16.8. Otto Weininger y la teoría de la intersexualidad

            El romanticismo idealizó a la mujer como eje central del amor. Para ello crearon una serie de estereotipos como la mujer espiritualizada, la mujer objeto de deseo y la mujer perniciosa o mujer fatal que con sus encantos era capaz de destruir a un hombre.

El izquierdista austríaco Max Nordau (1849-1923) se propuso acabar con esa idealización romántica de las mujeres y someterlas al dominio del examen científico. La mujer debía pasar por el laboratorio en donde un frio y calculado análisis acabaría con las ensoñaciones románticas de enamorados varones que la consideraban como un “misterio incognoscible”.

En 1889, Patrick Geddes y J. Arthur Thomson publicaron “The Evolution of sex”. Un texto con clara influencia darwinista que tuvo una gran influencia en su época. En este ensayo los autores explicaban los fundamentos de la diferenciación entre los organismo masculinos y femeninos. En su opinión, el organismo femenino era semejante al óvulo, pasivo y conservador o almacenador de energía. En cambio el organismo masculino se asemejaba al espermatozoide, activo y consumidor de energía. Para ellos, las naturalezas anabólica y catabólica de los cuerpos femeninos y masculinos, respectivamente, eran inmutables por efecto de agentes culturales o históricos. En sus propias palabras, “lo que fue decidido entre los protozoos prehistóricos no puede ser anulado por decreto parlamentario”.

El vienés Otto Weininger (1880-1903) postuló en su obra Sexo y carácter (1903) la teoría de la intersexualidad, con la que se propuso demostrar la inferioridad femenina. Weininger negó la existencia de un alma, de un yo, de una voluntad y de un juicio propio en las mujeres. La teoría de la intersexualidad postulaba que todos los seres humanos tenían caracteres femeninos y masculinos, y que el predominio de unos u otros determinaba el sexo de cada ser. No existiría el varón absoluto ni la mujer absoluta, sino que cada persona tendría un lado masculino y otro femenino. El intersexualismo presupone que existen innumerables gradaciones entre ambos polos, como por ejemplo el hombre afeminado y la mujer varonil. Cuanto mayor fuera el lado femenino en el hombre tanto más femenino será, pudiendo llegar a ser homosexual.

Weininger trataría de explicar la atracción sexual como la búsqueda por parte de un varón e su compañera de la parte masculina y femenina que le falta, de tal forma que juntos puedan constituir una unidad. Así, un varón jamás aceptaría a una mujer con exceso de masculinidad – pero tampoco con absoluta carencia –, ni viceversa. En su opinión no habría seres unisexuales y de sexo determinado, sino que lo que prevalece es el bisexualismo, siendo la condición heterosexual lo excepcional. El macho y la hembra serían “algo así” como dos sustancias que se mezclan en diferentes proporciones. Para justificarlo Weininger da el ejemplo de los toros que encerrados sin vacas encuentran satisfacción practicando la homosexualidad porque “se comportan igual que la especie humana en las cárceles, internados y conventos”.

La teoría de la intersexualidad da pie a Weininger a explicar la cuestión de la emancipación de la mujer. Según él, a medida que la personalidad de una mujer se acerca al polo femenino – a la mujer absoluta – no desea emancipación, no sólo no le interesa sino que la rechaza y no anhela el feminismo. Por el contrario, aquellas mujeres que dan muestras de independencia son porque son más varoniles (marimachos) y su parte masculina les lleva a querer emanciparse. Si existen mujeres de inteligencia superior, ello se debe al elemento masculino que llevan dentro. Por el contrario, lo que impide la perfección de un varón es el elemento femenino oculto en su naturaleza. Para este filósofo austriaco, el progreso y la evolución humana consistirían en la eliminación de los caracteres femeninos en el varón y su disminución al máximo en la mujer.

El llamado “ser femenino”, tiende a tener los caracteres propios de esa naturaleza: preocupación absorbente por los hijos, la ausencia de visión de Estado, la necesidad de sentirse protegida, la amoralidad. Según Weininger la mujer vive obsesionada por reproducirse, por mantener la especie, de buscar el apareamiento de parejas y en luchar por la multiplicación de los seres humanos. Para Weininger, si el varón tiene pene, la vagina tiene a la mujer.

En cuanto a los derechos, Weininger reconoce que ambos tienen iguales derechos, siempre que se entienda que ella no es igual al varón, sino que es resueltamente inferior. De los varones dirá que se interesan por todo, por la política, la vida espiritual, las ciencias y las artes. A las mujeres las acusará de simular que se interesan por algo, cuando en realidad lo único que las importa es la procreación.

Weininger lanzó también una feroz crítica contra el pueblo judío, en quien no ve una raza sino una forma de ser. Los asemejará con los negros y mongoles en sus rasgos y cabellera, y también con las mujeres en su “flacidez” y en su “pobre religión”: “El judío, como la mujer, no cree en nada, ni en sí mismo. Los valores morales son ajenos tanto a los judíos como sucede con las mujeres. No pueden espiritualizarse, jamás llegarán a ser como el varón ario”.

Sexo y carácter tuvo un gran éxito en la Alemania pre-nazi, convirtiéndose en un auténtico best-seller. Entre 1903 y 1923 se llegaron a hacer hasta 25 ediciones, y fue traducido a ocho idiomas. La obra era polémica allá donde aparecía, bien por el desprecio más absoluto, bien por la adhesión más profunda. Hitler se inspira en Sexo y carácter para escribir su Mein Kampf. El propio Hitler mantuvo una gran admiración por Weininger, a pesar de ser judío, por el desprecio que siente hacia su propia raza y porque decidió acabar con su vida al reconocer su propia inferioridad.

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