16.7. La mujer histérica

Los médicos del s. XIX asumieron el papel de creadores de normas morales destinadas a los “grupos especiales” como, niños, locos, homosexuales y mujeres. Por tanto, los médicos fueron un factor importante en la justificación y racionalización del sexismo. El discurso ginecológico sobre la mujer la definió como en un estado natural de permanente enfermedad. Se instauró así un culto a la “invalidez femenina” cuya culminación fue la invención de la enfermedad femenina por antonomasia: la histeria.

Cuando la ciencia médica se enfrenta a los dos males del siglo: la tuberculosis y la sífilis, encontrará en la mujer a su víctima y causa principal. Los médicos positivistas buscaron una conexión entre la tuberculosis y la innata debilidad femenina, que se veía confirmada por el hecho de que la tuberculosis solía ir acompañada de trastornos emocionales diversos. Los síntomas de esta enfermedad se adecuaban perfectamente a la supuesta personalidad femenina y el aspecto físico se adaptaba muy bien a los cánones de belleza femenina de la época: delicada, de piel pálida y de salud frágil. Además no sólo se consideraba enfermizas a las mujeres, sino que la enfermedad misma se consideraba femenina.

Pero la culminación del culto a la invalidez femenina fue la histeria. Una enfermedad inventada artificialmente que, según afirmaban sus creadores, se propagaba vertiginosamente por todas las ciudades entre las mujeres de los 15 a los 45 años. El mal no tenía ninguna base orgánica demostrable y era totalmente inmune a los tratamientos médicos. El diagnóstico habitual abarcaba un extenso abanico de síntomas que incluían desfallecimientos, insomia, retención de fluidos, pesadez abdominal, espasmos musculares, respiración entrecortada, hemiplegias, desmayos, trastornos visuales y auditivos, afonía, flatulencia, vómitos, incapacidad para orinar o defecar, irritabilidad, pérdida del apetito y “tendencia a causar problemas”.

La histeria como enfermedad uterina

Los egipcios y los griegos postulaban que la histeria (ὑστέρα, «útero») era debida a la insatisfacción sexual de la mujer. En su opinión el útero, cuando no estaba satisfecho, vagaba errante por el cuerpo de la mujer causando graves dolores y molestias. El tratamiento consistía en contraer matrimonio o dar un masaje genital con aceite de rosas. Los romanos no creían que el útero deambulase por el cuerpo, pero mantuvieron el determinismo ginecológico. Así la histeria se produciría en el útero y el remedio era el coito o unas fricciones sobre la vulva. Hipócrates también afirma que la histeria se debía a la falta de relaciones sexuales.

En el s. XVII se cree que la histeria es más una afección neurológica que genital, ya que los varones también podían contraerla. A finales del s. XVIII, surge de nuevo la teoría uterina, pero en este caso no se prescribe el coito como remedio, sino la continencia.

Hacia 1859, un médico aseguró que una de cada cuatro mujeres estaba aquejada de histeria, lo cual resulta razonable ya que, en su opinión, la histeria abarcaba a una lista de hasta 75 páginas de posibles síntomas. Algunos médicos creían que la tensión de la vida moderna hacía a las mujeres más susceptibles de desórdenes nerviosos.

Las pacientes que sufrían histeria femenina debían recibir un tratamiento conocido como “masaje pélvico” al considerar el deseo sexual reprimido de las mujeres una enfermedad. A finales del siglo XVIII en Bath se vendían aparatos de hidroterápia, y a mediados del s. XIX ya eran habituales en los balnearios de lujo de Europa y los Estados Unidos. En 1880 el médico británico Joseph Mortimer Granville, inventó un vibrador eléctrico para el tratamiento de la histeria. Hacia 1890 se describió una “epidemia” de histeria debido a la frecuente visita de mujeres a las consultas médicas. Justamente en ese año se publicaron más de un centenar de tesis médicas sobre la histeria.

La histeria como enfermedad mental

El principal teórico de la histeria como enfermedad mental fue el neurólogo francés Jean Martín Charcot (1825-1893). Empleó diversas técnicas para estudiar a los pacientes, como la metaloterapia de Burq (1876) o la hipnosis (1878). Con ellas se dedicó a realizar exhiciones públicas, más cercanas a un espectáculo circense que a un serio estudio científico, en el que diversas mujeres llegaban al paroxismo histérico tras ser inducidas por hipnosis. Durante dos horas a la semana, ante un anfiteatro repleto, Charcot realizaba demostraciones diseñadas a cautivar a un público acostumbrado a sesiones de espiritismo. Las supuestas pacientes “histéricas” mostraban espasmos, convulsiones, desmayos, contorsiones, parálisis, vómitos, gritos, alucinaciones y gestos de delirio. Uno de los alumnos de Charcot describió el potencial dramático de exhibir a estas mujeres hipnotizadas: “Podemos cortarlas, pincharlas y quemarlas, y no sienten nada”. Muchas veces, estas exhiciones se convertían en prácticas sadistas. Charcot empleó un aparato de su invención que denominó “ovario compresor”, que no era sino un instrumento de tortura. Estas sesiones causaron una gran influencia e impresión en uno de sus más famosos discípulos: Sigmund Freud.

El término de histeria se convirtió en un lugar común dentro de la psiquiatría clínica. Un concepto acomodadizo en el que se podían incluir cualquier tipo de transtorno en la conducta social o de emociones “desordenadas”. Se decía que las mujeres histéricas padecían de “útero errante” a causa de su resistencia a ser domesticados por el varón.

Charcot extendió la enfermedad de la histeria a todo tipo de razas “inestables”. Así por ejemplo afirmó que la histeria era una enfermedad común entre los judíos, “causada por la endogamia y manifestada en el errar” de su pueblo. Los Estados Unidos diagnosticaron en los esclavos negros frecuentes histerias debidas a sus ganas por escapar. También los ingleses consideraron la rebelión india de 1857 como un brote de histeria.

            El criminólogo italiano Cesare Lombroso describía de esta manera las características del delincuente histérico, destacando que se daba con frecuencia entre las mujeres. Lombroso   describía a las féminas como egoístas, mentirosas y eróticas con tendencia a la prostitución:

  • Es más común en las mujeres que en los hombres
  • Tiene una herencia análoga a los epilépticos, aunque pocos caracteres degenerativos.
  • La inteligencia en la mitad permanece intacta.
  • Su carácter es egoísta y cambiante lo que las hace coléricos, feroces, fáciles a simpatías, y antipatías, súbidas irracionales…
  • Es vengativo escandalosamente, y hace denuncias y falsos testimonios.
  • Tiene una verdadera necesidad de mentir, una gran tendencia al erotismo.
  • Se encuentra entre ellas delirios, alucionaciones, suicidios y fugas muy comúnmente empleadas para prostituirse.
  • Existen delitos múltiples aunque los más comunes son difamación, robo, faltas a la moral, homicidios.

Muchos productos de la época; novelas, folletines, artículos de divulgación, las propias canciones de moda, alimentaron el imaginario colectivo sobre la feminidad victimizando a las mujeres y convirtiéndolas en un simple objeto pasivo del deseo del varón. Así por ejemplo lo expresaba el médico Mateo Legnani.

“El criterio único de la mujer para elegir compañero menos inteligente y menos ecuánime que el hombre, es el de la posición social y la riqueza, … la educación de la mujer es tal, que… el criterio seleccionador no sabe apreciarlo, es incapaz de sentenciar en bien propio y del futuro étnico”.[1]

            Para “curar” de la histeria los médicos creían que había que frenar la lucha que se libraba entre el útero y el cerebro, asi que utilizaron dos tratamientos diferentes: los que situaban la etiología de la enfermedad en el útero intervenían quirúrgicamente extrayendo los órganos reproductores “enfermos” o bien fortaleciendo el útero con dosis de nitrato de plata, inyecciones, cauterizaciones, sangrados, sanguijuelas, etc.; los que pensaban que era una enfermedad de los nervios recetaban “curas de reposo”. Como intervenciones alternativas no faltaron la hidroterapia, la electroterapia, el mesmerismo o la hipnosis. Se consideraba que la operación tenía éxito si la mujer pasaba a una plácida resignación en el desempeño de sus funciones domésticas.

            La histeria siguió catalogada como enfermedad mental entre los médicos y psiquiátras hasta 1952, momento en el cual la American Psychiatric Association la borró de su lista.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Mateo Legnani. Esbozo de una higiene integral, 1918. p.118
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