17.1. Racismo y nacionalismo en España

“El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando”. Miguel de Unamuno

La ideología racista se introdujo en España siguiendo los mismos pasos que había seguido en el resto de Europa. Primeramente con la adopción del positivismo como doctrina filosófico-científica. El segundo paso fue la irrupción del darwinismo social como filosofía política. Y el tercero fue la introducción del pensamiento Nietszcheriano en los círculos de influencia del país.

La frenología se introduce en 1838 mientras que el darwinismo social se difunde hacia 1868, gracias en gran parte al auge que el positivismo estaba teniendo en los círculos científicos de la época. También la craneometría tuvo sus discípulos en España: Pedro González de Velasco (1815-1885), Federico Olóriz Aguilera (1855-1912), Luís de Hoyos Sainz y Telesforo de Aranzadi (1860-1945). Este último llegará a publicar en 1889 una tesis sobre el análisis de las medidas cefálicas de 250 jóvenes vascos, concluyendo que pertenecían a una mezcla de elementos de tipos ibero-bereber y finés-lapón, con presencia germánica. En 1892, junto con Luís de Hoyos publican el estudio Un avance a la antropología de España, en la que dividen el país en ocho regiones raciales, basándose en estadísticas de índices cefálicos y faciales, alturas, tonos de piel, pelo, ojos, etc. Dos años después el doctor Federico Olóriz publica su Distribución geográfica del índice cefálico en España, basada en el estudio de miles de cabezas de individuos de todo el territorio español. Un nuevo trabajo se publicó en 1913, esta vez por los doctores Aranzadi y Hoyos bajo el título Unidades y constantes de la crania hispánica. Ambos rechazaban las jerarquías raciales y especialmente la superioridad aria, lo cual no quitaba que tuvieran algunas expresiones racistas. Aranzadi consideraba que “la postura de la cabeza y la forma general de la quijada es en el vasco la menos animal de las existentes”, o expresiones despectivas de las dos castas “malditas”: “No es (la nariz vasca) tan aguileña como la del árabe de cara de caballo, ni en pico de buitre como la del judío”.

En 1865 se crea en Madrid la Sociedad de Antropología Española, cuarta en Europa del mismo tipo (París, 1859; Londres, 1863; Moscú, 1863). La dirección será asumida por Pedro González Velasco, quien estaba interesado por los estudios de Broca en Francia y por las incipientes tesis darwinistas. La Sociedad Antropologíca pronto entró a discutir sobre el origen y la naturaleza de las razas aborígenas de la Península Ibérica. En el primer punto de su programa de trabajo se indicaba la “clasificación de las razas y variedades de la especie humana y discusión sobre su origen”. La Sociedad estaba integrada por numerosos krausistas que posteriormente fueron inspiradores de la Institución Libre de Enseñanza (1876), un ambicioso proyecto de adoctrinamiento pedagógico en el positivismo y materialismo cientifista que se desarrolló a finales del s.XIX y principios del s.XX. Durante la revolución de 1868, la actividad de la Sociedad Antropológica se detuvo, ya que muchos de sus miembros formaron parte activa política y cultural del nuevo régimen revolucionario: Manuel Becerra, Nicolás Salmerón, Nicolás María Rivero, Segismundo Moret, Manuel María José de Galdo y el propio Pedro González de Velasco. La Sociedad Antropológica retomó sus trabajos en 1874 divulgando por España las políticas del darwinismo social enunciadas por Herbert Spencer, y el monismo materialista del alemán E. Haeckel, y su aplicación a la cuestión racial Ibérica.

En el aspecto histórico era difícil sostener una pureza racial para España debido a la enorme riqueza de pueblos que han ido poblando la Península a lo largo de los siglos: celtas, iberos, fenicios, cartagineses, griegos, romanos, suevos, vándalos, visigodos, judíos y árabes. Algunos autores recurieron a la definición de raza en términos espirituales como Enrique Gil Robles (1849-1908) quien hablaba de una “raza histórica” definida por características psíquicas y morales, unidas a caracteres físicos. Enrique Gil era católico y por ello defendió la unidad sustancial de la especie humana, “por identidad de origen, naturaleza y destino”, rechazando también el principio nacionalista de que cada nación debía corresponderse con una raza. Así mismo defendió la necesidad de naciones plurirraciales, como la española, unidas por el mismo “espíritu público”.

Otros autores, más influidos por las ideologías positivistas, darwinistas y racistas que circulaban por Europa, empezaron a postular la existencia de dos grupos raciales distintos en España. Por una parte los descendientes de tribus y sangre aria llegadas a través de los celtas, suevos y germanos. Estas razas se encontrarían en los territorios del norte: Galicia (celtas), Euskadi (vascones) y Cataluña (celtas y godos), y serían responsables de la gloria y esplendor racial y cultural de estas regiones. Por otra, se hallarían el resto de España (castellanos) que procederían de la mezcla de pueblos no arios como los iberos, fenicios, cartagineses y sobre todo judíos semitas y bereberes africanos.

Entre estos autores destacó el cántabro Manuel de Assas y Ereño (1813 – 1880), figura pionera dentro de la arqueología y el orientalismo español. Assas concedió a la cuestión racial una gran importancia por ser, en su opinión, el elemento determinante del desarrollo histórico de las sociedades antiguas. Influido por la antropología francesa y los escritos de Gobineau, realizará una división tripartita de las razas humana (blanca/caucasiana, amarilla/mongólica, y negra/etiópica). La raza blanca se dividiría a su vez en dos ramas. La primera sería la rama aria, originaria de la India asiática y a la cual pertenececrían todas las poblaciones europeas actuales. La segunda sería la rama arameo-caucásica, donde se situarían todas las poblaciones semíticas conocidas (hebreos, árabes, fenicios, etc.) asi como los habitantes de casi todas las islas mediterráneas (Assas 1867: 15).

Para Assas los términos ario y celta son sinónimos y representan la superioridad de la raza europea, llegando a afirmar que “los salvajes se puede decir que no tienen historia sino desde la época en que les han visitado los ario-europeos”. Es tan baja la consideración que hace de los primeros habitantes de la Península que se atreve a afirmar que:

“Sus habitantes eran sencillos en los vestidos y armas, y frugales en las comidas (…) ignoraban las ciencias; y el comercio, si le tenían, debía estar limitado a las costas (…) Debiendo hallarse las artes tan atrasadas como todo lo demás relativo a la civilización, y no habiendo llegado a nosotros ni noticia de monumento alguno de aquella primitiva época, podemos suponer que los españoles habitarían a la sazón en las cavernas de las rocas, o en los huecos de los troncos de árboles carcomidos, o bien en chozas pajizas o cabañas formadas con ramas o troncos de árboles; o finalmente en cualquiera de las demás clases de albergues en que moran hoy diversas naciones no civilizadas”. (Assas 1857a: 130)

Así, únicamente la llegada de los celtas, a los que califica como “la vanguardia de la raza blanca”, a través de los Pirineos permitió el surgimiento de la civilización en la Península, con el consiguiente abandono del salvajismo propio de las poblaciones prearias. De esta manera, Assas heredaba la idea del racismo europeo, según el cual tan solo la raza aria era capaz de crear cultura, frente a la esterilidad y el parasitismo que caracterizaría al resto de razas, en especial a los semitas.

La dicotomía ario-semita será adoptada también por Assas según el cual los romanos representarían al pueblo ario, mientras que los cartagineses serían los semitas. Así describirá a los fenicios como un pueblo centrado en la avaricia y crueldad derivado de su malsano amor por el comercio.

“Eran los fenicios avaros y crueles, y envidiosos enemigos de las empresas mercantiles de otros pueblos (…). Añadiendo a tan malas propiedades un sin número de vejaciones ejercidas sobre las regiones por ellos colonizadas, se habían atraído el odio universal”. (Assas 1857b: 252)

Si bien España no se había mostrado especialmente nacionalista, y mucho menos racista durante el siglo XIX, el año de 1898 va a suponer un giro en esta actitud. El 10 de diciembre de 1898, España firmaba el Tratado de París con el que perdía Cuba, Puerto Rico y Filipinas, últimas colonias de España en ultramar, poniendo fin al “Imperio americano”. En aquel momento el resto de Europa se hacía con el poder y el control de territorios coloniales por todo el mundo. Será este hecho el que hará que el concepto de España, como nación, entre en crisis. La corriente histórica del regeneracionismo pondrá la puntilla a esta crisis, fomentando un cierto sentimiento de inferioridad y haciendo creer a la nación, de que se encontraba en un proceso de degeneración y decadencia. Este será el terreno que aprovecharán los nacionalismos emergentes en Cataluña, Vascongadas, Galicia y Andalucía para crecer y reclamar una autonomía que les segregara de aquella parte española que había perdido, por decandente, el rumbo del progreso que estaba disfrutando el resto del continente europeo. Así lo constataba la reviste La Veu, de tendencias catalanistas, meses después de concluir la desastrosa guerra de Cuba:

“Con las desgracias que nos ha traído la última agitación del españolismo, ha ganado mucho en nuestra tierra el sentir catalanista (…) Es ahora general la tendencia a diferenciar la vida y el interés de Cataluña y los de los otros pueblos de España (…) Todo el mundo dice: “Cataluña, regida por los chiflados y simplones de Madrid, es el pueblo menos pobre y menos atrasado del Estado español; por tanto, si fuera un poco bien gobernado y administrado con inteligencia, sería un pueblo verdaderamente rico”. La Veu

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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