18.3. El imperialismo estadounidense

Las primeras matanzas coloniales en Norteamérica

            Los primeros asentamientos de colonos en el este de Norteamérica se realizaron a principios del s. XVII. Hacia 1607 se funda la ciudad de jamestown (en el actual estado de Virginia) y en 1620 un grupo de puritanos llegan a América a bordo del buque My Flowers, huyendo de las persecuciones que los Estuardo estabn realizando en Inglaterra. Las primeras colonias tenían una población aproximada de unos 6.000 habitantes, pero las guerras con los indios, las enfermedades y los conflictos internos fueron diezmando estos primeros asentamientos hasta el punto que en 1624 sólo quedaban mil habitantes.

            En los siguientes treinta años se produjo un flujo migratorio a Norteamérica de ingleses, franceses y holandeses. Al principio las relaciones con los indígenas eran de respeto. Se reconocían sus derechos sobre la propiedad de la tierra, pero las tribus del Este, hurones, iroqueses y mohicanos, se vieron presionados por las costumbres mercantilistas de los colonizadores. De una agricultura de subsistencia pasaron pronto al trampeo para obtener pieles que los europeos pagaban muy bien. Los holandeses llegaron a crear la fábrica de sombreros más importante basada en piel de América del Norte. Esta industria, inició la moda de vestir pieles de castor, nutria, zorro, etc. en Europa.

            Pero este primer estado inicial benevolente no duró por mucho tiempo. Si ha principios del s. XVII la población indígena era de 8 a 10 millones de habitantes, para 1800 (24 años después de proclamarse la independencia norteamericana), apenas quedaban entre 850.000 y millón y medio. Entre los siglos XVII y XIX desaparecieron los más de 300 pueblos de indios americanos: chesapeaks, chickahominys, potomacs, mohicanos, raritanos, pequots, montauks, naticokes, machapungas, catwabas, cheraws, hurones, iroqueses, ottawas, shuwnees, eries, mohawks, seneques, miamis, suaks, poxes, winnebagos, pttawotamies, kickaspoos, fox, chickasawas, choctaws, semínolas, etc.

            Las Naciones Indias no encajaban en los planes del nuevo Estado Independiente. A partir de 1870, los trece Estados de la Unión quedaron “limpios” de indios. Los Mahican y los Delaware fueron deportados al oeste. Los iroqueses fueron obligados a ceder porciones de sus tierras a los Estados de Nueva Cork, Pensylvania y Ohio en 1784. En 1740 se produjo la guerra con los Shawnee por negarse estos a ceder sus tierras a los colonos. Derrotados, fueron obligados a ceder dos tercios de los territorios de Ohio y parte de Indiana.

            En 1813 concluye la guerra anglo-norteamericana con la derrota británica y el sometimiento de numerosas tribus: los Kickapoos, los Wyandot, los Creek y los Semínolas de la Florida. Los sucesivos presidentes norteamericanos Monroe o Jackson mantuvieron una política de sometimiento y deportación de los indios. Así lo explica el historiador Carlo Caranci:

“A partir de 1831 se reconoce a las comunidades indias el estatuto de naciones domésticas dependientes en estado de tutela sin soberanía, puesto que se hallaban en territorio estadounidense, con las que el Estado federal puede firmar tratados. Pero los mismos serán meros medios de presión para forzarlos a abandonar sus tierras y marcharse al oeste. Centenares de miles de indios son privados de sus tierras y bienes y trasladados al llamado Territorio Indio (actualmente Oklahoma): los choctaw en 1831, los creek en el 36, los cherokees entre el 38 y el 39. No sin haber sido saqueados y vejados previamente por los colonos, ante la pasividad de las autoridades, a lo largo de la Pista de Lágrimas, en la que muchos murieron antes de llegar a su destino”.[1]

El arrasamiento del Oeste

Entre 1860 y 1890 se produce lo que los historiadores denomina “La conquista del Oeste”, que no es sino un proceso de expansionismo hacia el Oeste aniquilando a los miles de indios que lo habitaban. De 31.400.000 norteamericanos blancos, se pasó a más de 62.700.000 habitantes, en su mayoría inmigrantes extranjeros.

Esta montaña de cráneos de bisonte da una idea de la magnitud de las matanzas perpetradas (1870). La pulverización de los huesos era vendida como fertilizante.

La clave de este genocidio fue el método empleado para expulsar a los indios de sus tierras: acabar con su fuente de sustento basada en el bisonte americano. Si en 1830 existían más de 75 millones de bisontes pastando en las praderas norteamericanas, para 1883 la especie era declarada en peligro de extinción. En 1890 sólo quedaban 790 bisontes en todo el continente. Tan sólo en 1870 se abatieron más de un millón de animales. Los indios tuvieron que emigrar y el hambre les llevó en algunos casos a enfrentarse con los colonos, que no tuvieron reparos en disparar a matar.

En 1862 los Sioux fueron masacrados por negarse a abandonar los territorios de Minnesota y las Dakotas. En 1865 los Cheyennes fueron reducidos en las matanzas de Sand Creek y Washita River. En 1886 Jorónimo, jefe de los Apaches-Chiricahuas, fue perseguido por tierras de Nuevo México. Por fin el 22 de abril de 1889, los apenas 75.000 indios supervivientes que quedaban y que habían sido confinados a un espacio en el Estado de Oklahoma, vieron invadidas sus tierras en apenas 24 horas por más de 50.000 colonos que ocuparon el espacio mediante lo que se llamaba Carreras por la Tierra (Land run).

El racismo mormón anti-indígena

            La fundación de la secta de los Mormomes (1830) está impregnada de un profundo racismo de corte mítico contra los indios. Según Joseph Smith, los “pieles rojas” eran descendientes de una tribu de israelitas que, huyendo de la persecución de los babilónicos, habrían cruzado el Atlántico para fundar dos pueblos opuestos en las tierras americanas. Unos serían los nefitas. Gentes trabajadoras y honradas, habrían fomentado la industria y la cultura. El otro, en cambio, sería el de los lamanitas. Un pueblo de rostro oscuro que habría caído en la decadencia y que habrían dado origen a todos los indios americanos. Así lo confirma uno de los apóstoles de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los ültimos días, James E. Talmage.

            “El Libro de Mormón contiene la historia de una colonia de israelitas, de la tribu de José, que salieron de Jerusalén 600 años antes del nacimiento de Cristo, durante el reinado de Sedecías, rey de Judá, en vísperas de la conquista de Judea por nabucodonosor y la inauguración del cautiverio babilónico. Esta colonia fue llevada por la dirección divina al continente americano, en el cual llegaron a ser un pueblo numeroso y fuerte; y esto a pesar de que, divididos por las disensiones, formaron dos naciones enemigas, conocidas respectivamente como nefitas y lamanitas. Mientras aquellos fomentaron las artes de la industria y la cultura, y escribieron unos anales en los que incorporaron su historia y escrituras, éstos se volvieron degenerados y viles. Los nefitas fueron aniquilados en el año 400 de nuestra era, pero los lamanitas siguieron viviendo en su estado degenerado, y en la actualidad son conocidos como los indios americanos”.

            “Los lamanitas, aun cuando aumentaron en número, sufrieron el anatema (maldición) del desagrado de Dios; su cutis se tornó obscuro, su espíritu se extravió, se olvidaron del Dios de sus padres, se entregaron a una vida salvaje y nómada y degeneraron en el estado caído en que se encontraban los indios de América, sus descendientes directos, cuando nuevamente se descubrió el continente en una época posterior”.[2]

            Para los mormones los ángeles son seres de raza blanca, mientras que Satanás y sus demonios poseen la tez oscura o roja.

            Joseph Smith pretendió crear una raza de “puros” nefitas permitiendo la poligamia dentro de la iglesia mormónica. Recientes investigaciones han descubierto que el propio Smith tuvo entre 30 y 40 mujeres – algunas de las cuales ya estaban casadas con seguidores de Smith – y al menos una de ellas era una menor de 14 años, Helen Mar Kimball, la hija de unos amigos muy cercanos al profeta[3]. La poligamia siguió practicándose en el mormonismo hasta que en 1890, bajo presiones del Gobierno de Estados Unidos, la Iglesia puso fin a esta práctica.

El “Destino manifiesto” blanco

            Los norteamericanos blancos creyeron seguir los dictados de los que llamaron “Destino manifiesto”. Esta doctrina expresaría la creencia de que los Estados Unidos estarían destinados a expandirse desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico. El origen del concepto aparece con la llegada de los puritanos al continente. El ministro puritano John Cotton escribía en 1630:

            “Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a entablar, legalmente, una guerra con ellos así como a someterlos”.[4]

            La primera vez que apareció el término fue en un artículo del periodista John L. O´Sullivan, publicado en la revista Democratic Review de Nueva Cork, donde defendía la anexión de Texas y Oregón.

            “El comportamiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”.[5]

            El presidente norteamericano Theodore Roosevelt (1858-1919), fue un firme defensor del darwinismo social y de la lucha racial por la supremacía blanca. En los cuatro volúmenes de su obra “El triunfo del Oeste” justifica las matanzas de los indios en base a la inevitable “guerra racial” que permitía la expansión del individuo angloparlante por el mundo. Roosevelt realizó una política de estado basada en la guerra racial contra

            “[…] las tribus salvajes esparcidas, cuya existencia era solamente unos pocos escalones menos insignificantes, escuálida y feroz que la de otras bestias. [Dicha guerra sería] beneficiosa para la civilización y en interés de la humanidad”.[6]

            Al finalizar el trágico enfrentamiento de la Primera Guerra Mundial en 1919, se celebró en París el primer Congreso Panafricano con el rechazo de las élites blancas de los países occidentales a la participación de no europeos. En la recién formada Liga de las Naciones todos los miembros eran blancos con la sola excepción de Japón. Ahora bien, ninguna quería oír hablar de igualdad de razas. Más bien al contrario. Los líderes políticos como el presidente de EE.UU., Wilson, el secretario de asuntos extranjeros británico Balfour y, en particular, el primer ministro de Australia, William Hughes, entre otros, defendieron la supremacía blanca como base de cualquier acuerdo que saliera de dichas conversaciones. Un senador norteamericano manifestó que no podía imaginarse compartir mesa y tomar decisiones con un par de “negratas” de la India, Liberia y otras naciones de la Liga.

            Estos planteamientos cambiaron no obstante luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando se descubren los horrores que la política racial que el Estado nazi había realizado sobre millones de personas de todo de razas: gitanos, polacos, eslavos y especialmente judíos.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Carlo Caranci. Cit. Dardo Ramirez Braschi. Matanzas coloniales norteamericanas.
[2] James E. Talmage. Jesús el Cristo. 1964.
[3] Yolanda Monge. El profeta era polígamo. El País. 12 de noviembre de 2014.
[4] John Cotton. 1630
[5] John L. Sullivan. Anexión. Democratic Review. 1845.
[6] Lauren Alexander, Speak Softly (Theodore Roosevelt Mystery) 1988, pág. 48
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