16.9. La teoría de las dos esferas

La sociedad victoriana inglesa elaboró un discurso sexista sobre la mujer basándose en el positivismo filosófico y el determinismo biológico que estaba influyendo a la ciencia del s. XIX. El victorianismo se caracterizó por definir una serie de roles y funciones femeninas que eran complementarios de los masculinos. Si a los varones se les asignaba la fuerza y la dureza, a las mujeres les correspondía la delicadeza y la ternura, y todo ello porque la naturaleza así lo había determinado en ellas.

Los dos destacados ideólogos del victorianismo fueron John Ruskin y Samuel Smiles. Estos dos personajes ejercieron una notable influencia no sólo sobre el pensamiento y la cultura inglesa, sino también en el ámbito europeo y en América. En ambos autores se observa un deseo por construir una teoría que articulara la condición femenina con el desarrollo económico-social, y la mentalidad victoriana emergente, en función de la felicidad y el bienestar general. Así enunciaron la teoría de las dos esferas.

John Ruskin y el mito del “hogar victoriano”

John Ruskin (1819-1900) elabora un discurso sobre el hogar victoriano en el que opone la casa regentada por la mujer como el espacio puro y seguro, en contraposición al mundo exterior, lugar masculino por excelencia lleno de contaminación y peligros.

“… si comprenden y ejercitan rectamente esta real o graciosa influencia, el orden y la belleza inspirados por tan benigno poder justificará que hablemos de los territorios sobre los cuales cada una de ellas reinará como de “jardines de reinas””.[1]

Esta oposición la expresará en una serie de símbolos. A las mujeres les corresponden las virtudes de la abnegación, la sabiduría, la devoción, la reproducción y la naturaleza. El varón en cambio, está dotado de las virtudes de la lucha, el poder, el conocimiento, la producción y la cultura. De aquí se derivaba una división sexual del mundo y del trabajo, que fue utilizada en muchos casos como mecanismo de discriminación.

“Ruskin, a través de numerosas metáforas, utilizando el mecanismo de persuasión/imposición, y a la manera de un sermón laico, afirmó que el poder del hombre era activo y progresivo; su naturaleza lo impulsaba a la acción, la creación, el descubrimiento; su inteligencia, a la especulación e invención; su energía, a la aventura, la guerra y la conquista. El poder de la mujer, por el contrario, era para reinar, no para combatir, y su inteligencia para el orden, el arreglo y la decisión dentro de la casa regida por ella, donde quedaba preservada del peligro exterior gracias a la protección que ejerce el hombre”.[2]

Ruskin otorga al hogar un carácter místico de santuario. El hogar se convertía en una especie de “emanación propia y natural de las verdaderas esposas, que existía dondequiera que ellas estuviesen. Era allí, en su sitio, donde desarrollaban sus virtudes y lograban su verdadero rango de poder como colaboradoras de los varones” (Ruskin 1919).

Samuel Smiles y el “mandato divino”

Samuel Smiles (1812-1904) confirmará lo expuesto por Ruskin. Para Smiles es el mandato divino y natural el que define con claridad las funciones y deberes sociales de mujeres y varones; cada uno debía realizar las tareas propias de su esfera conrrespondiente: “Ninguno puede ocupar la posición ni desempeñar las funciones del otro. Sus respectivas vocaciones son perfectamente distintas”. Smiles (1913).

Smiles también definirá los rasgos diferenciadores entre los dos sexos. El varón será el fuerte, la mujer la delicada. Aquel tendrá un cerebro poderoso, la mujer un corazón más sensible. Si el varón encuentra su identidad fuera de casa, la mujer debía encontrarla dentro de ella, donde se centraba su vida y su felicidad. El padre tenía como misión gobernar la casa como un monarca y trabajar honradamente todos los días para traer el jornal. La madre en cambio, era la que debía de administrarlo sin derrochar, así como hacer confortable el hogar con alegría no exenta de abnegación.

La realidad es que, mientras la teoría de las dos esferas recluía a las mujeres al espacio hogareño, la miseria y la pobreza las obligaba a buscar trabajo fuera de sus hogares a fin de paliar la triste situación económica que vivian en sus familias. De esta manera las mujeres accedieron al trabajo asalariado, pero consideradas como mano de obra sin cualificar, acorraladas entre la ideología y la realidad.

En cuanto a la educación, Ruskin y Smiles proponían que debía orientarse a que la mujer desempeñara su papel como esposa y madre. No era importante que las mujeres tuvieran más conocimientos que los básicos porque, según Ruskin, “… no es el objetivo de la educación convertirlas en diccionarios”.

Según Smiles, la instrucción de los sexos debía tener en cuenta que el cerebro, la configuración y las funciones de uno y otro eran diferentes y los deberes femeninos eran casi opuestos a los masculinos. Por ello rechazó que las mujeres recibieran educación superior, pues “… atestarse de efímeros conocimientos o de estériles hechos, que pronto son olvidados, no puede suscitar jamás las alegrías y bendiciones de la vida familiar”. (Smiles.1912).

 

Retrato de una gran familia de la época victoriana

Respecto al derecho al voto femenino Smiles lo ve fuera de lugar, ya que en su opinión a la mujer le corresponde el ámbito doméstico.

“No hay razón alguna para creer que la elevación y el progreso de las mujeres queden asegurados al investirles de poder político. A pesar de que, en estos días, muchos creen en la potencialidad de los `votos´ y esperan un bien indefinido de la èmancipación´de ellas… creemos que la falta de poder político de las mujeres está más que compensada por el que ejercen en la vida privada… un poder mucho más grande que el que podría esperarse de su ejercicio como electoras de los miembros del Parlamento o incluso como legisladora”.[3]

El modelo dominante en la época victoriana establecía que la mujer por excelencia era aquella que cuidaba a su familia, mantenía su casa limpia, los hijos disciplinados y castas a sus hijas (Vicinus, 1973).

Esta estructura se enmarca perfectamente en el puritanismo religioso. Al varón le corresponde el dominio de la tierra, mientras que a la mujer le corresponde el dominio de la casa. Un panfleto puritano de 1614 establecía de esta manera las relaciones entre los cónyuges de un matrimonio:

            Marido                                               Mujer

            Conseguir bienes                              Reunirlos y ahorrarlos

            Viajar, ganarse la vida                      Llevar la casa

            Ganar dinero y provisiones              No derrocharlos

            Tratar con muchos hombres                        Hablar con pocos

            Ser “animados”                                 Ser solitaria y retraída

            Saber hablar                                      Presumir de silencio

            Ser dador                                           Ser ahorradora

            Presentar el aspecto que guste        Arreglarse como conviene

            Ocuparse de todo fuera de casa     Supervisar y ordenar el hogar

La teoría de las dos esferas constituyó una división de la sociedad de acuerdo con el sexo, de modo que se establecían dos mundos, dos espacios armoniosamente relacionados, cada uno con sus roles y su tabla de valores. Se establece así una división binaria. Mientras a los varones les correspondía la vida pública, la de la política, la guerra y la producción; a las mujeres, les era asignada la vida privada, en el ámbito doméstico, dedicada plenamente a las tareas hogareñas y a la procreación, tanto de la especie como de los valores sociales. Así por ejemplo lo defendía el filósofo del utilitarismo John Stuart Mill (1806-1873) quien, aunque era partidario de la participación de la mujer en la esfera pública, planteó los rasgos que definían la situación de la mujer virtuosa e ideal y el “deber ser” femenino.

“No es deseable que el mercado de trabajo se sobrecargue con el doble de competidores. En un estado de cosas sano y normal, el esposo será capaz de ganar, únicamente por su propio esfuerzo, todo lo que sea necesario para los dos. Y no hará falta que la mujer participe en la consecución de lo que se requiere para sostener la vida; irá en bien de la felicoidad de ambos que la ocupación de ella consista más bien en adornarla y embellecerla. Excepto entre los que no son sino jornaleros, ésta será su tarea natural…”.

“La gran ocupación de la mujer debería consistir en embellecer la vida: cultivar, en bien de sí misma y de cuantos la rodéan, todas las facultades de la mente, el alma y el cuerpo; todo su potencial de gozar de las cosas y de hacer gozar de ellas, y difundir la belleza, la elegancia, la gracia por todas partes […] La única diferencia entre las ocupaciones de las mujeres y las de los hombres será que las más relacionadas con la belleza o que requieren gusto y delicadeza más bien que esfuerzo físico serán campo especial de la mujer…”.[4]

Se ve con claridad como para Mill la mujer tenía roles y virtudes específicas en función de su esfera privativa: dedicación a los demás, difusión de su bondad, gracia, belleza, modestia y delicadeza en el hogar, como espacio exclusivo y privilegiado para el desarrollo de los dones naturales.

Consecuencias sociales del discurso de las dos esferas

Este discurso de la domesticidad causó su efecto, de tal manera que en 1841 un grupo de trabajadores pidió al gobierno inglés el despido gradual de las obreras de las fábricas y talleres, para hacerse cargo de las tareas del hogar como su verdadera y genuina esfera. Había no obstante una razón económica de peso. Las mujeres se habían transformado en mano de obra más barata y, por lo tanto, competían con ellos en el mercado de trabajo, corriendo los varones el riesgo de ver reducidos sus salarios o, peor aún, verse reemplazados totalmente por ellas. Por ello resultó habitual que con cierta frecuencia se produjeran diversos motines contra ellas en las ciudades industriales, acusándolas no sólo de rivalizar sino también de ser rompehuelgas y de no compartir las reivindicaciones de los obreros.

En los talleres y fábricas se las explotó como mano de obra barata basándose en su supuesta “falta de cualificación” y en su condición de trabajadoras irregulares y temporales. La gran mayoría desempeñaron oficios superexplotados (sweating-system) de la aguja y el servicio doméstico, mientras que otras “cayeron” en la prostitución.

El trabajo doméstico empezó a ser muy común en las mujeres. Realizaban labores de costureras en casa, pudiendo ganar un jornal suplementario, además de poder atender las tareas de la casa. Pero estos trabajos, fuera del taller, suponían un sobreesfuerzo en las mujeres, que debían llevar pesadas cargas, tener jornadas sin horario fijo, con conocimientos y habilidades no debidamente reconocidos. En la práctica, el salario de las mujeres que trabajaban en su casa oscilaba entre la mitad y las tres cuartas partes respecto a las mujeres que realizaban el mismo trabajo, pero en talleres.

Muchas veces los sindicatos se mostraron hostiles a las trabajadoras. Se las prohibía afiliarse e incluso se las negaba el acceso a numerosos oficios. El argumento era que ciertos “trabajos de hombres” eran perjudiciales en el organismo femenino destinado a la reproducción de la especie.

Se crea así un círculo vicioso. A las mujeres se las impedía llevar una vida en condiciones de igualdad con los hombres, para luego argumentar que el hecho de que su presencia en el mundo político, intelectual o laboral fuese baja, era la prueba de que su capacidad intelectual era inferior a la del varón. Tan solo cuando se ha permitido a la mujer acceder a la esfera intelectual y social, ellas han demostrado que sus capacidades pueden ser iguales o superiores a la de los varones.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] J. Ruskin, 1919:89. Cit. María Jorgelinia Caviglia. Historia y género. Biblos, 1999. P. 140.
[2] María Jorgelina Caviglia. Discurso y naturaleza femenina: La ideología en la Inglaterra victoriana.
[3] Smiles. 1913. Cit. María Jorgelinia Caviglia. Historia y género. Biblos, 1999.
[4] John Stuart Mill. Cit. María Jorgelinia Caviglia. Historia y género. Biblos, 1999.
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