21.2. La labor de denuncia de los misioneros cristianos

            Forma parte de la leyenda negra contra el cristianismo que este colaboró con la explotación colonial del s. XIX, pero nada más lejos de la realidad. En la mayoría de los casos fueron precisamente los propios misioneros quienes denunciaron en Occidente, los abusos que se estaban realizando en las colonias contra los indígenas. Por otra parte fueron ellos los que llevaron la cultura y la formación académica a estos pueblos, creando escuelas, hospitales y universidades donde se formarían los que años después, con la descolonización del continente africano ocuparían los puestos de gobierno de estas nuevas naciones.

Edmund Dene Morel y la denuncia del genocidio belga.

Con la colonización del Congo, Leopoldo II, rey de Bélgica convirtió su país en una potencia imperialista y a él mismo en multimillonario. En el Congreso de Berlín de 1884 consiguió que se le reconociera como soberano del Estado Independiente del Congo. Después de que John Dunlop inventara los neumáticos de caucho, la demanda mundial de látex se había disparado en la industria automovilística y de bicicletas, y se inició una carrera comercial internacional para dominar el mercado. Para adelantarse a la competencia (que explotaba bosques en América Latina y en el sureste asiático), Leopoldo II impuso personalmente altas cuotas de producción de caucho en el Congo, obligando la población indígena a cumplirlas con métodos coercitivos de la más alta violencia. Para aumentar el ritmo de producción. Los soldados del ejército belga cobraban primas en función de las cantidades suplementarias de caucho recolectado, lo que les incitaba a endurecer cada vez más los métodos de presión sobre los trabajadores.

En 1895, el misionero Henry Grattan Guinness fue avisado de los abusos sufridos por la población del Estado Libre del Congo e instaló allí una misión. Fue él quien hizo la primera denuncia sobre las monstruosidades de las que fue testigo. Obtuvo promesas de mejora de Leopoldo, pero nada cambió.

Otro misionero que denunció las atrocidades que se estaban produciendo fue George W. Williams. Famosa fue su misiva al rey titulada Carta abierta a Su Serena Majestad Leopoldo II, Rey de los Belgas y Soberano del Estado Independiente del Congo, donde denunciaba las atrocidades que se cometían y el trato brutal e inhumano que se daba a los pobladores, denunciando igualmente al afamado explorador y periodista Henry Morton Stanley, contratado por el rey en el Congo. Llegó Incluso llegó a pedir la creación de una comisión que investigara los hechos. Pero las investigaciones que se realizaron por parte del rey fueron simples farsas, como denunció el reverendo William M. Morrison de la Iglesia Prebiteriana del Sur.

“De vez en cuando el Rey nombra a algún funcionario especial que sale con gran ruido y pretende investigar la verdad de los informes de crueldad. Uno de estos funcionarios estaba a sólo unas millas de la escena de la incursión de Mulumba Nkusa que he descrito antes. Algunas semanas después, uno de nuestros misioneros que también había visitado la escena buscó a este funcionario y le hizo personalmente un informe del asunto. El funcionario se encogió de hombros, y dijo que él ya no estaba actuando como inspector.

El Estado constantemente está “investigando” los cargos que se hacen contra los soldados y funcionarios… Hasta ahora que yo sepa, ni una sola persona ha sido sancionada por los ultrajes que han venido sucediendo bajo mi observación personal”. William M. Morrison. Revista mensual sobre misiones americanas. 28 de junio de 1903.

William Morrison estuvo durante seis años como misionero en el Congo, y durante este tiempo pudo denunciar en numerosas ocasiones la forma en que se ejercía el terror pot parte de los soldados nativos.

“El gobierno se estableció firmemente en Boma, y dividió el territorio entero del Estado en distritos, con un comisario y varios funcionarios blancos en cada uno. Se cogieron los hombres de las tribus nativas más salvajes, preferiblemente caníbales, y formaron con ellos este ejército de nativos que ha llevado el eufemístico nombre de Fuerza Pública. Estos soldados, armados con rifles de repetición, hambrientos de pillaje y a menudo de carne humana, se esparció en los diferentes puestos a lo largo del Estado, y su número ha crecido ahora a la increíble cifra de dieciocho mil. Estos soldados son el terror de las regiones en las que están. Yo he visto pueblos saqueados, devastados y profanados, que lo habían sido por soldados acompañados por funcionarios blancos. Yo he visto a cincuenta mil personas nativas viviendo durante semanas en los bosques huyendo y escondiéndose de los ultrajes de estos soldados. A menudo mujeres desvalidas y niños de los pueblos cercanos a nuestra misión en Luebo llegan a nuestra casa buscando protección. Casi diariamente, esclavos de Luebo son expuestos para la venta, Estos esclavos han sido cogidos por los Soldados Estatales o por ciertos jefes con quienes el Estado ha hecho amistad, y a quienes autoriza e instruye en secreto para hacer correrías para capturar esclavos y botín. Presumo que las tres cuartas partes de los cinco o seis mil esclavos de Luebo han sido cogido por estos jefes amistosos o por los soldados Estatales”. William M. Morrison. Revista mensual sobre misiones americanas. 28 de junio de 1903.

Pero fue Edmund Dene Morel (1873-1924), escritor y periodista británico de origen francés, quien mejor denunció y lucho contra los abusos que el rey Leopoldo II de Bélgica estaba realizando contra los congoleños. Trabajando con la compañía naviera belga Elder Dempster, que monopolizaba todo el tráfico marítimo entre el Congo y Amberes, comprobó algo en la carga que le hizo sospechar. Mientras que los barcos que provenían del Congo venían cargados de caucho y marfil, hacia el Congo solo salían armas y municiones. Este hecho denunciaba un robo masivo de la riqueza congoleña sin una compensación a cambio. Más aún, la población nativa del Congo debía de estar siendo explotada laboralmente y sometida al terror de las armas.

            Fue entonces cuando empezó a recabar más información de primera mano. Los primeros en relatarle y denunciar la situación fueron los misioneros protestantes Sjöblom, Morrison, Williams Sheppard y Henry Guiness. También le aportaron información la Sociedad para la protección de los aborígenes (Aborígenes Protection Society), una asociación fundada en 1837 para evitar el comercio de esclavos y preservar sus derechos.

            Morel encontró financiación y publicó su propio semanario “The West African Mail” (El Correo del Oeste Africano), aunque siguió colaborando con otros muchos periódicos. En sus artículos denunció el sistema de trabajos forzados a que se sometía a la población, la utilización de la tortura (latigos, mutilaciones corporales, etc.) y el asesinato para someterla. Denunció también el sistema que empleaban los soldados para aniquilar población sin malgastar munición, cortando las manos derechas de las víctimas y presentándolas a sus superiores como muestra de su eficacia. Escribió sobre los miles y miles de trabajadores muertos por el agotamiento y la inanición, sobre el secuestro de mujeres y niños para forzar a los hombres a trabajar para el rey, sobre las leyes que éste dictaba por las que todas las tierras y riquezas del Congo pasaron a ser propiedad suya, sobre los incentivos económicos para aumentar la barbarie de sus empleados y aumentar sus beneficios, etc. Morel llegó a constatar como entre 1885 y 1908, el Congo había perdido el 40% de su población, y la única causa de esa deplorable situación era la codicia y maldad de un rey sin humanidad.

Dos muchachos del distrito de Ecuador muestran sus manos amputadas, un castigo habitual de los salvajes milicianos de la Compañía de Leopoldo. Padre observando las manos de su hija de cinco años después de ser cortadas como castigo por no haber recolectado suficiente caucho

            Animado por Sir Roger Casement, Morel fundó la Congo Reform Association en 1904, con el propósito de dar publicidad a todas las injusticias que se realizaban en el Congo y poder reparar los daños infligidos a los congoleños. Escribió varios libros que tuvieron gran impacto en la sociedad denunciando el terror que sufrían los congoleños, como por ejemplo “Caucho Rojo: Historia del próspero negocio de esclavos en el Congo” (1906). Otros escritores como Arthur Conan Doyle, Joseph Conrad y Mark Twain participaron activamente en la campaña.

            Leopoldo II intentó contraatacar, desprestigiando a Morel y llevándole a los tribunales. Pero no pudo encontrar ninguna prueba imculpatoria. En 1908, el gobierno belga, aprovechó la reclamación de una deuda al rey Leopoldo para transferir su autoridad sobre el Congo al estado belga, pasando el país a llamarse, Congo belga. A esto hay que unir la presión de Inglaterra y los Estados Unidos realizaron para que el rey devolviera la soberanía al Estado belga. Según Morel, cerca de 10 millones de personas africanas murieron durante este tiempo.

            Una vez creado el Congo belga, fueron principalmente los misioneros católicos los responsables de elevar el nivel educativo y mejorar los servicios médicos. Para ello construyeron escuelas y hospitales que eran atendidos por diversas congregaciones religiosas. El nivel de alfabetización aumentó considerablemente gracias a la labor de estos misioneros, hasta el punto de que a mediados de los años 50 se crearon dos universidades en el país.

Los Padres Salesianos y la denuncia del genocidio de los Onas

A finales del s. XIX y las primeras décadas del s. XX los nativos de la región Austral chilena, un pueblo con más de 15.000 años de antigüedad, sufrieron un feroz genocidio a manos de la clase dominante criolla y los explotadores de oro. Pueblos enteros de la Patagonia como los Onas (Shelk´nam), los Yámanas y los Alacalufes fueron literalmente exterminados por cazadores sin escrúpulos.

Los latifundistas criollos introdujeron la crianza y explotación de ovejas. Una actividad que pasó rápidamente de 300 unidades en 1875, a los casi 2.300.000 en 1903. Los ganaderos ampliaron su negocio a costa de los territorios indígenas, por lo que empezaron a culpar a los nativos de cazar sus ovejas para alimentarse. Con esta excusa organizaron “partidas de caza” para asesinar a los nativos fueguinos. Gonzalo Flores relata los métodos que empleaban en sus carnicerías:

“Los métodos más comunes con los cuales se terminó por eliminar a todos los grupos familiares, aparte del destierro, incluyeron muerte por carabinas de alto alcance, muerte con arma blanca, que por lo general era sorpresiva, por la espalda y causando degollamiento, más común para las mujeres, envenenamientos masivos con estricnina y en 2 ó 3 casos podemos mencionar restos indígenas evidentemente calcinados”.

De los 4.000 Onas que había en 1880 apenas quedaron 500 hacia 1905. En 1983 murió la última superviviente de los Yaganas, Rosa Yagán y en 1985 la última de los Onas Lota Kiepja.

Los principales testigos y denunciantes de esta masacre fueron los misioneros salesianos, gracias a los cuales hoy en día se conocen los hechos. En 1888 los Hermanos salesianos fundaron una misión en la isla Dawson y otra en la costa oriental de Tierra de Fuego, junto al río Domingo. El objetivo de la las misiones era evangelizar a los indígenas, darles instrucción y evitar su exterminio. Monseñor José Fagnano estuvo a cargo de la comunidad durante varios años. Los salesianos se esforzaban en preservar la cultura de los indios, agrupándolos en misiones, pero tenían gran oposición de las familias más poderosas de la zona, que necesitaban a los indios como mano de obra barata sin importar si una cultura entera desaparecía.

En 1908 editaron un pequeño “Diccionario del idioma Fueguino y el Diccionario Castellano-Selkman”. Pero fue en 1915 cuando denunciaron todos los hechos terribles que los fueguinos habían sufrido en los años anteriores. Los salesianos publicaron el libro “Los Selkman”, con prólogo de José M. Beauvoir. En el texto se denuncia como los Onas fueron llevados a la fuerza a la Exposición de París (1889) y expuestos en una jaula como antropófagos: “Once fueron robados en Bahía Felipe de Tierra de Fuego, dos murieron en el viaje y otros cuatro después. Uno se escapó. Retornaron sólo cuatro”.

Monseñor Alberto Agostini, continuó a Fagnano al frente de las misiones. Agostini fue testigo de las masacres que se realizaban contra los nativos así que denunció en su libro “Mis viajes a la Tierra de Fuego”:

“A tal punto llegó en el invasor el desprecio y el odio contra los indígenas, que para librarse para siempre de ellos -pues eran un obstáculo para la multiplicación de sus rebaños- ofreció una libra esterlina por cada par de orejas o por cada calavera humana que se le presentase”.

“Exploradores, estancieros y soldados no tuvieron escrúpulo en descargar su máuser contra los infelices indios, como si se tratase de fieras o de piezas de caza, ni de arrancar del lado de sus maridos y de sus padres a las mujeres y a las niñas para exponerlas a todos los vituperios”. Mons. Alberto Agostini.

La Orden salesiana editó en 1907 en Turín un álbum con fotografías del exterminio aborigen con el siguiente comentario:

“Primero, los buscadores de oro, como aquel Julius Popper, el rumano que con una banda de 50 buscadores de oro explotó los filones de Bahía San Sebastián, al oriente de la Isla Grande de Tierra del Fuego (…) Así preparaban el camino para la segunda oleada: los estancieros. En 1877 trajeron ovejas, pero para el despegue comercial era necesario eliminar a los fueguinos. Ya lo decía sin tapujos en 1882 “The Daily News” de Londres: “La región se ha presentado muy apropiada para la cría de ganado, aunque aparece como único inconveniente la manifiesta necesidad de exterminar a los fueguinos. Para eso, los estancieros como el escocés Mac Lenan y el inglés Sam Ishlop pagan una libra por cada indígena asesinado. Otros, más cuidadosos, pagan una libra esterlina por cada par de orejas de puma o de fueguinos (…) Despojados de sus tierras y cercados en lugares inhóspitos, lejos de su hábitat, mueren lentamente o tratan de robar aquellos “huanacos blancos” (…) No faltó el señor estanciero que soltó mastines de caza contra ellos, o aquel otro que usó la estricnina como auxilio de la “civilización” al esparcir trozos de carne envenenada en los lugares de acceso de los fueguinos (…) Gusinde hace un intento en 1919 y regresa fugazmente a Santiago para salvar a los sobrevivientes. En los círculos científicos y políticos de Santiago -relata- procuré dibujar, basado en mi experiencia personal, un cuadro claro del Estado real de la Tierra del Fuego, y sin embargo no conseguí apenas nada”.

La Misión Salesiana fue la única entidad que trabajó a favor de los Onas. Allí los Onas recibían tratamiento contra las enfermedades, principalmente la tuberculosis. La misión solicitó insistentemente ayuda material o financiera a las autoridades de la isla, pero estos siempre se lo negaron. Más aún, en al menos dos ocasiones, las autoridades intentaron cerrar la misión.

Daniel Comboni y el Plan para el Renacimiento de África

            Daniel Comboni, fue un sacerdote italiano hijo de pobres campesinos que fue el primer obispo católico de África Central, y es uno de los más grandes misioneros de la historia de la Iglesia.

Los comienzos de su misión fueron un fracaso ya que de los primeros misioneros con que contaba casi un centenar mueren por enfermedades, muchos de ellos amigos personales de Comboni. Un contemporáneo suyo describió la misión como un “verdadero necrologio y un martirio continuo”. Muchos creyeron que no había llegado todavía “la hora de la evangelización de África”. Pero Comboni no pensó así.

Es precisamente en 1864 cuando Comboni se siente inspirado para trazar lo que denominó su, “Plan para el Renacimiento de África”. Comboni sostenía que la sociedad europea y la Iglesia debían tomar un mayor interés por las misiones de África Central. Para ello viajó varias veces por Europa visitando a monarcas y eclesiásticos pidiendo ayuda material y espiritual para los misioneros del continente africano. En 1867 creo un instituto de misioneros para hombres y en 1872 otro similar para mujeres, que fueron conocidos como los misioneros y las hermanas Combonianas. Daniel tenía confianza total en los africanos, deseo que expresó en su lema “salvar África por medio de África”. Su visión eclesial e internacional de la tarea misionera (evangelización, animación misionera, formación de futuros misioneros africanos, etc.) son elementos típicamente combonianos.

Daniel Comboni fue el primer obispo de África Central. Luchó continuamente contra la trata oriental de esclavos que tanto daño hacía al continente. Así mismo lamentó la política de explotación colonial, así como la ambigüedad de algunos políticos y eclesiásticos de entonces en relación con las misiones.

En 1867 Comboni escribió una carta denunciando a la Sociedad de Colonia la crueldad de trato que sufrían los africanos.

“Entre tantos males como atormentaban a los infelices pueblos de África Central, uno de los más deplorables, que yo mismo he presenciado a menudo en las tribus del Nilo Blanco, es el robo violento o clandestino de pobres seres humanos – que poseen un alma tan preciosa y un corazón tan noble como podamos tener nosotros – y especialmente de niños de ambos sexos.

Esta tremenda aberración moral, este olvido de toda la humanidad, es en parte resultado de la infame ansia de los más fuertes y poderosos por mejorar su situación mediante el comercio de esclavos. Ahora, en el momento en que hablo de estas cosas, hay cientos de miles de personas que, a causa de la guerra y de la codicia de los traficantes, son arrancados de su patria, expuestos a toda clase de males, y condenados a no volver a ver a sus padres ni el lugar en que han nacido y a tener que suspirar toda su vida bajo el peso cruel de la más dura esclavitud”. Daniel Comboni

Mientras participó en el Concilio Vaticano I consiguió que 70 obispos firmaran una petición para la evangelización de África Central: Postulatum pro Nigris Africae. La carta fue aprobada el 18 de julio por el mismo Pío IX.

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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