16.6. Sexualidad y concepción

Hasta el siglo XIX, en Occidente había dos teorías que trataban de explicar el papel de la mujer en la concepción humana.

La primera teoría había sido desarrollada por Aristóteles y en ella se suponía que el varón aportaba la semilla germinal (semen), mientras que la hembra contribuía sólo con la parte pasiva y nutritiva de la procreación.

La segunda teoría fue desarrollada por Hipócrates y Galeno, quienes afirmaban que el orgasmo mutuo era necesario para la concepción, pues la mujer también debía aportar un líquido seminal para la creación de un nuevo ser. Esta teoría igualitaria en las relaciones sexuales es la que predominó en la Península Ibérica gracias a la difusión de los médicos árabes. Avicena creía en la teoría de las dos semillas masculinas y femeninas, y en la necesidad del orgasmo de la mujer.

En el siglo XIX la comunidad científica desecha el modelo galeno-hipocrático para tomar partido por el aristotélico. El varón aportaría el impulso vital y activo en la creación d euna nueva vida, mientras que a la mujer sólo le pertenecería la parte nutritiva y pasiva de la gestación.

            Jan Baptista Van Helmont (1579-1644), un fisiólogo belga del s. XVIII, reduce a la mujer a mero útero: “La mujer es lo que es únicamente por el útero”. Esta expresión ha sido repetida hasta pleno s. XX cuando se decía “sólo el ovario hace que la mujer sea lo que es”.

            Cuando en 1677 Antoine van Leeuwenhoek y Johan Hamm observaron los espermatozoides por primera vez, los denominaron animaculae, o animalillos seminales, creyendo que eran ellos los que iniciaban la vida al contener en su interior un pequeño ser humano en miniatura.

            Fue en 1879, cuando el médico y zoologo suizo Herman Fol descubre el origen de la generación al observar por vez primera la penetración de un espermatozoide en los óvulos de las estrellas de mar. Fol demostró que son necesarios dos gametos (paterno y materno) que, aunque son tan distintros aparentemente, actúan al 50% para la constitución del núcleo del embrión de una nueva vida.

El mito de la mestruación

            Fue en la Grecia Clásica donde se creó la idea de que la sangre menstrual era impura y tóxica. Para la mentalidad griega el útero funcionaría como un pulmón accesorio cuya función sería excretar periódicamente la mala sangre compuesta por un alto índice de sustancias químicas nocivas. Esta idea persistió en el tiempo hasta el punto de que en la revista El siglo Médico (1896) se publica un artículo en el que se sostiene que durante el período menstrual se producen frecuentes casos de intoxicaciones y clorosis, una enfermedad anémica en las mujeres.

            Hacia 1856 el historiador y sociólogo francés Jules Michelet propone una nueva teoría con tintes esotéricos en las obras El amor (L´amour, 1858) y La mujer (1859). Para Michelet la mestruación es un misterio natural que vincula a la mujer con fenómenos periódicos de la naturaleza como las mareas y las fases de la luna. Así, la menstruación sería una especie de hemorragia que debilitaría a la mujer permanentemente.

“Es la cicatrización de una herida interior que, en el fondo, constituye todo este drama [la mestruación]. Así, pues, quince o veinte días en cada veintiocho (puede decirse casi siempre), la mujer no es en realidad únicamente una enferma, sino una herida”. Jules Michelet.

            Esta forma de pensar deriva del propio modo de vivir de Michelet, sus miedos y frustraciones. Casado varias veces conoció “amores extraconyugales” con varias mujeres. Con Paulina Rousseau se casaría sin amor para reducirla “a las humildes tareas de cocinera y de doncella”, y a quien “desatendió toda su vida”, mostrando así una actitud hipócrita con lo que escribiría mucho después sobre la relación entre los esposos, en L´amour. Tras la muerte de Paulina, tomará como amantes a varias sirvientas suyas, Marie, Esther Aupépin, y Victoire, hasta que en 1849 se casará con Athénaïs Mialaret, una mujer veintiocho años más joven que él, pero con excelentes dotes literarias que él aprovechó para que le escribiera capítulos enteros de obras que luego firmaba él. Nettement, un autor contemporáneo de Michelet, subraya que este no consideraba a la mujer igual de libre e inteligente que el varón y que pretendía sujetarla a las ideas del marido (L´amour) con una clara reminiscencia de la idea mulsulmana sobre la mujer.

La consideración determinista de la mujer, dependiente de su mestruación periódica llegó a considerar que todo desarreglo en la regla era origen de enfermedad, justo al contrario de cómo hoy considera y actúa la medicina. Por ello los fisiólogos se preocupaban de volver a “reglar” a la mujer curando la dismenorrea (menstruación dolorosa), la amenorrea (falta de menstruación) y la menorragia (reglas demasiado abundantes). La dismenorrea se asociaba a la histeria; la amenorrea, con la neurastenia y las hemorragias, pues según Aristóteles, un elemento o flujo suprimido podía reaparecer en otra parte del cuerpo; y la menorragia con la excesiva excitación de los genitales o el cerebro. Esta última se creía observar en las prostitutas por sus excesos sexuales y en las mujeres que “ejercitaban la mente con la lectura o los estudios superiores”.

            La menstruación fue empleada por los científicos deterministas como argumento contra la enseñanza femenina. Edward Clarke (1820-1877), profesor de Harvard, publicó Sex in Education, or a Fair Chance for the girls (1873), un influyente y polémico texto donde defendía la imposibilidad de que el organismo pudiera realizar bien dos funciones distintas. Para ello incluía algunos casos clínicos de pacientes suyos que habían padecido alguna debilidad crónica como consecuencia de haber dedicado algunos años de su pubertad al estudio.

            Henry Maudsley (1835-1918) fue una figura clave en el desarrollo de la teoría evolucionista de la mente. En su opinión la función natural de la mujer era la maternidad, que consideraba inferior al noble oficio del pensamiento y la política. Para él, la mujer era esclava de sus funciones fisiológicas, incluso aunque renunciara a la maternidad, jamás podría tener acceso a los estudios superiores y profesiones intelectuales, dadas las exigencias de su fisiología.

           Durante el s. XIX cualquier molestia o enfermedad de la mujer se achacaba a su aparato reproductor y por lo tanto los “científicos” intervenían en sus órganos sexuales, incluso empleando sanguijuelas:

“El tratamiento se dividía en cuatro fases, aunque no siempre era preciso recorrer las cuatro: exploración manual, sanguijuela, inyección y cauterización. Edward Carleton Dewees, un famoso médico americano y Bennet, un famoso ginecólogo inglés, muy leído en América, afirmaban que las sanguijuelas tenían que aplicarse directamente en la vulva o en el cuello del útero, si bien Bennet aconsejaba a los médicos, que controlasen a las sanguijuelas cuando una vez saciadas, aflojasen su presa, para que no perdiesen ninguna. Decía Bennet haberse encontrado con sanguijuelas aventureras que penetraban en la cavidad cervical del útero, y observaba: “No creo que existan muchos dolores más fuertes que el que he visto en algunas de mis pacientes en esas circunstancias””.[1]

            No es casual que los primeros experimentos con estas crueles terapias se realizaran en mujeres negras y en inmigrantes irlandesas, en el New York Woman´s Hospital.

Lawson Tait (1845-1899), famoso cirujano británico, defendió la tesis del tratamiento de las mujeres menstruantes como perpetuas inválidas. En la obra Diseases of Women (1877) afirmaba que si sufría dolor menstrual “la niña debía de ser eximida de ir a la escuela durante seis meses, y de toda instrucción especialmente de la música”. La prohibición de la música se basaba en la idea de que esta excitaba las emociones, provocando graves trastornos relacionados con la menstruación. Estas opiniones fueron compartidas por numerosos médicos, quienes creían que la estimulación del cerebro femenino mediante la actividad intelectual causaba “retraso en el crecimiento, nerviosismo, dolores de cabeza, neuralgias, partos difíciles, histeria, inflamación del cerebro y locura”.

            Todos estos argumentos fueron rebatidos por mujeres, profesionales de la educación y la medicina. En 1874 una investigadora, que firmaba con pseudónimo, publicaba Woman´s Education and Woman´s Health: Chiefly in Reply to “Sex in education”, rebatiendo punto por punto los argumentos de Clarke. Julia Ward How, Annie C. Brakett y Mary Putnam Jacobi realizaron sendas obras en las que se desmontaban estos argumentos deterministas.

            En 1881, Emily y Augusta Pope, publicaron los resultados de un estudio sobre 430 mujeres doctoras. En el se mostraba como estas mujeres, que habían realizado estudios superiores y ejercían la profesión médica, gozaban de mejor estado de salud que la media de la población femenina. Elizabeth Garrett (1836-1917), que fue la primera doctora graduada en Gran Bretaña (1865), replicó a Maudsley en un excelente texto publicado en la Fotnightly Review. Garrett contra-argumento que el verdadero peligro para las mujeres no era la educación y si el aburrimiento, y que el aire fresco y el ejercicio son preferibles a sentarse junto al fuego leyendo una novela.

Freud: La mujer como varón castrado imperfecto.

Basándose en el modelo darvinista, el fundador del psicoanálisis Sigmund Freud (1856-1939) declaró que las tres características fundamentales de la psicología femenina son: la pasividad, el narcisismo y el masoquismo. Sobre estos fundamentos las mujeres desarrollarían, en el mejor de los casos, la maternidad, pues, en opinión del autor vienes, las niñas no nacen psicológicamente equilibradas porque tienen complejo de castración, por ello, en caso de no cristalizar en una normalidad maternal, la personalidad femenina desemboca bien en la neurosis o en la masculinidad.

En opinión de Freud la mujer es un “varón castrado imperfecto”, una criatura sin pene. Todas las reclamaciones que las mujeres realizaban en el campo social, político o profesional eran interpretadas por Freud como patologías clínicas de “envidia de pene” o “complejos de masculinidad”. Según Freud, ese complejo de masculinidad de la mujer retrasaba su natural desarrollo hacia una feminidad madura, esto es, pasiva, masoquista y narcisista. Cuando la niña pequeña descubría su “inferioridad orgánica”, “el efecto del complejo de castración sobre la criatura sin pene” podía derivar en tres posibles orientaciones de desarrollo: “la suspensión de toda vida sexual; la porfiada hiperinsistencia en la virilidad, y los esbozos de la feminidad definitiva”. (Freud, 1931). Todo deseo de justicia social o de desempeñar una profesión intelectual eran reducidas, en el diván de Freud, a modificaciones sublimadas del deseo de pene.

“El efecto de la envidia del pene contribuye además a la vanidad física de las mujeres, puesto que inevitablemente valorarán mucho más sus encantos como una tardía compensación por su inferioridad sexual original.”[2]

En sus escritos Freud desacreditaba a las feministas adelantándose su posible crítica:

“La diferencia de sexos ha prestado a la discusión del mismo un atractivo particular, pues cada vez que una comparación resultaba desfavorable a su sexo, nuestras analíticas se apresuraban a expresar sus sospechas de que nosotros, sus colegas masculinos, no habíamos superado prejuicios profundamente arraigados contra la feminidad, prejuicios que por parciales invalidaban nuestras investigaciones. En cambio, a nosotros, la tesis de la bisexualidad nos hacía facilísimo evitar toda descortesía, pues llegado el caso salíamos del apuro diciendo a nuestras antagonistas: “eso no va con usted; usted es una excepción, pues en este punto concreto es usted más masculina que femenina.»[3]

            Para Freud toda réplica a su discurso sexista por parte de una mujer ratificaba aún más la sintomatología histérica de estas.

            Las teorías de Freud han sido muy criticadas por diversos autores. Karl Popper las considera no falsables por lo que los modelos freudianos se acercarían más a la pseudociencia que una ciencia verdadera. En la actualidad gran parte de las teorías freudianas han sido abandonadas al no ser consistentes con los hallazgos realizados por la psicología experimental y la biología.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Ehrenreich y English, 1979: 34. Citado por Eduardo Teillet Roldán. Raza, identidad y ética. Ed. Serbal. 2000. p. 78
[2] Sigmund Freud, Feminidad (1933)
[3] S. Freud, Feminidad, 1933/1993: 520.
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