2.6. El comercio y el trabajo de esclavos negros en las colonias de ultramar.

A partir del siglo XVII se produce un gran desarrollo del cultivo de la caña de azúcar en Brasil, las antillas inglesas, las islas francesas, La Española y Cuba. Durante el siglo XIX el cultivo del algodón tendrá una gran relevancia en la economía colonial, surgiendo enormes plantaciones de esta materia prima en el sur de los Estados Unidos. Para trabajar en los campos, más de trece millones de negros fueron trasladados a la fuerza en barcos desde el continente africano a las Américas, siendo sometidos a la condición de esclavos.

            Hasta entonces este trabajo lo realizaban blancos como trabajo forzoso y bajo la forma de contratos de servidumbre, por el que los siervos se comprometían a trabajar para un amo particular, en condiciones serviles, de tres a cinco años a cambio de un pasaje desde Europa. Según Blackburn:

            “Más de la mitad de los emigrantes blancos a las colonias de América del Norte llegaron con contratos de servidumbre; las Antillas Francesas y Británicas también absorbieron millares de estos trabajadores obligados por contrato cuya compra salía más barata que la de los esclavos. En total, en la década de los sesenta habían sido enviados a las colonias británicas unos 350.000 siervos”.[1]

            La historiadora norteamericana Barbara J. Fields sostiene que hasta finales del s. XVII, las plantaciones de tabaco de la Virginia colonial “descansaron sobre los hombros de siervos ingleses ligados por contratos de servidumbre, y no de esclavos africanos”:

            “Los siervos atados por contratos de servidumbre servían durante más tiempo en Virginia que sus contrapartes ingleses, se les trataba con menos dignidad y tenían menos protección por ley y por costumbre. Podían ser comprados y vendidos como si fueran ganado, podían ser secuestrados, robados, utilizados como apuesta en los juegos de cartas y concedidos – aún antes de haber llegado a América – a los ganadores de pleitos. Magnates avariciosos (si es que la palabra no es una redundancia) escatimaban la comida a los siervos y les engañaban sobre su derecho a libertad cuando ya habían servido el tiempo debido, negándoles frecuentemente la misma libertad. A los siervos se les azotaba, mutilaba y hasta asesinaba con impunidad”.[2]

Como observa Fields, “la única degradación que se les ahorraba” a los siervos blancos “era la de la esclavitud perpetua junto con la de su descendencia en perpetuidad”. Esto representaba un inconveniente a los plantadores, que querían asegurarse un suministro de fuerza de trabajo estable para hacer frente a la creciente demanda de productos coloniales. Las materias primas de las plantaciones de esclavos eran exportadas a las fábricas textiles del norte de Inglaterra. Así se creó la dependencia del trabajo esclavo colonial. Fue en este contexto que empezó a imponerse la idea de que los negros eran subhumanos y que, por lo tanto, no eran merecedores de un trato igual de respeto a aquellos derechos que los europeos reclamaban para sí. No fue en este caso el color de la piel el26 code noir que impidió la esclavización completa, sino lo perjudicial que hubiera sido que se supiera en Inglaterra que los inmigrantes ya llegados estaban siendo esclavizados.

            La solución para los plantadores vino con la importación de trabajadores africanos a partir de 1645. Para controlar las condiciones de trabajo de estas personas en 1664 se promulgaron las Leyes de esclavitud de Maryland por las que se estipulan que “todos los negros importados deberán ser considerados como esclavos”. Además estas leyes declaran que los esclavos deben servir de por vida, y se prohíbe el matrimonio entre mujer blanca y hombre negro.

26 máscara de hierro

La máscara se utiliza a menudo para castigar a los esclavos que robaban caña o melaza para alimentarse. Era un artefacto de hierro ligado a la cabeza y el cuello del individuo, y sólo podría ser removido por el capataz o el dueño de la finca. Una especie de placa de metal cubría la boca, y el esclavo sólo podía comer cuando se le permitía. Por lo general, pasaban días sin comer cuando estaban con la máscara. Alrededor de su cuello estaba una especie de anillo de metal que servía para indicar que esclavo estaba siendo castigado por robar comida o huir.

            También en las Antillas francesas se intentó regular el trabajo esclavo y el trato a los negros. Para ello se creó el Código Colbert (1685), también llamado Código Negro. Según este reglamento se prohibía los matrimonios mixtos entre blancos y negros, entre libertos y esclavos. Los hijos nacidos de esclavos eran esclavos aunque sólo la madre fuera esclava. No se permitían reuniones de esclavos y estos no tenían derecho a vender nada ni a poseer nada, pues “todo es del amo”. No podían circular libremente sino era con una autorización del amo, no podían asumir cargos ni tenían derecho a testificar. El amo tenía el deber de bautizarlos, alimentarlos, darles ropa dos veces al año y de mantener a los viejos y a los enfermos. A los esclavos que osaran desafiar este orden con protestas les esperaban castigos muy severos, y aquellos que golpearan a sus amos la pena era de muerte.

Las condiciones en que eran transportados los esclavos negros por el Atlántico eran deplorables, tanto que se calcula que de los 18 millones que partieron en barcos desde el África, aproximadamente la cuarta parte perecieron en el trayecto. Hacinados en las bodegas de carga de los barcos soportaban el viaje en unas condiciones de insalubridad extrema, siendo sometidos a crueles castigos por parte de los negreros. Alexander Falconbridge (¿?-1792) cuenta como algunos esclavos se negaban a comer para poner fin a sus vidas. Un ex-esclavo llamado Gustavus Vassa describe con todo lujo de detalles las penurias sufridas en su viaje en que todos deseaban estar muertos antes que seguir viviendo en esas condiciones.

            Las islas del Caribe vieron incrementar vertiginosamente el número de esclavos: 5.000 en 1697, 15.000 en 1715 y 450.000 en 1789 en Haití. La diferencia demográfica, un blanco por cada veinte negros, creó entre la aristocracia de los plantadores una actitud dura y cruel con los negros. Aunque el Código Negro prohibía la tortura, ésta era practicada habitualmente. Los fugitivos eran obligados a llevar un collar erizado de varillas de hierro. En otros casos se les cortaba el tendón de la pierna para evitar su fuga. A los esclavos acusados de haber partido un tallo de caña se les ponía un bozal de hojalata que aprisionaba toda su cabeza. Esta práctica se siguió hasta 1785 cuando una norma de Luís XVI prohibió su importación y fabricación de estos inhumanos artilugios.

En una publicación escrita por un propietario de plantaciones azucareras en la parte francesa de Santo Domingo, cuya población se estima que podía ser de 580.000 a 700.000 habitantes, de las cuales sólo unos 36.000 eran blancos, puede leerse:

            “El número de esclavos siendo infinitamente superior al de los blancos, los medios más poderosos no pueden derivarse de la fuerza física. Deben en consecuencia ser extraídos de la fuerza moral. Es pues, conservando la opinión que establece una gran distancia entre el blanco y el negro, que se puede anular la fuerza real”.[3]

            Uno de los grandes temores de la nobleza europea era el mestizaje. En 1703 la nobleza no quiso aceptar a colonos que se hubieran casado con mujeres de color. Así pues, era necesario hacerse reconocer como “blanco”. Entre 1705 y 1724 las ordenanzas distinguían entre “negros libertos” de los “libres de color”. De 1724 a 1772, los líderes mestizados fueron excluidos de las judicaturas y de los empleos reales. Desde 1760 los cargos de oficiales en el ejército eran reservados tan solo a los blancos. En definitiva a lo largo del siglo XVIII se fueron creando una serie de leyes segregacionistas que discriminaban a los mestizos y que fueron configurando una categoría social “blanca”.

            Para los plantadores estadounidenses los problemas provenían de las habituales huidas de los esclavos, algunos incluso lo hacían el primer día de desembarcar en puerto. Muchos se escapaban cuando iban a vender a sus familiares o cuando no les dejaban casarse. Entre 1732 y 1790, los periódicos sureños publicaron avisos de captura de hasta 7846 esclavos fugitivos, pero sin duda este número debía de ser muchísimo mayor. Tal debía de ser la desesperación de los esclavos que se relató el caso de un esclavo sastre, de nombre “General”, que en 1784 escapó, a pesar de que “tenía las piernas amputadas de las rodillas para abajo”. Piernas amputadas seguramente a que intento la huía en al menos un par de ocasiones.

Los colonos blancos trataban por todos los medios de abortar las huidas, por ello procuraban que los negros no conocieran el territorio, divulgaban mentiras de que los indígenas comían africanos y de que los ríos, como el Ohio, eran impracticables con miles de kilómetros de ancho. Pero lo que más resultado daba era la violencia organizada: cuadrillas armadas, perros adiestrados para cazar seres humanos, y patrullas se encargaban de vigilar las carreteras controlando el movimiento de los negros.

A los fugitivos capturados se les castigaba brutalmente; les cortaban los pies; les marcaban la frente con una “R” (runaway en ingles). A otros se les vendía río abajo. George Washington, vendió en 1776 un esclavo de nombre “Negro Tom” en las Antillas por ser rebelde.

Fugarse significaba afrontar enormes peligros. Por lo general los esclavos huían con muy poco y sin saber dónde encontrarían auxilio. Los que conseguían escapar sufrían grandes penurias. Algunos no aguantaban y regresaban a la plantación, luego de pasar un tiempo en el bosque. Otros intentaban buscar las legendarias comunidades de cimarrones (esclavos escapados) en las montañas o pantanos. También había quien se quedaba a vivir con los indígenas, y los menos encontraban refugio en La Florida o en el Canadá.

Incluso los esclavos liberados tenían problemas. Es famoso el triste caso del esclavo libre John Davis que enfrentó a los estados de Pensylvania y Virginia. El gobernador de Pensilvania, Thomas Mifflin, solicitó la extradición de John Davis, pero el gobernador de Virginia, Beverly Randolph, se negó a la solicitud de extradición con el argumento de que Davis era un esclavo fugitivo sujeto a la entrega, que debía de abonarse en forma de rescate. Mifflin se negó alegando que Davis era libre y que por lo tanto sus derechos debían ser protegidos. Para solventar este y futuros problemas se promulgó la Ley de Fugas de Esclavos (Fugitive Slave Act) según la cual se negaba el estatuto jurídico a los esclavos liberados. No se les permitía juicios con jurado y también se les negaba el permiso para presentar pruebas de su libertad ante un tribunal. También se estableció como delito ayudar a un esclavo a escapar, así como el mecanismo jurídico por el cual se podían embargar los bienes a los esclavos, aunque estos fueran libres. Esta ley fue aprobada por el Congreso por abrumadora mayoría y firmada el 12 de febrero de 1793 por el entonces presidente George Washington.

Aun así hubo mucha gente que ayudó a los esclavos a encontrar la libertad. Durante el s. XIX se organizó una red clandestina denominada ferrocarril subterráneo (Underground railroad) que ayudó, según estimaciones, a más de 100.000 esclavos a escapar de las plantaciones. Esta red estaba formada por afroamericanos que habían sido esclavos y por activistas blancos del movimiento abolicionista. El nombre de ferrocarril subterráneo bien por el hecho de que sus miembros empleaban términos en clave extraidos del mundo ferroviario, así por ejemplo los organizadores eran “conductores” o “maquinistas” y los fugitivos “pasajeros” o “maletas”; las casas particulares eran “estaciones”; la jefatura era la “Estación Central”; las rutas de escape eran “carriles”, y los estados norteños y Canadá eran “el destino”.

El matrimonio de cuáqueros Levi y Catherine Coffin, fueron jefes de estación por más de veinte años, y durante ese tiempo pasaron por su casa (la estación) más de 2.000 fugitivos. También es reconocida la labor que realizó Harriet Tubman, a quien llamaban la Moisés de los esclavos. Nacida esclava en Maryland se escapó en 1848, y a partir de entonces regresó hasta 19 veces al Sur para ayudar a escapar a cientos de esclavos. Los esclavistas llegaron a ofrecer hasta 40.000 $ por ella, viva o muerta.

El afán por cuantificar y medicalizar cualquier trastorno social, llevó al Dr. Cartwright a diagnosticar una supuesta enfermedad que padecerían los esclavos negros que quieren huir. A esta “enfermedad” la denominó drapetomanía, término que acuñó en un artículo publicado en el New Orleáns Medical and Surgical Journal en 1851, y en su opinión consistía en un desorden médico que padecerían los esclavos caracterizado por unas “ansias de libertad”, sentimientos en contra de la esclavitud y una necesidad de tratar de escapar de sus dueños. Además, sugería que con “el consejo médico adecuado y estrictamente seguido, esta práctica podría prevenirse”. El tratamiento prescrito para esta “enfermedad” era “sacarles el demonio a latigazos”. Esta era la forma de realizar “racismo científico” tan característico del s. XIX.

“Es desconocida para nuestras autoridades médicas, aunque su síntoma, la huída del trabajo, es bien conocida para nuestros plantadores y supervisores… […] La causa, en la mayoría de los casos, que induce al Negro a escapar de su deber, es una enfermedad mental como cualquier otra, y mucho más curable por regla general. [Esta práctica] puede ser casi completamente prevenida, incluso aunque se coloque a los esclavos en la frontera de un estado libre, a tiro de piedra de los abolicionistas.

Tratados amablemente, bien alimentados y vestidos, con el combustible necesario para mantener un fuego toda la noche– separados por familias […]– no permitiéndo que se escapen por la noche a visitar a sus vecinos, ni que reciban visitas o consuman licores, sin que trabajen en exceso y sin exponerlos demasiado al tiempo, son fácilmente gobernables. [Hecho esto] si alguno de ellos está dispuesto a levantar la cabeza al nivel de su maestro o supervisor, la humanidad y su propia bondad requiere que éste sea castigado hasta que vuelvan al estado sumiso que están destinados a ocupar por siempre, desde que su padre recibió el nombre de Canaan o “humilde siervo”. Sólo tienen que ser mantenidos en ese estado y tratados como niños, con cariño, amabilidad, atención y humanidad, para prevenir y curar sus ansias de huída.”[4]

Entre 1790 y 1860, la población de esclavos en los Estados Unidos creció de 500.000 a cuatro millones y sus condiciones de vida empeoraron. Muchas pequeñas fincas vendieron sus esclavos a las grandes plantaciones de algodón y azúcar, donde les mataba el exceso de trabajo. El aparato de represión del esclavo se reforzó. Los estados sureños se convirtieron en una gigantesca red de prisiones, con guardias armados y cazadores de esclavos. Los esclavistas aceleraron así su propia carrera armamentística para intensificar la represión de los negros.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Blackburn, Overthrow, pag. 11
[2] Barbara Fields. «Slavery, Race and ideology in the United States of America», New Left Review , 181, 1990, pág. 102.
[3] El siglo XVIII “de las luces”. Pensadores ilustrados, enciclopedistas y revolucionarios contra la esclavitud. http://www.cedt.org/luces.htm
[4] Dr. Cartwright. Enfermedades y peculiaridades de la raza negra; 1851
Anuncios
Esta entrada fue publicada en Racismo y etiquetada . Guarda el enlace permanente.