20.3. La Declaración sobre la raza

Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo toma conciencia de las desastrosas consecuencias que las ideologías racistas habían llegado a provocar en el mundo: campos de concentración, holocausto, genocidio, guerra, muerte y sobre todo, mucho dolor.

“La grande y terrible guerra que acaba de terminar no hubiera sido posible sin la negación de los principios democráticos de la dignidad, la igualdad y el respeto mutuo de los hombres, y sin la voluntad de sustituir tales principios, explotando los prejuicios y la ignorancia, por el dogma de la desigualdad de los hombres y de las razas”.[1]

Era pues necesario tomar medidas políticas, culturales y científicas para que estos hechos no volvieran a suceder, y por tanto había que atacar de frente el problema que la ideología racista había producido.

“Los mitos y supersticiones raciales habían contribuido directamente a crear el clima bélico y llevaron, finalmente, al asesinato de millones de seres – o al genocidio, como hoy se denomina a ese delito internacional. No obstante la magnitud universal de tal destrucción, los mitos y supersticiones raciales han sobrevivido y continuarán amenazando a la humanidad entera. Era necesario, por lo tanto, hacer una declaración que venga a contrarrestar, utilizando para ello hechos científicos, la virulencia de esa amenaza”.[2]

La propia Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó, el 10 de diciembre de 1948, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esta declaración histórica reconoce que el respeto de los derechos inalienables de todos los seres humanos, constituyen el fundamento de la libertad, la justicia y de la paz en el mundo. Por ello es esencial que los derechos humanos queden protegidos por un estado de derecho. Los cuatro primeros artículos de la Declaración de Derechos reconocen cuatro hechos esenciales de la dignidad humana: el reconocimiento de la igualdad y libertad en dignidad y derechos, la no discriminación social en cuanto raza, sexo, religión o clase, el respeto fundamental a la vida, la libertad y la seguridad, y por último la condena de la esclavitud como forma de explotación humana.

Artículo 1: Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

Artículo 2: Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

Artículo 3: Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

Artículo 4: Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre, la esclavitud y la trata de esclavos están prohibidas en todas sus formas.

De trabajar por la paz, la seguridad y la fundamentación de los derechos humanos se encargó principalmente la UNESCO, una agencia especial creada en la ONU para el desarrollo de la cultura. La UNESCO fue tomando en los años siguientes el liderazgo mundial en el combate al racismo y toda forma de discriminación mediante una serie de instrumentos internacionales como: la Convención relativa a la Lucha contra las discriminaciones en la Esfera de la Enseñanza (1960); el protocolo que crea una Comisión Conciliadora y de Buenos Oficios; la Declaración sobre los principios fundamentales para el fortalecimiento de la paz y la comprensión internacional (1978); y las diferentes Declaraciones sobre la raza y los prejuicios raciales (1950, 1951, 1964, 1967 y 1978).

En la cuarta conferencia general, su director general, el mexicano Jaime Torres Bidet, propuso tres medidas de acción: primero, recoger materiales científicos concernientes al problema de la raza; segundo, dar difusión a la información científica recogida; y por último, preparar una campaña educacional basada en esta información. El antropólogo brasileño Arthur Ramos, encargado del departamento de ciencias sociales de la institución, fue el encargado de dar forma a este proyecto. Una de sus iniciativas fue congregar a expertos científicos sobre el racismo. En diciembre de 1949 se reunieron en París un grupo de científicos sociales, biólogos, genetistas, fisiólogos, sociólogos y antropólogos de todo el mundo: Ashley Montagu (EEUU), Ernesto Beglehole (Nueva Zelanda), Juan Comas (México), L.A. Costa Pinto (Brasil), Franklin Frazier (EEUU), Morris Ginsberg (Gran Bretaña), Humayun Kabir (India), Claude Leví-Strauss (Francia) y J.R. Ximou (España).

El texto original fue revisado por el profesor Montagu en atención a varias sugerencias realizadas por otras ilustres personalidades como: Hadley Cantril, E.G. Conklin, Gunar Dahlberg, Theodosius Dobzhansky, L.C. Duna, Donald Hager, Julian S. Huxley, Otto Klineberg, Wilbert Moore, H.J. Muller, Gunnar Myrdal y Joseph Needham.

El 18 de julio de 1950 se publican por fin las conclusiones bajo el título de “Declaración sobre la raza”. En ella se rechazaba la noción de que dentro de la especie humana existan diferencias fundamentales basadas en la raza, y se condenaba de manera inequívoca las teorías del suprematismo racial. El texto de la Declaración comenzaba de la siguiente manera:

“Los hombres de ciencia están de acuerdo en reconocer que la humanidad es una y que todos los hombres pertenecen a la misma especie, la del Homo sapiens. Admiten, además, – salvo escasas excepciones – que todos los hombres descienden de un mismo tronco común, y que las diferencias existentes entre los diversos grupos humanos se deben a la acción de los factores evolutivos de diferenciación, tales como la modificación en la situación respectiva y la fijación accidental de las partículas materiales que determinan la herencia (genes), los cambios estructurales de estas mismas partículas, las mutaciones, la hibridación y la selección natural. Así han ido formándose grupos, más o menos estables y diversos, que han sido clasificados de diferentes maneras y con distintos propósitos”.[3]

            Las conclusiones del documento las podemos resumir en cinco puntos principales:

  • Los únicos rasgos que los antropólogos pueden recurrir como base para sus clasificaciones raciales, son exclusivamente físicos y fisiológicos.
  • En el estado actual de nuestros conocimientos no hay nada que aporte una prueba concluyente de que los grupos humanos difieren entre si por sus caracteres mentales innatos, trátese de la inteligencia o del temperamento. La ciencia demuestra que el nivel de las aptitudes mentales es casi igual en todos los grupos étnicos.
  • Los estudios históricos y sociológicos corroboran la opinión, según la cual las diferencias genéticas no tienen ninguna importancia en la determinación de las diferencias sociales y culturales que existen entre los diferentes grupos del Homo sapiens. Los cambios sociales y culturales de los distintos grupos del Homo sapiens han surgido, en su conjunto, independientemente de las modificaciones experimentadas por su constitución hereditaria.
  • No hay pruebas de que el mestizaje produzca malos resultados en el terreno biológico. Y en el terreno social, los resultados buenos o malos, se deben, lógicamente, a factores de orden social.
  • Todo individuo normal es capaz de participar en la vida social, de entender lo que son los servicios mutuos, la reciprocidad, y de respetar sus obligaciones y compromisos. Las diferencias biológicas que existen entre los miembros de los diversos grupos étnicos no tienen relación alguna con los problemas que conciernen a la organización política y social, a la vida moral o al entendimiento entre los hombres.

El documento terminaba haciendo una llamada a trabajar por la fraternidad humana y a la solidaridad citando la Biblia en el libro del Génesis, 4, 9.

“Por último, cabe decir que los estudios han corroborado la ética de la fraternidad humana. El hombre es un ser social y no puede lograr el desarrollo pleno de su personalidad sino por medio del contacto y del trato con sus semejantes. El solo hecho de no reconocer la existencia de este vínculo social, común a los hombres, constituye un factor de desintegración. Por ello, ha de decirse que todo hombre es el guardián de su hermano, porque cada ser humano no es sino parte de una humanidad a la que se encuentra indisolublemente ligado”.[4]

Además de la Declaración, la UNESCO publicó un volumen colectivo con varios textos de antropólogos físicos y culturales de renombre, tales como Michel Leiris, que escribió “Raza y civilización”, Kenneth L. Little, que lo haría sobre “Raza y sociedad”, Harry L. Shapiro, que abordaría “Las mezclas raciales”, o Claude Leví-Strauss con “La Raza y la historia”.

Todos ellos aceptaron, más o menos, lo que es una raza física, pero dejándola reducida a tres grupos humanos (mongoloide, negroide y caucasoide). Fuera de esta clasificación general se relativiza toda determinación, adjudicando los factores diferenciales a la cultura y a las relaciones sociales.

El principal objetivo de la UNESCO era desmontar argumentalmente la raciología, si bien, como hemos visto a lo largo de este libro esta no era exclusiva de un país, sino que se había ido difundiendo por el planeta impregnando las políticas sociales de muchos países.

“Para convencerse de la perfecta simetría es suficiente poner este texto en paralelo con el tristemente conocido capítulo once del primer volumen del Mein Kampf. El monogenismo de la UNESCO se encuentra opuesto al poligenismo nazi; la idea del carácter arbitrario de las categorías raciales responde a una pretendida objetividad; la inestabilidad histórica de las razas reemplaza su esencia invariable; la hibridación racial cesa de ser deletérea y degenerativa; la hipótesis de las diferencias mentales e intelectuales de las razas es recusada, a fin de desaparecer con ella la ansiedad de la raza superior”. Stoczkowski, 2008.

En junio de 1951 tuvo lugar la segunda reunión de expertos en París. Las conclusiones fueron esencialmente las mismas:

  • Reconocimiento de que todos los hombres pertenecen a la misma especie y descienden del mismo tronco común.
  • Que la división en razas es, en parte convencional y en parte arbitraria, y que no implica en absoluto ninguna jerarquía.
  • No es posible imputar las realizaciones culturales de los pueblos a diferencias de potencial genético.

No obstante estas dos primeras declaraciones se referían a aspectos biológicos y antropológicos sin tener en cuenta aspectos económicos y sociales que en muchos casos son la base de las discriminaciones raciales. Por ello en 1964, en Moscú, se redactó la tercera Declaración, que aunque titulada “propuesta sobre aspectos biológicos de la cuestión racial” abordaba los aspectos históricos, económicos y sociales. En el artículo 13 se lee “… los diversos pueblos de la tierra parecen poseer hoy iguales potencialidades biológicas para alcanzar cualquier nivel de civilización. Las diferencias entre los resultados logrados por los distintos pueblos parecen deberse enteramente a su historia cultural”.

En 1967 vuelve a convocarse una reunión de expertos en París, donde se elabora la IV Declaración sobre la raza y los prejuicios raciales. Allí se define el racismo como las “creencias y actos antisociales basados en la falacia de que las relaciones discriminatorias entre grupos pueden justificarse por motivos biológicos”. El racismo “sostiene sin razón que hay una base científica para la jerarquización de los grupos en función de características psicológicas y culturales, consideradas como inmutables e innatas. Trata así de presentar como inviolables las diferencias existentes, con objeto de perpetuar las relaciones actuales entre grupos”.

El comité de expertos extrajo tres conclusiones principales:

  • Las causas económicas y sociales del racismo son especialmente perceptibles en las sociedades de colonos, caracterizadas por una gran desigualdad de poder y propiedad.
  • Se suele observar que los prejuicios raciales aparecen en individuos que padecen ciertos trastornos de personalidad.
  • El racismo tiene un efecto acumulativo, la discriminación priva a un grupo de la igualdad de derechos y presenta después a ese grupo como problema. Se tiende entonces a reprochar al grupo su propia situación, lo que conduce a una nueva ampliación de la teoría racista.

La gran aportación de la IV Declaración sobre la raza es que hace una llamada a todos los países para que empleen recursos educativos y económicos en dos sentidos:

  • Conseguir que en los planes de estudios que se dan en las escuelas tengan cabida nociones científicas sobre la raza y la unidad del género humano, y porque no se hagan distinciones denigrantes de ningún pueblo en los libros ni en las aulas.
  • Poner a disposición de todos los grupos humanos, sin ningún tipo de discriminación, los recursos y las enseñanzas profesionales que permitan una formación completa e integral.

La quinta y definitiva Declaración sobre la raza tuvo lugar en 1978 en París. En ella se refutaron y rechazaron de nuevo las tesis racistas y se demostró la unidad de la especie humana. La Declaración, estructurada en diez artículos, muestra la firme convicción de que todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y tienen el mismo origen; se condena el racismo, la discriminación racial y el crimen de apartheid; señala al Estado como responsable en la aplicación de los derechos humanos y de las libertades fundamentales de todas las personas; e invita a todas las organizaciones internacionales a que presten su cooperación y ayuda a la aplicación plena y entera de los principios de la Declaración.

Apoyando todas estas acciones se declaró el año 1971 Año Internacional de la Lucha contra el Racismo y la Discriminación Racial. En 1972, la Asamblea General de la ONU aprobó impulsar un programa de diez años para la lucha contra el racismo. También se realizaron dos Conferencias Mundiales para combatir el racismo y la discriminación racial. La primera tuvo lugar en Ginebra entre el 14 y 25 de agosto de 1978, con el tema principal del apartheid. La segunda se realizó del 1 al 12 de agosto de 1983, donde participaron 128 estados y en la que se denunció el encarcelamiento, por más de veintiún años, del dirigente pacifista Nelson Mandela en Sudáfrica. En 1988 se celebra en Ginebra una consulta mundial sobre el racismo y la discriminación racial, en la que se insiste en el tema educacional y se propone que la lucha contra el racismo no se atenga a planes de diez años, sino más bien a una lucha permanente contra él.

En 1981 la UNESCO realizó en Atenas un coloquio con eminentes personalidades científicas con el fin de examinar críticamente las distintas teorías pseudocientíficas que justificaban el racismo y la discriminación. El coloquio de Atenas evidenció la imposibilidad de alianza entre la ciencia y el racismo. Allí se realizó un trabajo interdisciplinar que permitió a cada uno de los participantes comprender el lenguaje de los demás y beneficiarse de sus preguntas y observaciones.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Declaración sobre la raza y los prejuicios raciales. Preámbulo. 1978.
[2] El Correo de la UNESCO. 1950
[3] Declaración sobre la raza. UNESCO. 1950
[4] El Correo de la UNESCO. Julio-agosto.1950
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