21.1. La condena cristiana de la esclavitud

Los primeros cristianos y la abolición de la esclavitud del Mundo Antiguo

            En todos los tiempos ha habido gentes que se han opuesto al inhumano tráfico y explotación de personas que supone la esclavitud, pero ha sido principalmente el cristianismo quien más ha luchado de manera especial contra él. La aparición del cristianismo, que proclamaba la igualdad en dignidad de todos los hombres, supuso un cambio de mentalidad total, que fue dando frutos paulatinamente a lo largo de los siglos. Se puede decir que, a medida que se fue difundiendo la esclavitud ha ido cediendo terreno. Por el contrario, donde el cristianismo ha sido minoritario o ha sufrido persecución, la esclavitud y otras formas de explotación humana han ido surgiendo.

Esta lucha por la dignidad tiene su fundamento en el mensaje evangélico, que aparece expresado de forma clara por San Pablo en la carta a los Gálatas:

            “Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; pues los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo. No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán, herederos según la promesa”. S Pablo Carta a los Galatas. 3,26-29

             “Quiero decir esto: Mientras el heredero es niño en nada se diferencia de un esclavo, aunque sea el dueño de todo. Está bajo tutores y administradores hasta el tiempo señalado por el padre. Así también nosotros, cuando éramos menores de edad, estábamos esclavizados bajo los elementos del mundo. Pero cuando se cumplió el tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley a fin de que recibiésemos la condición de hijos adoptivos. Y como prueba de que sois hijos, Dios ha enviado a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba, Padre! De suerte que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por la gracia de Dios”. S. Pablo Carta a los Galatas. 4. 1-7

            La predicación de S. Pablo trata de despertar en el esclavo la conciencia de su dignidad y también de sus deberes, llevándole a la aceptación de una situación que su fe de cristiano ha de hacer tolerable. Por otra parte, recuerda al señor, que sus siervos son iguales ante Dios Padre, y por lo tanto ha de tratarles con benevolencia. En el fondo lo que San Pablo resalta es la incompatibilidad del espíritu cristiano con la esclavitud.

            “Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne como a Cristo, con temor y temblor, en la sencillez de vuestro corazón… sirviendo con buena voluntad, como quien sirve al Señor y no a hombre; considerando que a cada uno le retribuirá el Señor lo bueno que hiciere, tanto si es siervo, como libre. Y vosotros, amos, haced lo mismo con ellos, dejándoos de amenazas, considerando que en los cielos está su Señor y el vuestro, y que no hay en Él acepción de personas”. Carta de S. Pablo a los Efesios, 6. 5-9

            También en el Antiguo Testamento aparecen textos en los que la esclavitud entre los judíos era desaconsejada. Pero si alguien era reducido a esclavitud, por causa de sus deudas o por la pobreza extrema que vivía, el amo debía someterse a normas legales benévolas como los jubileos.

            “Cuando compres un esclavo hebrero, servirá seis años, y el séptimo quedará libre sin pagar rescate. Si entró solo, solo saldrá; si tenía mujer, su mujer saldrá con él”. Ex. 21, 1-2

“Si se empobrece tu hermano en asuntos contigo y tú lo compras, no le impondrás trabajos de esclavo; estará contigo como jornalero o como huésped, y trabajará junto a ti hasta el año del jubileo. Entonces saldrá de tu casa, él y sus hijos con él, volverá a su familia y a la propiedad de sus padres. Porque ellos son siervos míos, a quienes yo saqué de la tierra de Egipto; no han de ser vendidos como se vende un esclavo. No serás tirano con él, sino que temerás a tu Dios.” Lv. 25,39

            Si para la sociedad romana el esclavo no tiene religión, el cristianismo no duda en acogerle totalmente en un plano igualitario, con lo que demuestra que es posible una sociedad donde no haya diferencias entre libres y esclavos. Así el escritor latino Lactancio (245-325) en su obra Divinae instituciones afirma que “para nosotros no hay siervos, sino que a éstos los consideramos y llamamos hermanos en el espíritu y consiervos en la religión”.

            San Cirilo de Alejandría (370-444) reconoce con orgullo que entre los obispos, sacerdotes o diáconos hay esclavos y libres. Otros autores como San Ireneo, Tertuliano o Taciano se muestran orgullosos de haber roto una desigualdad que no podía tolerar la ley natural ni la ley de Cristo. San Gregorio Nacianceno (329-389) declara incompatible la esclavitud con el cristianismo, y San Cipriano de Cartago (200-258) la reprueba en los cristianos como un delito.

            El papa Calixto (155-222) fue esclavo y declaró legítimos los matrimonios entre esclavos y libertos, así como el que en los cementerios cristianos no se haga mención de la condición de esclavos de los allí enterrados, como sí era costumbre de hacerlo en los cementerios civiles. Paulatinamente se va generalizando la manumisión o liberación de esclavos.

            San Ignacio de Antioquia habla de la “limosna de la libertad” en la que, una parte de lo que daban los fieles se empleaba para liberar esclavos. En época de San Cipriano se recogieron cotizaciones para liberar esclavos en Numidia. San Ambrosio vendió los vasos sagrados con este fin. San Clemente Romano exalta el ejemplo heróico de los cristianos que se someten a la esclavitud para liberar a otros.

            Poco a poco se va afianzando la conciencia de que el esclavo es persona con ciertos derechos inalienables, de tal manera que se puede afirmar con seguridad que durante el milenio medieval cristiano se produce la desaparición completa de la esclavitud en Europa.

            El emperador Constantino (272-337) promulgará una serie de medidas significativas: prohibe marcar la cara de los esclavos, suprime el castigo de crucifixión para ellos, declara culpable de homicidio al amo que haya causado la muerte de algún esclavo y prohibe separar a padres, hijos y hermanos en la venta de terrenos. Justiniano castigará el rapto de una mujer esclava con la misma pena que el de la libre, además permitirá a los senadores esposar esclavas y prohibirá separar del suelo a los esclavos. Estos avances en el proceso de abolición de la esclavitud solo se verán frenados durante el reinado de Juliano el Apóstata, emperador anticristiano y pagano que persiguió a los cristianos, o bien con las invasiones bárbaras hasta que estos pueblos son cristianizados paulatinamente. Así lo reconoce Régine Pernaud en su obra “¿Qué es la Edad Media?”:

            “La esclavitud es, probablemente, el hecho que más profundamente marca la civilización de las sociedades antiguas. Sin embargo, cuando se analizan los manuales de historia, se observa con sorpresa la discreción con que tal hecho se evoca; y la sorpresa aumenta al ver la extraña reserva con que se trata la desaparición de la esclavitud al comienzo de la Edad Media y más aún su brusca reaparición a principios del siglo XVI… Si uno se entretiene, como yo lo he hecho, en revisar los manuales escolares de las clases secundarias, se comprueba que ninguno de ellos señala la desaparición progresiva de la esclavitud a partir del siglo IV. Evocan con dureza la servidumbre medieval, pero silencian por completo – lo que resulta paradójico – la reaparición de la esclavitud en la Edad Moderna”. Régine Pernaud.

            Algunos autores modernos traducen la palabra siervo por esclavo faltando al rigor histórico del derecho y las costumbres, ya que no hay punto de comparación entre el servís antiguo o esclavo y el siervo medieval o servís, ya que el primero era una cosa y el segundo era un hombre. El historiador José Luís Cortés López advierte de la prudencia en el uso de los términos siervo-cautivo-esclavo, ya que “estas tres palabras que hoy en día pueden parecer sinónimas, debieron tener acepciones diferentes, pero en los documentos no aparecen bien delimitadas por lo que pueden originar errores de interpretación”. En este sentido es representativo como los escolásticos gustaban de emplear la palabra servís para distinguirla de los esclavos del mundo pagano antiguo. Además, a medida que la esclavitud se va reimplantando en el mundo occidental del s. XVI, se les denomina esclavos, conscientes de que se trataba de una categoría distinta de los siervos medievales.

            Durante el medievo se establecieron algunas normas como la del derecho de asilo al esclavo que huye y la promesa de pedir perdón al amo al ser de nuevo capturado; la prohibición del castigo físico; la defensa del matrimonio entre esclavos, o entre libres y esclavos; la solicitud del descanso corporal para el esclavo, insistiendo en la manumisión y, cuando no sea posible, en suavizar el trato y el trabajo corporal.

Gregorio I Magno (540-604) dio normas concretas sobre el trato a los siervos: insiste en la obligación en monjes y eclesiásticos de apartar en la producción, primeramente, lo necesario a los siervos; en que se fijen con caridad las prestaciones, que éstas no pueden agravarse y que se restituya a los siervos lo que se hubiere percibido de más; sobre las concesiones de tierras por, un pequeño canon, siempre menor que el de los señores civiles.

            Si para Aristóteles (Política I, 2 y 5) la esclavitud es de derecho natural, es decir, conforme a la naturaleza del hombre, para Santo Tomás de Aquino, la servidumbre “no podía existir en el estado de inocencia” como tampoco existía el vestido. La servidumbre, servitus, “no fue impuesta por la naturaleza, sino por la razón natural para utilidad de la vida humana. Y así no se mudó la ley natural sino por adición”. Para Domingo de Soto, la servidumbre puede ser incluso “no sólo lícita, sino también fruto de la misericordia”, cuando con ella se conmuita una pena de muerte o por ella se libra a la persona de una opresión mayor.

            Los mismos indios americanos poseían esclavos por compra, por castigo penal o por guerra. En muchos casos los propios prisioneros de guerra eran sacrificados. En los mercados indígenas era normal encontrar esclavos que eran comprados para el servicio, para los sacrificios rituales o para ser comidos. (F. Hernández, Antigüedades de México). Bernardino de Sahagún precisa que en el tianguis azteca, el traficante de esclavos era el “mayor y principal de todos los mercaderes”.

Las congregaciones religiosas liberadoras de esclavos.

            Durante la Edad Media la esclavitud prácticamente desapareció de los países Cristianos. Esta fue reemplazada por la servidumbre, una condición intermedia en la cual los hombres disfrutaban de todos sus derechos personales, excepto el derecho a dejar la tierra que cultivaban y el derecho a disponer libremente de su propiedad. Con los tiempos modernos, la servidumbre empezó a desaparecer en los países Católicos, durando más tiempo en aquellos lugares que se unieron al Protestantismo.

            Pero a medida que iba desapareciendo la servidumbre, empezó a resurgir la esclavitud. Si en la Europa cristiana la esclavitud había desaparecido completamente, no así había sucedido entre los musulmanes, que realizaban guerras periódicas para proveerse de prisioneros que, o bien se convertían al Islam o bien eran reducidos a esclavitud. Las guerras en el Mediterraneo con los musulmanes y el comercio mantenido con el Este, hizo que países como España e Italia, tuvieran esclavos, principalmente turcos y cautivos importados por comerciantes sin conciencia. Estos esclavos eran bien tratados y puestos en libertad si solicitaban el bautismo. Pero el número de estos esclavos siempre fue reducido en comparación con el de cristianos cautivos reducidos a esclavitud en los países Musulmanes. Estos prisioneros eran tratados con crueldad y estaban en peligro constante de perder su fe. Para tratar de salvarlos, socorrerlos y redimirlos se fundaron varias órdenes religiosas.

            La Orden de los Padres Trinitarios fue fundada en 1189 por S. Juan de Matha (1150-1213) y S. Felix de Valois (¿?-1212). La regla más altruista y heróica de los trinitarios era la de intercambiarse (incluso dando su vida) para ocupar el lugar y suerte destinada a los cautivos. En la mayoría de los casos, los esclavos eran liberados pagando un precio por su libertad, dinero que los trinitarios se preocupaban por buscar. La orden estableció hospitales para esclavos en Argelia y Túnez en los siglos XVI y XVII, y desde su fundación hasta el año 1787 liberaron a más de 900.000 esclavos. Uno de los cautivos más famosos liberado por los padres Trinitarios fue Miguel de Cervantes Saavedra. Algunos autores reconocen que la Orden de los Trinitarios equivale a una versión de la Cruz Roja en tiempos de la Baja Edad Media.

            Otra congregación importante fue la Orden de Nuestra Señora del Rescate, más conocida como Orden de los Mercedarios. Fundada en el siglo XIII por S. Pedro Nolasco (1189-1245), y establecida especialmente en Francia y España, llegó a liberar a más de 490.000 esclavos entre los años 1218 y 1632. Su fundador añadió a los tres votos regulares un cuarto, “convertirse en un rehén en manos de los infieles, si esto es necesario para la liberación de un fiel a Cristo”. Muchos mercedarios mantuvieron este voto aún hasta el martirio. Al igual que los trinitarios, los mercedarios llegaron a canjear sus vidas por la de presos y esclavos. Existen actas de más de 300 mártires mercedarios que dieron su vida.

            En 1625 el francés S. Vicente de Paul (1576-1660) fundó la Congregación de la Misión, más conocida como Padres Paules. San Vicente fue hecho esclavo en Argelia en 1605, siendo testigo de los sufrimientos y peligros de los esclavos cristianos, por ello se propuso fundar una orden que no solamente se encargara de redimir a los cautivos, sino además les proporcionara asistencia espiritual y material. En 1642, a petición de Luís XIV, varios sacerdotes de la congregación fueron enviados al norte de África. Muchos de ellos fueron investidos de funciones consulares en Túnez y Argelia. En apenas veinte años, lograron liberar a más de 1.200 esclavos a un costo de 1.200.000 livres.

            El historiador protestante Bonet-Maury reconoce que ninguna de las expediciones enviadas por Europa contra los estados bárbaros igualó “el efecto moral producido por el ministerio de consuelo, y abnegación, llegando aún hasta el sacrificio de la libertad y la vida, que fue ejercido por los humildes hermanos de San Juan de Matha, San Pedro Nolasco, y San Vicente de Paul” (Bonet-Maury, “France, christianisme et civilisation”, 1907, p. 142).

            Considerado patrono de los esclavos, S. Pedro Claver (1580-1654) fue un jesuita español que se encargó de aliviar el sufrimiento de los esclavos negros que llegaban al puerto de Cartagena de Indias en Colombia. Pedro Claver esperaba a los barcos en el puerto, alimenta a los negros que llegan sin fuerzas, cura a los enfermos, intenta comprar a los que puede y a los que nadie quiere, y bautiza a los moribundos. Conocido como “el esclavo de los esclavos” se entregó por completo en la defensa de los derechos humanos de los negros y en el compromiso preferencial de la Iglesia por los pobres y marginados.

            También fueron grandes misioneros de los negros el Padre Alonso de Sandoval (1576-1652) y Diego de Avendaño (1594-1688). Al P. Sandoval se le debe una de las más importantes denuncias del comercio de esclavos de su tiempo. En la obra “De la salvación de los negros” denunció el inhumano trato que se les daba:

“Cada año llegan al puerto unos 12 o 14 barcos cargados de esclavos. Estos tienen la idea de que una vez en tierra, los matarán. Los comerciantes de esclavos los traen atados de seis en seis, cuellos y pies encadenados. Han hecho el viaje en las bodegas de los barcos, donde nunca pueden ver la luz del sol; el lugar es tan sucio que sólo el estar en él ya puede causar una enfermedad. Cada 24 horas reciben un pobre alimento consistente en medio plato de harina de maíz o mijo y una pequeña taza de agua. Sólo reciben malas palabras y castigos. Debido a este tratamiento, los esclavos el llegar parecen esqueletos. Al desembarcar se les lleva a un corral, o a un patio grande, donde muchas personas van a verlos, unos por curiosidad, otros llevados de su codicia, y algunos movidos por la compasión. Estos últimos son los misioneros; ellos van pronto; pero a menudo, encuentran ya muchos muertos”. Alonso de Sandoval.

 “van de seis en seis encadenados por argollas en los cuellos, asquerosos y maltratados, y luego, unidos de dos en dos con argollas en los pies. Van debajo de la cubierta, con lo que nunca ven el Sol o la Luna. No se puede estar allí una hora sin grave riesgo de enfermedad. Comen de 24 en 24 horas una escudilla de maíz o mijo crudo y un pequeño jarro de agua. Reciben mucho palo, mucho azote y malas palabras de la única persona que se atreve a bajar a la bodega, el capataz“. A. Sandoval.

            En el Perú hay que destacar a dos sacerdotes. Santo Toribio de Mogrovejo que trató a los negros como hijos liberando cuantos pudo, y el P. Francisco del Castillo que fue el infatigable apostol de los negros del Perú.

            Los religiosos Fray Francisco José de Jaca y Fray Epifanio de Moirans también destacaron en la defensa de los negros y la denuncia de la esclavitud. El primero nació en Aragón, España. El segundo en Moirans, Francia. A partir de 1681 sus vidas corrienron paralelas, en sus convicciones, sus sufrimientos como profetas de la libertad, sus escritos contra la esclavitud, sus procesos judiciales, su suspensión y excomunión y sus tempranas muertes.

“Que los negros que se traen a vender y se tienen por esclavos, son libres y que están obligados los poseedores a darles luego y a sus hijos libertad y restituirles lo servido, negando la absolución sacramental en las confesiones a los que no prometían darles luego la libertad.”[1]

El documento inédito del Archivo General de Indias de Sevilla contiene el «Expediente» del proceso jurídico contra los dos profetas: «no solamente proclamaron la libertad de los negros, sino que llegaron a rehusar la absolución sacramental a todos aquellos que no prometían en la confesión dar libertad a sus esclavos y pagarles los jornales correspondientes a todo el tiempo que los habían tenido a su servicio».

Fueron suspendidos de la facultad de confesar y predicar, y luego excomulgados por el obispo, el 3 de diciembre de 1861. Apresados, fueron perseguidos no sólo por los dueños de esclavos, sino por las autoridades eclesiásticas. Hubiera sido fácil para ellos «arrepentirse» y ganar su libertad y continuar su labor. Pero continuaron firmes en su posición y cada uno de ellos escribió un libro contra la esclavitud.

En la América portuguesa hubo dos jesuitas que trabajaban en Bahia y que condenaron abiertamente la esclavitud. El P. Gonzalo Leite (1546-1603) sostenía que «ningún esclavo de Africa o de Brasil es cautivo justamente». Escribía: «Veo a nuestros sacerdotes confesar homicidas y robadores de libertad, de hacienda y sudor ajenos, sin restitución del pasado ni remedio de males futuros…». Su postura se hizo por demás incómoda para los jesuitas mismos, por lo que fue obligado en 1586 a volver a Portugal, calificado como «inestable».

El P. Miguel García (1550-1614) combatió sobre todo la existencia de esclavos en los conventos religiosos, práctica común en la época. Su denuncia incomodó mucho a los terratenientes y los superiores de la Orden vieron conveniente traerle a Europa para evitar enfrentamientos mayores.

Hacia 1680 encontramos a dos curas de Cartagena involucrados en la defensa de grupos de negros cimarrones huidos a los palenques en busca de libertad. El doctrinero de Tenerife D. Migeul del Toro y el de Turbaco D. Baltasar de la Fuente.

Los sacerdotes y religiosos que denunciaron la esclavitud tuvieron que hacer frente a la incomprensión de los gobernates y gentes de poder. Así por ejemplo sucedió en 1713 con el obispo de Cartagena, Fray Antonio Maria Cassiani, quien fue denunciado por el gobernador de Cartagena D. Jerónimo de Badillo por dar la libertad a sus esclavos, y fomentar este ejemplo entre las gentes de la ciudad.

Los Reyes Magos como símbolo de la unidad de las razas

El Evangelio de San Mateo solo habla de unos magos del Oriente, pero no los describe.

“Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque una estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarle…y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose lo adoraron, y abriendo sus tesoros le ofrecieron presentes; oro, incienso y mirra”. Mt.2

Durante los primeros tiempos del cristianismo su número era indeterminado. Fueron las representaciones artísticas las que le fueron dando su actual número y apariencia. En el s. III en las catacumbas romanas son dos, en el s. IV aparecían dos o cuatro. En la iglesia siria y armenia se hablaba de doce magos, que prefiguraban los doce apóstoles quienes representaban a cada una de las tribus de Israel. Para la iglesia copta de Egipto este número llegó a sesenta. Pero fue el criterio de Orígenes (185-245) el que acabó imponiéndose. Orígenes afirmaba que eran tres, pues San Mateo sólo habla de tres presentes. En el s. V el papa San León I estableció que los Reyes Magos eran tres, como tres eran las ofrendas.

            También en el s. III se les empezó a denominar reyes, gracias a Quinto Tertuliano (160-220), que los llamó así debido al Salmo 72 sobre la venida del Mesías: “Los reyes de Tarsis y de las costas traerán presentes; los reyes de Sabá y de Seba ofrecerán dones”.

            Sus nombres, Balthassar, Melchior y Gaspar, sólo aparecen hacia el 520 en un mosaico bizantino localizado en Rávena. Los griegos los llamaron Appellicon, Amerín y Damascón. Los de origen hebreo, Magalath, Galgalath y Serakín. Para los sirios, Larvandad, Hormisdas y Gushnasaph. Respecto a sus edades también hubo discrepancias, hasta que en el s. XV, el obispo italiano Petrus de Natalibus en el libro “Leyendas de los santos” aportó datos sobre las edades de los reyes: Melchor tendría sesenta años, Gaspar cuarenta y Baltasar veinte. Con ello se quería simbolizar las tres edades de la humanidad: juventud, madurez y ancianidad.

El primero que atribuye el color negro al rey Baltasar es el inglés Beda el Venerable (672–735). Así, Melchor de Persia era un anciano de 60 años de piel rosada y barba rubia que iba a caballo; Gaspar era rey de India, tenía la tez blanca, 40 años y viajaba sobre un elefante; mientras Baltasar, con 28 años, el más joven, era rey árabe, era blanco y montaba un camello.

Pero no aparece ninguna representación del rey negro hasta el siglo XIV. Parece ser que la idea surgió de los pintores flamencos alemanes. Precisamente en la catedral de Colonia estaban, desde 1164, enterrados los restos de los Magos de Oriente. Hubo que esperar al s. XVI para que se identificaran las razas de los tres reyes y para que Baltasar fuera negro. Fue en esa época que la Iglesia Católica introdujo un simbolismo inédito al identificar a cada uno de los tres magos con los tres hijos de Noé representando así a todas las razas humanas. Así, el rey Melchor pasó a representar a los europeos descendientes de Jafet. El rey Gaspar simbolizaría a los asiáticos descendientes de Sem. Y finalmente el rey Baltasar representaría a los africanos descendientes de Cam. Con ello reconocían en el mago negro su realeza y bondad.

Adoración de los Reyes del Retablo de Wurzach por Hans Multscher (1400-1467). ”La adoración de los Reyes Magos”. H. Memling. Museo del Prado. 1470.

 

Con el descubrimiento del Nuevo Mundo, se quiso representar también a las razas recién descubiertas, y así sucedió en el retablo portugués de la Catedral de Viseu, en la que Baltasar es presentado como un pintoresco jefe indio de Brasil, con su jabalina emplumada. En Cuba y Puerto Rico día de la Epifanía (6 de enero), era celebrado por los esclavos como el día de la Pascua de los Negros.

En 1601 los letrados de Londres encargaron a Shakespeare la obra de teatro: “Noche de reyes”, que fue representada ante la reina Isabel I. Esta fue la primera vez que se vio un Baltasar negro en Inglaterra.

La labor de los Capuchinos

            La orden de los Capuchinos destacó también en la lucha por la justicia y la abolición de la esclavitud. Muchos fueron los padres Capuchinos que denunciaron lo injusto del comercio de esclavos y de las inhumanas condiciones de estos. Entre ellos podemos destacar al padre Francisco José de Jaca (1645-1686) que trabajó como misionero entre los indios en Venezuela y Cartagena de Indias, y hacia 1681 se trasladó a Cuba. Allí se dedicó a predicar que “los esclavos eran libres” por derecho divino, y que por tanto era contrario a la ley de Dios tener esclavos. La predicación y la confesión eran los medios más eficaces al alcance del capuchino, para intentar convencer a la gente removiendo sus conciencias de la ilicitud de la esclavitud. Se mostró incluso más audaz negando la absolución sacramental, a los que confesando el pecado de tener esclavos “no prometían darles luego la libertad”. Recorrió las rutas negreras, Cumaná, Islas Barbados, etc. con la intención de conocer con más detalle todo el mundo de la trata. Los señores de esclavos protestaron y Fray Francisco fue llevado a prisión. Allí escribió un libro de denuncia titulado “Resolución sobre la libertad de los negros y sus originarios, en el estado de paganos y después ya cristianos” (1682). Sus prescipciones fueron más tarde reconocidas por la Inquisición en un decreto (1686). Estas se resumen en seis puntos:

  1. Que un hombre no está facultado para privar de la libertad a otro con carácter absoluto.
  2. Que la libertad no puede renunciarse, aun cuando la naturaleza no impida a nadie ser esclavo, pues ello repugna al orden de las causas finales en los seres dotados de albedrío y discernimiento.
  3. Que no tiene ningún propósito ni moral justificación la esclavitud de hombres, naturalmente libres, por parte de otros menos capaces, que es la característica de la servidumbre comercial.
  4. Que no hay justo título para la esclavitud indiscriminada, es decir, la que no deriva del derecho cierto de conquista.
  5. Que una mejora en el derecho positivo, permaneciendo los esclavos bajo las mismas leyes que los amos, nada vale si no se acompaña de la restitución del derecho natural, a saber, de la libertad.
  6. Que no cabe alegar ignorancia invencible en los poseedores, por cuanto el derecho natural no requiere de promulgación, al estar grabado en los corazones humanos.

            Fray Epifanio de Morains fue otro misionero capuchino que trabajó en la cuenca del Caribe. Mientras estaba en Venezuela, el gobernador le mandó apresar por haber denunciado sus negocios irregulares con esclavos. La acusación decía que “no solamente proclamaba la libertad de los negros, sino que llegó a rehusar la absolución sacramental a todos aquellos que no prometían en la confesión dar libertad a sus esclavos y pagarles los jornales correspondientes en todo el tiemo que los habían tenido a su servicio”.

            En sus argumentaciones, los dos frailes Capuchinos emplearon los textos de los dominicos fray Domingo de Soto y fray Tomás de Mercado, quienes habían dejado sentada la ilicitud de la esclavitud.

            Para fray Francisco y fray Epifanio si los hombres eran libres por naturaleza, la libertad que procedía del derecho natural no podía ser abolida por derecho humano y exigía que no pudiera realizarse nada en perjuicio de ella. Así como nadie puede ser condenado a muerte sino por el pecado, nadie puede ser condenado a la esclavitud sino es el pecado quien empuje a dicha persona a ello.

            Gracias a los testimonios de estos dos sacerdotes capuchinos, el General de la Orden, Fray Giambattista de Sabbio, presentó un memorándum a la Propaganda Fide en Roma con once proposiciones redactadas por Fray Epifanio. El Santo Oficio las aprobó y el 20 de marzo de 1686, Propaganda Fide envió estas decisiones a los nuncios, al obispo de Angola y a otras autoridades de España, con instrucciones de que debían ser puestas en vigor por los sacerdotes y misioneros en sus diócesis.

El rey de España, Carlos II, se toma en serio la denuncia de los dos capuchinos y tras la aprobación del Consejo de Estado, envía el 2 de abril de 1683 un decreto al Consejo de Indias, con fecha de 2 de abril, en el que pide:

“que se suspendan y enmienden como lo pide la razón, la humanidad y la conciencia, no sólo en el tratamiento de los negros y esclavos y en su ser vigía en la doctrina cristiana, si no en el modo de proceder con los pobres indios, de que resultan graves inconvenientes y riesgos a la seguridad de aquellos dominios”. El Consejo de Indias al rey Carlos II (8-4-1683), en AGI, Audiencia de Santo Domingo, leg. 527

            El capuchino italiano Fray Girolamo Meralla da Sorrento, escribe el libro Breve e succinta relatione del viaggio nel negro del Congo nell´Africa meridionale. En ella relata el cambio religioso y social que se ha realizado en la zona, así como la extensión y profundidad de la fe cristiana en la vida y las costumbres de la élite gobernante.

            En el libro Fray Girolamo reproduce una carta de monseñor Cibo (1684) en la que se lamenta de que en el Reino del Congo se siga abusando de la comprar y venta de esclavos. Este documento, junto con el testimonio de Lourenzo da Silva de Mendoca (un miembro de la familia real de Congo y Angola que había sido hecho esclavo en Brasil), ante el papa Inocencio XI de las crueldades del comercio atlántico de esclavos, fueron el detonante para que el Vaticano actuara en la cuestión. Los cardenales decidieron actuar inmediatamente y mandaron cartas a los Nuncios para que pidieran a los oficiales españoles y portugueses que prohibieran estos abusos. El arzobispo Ciro escribió a los misioneros para que advirtieran a la gente de la gravedad del pecado de la compra-venta de esclavos, asegurando a los cristianos que “aunque la abstinencia del comercio de esclavos les causara la pérdida de alguna ganancia, sería mucho más grande el premio para sus almas si aceptaban esta admonición”.

            Según los historiadores, los informes de los misioneros Capuchinos fueron la contribución más importante de los s. XVII y XVIII para informar a Europa de lo que estaba pasando en África.         

La labor de los Papas en la lucha contra la esclavitud

            Los Papas fueron pioneros en la causa antiesclavista. Así por ejemplo, Pío II en 1462 considera la trata portuguesa en dirección a Europa como “un gran crimen” (magnus scelus) y ordena a los obispos imponer penas canónicas a los que se dedican a este comercio.

Al momento de descubrirse el nuevo continente americano y de producirse el encuentro de dos culturas, los reyes se cuestionaron la conquista del territorio y el trato con la gente nativa. Algunos pensadores trataron de ver en el indio un ser inferior y por lo tanto susceptible de ser dominado y explotado. El reconocimiento de la verdadera humanidad y racionalidad del indígena era un aspecto clave para legitimar la conquista.  Gran parte de este debate ya lo hemos tratado en el capítulo dos del presente libro.

Será el papa Pablo III quien planteará por vez primera la condena clara de la servidumbre de los indios americanos y de los negros. El 29 de mayo de 1537, Pablo III escribe la carta “Pastorale Officium” enviada al cardenal Juan de Tavera, arzobispo de Toledo, con el mandato expreso de respetar la libertad y las posesiones de los indios nativos. También condena el que estos sean utilizados como esclavos, en nombre de la dignidad humana y bajo pena de excomunión.

“A decir verdad, estos indios, aunque viviendo aparte del pecho de la Iglesia, no pueden ser privados de su libertad, ni de la posesión de sus propios bienes, ya que son seres humanos y desde entonces apelados a la fe y a la salvación. No tienen que ser aniquilados por la esclavitud, sino que deben ser invitados a la vida por la predicación y el ejemplo.

Le ordenamos prohibir severamente a toda persona, cualesquiera sean su dignidad, posición, condición, fila o excelencia, de esclavizar a los indios susodichos de algún modo, o de atreverse a privarlos de sus posesiones de alguna manera, bajo pena de incurrir en la excomunión si lo hace”. Pablo III. 1537. Pastorale Officium.

Unos días más tarde Pablo III volvió a escribir al cardenal-arzobispo de Toledo y a todos los cristianos. Se trata de la carta “Veritas Ipsa” fechado del 2 de junio de 1537. En ella

“La Verdad misma, la que no puede decepcionar ni ser decepcionada, cuando encargó a los predicadores de la fe de recomendar, dijo “Id y enseñad a todas las naciones”. Dijo todas, sin ninguna discriminación, porque todas ellas son capaces de recibir la instrucción de la fe.

El enemigo de la humanidad que opuso siempre a las buenas empresas con el fin de deshacerlas, consciente de esta orden y empujado por la envidia inventó un método desconocido para impedir que la Palabra de Dios sea recomendada a las naciones con el fin de salvarlas.

Porque existieron algunos de sus satélites que, con aspereza deseosos de satisfacer su codicia, afirmaron que los indios occidentales y meridionales y otras naciones que nos son conocidas este día, so pretexto que son privadas de fe católica, deben estarnos sometidos en servidumbre; y son verdaderamente esclavizados y tratados con tal falta de humanidad como sus dueños se atreverían apenas a manifestar tal crueldad con respecto a los animales que les sirven.

Con este fin,… pensamos que estos indios… pueden abrazar la fe con la prontitud más grande, y que desea abastecerles los remedios adecuados, decretemos y declaremos por la Autoridad Apostólica, sea los indios susodichos y todas las demás naciones que pueden de ahora en adelante alcanzar el conocimiento de los cristianos, aunque sean aparte de la fe del Cristo, pueden libremente y legalmente usar, poseer y gozar de su libertad y de su autoridad en este dominio y sea que no pueden ser reducidos a esclavitud…

Además, que estos indios y otras naciones, son invitados a participar en la fe suscitada por el Cristo por la predicación de la palabra de Dios y por el ejemplo de una buena vida”. Pablo III. 1537. Veritas Ipsa.

Pablo III terminó publicando la bula “Sublimis Deus” (1537) en la que vuelve a condenar con claridad la esclavitud.

“Los indios, como verdaderos hombres que son, no sólo son capaces de recibir la fe cristiana, sino que según se nos ha informado corren con prontitud hacia la misma; y queriendo proveer sobre esto con remedios oportunos, haciendo uso de la Autoridad apostólica, determinamos y declaramos por las presentes letras que dichos indios, y todas las gentes que en el futuro llegasen al conocimiento de los cristianos, aunque vivan fuera de la fe cristiana, pueden usar, poseer y gozar libre y lícitamente de su libertad y del dominio de sus propiedades, que no deben ser reducidos a servidumbre y que todo lo que se hubiera hecho de otro modo es nulo y sin valor. Asimismo declaramos que dichos indios y demás gentes deben ser invitados a abrazar la fe de Cristo a través de la predicación de la Palabra de Dios y con el ejemplo de una vida buena”. Pablo III. 1537. Sublimis Deus.

La Sublimis Deus es de vital importancia pues en ella se declara por vez primera y de forma clara que los indios y todos los habitantes de los nuevos países aun no descubiertos, son verdaderos hombres y como tales pueden recibir la fe cristiana, ser bautizados y aceptados en la Iglesia, y que están destinados a poder salvarse por la intercesión de Cristo. Este aspecto contrasta con el protestantismo, cuya doctrina de la predestinación afirmaba que estaban condenados ya de antemano y que por tanto, no merecía la pena esforzarse, ni en bautizarles ni en educarles en la fe. Por ejemplo, los holandeses, los franceses en las Antillas y los ingleses se negaban a bautizar a los indios y negros, pues no querían tener por esclavos a cristianos. Tan sólo los bautizaban cuando estaban en peligro de muerte o bien cuando debían de liberarles para que así no sirvieran a otros dueños. En esto contrastaron los portugueses y los españoles, pues los esclavos que importaban de África eran bautizados ya en África antes de emprender el viaje por el Atlántico. El rey de Portugal obligó a todos los barcos que salieran de Cabo Verde bautizar a los esclavos antes de que llegaran a Brasil.

“Añadimos que los vendedores de negros que no tienen otra preocupación que la ganancia, poco les importa la salvación de los esclavos que embarcan el más posible, sin registro, como consecuencia sin bautismo y que siendo dado la mortalidad del viaje, conviene afligirse a ver tantas almas naufragadas”.

Con la bula, el Papa no pretendió definir, como erróneamente algunos autores opinan, la racionalidad del indígena, sino que suponiendo dicha racionalidad en cuanto que los indios son hombres, el Papa declara que los mismos tienen derecho a su libertad, a disponer de sus posesiones y a la vez tienen el derecho a abrazar la fe. Y que esta que debe serles predicada con métodos pacíficos, evitando todo tipo de crueldad.

Los principales promotores de este documento fueron principalmente los frailes dominicos fray Bernardino de Minaya, fray Domingo de Betanzos, y fray Julián Garcés, obispo de Tlaxcala. Fray Bernardino, protegido por la emperatriz Isabel de Portugal y sin que lo supiera el emperador Carlos V, viajó a Roma para informar sobre el mal trato que se daba a los indios. A su testimonio se sumó la carta que el obispo Julián Garcés envió al sumo pontífice explicando los mismos problemas. Estos testimonios movieron al Papa a promulgar este documento.

Después de estas condenas enérgicas de la esclavitud de los inidos, Pablo III fue objeto de presiones y el 19 de junio de 1538, manteniendo la condena, retiró la sanción de excomunión que amenazaba a los contraventores.

Esta bula fue el antecedente de las Leyes Nuevas promovidas en 1542 por la Junta de Valladolid, con la finalidad de remediar los abusos cometidos contra los indios por los encomenderos del Nuevo Mundo.

En 1585 el papa Gregorio XIII promulga la Constitución “Populis” en la que solicita una regularización de la esclavitud negra en América.

Habrá que esperar a 1622 para que con la creación de la Congregación de “Propaganda Fide”, el Vaticano pudiera poner orden y actuar ante las numerosas quejas que los misioneros hacían llegar a Roma. La Congregación fue fundada por el papa Gregorio XV mediante la bula Inscrutabili Divinae. En 1659, la Congregación dirigía a los “vicarios apostólicos a punto de partir hacia los reinos chinos de Tonkín y la Cochinchina” una instrucción aclarando la actitud de respeto de la Iglesia ante los pueblos a evangelizar.

            Urbano VIII condenará la esclavitud en 1639, bajo amenaza de excomunión a todos los que la practicasen. Lo mismo hará Benedicto XIV en 1741 cuando se lamenta ante el rey de Portugal y el obispo de Brasil de que no hayan sido puestas en práctica las disposiciones de sus precedentes. En la Constitución apostólica Inmensa (1741) Benedicto XIV condena la esclavitud de los indios. Más tarde, en 1758, se enviaba una copia de la misma a los capuchinos de Congo, entendiéndose que esa misma doctrina habría de aplicarse a los negros.

Será en el s. XIX cuando se logre una posición decisiva condenando la esclavitud, participando en la lucha antiesclavista de la diplomacia internacional o bien tomando una posición propia de la Iglesia. En 1814 Pió VII escribió al rey de Francia condenando y reprobando “ese comercio innoble que hace que los negros sean cogidos, comprados, vendidos y sometidos a trabajos forzados hasta la muerte como si se tratase de personas y sí de cosas” y a los eclesiásticos les decía: “Prohibimos a cualquier eclesiástico y laico que apoyen, prediquen o enseñen en público o en privado que está permitido el comercio de negros”. En dicha encíclica solicita a los obispos de Brasil a que empleen todos los medios posibles para acabar con una situación tan lamentable y anticristiana (Acta Gregoriana XVI, Roma 1901, 387 ss.) Lo mismo escribió a los reyes de España, Portugal y Brasil. En el Congreso de Viena de 1815, Pío VII abogó por la supresión del tráfico de esclavos, siendo su influencia decisiva en la abolición que el congreso realizó de la trata.

Gregorio XVI lo condenará en 1839 en la encíclica Nigritarum Commercium describiéndola como “comercio inhumano, inicuo, pernicioso, degradante que debe desaparecer completamente de entre los cristianos”. Además advertía que su práctica supondría la excomunión, tanto a laicos como eclesiasticos. Cuando fue canonizado el Jesuita Pedro Claver, uno de los principales adversarios de la esclavitud, Pío IX denunció el tráfico de esclavos como “suprema villanía” (summun nefas).

            En 1888, coincidiendo con la abolición de la trata por Brasil, León XIII escribió una carta a los obispos brasileños exhortándolos a desterrar de su país los remanentes de la esclavitud, carta a la cual los obispos respondieron con sus más enérgicos esfuerzos. Así mismo, en la “Catholicae Ecclesiae” de 1890, declarará la importancia de la evangelización de las personas africanas en la certeza de que es la mejor manera de impedir el resurgimiento de las políticas esclavistas.

            “Nos urge cuidar de que en las regiones africanas se propage la doctrina del Evangelio, la cual […] deberá iluminar a sus habitantes que están sentados en las tinieblas causadas por una ciega superstición. Tanto más fervorosamente lo procuramos cuanto que ellos mismos, una vez que hayan recibido esa luz, sacudirán de sus hombros el yugo de la esclavitud humana. Pues, donde entren en vigencia las costumbres y leyes cristianas, donde la Religión de tal modo penetre a los hombres que observen la justicia y honren la dignidad humana, donde abundoso corra el espíritu de la caridad fraterna que Cristo nos enseñó, allí no podrá seguir subsistiendo la esclavitud, ni la crueldad, ni la barbarie sino que florecerá la suavidad del trato y la cristiana libertad ornada de cultura ciudadana”. León XIII. Catolicae Ecclesiae. 1890.

            Además estableció el día de la Epifanía como día mundial de las misiones, con la recomendación de que lo que se recaudase ese día fuera destinado a sostener las misiones y la labor misionera: creación de escuelas, hospitales y templos, destinados a la educación, sanación y formación, así como la liberación de los esclavos africanos.

            Recientemente el Catecismo de la Iglesia Católica (1997) recuerda la prohibición de la esclavitud por ser un daño contra la dignidad del ser humano y sus derechos fundamentales.

            “El séptimo mandamiento proscribe los actos o empresas que, por una u otra razón, egoísta o ideológica, mercantil o totalitaria, conducen a esclavizar seres humanos, a menospreciar su dignidad personal, a comprarlos, a venderlos y a cambiarlos como mercancía. Es un pecado contra la dignidad de las personas y sus derechos fundamentales reducirlos por la violencia a la condición de objeto de consumo o a una fuente de beneficio. San Pablo ordenaba a un amo cristiano que tratase a su esclavo cristiano “no como esclavo, sino… como un hermano… en el Señor””. CCE. Nº 2414.

            El papa Juan Pablo II se empresó con rotundidad en varias ocasiones en contra de la esclavitud y de cualquier forma de opresión y denigración del ser humano. Con ocasión de la Conferencia Internacional sobre la esclavitud en el s. XXI, escribió una carta en la que recuerda que “La trata de personas humanas constituye un ultraje vergonzoso a la dignidad humana y una grave violación de los derechos humanos fundamentales”.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Francisco José de Jaca, predicación en La Habana (ca 1681). Citado por Miguel Anxo Pena, Revista de cultura aragonesa, nº. 116, 2006
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