2.2. El descubrimiento de América: el reencuentro de la humanidad

            La Iglesia Católica siempre ha mantenido una postura contraria a la esclavitud. Cuando tuvieron lugar los primeros contactos con las tribus africanas en el siglo XV se realizó un gran debate en toda Europa sobre si los negros eran humanos o no. El no poderse comunicar con ellos, ni entender su modo de vida primitivo fue empleado como argumento por algunos para justificar inicialmente la esclavitud. Pero la Iglesia pronto reconoció a los negros como seres humanos y varias ordenes religiosas0 se dedicaron a negociar su liberación de los tratantes de esclavos, promover socialmente a los liberados (dándoles educación básica, atención sanitaria o ayudándoles a conseguir trabajo) o a servir y evangelizar a los esclavos en los casos en los que era imposible liberarlos. Ahí tenemos el ejemplo de Pedro Claver, de Ramón Nonato, o de la Orden de los Mercedarios, quienes llegaron a entregarse en cambio y a morir esclavos cuando ya no conseguían dinero para comprarlos y liberarlos.

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            Con el descubrimiento de América en 1492 volvieron los debates. Por ejemplo el médico y alquimista suizo Teofrasto Paracelso (1493-1541) negaba la humanidad a los indígenas americanos, de hecho los incluía como salvajes dentro de los seres mitológicos. En una de sus obras más conocidas “Ninfas, silfos, pigmeos y salamandras” (1537) describía a los salvajes como a medio camino entre los humanos y los animales. Según Paracelso los indígenas americanos habrían nacido “después del diluvio, y tal vez no tienen alma; en el habla parecen loros”. También afirmó que “no podía creerse que tales gentes descendieran – como los europeos – de Adán y Eva”. En este sentido se adelantaba ya a las antropologías poligenistas de Isaac de la Peyreré.

            “Es más probable que desciendan de otro Adán, ya que nadie probará fácilmente que tienen parentesco carnal o sanguíneo con nosotros”.[1]

Las crónicas sobre la crueldad con que inicialmente los españoles trataron a los nativos del Nuevo Mundo provocaron una grave crísis de conciencia en importantes sectores de la población española del s. XVI, así como entre los filósofos y teólogos. Esta reflexión filósofica de los teólogos españoles condujo a un gran logro: el nacimiento del Derecho Internacional moderno. La controversia en torno a los pueblos indígenas americanos ofreció así la oportunidad para establecer los principios generales que los Estados estaban moralmente obligados a observar en su mutuas relaciónes internacionales.

            Fueron los Reyes Católicos y la Iglesia los que impulsaron el “Derecho de Gentes” donde se reconocía a los indígenas como seres humanos en plenitud de derecho, prohibiendo el esclavismo de los aborígenes y exigiendo para ellos una serie de derechos básicos que los colonizadores debían respetar. La Iglesia Católica siempre defendió el bautismo de los esclavos negros reconociendo de esta manera que estos también tenían alma y que por tanto también estaban llamados a la salvación eterna. Sobre estas bases se asentaba su dignidad como personas y por ello no podían ser castigados con crueldad ni con la muerte sin una causa de extrema gravedad.

            Precisamente fueron hombres de iglesia los que se atrevieron a denunciar los abusos de las políticas españolas hacia los indígenas. La primera denuncia la realizó el sacerdote dominico Antonio de Montesinos (1480-1540), quien en 1511 predicó un famoso sermón en la isla de La Española. En aquella ocasión se dirigió de esta manera ante la colonia española en presencia de importantes autoridades.

            “Para que toméis conciencia de los pecados contra los indios he subido a este púlpito, yo que soy una voz de Cristo clamando en el desierto de esta isla, y es por tanto vuestro deber escuchar, no con indiferencia, sino con todo vuestro corazón y vuestros sentidos; pues ésta será la voz más extraña que hayáis oído en la vida, la más áspera y dura, la más terrible y peligrosa que hayáis podido imaginar… Esta voz dice que estáis en pecado mortal, que vivís y morís en pecado, por la crueldad y la tiranía que infligís a estas gentes inocentes. Decidme ¿con qué derecho o justicia mantenéis a estos indios en tan cruel y horrible servidumbre? ¿Con qué autoridad habéis desatado una odiosa guerra contra estas gentes que viven pacíficamente en su propia tierra? ¿Por qué los oprimís, los hacéis trabajar hasta la extenuación y no les proporcionáis alimento suficiente ni remedio cuando están enfermos? Pues el exceso de trabajo que exigís de ellos los hace enfermar o morir, cuando no los matáis con vuestro deseo de extraer el oro todos los días. ¿Cuidaís acaso de que reciban alguna instrucción religiosa? ¿Acaso no son hombres? ¿No tienen almas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como os amáis a vosotros mismos? Tened por seguro que, en este estado de cosas, os condenaréis como los moros o los turcos”.[2]

            Ante estas denuncias los líderes de la isla protestaron y exigieron al padre Montesinos que se retractara, pero Montesinos en el sermón del domingo siguiente no solo no se retractó sino que se reafirmó aún más en su aseveraciones citando un versículo de Job: “Volveré sobre mis conocimientos desde el principio y demostraré que nada de cuanto he dicho es falsedad”, y acto seguido repasó las diversas acusaciones formuladas la semana anterior, demostrando que ninguna de ellas carecía de fundamento. Por último concluyó amenazando que ni él ni ninguno de los frailes dominicos escucharía sus confesiones si no mostraban verdadera contricción y propósito de enmienda.

            Estos hechos llegaron a oídos del rey Fernando el Católico, quien solicitó la presencia de inmediato del fraile para explicar las acusaciones. Montesinos atravesó el Atlántico con su superior para presentar su versión ante el rey y los principales oficiales de la corona castellana. Conmovido el rey ante el testimonio que los dominicos daban de la conducta de los españoles en La Española, convocó a un grupo de teólogos y juristas con el encargo de desarrollar unas leyes por las que habrían de regirse los oficiales españoles en su relación con los indígenas. Fruto de este trabajo fueron las Leyes de Burgos (1512), mejoradas un año después con las que se firmaron en Valladolid. En ellas se emitían varias órdenes reales requiriendo el buen trato con los indios, así como varias disposiciones para proteger a los naturales de las Indias. Al indio se le reconocía un hombre libre que podía tener propiedades. La encomienda de los indios se encargaba de asegurar y regular el régimen de trabajo, jornal, alimentación, vivienda, higiene y cuidado de los indios en un sentido altamente protector y humanitario. Se prohibió a los encomenderos la aplicación de cualquier castigo a los indios. Las mujeres embarazadas de más de cuatro meses eran eximidas del trabajo. Se ordenó la catequesis de los indios, se condenó la bigamia y se obligó a que se construyeran sus casas junto a las casas de los españoles.

            Estas leyes no pudieron impedir que en algunos casos se cometieran abusos contra los indígenas, pero permitieron crear un corpus jurídico que tuvo una gran implantación y fuerza en las colonias de La Española, Puerto Rico y Jamaica. A partir de entonces todas las denuncias que se presentaron fueron atendidas y juzgadas según las resoluciones dictadas por el Rey.

            Según el historiador Elliot, los Reyes Católicos tenían otro motivo por el cual no querían implantar un sistema económico basado en el esclavismo en las Indias y era evitar las tendencias feudales que tanto mal habían hecho en Castilla en los siglos precedentes.

“Aunque la conciencia del emperador y la de sus ministros se vio conmovida por los incesantes esfuerzos de Las Casas, es muy poco probable que se hubiesen llevado a cabo tantas realizaciones si la Corona española no hubiese estado ya predispuesta a favor de las ideas de Las Casas por motivos particulares menos altruistas. Para una Corona deseosa de consolidar y asegurar su propio control sobre los territorios recientemente adquiridos, el auge de la esclavitud y el sistema de encomienda constituía un serio peligro. Desde el principio, Fernando e Isabel se habían mostrado decididos a evitar el desarrollo, en el Nuevo Mundo, de las tendencias feudales que durante tanto tiempo habían minado, en Castilla, el poder de la Corona”.[3]

            Fruto de la experiencia americana el papa Pablo III promulgó en 1537 la encíclica “Sublimus Deus” (Dios sublime) que constituye una verdadera Carta Magna de los indios. En este documento se declara formalmente:

“Conociendo que apuestos mesmos indios, como verdaderos hombres… determinamos y declaramos que los dichos indios y todas las demás gentes que de aquí adelante vinieron a noticia de los cristianos, aunque estén fuera de la fe de Cristo, no están privados ni deben serlo de su libertad ni del dominio de sus bienes, y que no deben ser reducidos a servidumbre…”

“… Es necesario reconocer que el hombre es de tal condición y naturaleza que pueda recibir la fe de Cristo y, quienquiera que tenga naturaleza humana es hábil para recibir la misma fe.

           (Algunos) deseando colmar su codicia, se atreven a afirmar que los indios… (son) como animales brutos, (y) han reducirse a nuestros servicios, y les reducen a servidumbre, abrumándoles con tantas afliciones cuantas apenas usan con los animales brutos de que se sirven.

             Teniendo en cuenta que estos indios, como verdaderos hombres, no solo son capaces de la fe crsitiana, sino que, como nos es conocido, se encaminan muy dispuestos a esta fe.

            Que dichos indios… no han de ser privados de su libertad y del dominio de sus cosas, antes bien pueden libre y lícitamente usar, poseer y gozar de tal libertad y dominio, y no se les debe reducir a servidumbre; y que lo que de cualquier modo haya podido acontecer, sea írrito y nulo y sin ninguna fuerza”.[4]

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Pablo III promulgó en 1537 la carta Sublimus Deus, auténtica Carta Magna de los indios.

            Juan Bautista Lassègue califica a la Sublimis Deus como la primera encíclica social dirigida a América latina. La historiadora Helen-Rand Parish va mucho más lejos afirmando que esta letra apostólica

“… marcó literalmente el verdadero comienzo del derecho internacional en el mundo moderno: la primera proclamación intercontinental de los derechos inherentes a todos los hombres y de la libertad de las naciones”.[5]

La encíclica es el producto del pensamiento y la acción de varios misioneros indianos, como los informes del dominico Bernardino Minaya; la carta del que fuera el primer obispo de Tlaxcala, el dominico Julián Garcés; una carta del obispo de México, el franciscano Juan de Zumárraga; los escritos del dominico fray Bartolomé de las Casas; la fundamentación del derecho iusnatural formulado por los teólogos juristas españoles Vitoria, De Soto, Suarez y Mariana; y sobre todo los debates realizados por obispos y religiosos, que tuvieron lugar en las célebres juntas apostólicas de mediados de 1536 en la ciudad de México.

Se puede afirmar con seguridad que la encíclica “Sublimis Deus” constituye la primera declaración universal de derechos humanos, producto de un reconocimiento previo de esos derechos. Reconocimiento llevado a cabo por aquellos misioneros que supieron reconocer en el indio al “otro” hombre, esto es, a seres distintos a ellos, pero tan seres humanos como ellos mismos.

La Leyenda negra

            Todos estos hechos históricos, contrastan con el conocimiento popular de que el descubrimiento de América no fue sino una “matanza de los indios” y un “robo del oro americano” por la cruz y la espada”. Esto no es sino un falseamiento de la historia generado por la leyenda negra antihispánica y que tiene su origen en los países protestantes. Así por ejemplo lo denuncia el historiador francés Pierre Chaunu, catedrático de la Sorbona:

            “La leyenda antihispánica en su versión norteamericana (la europea hace hincapié sobre todo en la Inquisición) ha desempeñado el saludable papel de válvula de escape. La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana de la frontera Oeste, que tuvo lugar en el siglo XIX. La Americana protestante logró librarse de este modo de su crimen lanzándolo de nuevo sobre la América católica”.[6]

            Otro reconocido historiador francés, Jean Dumont, añade:

            “Si por desgracia, España (y Portugal) se hubiera pasado a la Reforma, se habría vuelto puritana y habría aplicado los mismos principios que América del Norte (“lo dice la Biblia, el indio es un ser inferior, un hijo de Satanás”), un inmenso genocidio habría eliminado de América del Sur a todos los pueblos indígenas. Hoy en día, al visitar las pocas “reservas” de México a Tierra del Fuego, los turistas harían fotos a los supervivientes, testigos de la matanza racial, llevada a cabo además sobre la base de motivaciones supuestamente bíblicas”.[7]

            La recurrente imputación de “genocidio” a los españoles contrasta con el tenaz silencio que rodea a uno de los episodios más negros de la historia de la iberoamérica emancipada: las matanzas de indios en las guerras civiles o en los procesos de explotación del territorio – los charrúas de Uruguay, los nativos de la Amazonia-, así como la esclavitud de indios mayas en el México de los años 1840-1860.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Citado por Thomas Bendyshe. The history of anthropology. 1996.
[2] Antonio de Montesinos. Lewis Hanke. Lucha española por la justicia en la conquista americana, 1988.
[3] J. H. Elliot. Imperial Spain 1469-1761. Capítulo segundo. Londres, 1963
[4] Pablo III. Sublimis Deus. 1537
[5] Helen-Rand Parish y Harold E. Weidman, “Las Casas en México: historia y obra desconocidas, 1992
[6] Pierre Chaunu. Citado por Vittorio Messori. Leyenda Negras de la Iglesia. Ed. Planeta. 2008. p. 22
[7] Jean Dumont. Idem. p. 25
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