18.1. Los doctrinarios del Imperio Británico

El Imperio Británico empezó a formarse en el s. XVIII alcanzando su máximo apogeo a finales del s. XIX justamente con el largo reinado de la reina Victoria (1837-1901) e impulsado por la acción de los primeros ministros Disraeli y Joseph Chamberlain. Hasta entonces, Inglaterra se había conformado con islas y territorios costeros con fines comerciales o estratégicos, pero en la segunda mitad del s. XIX, el control empezará a realizarse sobre extensos territorios. Sus colonias en África, Australia y la India, surtían de materias primas a la metrópoli, mientras que una serie de bases portuarias situadas estratégicamente a lo largo del mundo les permitía el control de los mares y de su tráfico comercial (Singapur, Gibraltar, Malta, Suez, Malvinas, Hong Kong,…)

El principal dominio se encontraba en la India, un territorio explotado desde 1777 por la Compañía de las Indias Orientales que terminó convirtiéndose en la principal suministradora de materias primas (algodón, yute, te, etc.). La construcción del Canal de Suez (1869) permitió agilizar las comunicaciones con la metrópoli ahorrando más de 8.000 km. Para proteger la India de otras potencias europeas, Gran Bretaña creó alrededor dos estados tapón el Beluchistán (en la actualidad Pakistán) y Afganistán.

            Malasia, Singapur y Birmania, fueron otras colonias estratégicas para las rutas marítimas y para el acceso vía terrestre hacia China. Este país mantuvo su independencia tras la “guerra del opio” (1842), pero se vio obligada a ceder Hong Kong.

            En el mediterraneo Inglaterra tomó el control de una serie de enclaves estratégicos para asegurarse la ruta marítima desde el Canal de Suez. Gibraltar, Malta, Suez y Adén fueron los puertos claves de las rutas orientales.

            En África el empresario Cecil Rhodes avanzó desde El Cabo en el Sur para enlazar los territorios ingleses en el norte: Egipto y Sudán.

            La guerra contra los boers holandeses (1879) permitió la anexión de lo que se denominó Rhodesia (actual Zimbaue y Zambia). Este hecho impidió a Portugal conseguir el objetivo de unir sus colonias de Angola y Mozambique.

            En 1884 incorporó Nigeria, parte de Somalia, Kenia y Uganda. El control por el Valle del Nilo le llevó a enfrentarse con Francia, que tras el “incidente de Fachola”, permitió proteger las rutas hacia la India y controlar las dos áreas más ricas de África: el sur pródigo en oro y diamantes; y el valle del Nilo (Egipto y Sudán) con sus fértiles cultivos de algodón.

            En Oceanía, Gran Bretaña formó colonias en Nueva Zelanda, Australia y algunos archipiélagos del Pacífico.

            En América, en 1867 consiguieron el dominio de Canadá, Honduras, Jamaica, la Guayana y las Malvinas.

            La justificación ideológica de tal imperio se basó en el racismo. Una ideología que legitimaba el dominio de la raza superior, sobre las inferiores.

“Ni la lengua, ni la religión hacen una raza, una sola cosa hace una raza y esa es la Sangre. Los pueblos conservan su vigor, su oralidad, su aptitud para las grandes cosas sólo si guardan su sangre pura de toda mezcla. Si dejan que una sangre extranjera se mezcle a la suya, las virtudes que constituían su originalidad y su fuerza desaparecen pronto; se bastardean, degeneran, bajan de su rango para no volver a alacanzarlos. El verdadero poderío reside en la nobleza del alma, y el alma se rebaja al mismo tiempo que la sangre se corrompe” Disraeli. Endymión.1880

El que fue primer ministro británico en 1830, Eral Grey, expresaba de esta manera la ideología política de la época:

            “En general, los blancos suelen considerar a las gentes de color como a una raza inferior cuyos intereses, cuando entran en conflicto con los nuestros, deberían sistemáticamente considerarse y gestionarse de forma que beneficiaran a la raza superior”.[1]

El alto comisionado británico en Sudáfrica defendió su política de apartheid en los siguientes términos:

“Una política de igualdad entre blancos y negros es imposible. El hombre blanco debe dirigir porque está muy por encima del hombre negro; a éste le costará muchos siglos ponerse al nivel de aquél y, probablemente, la inmensa mayoría de la población negra nunca lo hará”.[2]

Podemos destacar como principales ideólogos del Imperio Británico a John Ruskin y a Cecil Rhodes quienes además de plantear las bases justificadoras del imperio y la sociedad victoriana, crearon una serie de poderosas instituciones que permitieron la hegemonía de los británicos en el mundo.

John Ruskin y el capitalismo oligárgico

            Para John Ruskin (1819 – 1900) su máxima inquietud era la expansión del Imperio Británico. Una expansión en la cual tendrían un papel muy importante las élites ilustradas de su país. Desde la cátedra de la Universidad de Oxford, Ruskin se dedicó a captar alumnos brillantes para adoctrinarles en sus teorías imperialistas. Discípulos suyos fueron Arnold Toynbee, Henry Birchenough, George Parkin, Philipp Lyttelton y Alfred Milner, quienes ocuparon importantes cargos en el mundo empresarial y político de Gran Bretaña. Alfred Milner formaría parte del gabinete de guerra británico en 1915, poniendo en práctica las enseñanzas de su maestro.

            Ruskin buscaba un capitalismo oligárquico en el que una élite de tecnócratas y académicos realizaran acciones conjuntas sostenidas por los grandes poderes financieros.

Cecil Rhodes

            Otra de las más importantes figuras del colonialismo inglés en África la constituye Cecil Rhodes (1853-1902). Convencido de la superioridad de la raza blanca angloparlante, Cecil Rhodes consiguió en su medio siglo de vida hacerse millonario gracias a las minas de diamantes, y cambiar el mapa del continente africano. Al cumplir 23 años declaró: “África está esperando a los ingleses y es nuestro deber tomarla”. Formó un ejército de mercedarios y mandó asesinar a miles de personas y pueblos para dominar un extenso territorio al sur de África. Constituyó dos repúblicas de dominio político blanco que llevaron su nombre: Rhodesia del Norte y Rhodesia del Sur. Hoy en día no hay nada que recuerde su nombre en África – ni un río, ni una montaña, ni una ciudad, y Zambia y Zimbabwe han sustituido a aquellas dos Rhodesias.

            Cecil Rhodes nació cerca de Londres en 1853. A los 16 años le fue detectada una enfermedad en la aorta y el médico le recomendó un viaje por mar. En 1870 llegó a Sudáfrica dispuesto a ser granjero, pero por aquel entonces se habían descubierto ricas minas de diamantes en las riberas de los ríos Vaal y Orange. Más de 40.000 blancos buscaban avariciosos las preciadas piedras con el deseo de hacerse millonarios. Rhodes comenzó a adquirir todas las licencias de explotación que se ofrecían en venta y, con los beneficios de explotación, compraba más y más. Algunas las llegó a conseguir a precios realmente irrisorios. Hacia 1885, su empresa De Beers Mining Company controlaba 360 de las 622 concesiones de Kimberley. En la actualidad, dicha compañía sigue monopolizando el mercado mundial del diamante. En 1886 se descubre el mayor yacimiento de oro mundial en Johannesburgo. Rhodes compró concesiones y en 1889, su compañía conseguía el monopolio de casi todo el oro y los diamantes surafricanos. A la edad de 36 años se había convertido en la principal fortuna del mundo.

            Rico, joven y soltero, Rhodes se dedicó entonces a la política y quiso cumplir un Manifiesto que había escrito con 23 años:

“Mi principal objetivo en la vida es ser útil a mi país… Yo afirmo que somos la mejor raza de la tierra y que la absorción de la mayor parte del mundo bajo nuestro gobierno significará el fin de todas las guerras… Si Dios tiene un Plan, hay que saber primero cuál es la raza que Dios ha escogido como Divino instrumento de su Plan…

Incuestionablemente, esa raza es la blanca. Los blancos han alcanzado la cima en el esfuerzo de la existencia y logrado el más alto nivel de perfección humana. Dentro de la raza humana, el hombre anglohablante, sea británico, americano, australiano o sudafricano, ha demostrado ser el mejor instrumento del Plan Divino para desarrollar la Justicia, la Libertad y la Paz en la más amplia extensión posible del planeta. Por eso, yo dedicaré el resto de mi vida a los propósitos de Dios y le ayudaré a lograr que el mundo sea inglés”.[3]

Discípulo de John Ruskin mientras estudió en el Oriel Collage de Inglaterra, fue influido por sus tesis imperialistas. El plan “divino” de Rhodes era anexionar toda África al Imperio Británico desde “El Cabo a El Cairo”. Sus servidores y secuaces le bautizaron Rhodes el Coloso, en clara alusión al Coloso de Rodas. Suya fue la idea de unir por ferrocarril de norte a sur el continente africano con más de 8.000 km de línea ferrea (The Cape to Cairo Railway). Sus ideas imperialistas eran claras:

“Estaba ayer en el East End y asistí a una reunión de parados. Escuché fuertes discusiones. No se oía mas que un grito: “pan, pan”. Cuando regresé a mi casa me sentí todavía más convencido de la importancia del imperialismo (…). Para salvar a los cuarenta millones de habitantes del Reino Unido de una mortífera guerra civil, nosotros, los colonizadores, debemos conquistar nuevas tierras para instalar en ellas el excedente de nuestra población y encontrar nuevas salidas a los productos de nuestras fábricas.” [4]

El magnate comenzó a formar a su alrededor un grupo de incondicionales, con los que conseguiría su planes de conquista. A todos ellos les exigía la soltería, ya que él era homosexual, aunque no declarado. Leander Starr Jameson, será su principal lugarteniente y su amante durante toda su vida.

            En 1890, Rhodes consigue un importante logro político: es nombrado primer ministro de El Cabo. Ese mismo año fundó la British South África Company (BSAC), para la que contrató, no a funcionarios, sino a doscientos mercenarios expertos en guerra y bien armados con los que formó un ejército llamado Pioneer Column. Dirigida por el explorador Frederick Selous atacaron al pueblo de los ndebeles del rey Lobengula, consiguiendo el territorio sur. La nueva colonia fue bautizada con el nombre de Rhodesia del Sur.

            No contento con esta conquista, Rhodes dirigió sus tropas hacia el norte y en 1893, con un ejército de 1.400 hombres armados con rifles, ametralladoras y cañones invadieron la región de los ndebeles. Defendiéndose con lanzas y flechas, miles de ndebeles perecieron en el ataque, y los que sobrevivieron fueron ejecutados por orden de Jameson.

            Rhodes prosiguió con sus afanes imperialistas y trató de atacar los dos estados boers de Orange y del Transvaal, defendidos por holandeses y apoyados por Alemania. La jugada le salió mal y perdió la batalla y a su amante y lugarteniente Leander Jameson. Rhodes fue abandonado por Londres y tuvo que dimitir como primer ministro.

            Animados por el descrédito de Rhodes, los hijos del rey Lobengula organizaron un ejército de casi 50.000 guerreros, que atacaron las granjas de los colonos en una guerra de guerrillas muy costosa para el ejército de Rhodes. Él mismo se aprestó a dirigir la campaña. Dio orden de prender fuego a las aldeas ndebeles y a sus cosechas, encarceló a las mujeres y a los niños y ajustició a los guerreros capturados. Tropas británicas al mando del general Badem-Powell acudieron en su ayuda. En agosto de 1896, las fuerzas británicas rodearon a las últimas partidas de ndebeles en los Matojos. Los ndebeles se rindieron a cambio de sus vidas, pero Rhodes ordenó que todos los jefes de la revuelta fueran ajusticiados, y los guerreros enviados a campos de concentración donde murieron de hambre y enfermedad.

Winston Churchill

            El que llegó a ser primer ministro de Inglaterra y premio Nóbel de literatura en 1953, escribió sobre la historia y los destinos de la raza humana. Winston Churchill postulaba la existencia de “razas civilizadas”, de “razas directoras” e incluso de “razas enérgicas y superiores”. Profesor de historia antes que estadista, explica de esta manera el origen del pueblo judío:

            “Los israelitas eran gentes útiles. Pagaban con creces su sustento. Sin embargo, su multiplicación incesante llegó a ser un estorbo creciente. El límite máximo de los depósitos se iba haciendo insuficiente, y el número de trabajadores disponibles excedía pronto el necesario para los útiles y económicos empleos. El gobierno egipcio se dispuso a limitar los nacimientos. Por varias medidas… trataron de impedir el incremento de israelitas varones. Por último, se decidieron a matar a los niños. Hubo evidentemente en esta época una gran tensión entre los principios de la vida judía y la fuerza inexorable de la civilización egipcia establecida. Fue en este momento cuando nació Moisés…”. W. Churchill

Churchill defendió la conveniencia de desplazar a los negros de Australia y a los pieles rojas de Norteamérica.

            “No admito que se haya dañado a esos aborígenes por el hecho de que una raza más fuerte, más sabia y consciente de su papel en el mundo, haya tomado su lugar”. W. Churchill

            En 1919, cuando era Secretario de Colonias, definió a Ganhdi como “fakir” y declaró que jamás consentiría la disolución del imperio británico. Siendo Secretario de Estado del gabinete de guerra, W. Churchill en la cuestión kurda autorizó a la Royal Air Force a utilizar armas químicas contra “árabes recalcitrantes”, a modo de experimento.

            “No comprendo a quienes dudan sobre el uso del gas. Favorezco decididamente el uso de gases venenosos contra las tribus incivilizadas”.

            Sobre los palestinos dijo en 1937:

            “Yo no creo que un perro en un comedero adquiera derechos sobre el comedero, aunque haya estado tumbado allí mucho tiempo. Yo no reconozco ese derecho. No reconozco, por ejemplo, que se haya cometido una gran injusticia contra los indios de América o los aborígenes de Australia. Niego que se haya cometido una injusticia contra estos pueblos sólo porque una raza más fuerte, una raza de categoría superior – una raza más mundana, para decirlo de otra forma – haya venido a quitarlos de su sitio”.[5]

            Miembro distinguido de la Sociedad Eugénsica Inglesa, Churchill promovió acciónes eugenésicas sobre la población inglesa.

“El rápido crecimiento antinatural de los débiles mentales unido a una restricción en el aumento de las razas enérgicas y superiores constituye un peligro nacional y racial. Nunca se exagerará hablando de este probelma. La fuente de esta insanía debe ser cercenada y sellada con celeridad”. W. Churchill.

La destrucción de China por el Opio

            Los medios para conseguir la conquista, el subyugamiento, el control y la explotación de las colonias fueron en la mayoría de los casos claramente inhumanos. Así por ejemplo sucedió con China. Los ingleses establecieron en Bengala grandes plantaciones de opio que introducían en el país vecino a cambio de seda y te. En 1678 el contrabando de esta droga en China no excedía las 200 cajas, de 60 Kgs., pero en 1792 eran ya 4.000 cajas, 6.000 en 1817, 20.000 en 1830 y 40.000 en 1837. Las ganancias para los ingleses eran de un 400 por ciento.

            Para cortar el tráfico Lin Tse-Hsu, comisario imperial en Cantón, quemó en 1839, 20.291 cajas de opio. Este episodio haría surgir las llamadas “Guerras del Opio”, perdidas por China. Lin Hse Tsu envió una carta a la Reina Victoria pidiéndole que respetara las reglas del comercio internacional y no comerciara con sustancias tóxicas.

“Pero existe una categoría de extranjeros malhechores que fabrican opio y lo traen a nuestro país para venderlo, incitando a los necios a destruirse a sí mismos, simplemente con el fin de sacar provecho. (…) ahora el vicio se ha extendido por todas partes y el veneno va penetrando cada vez más profundamente (…) Por este motivo, hemos decidido castigar con penas muy severas a los mercaderes y a los fumadores de opio, con el fin de poner término definitivamente a la propagación de este vicio.

(…) Todo opio que se descubre en China se echa en aceite hirviendo y se destruye. En lo sucesivo, todo barco extranjero que llegue con opio a bordo será incendiado (…)[6]

En el año 1865 se creó la banca HSBC (The Hongkong and Shanghai Banking Corporation) con el fin de administrar las enormes ganancias generadas por el tráfico de opio.

            En 1886 se introducen en China, de forma clandestina, 180.000 cajas de opio, es decir más de 10.000 toneladas, cantidad suficiente para envenenar a toda una nación. De hecho, en 1878, el número de chinos intoxicados superó los 120 millones.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Lauren, 1988, Pág. 40. Citado por Teun A. van Dijk. Racismo y discurso de las élites. Ed. Geodisa. 2003. Pág. 87.
[2] Lauren, 1988, pág. 59. Idem pág. 88.
[3] Cecil Rhodes, Confesión de Fe. Cit. Javier Reverte. Trilogía de África. 2002.
[4] Cecil Rhodes. Carta al periodista Stead. 1895
[5] Winston Churchill.cit. Er Llano. El racismo, la plaga del imperialismo. 2006
[6] Lin Hse Tsu. Carta a la reina Victoria. 1839.
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