualdad salarial y el acceso a la instrucción y al voto político. Moebius y Lombroso utilizan la pseudociencia para oponerse a la “insubordinación” de la mujer.

Ninguna de las afirmaciones realizadas por Moebius es científica ni estaba demostrada en su época. En la actualidad todas han sido refutadas y comprobadas su falsedad y peligrosidad. Lo que le falta a Moebius de rigor científico, lo llena de ideología y prejuicios. Disfraza de teoría científica lo que no son más que ingénuas observaciones, interpretaciones sesgadas, falacias y lugares comunes contra las mujeres.

No obstante el daño fue manifiesto. Se editó hasta ocho veces, fue traducida a varios idiomas y proliferaron escritos a favor y en contra. En las sucesivas ediciones el grosor del panfleto fue aumentando en páginas ya que Moebius iba añadiendo cartas que había recibido de mujeres y varones en contra y a favor del libro.

Las principales críticas vinieron de Klara Müller, Hedwing Dohm, Oda Olberg y Johanna Elberskirchen, quienes cuestionaron el estatus científico de los hechos anatómicos presentados por Moebius. También criticarán el tema del “instinto femenino” por ser un tópico absurdo.

“En cuanto a las verdades anatómicas de Moebius, sólo cabe señalar que pertenecen a una época preanatómica que no están comprobados y que no pueden ser trasladadas sin más al campo de la psicología”.[18]

“Una cosa es segura: ningún siglo presentó a la mujer como vampiro, castrante, asesina, de modo tan constante, tan sistemático, tan craso como el siglo XIX”.[19]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Paul Julius Moebius. La inferioridad mental de la mujer Barcelona, Bruguera, 1982. p. 7
[2] Iddem. P. 8
[3] Idem
[4] Idem. p. 10
[5] Idem. p. 11
[6] Idem. p. 32 y 54
[7] Paul Julius Moebius. La inferioridad mental de la mujer Barcelona, Bruguera, 1982. p. 5
[8] Idem. p. 9
[9] Idem
[10] Idem. p. 10
[11] Idem
[12] Idem. p. 9
[13] Idem. p. 14
[14] Idem. p. 17
[15] Idem. p. 16
[16] Idem. p. 17
[17] P. J. Moebius. Cit. Amparo Gómez Rodríguez. Ciencia y valores en los estudios del cerebro. Arbor ciencia pensamiento y cultura 716, noviembre-diciembre, 2005.
[18] Müller, K., «Jung e Schweiz, N° 3» en Moebius, P.J., (1982), p. 130.
[19] Peter Gay. Cit. Estaban Tollinchi. Romanticismo y modernidad. Universidad de Puerto Rico, 1989. P. 364.
Anuncios
Esta entrada fue publicada en Racismo y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.