21.3. La lucha de la Iglesia Católica en favor de los judíos

            La concepción pagana y bestial del nazismo se enfrentó inmediatamente con el cristianismo, en dos aspectos cruciales: el primero es que el nazismo había creado una religión pagana que veía en el Führer al mismo Dios y, el segundo, que la concepción racista, sobre cuyas bases se organizó el Estado, se contraponía de manera radical a la moral cristiana.

La Iglesia Católica en Alemania respondió condenando firmemente el racismo. Dicha condena se realizó desde los documentos y declaraciónes públicas de los obispos alemanes, a través de la enseñanza, y mediante los escritos de periodistas católicos.

            Entre febrero y marzo de 1931, el cardenal Bertram de Breslavia, el cardenal Faulhaber y los obispos de Baviera, los obispos de la provincia de Colonia y los de la provincia de Friburgo publicaron sendas cartas pastorales condenando el nacionalsocialismo, con su idolatría de la raza y del Estado. (B. Statiewski (Ed.), Akten deutschher Bischöfe über die Lage der Kirche, 1933-1945, vol. I, 1933-1934 (Mainz 1968) ).

El testimonio del cardenal Faulhaber

            El año en el que el partido de Hitler llegó al poder, el cardenal Faulhaber pronunció las cinco famosas homilías de Adviento, a las que no sólo asistieron católicos, sino también protestantes y judíos. En ellas rechazó, de manera contundente, la propaganda nazi antisemita, que pretendía hacer creer a los cristianos que el Antiguo Testamento no formaba parte de la Biblia, y que cristianismo y judaísmo no podían coexistir uno al lado del otro. El cardenal Faulhaber explicó que “golpear a los judíos es como golpear a los cristianos”. (Michael Faulhaber, Giudaismo – Cristianesimo – Germanesimo, Morcelliana, Brescia, 1934.)

            El ascenso del partido nazi al poder se debió al voto masivo de las zonas protestantes, sobre todo en Prusia, mientras que los católicos votaron masivamente al “Zentrum” (contrario a la Kulturkampf) y por el “Partido populista bávaro” que obtuvo 19 escaños en 1933.

Los católicos no votaron a Hitler. En el mapa de la izquierda se muestra la proporción de católicos en Alemania en los años 30. En el de la derecha se muestra los resultados de las elecciones de 1932. Los distritos donde la población es mayoritariamente católica (Baviera, Prusia Oriental y Silesia) coinciden con el menor voto a Hitler.

            Poco después del triunfo nazi, los obispos alemanes se reunieron en Fulda. Allí se redactó una carta colectiva, que si bien no era una condena explícita del nuevo gobierno, no carecía en absoluto de claridad: “la afirmación de los principios de la sangre y de la raza conducen a injusticias que hieren gravemente la conciencia cristiana”.

            La primera estrategia de Hitler con la Conferencia Episcopal alemana fue tratar de dividir a esta con discordias, pero la asamblea de obispos mandó un mensaje no escrito, del que los nazis tomaron buena nota, confirmando su unidad, prácticamente sin fisuras. Como segunda estrategia, Hitler buscó firmar un concordato con la Santa Sede, semejante a los acuerdos de Letrán firmados por Mussollini.

            A los veinte días después de firmar el concordato con la Iglesia, el 25 de julio de 1933, Hitler presentó la propuesta de ley de esterilización. La ley entró en vigor en enero de 1934. La Iglesia, arriesgándose a una feroz represión, se opuso enérgicamente. Los nazis trataron de debilitar la oposición católica dando voz a profesores universitarios favorables a la esterilización y, al mismo tiempo, ofreciendo a la Iglesia exenciones para los católicos.

            El cardenal de Breslau, Adolf Bertram, pensó escribir una carta pastoral denunciando la esterilización masiva, pero se le aconsejó que no lo hiciera para no sufrir una violenta represión. Entonces se encargó de pasar la voz a cada católico para que rechazara radicalmente tal práctica. El cardenal Clemens August von Galen, que por su valentía es recordado como el “León de Münster”, expresó públicamente su amargura y sus protestas por la ley de esterilización el 29 de enero de 1934. Pío XI había expresado ya la doctrina de la Iglesia en esta cuestión en la encíclica Casti connubi publicada el 30 de diciembre de 1930, en la que se condenaba la esterilización y el control de los nacimientos.

“Ha de reprobarse una práctica perniciosa que, si directamente se relaciona con el derecho natural del hombre a contraer matrimonio, también se refiere, por cierta razón verdadera, al mismo bien de la prole. Hay algunos, en efecto, que, demasiado solícitos de los fines eugenésicos, no se contentan con dar ciertos consejos saludables para mirar con más seguridad por la salud y vigor de la prole —lo cual, desde luego, no es contrario a la recta razón—, sino que anteponen el fin eugenésico a todo otro fin, aun de orden más elevado, y quisieran que se prohibiese por la pública autoridad contraer matrimonio a todos los que, según las normas y conjeturas de su ciencia, juzgan que habían de engendrar hijos defectuosos por razón de la transmisión hereditaria, aun cuando sean de suyo aptos para contraer matrimonio. Más aún; quieren privarlos por la ley, hasta contra su voluntad, de esa facultad natural que poseen, mediante intervención médica, y esto no para solicitar de la pública autoridad una pena cruenta por delito cometido o para precaver futuros crímenes de reos, sino contra todo derecho y licitud, atribuyendo a los gobernantes civiles una facultad que nunca tuvieron ni pueden legítimamente tener.

Cuantos obran de este modo, perversamente se olvidan de que es más santa la familia que el Estado, y de que los hombres se engendran principalmente no para la tierra y el tiempo, sino para el cielo y la eternidad. Y de ninguna manera se puede permitir que a hombres de suyo capaces de matrimonio se les considere gravemente culpables si lo contraen, porque se conjetura que, aun empleando el mayor cuidado y diligencia, no han de engendrar más que hijos defectuosos; aunque de ordinario se debe aconsejarles que no lo contraigan.

Además de que los gobernantes no tienen potestad alguna directa en los miembros de sus súbditos; así, pues, jamás pueden dañar ni aun tocar directamente la integridad corporal donde no medie culpa alguna o causa de pena cruenta, y esto ni por causas eugenésicas ni por otras causas cualesquiera.”. Pío XI. Casti connubii. 1930.

Los nazis tomaron represalias y los sacerdotes que se oponían o que hablaron contra la ley fueron castigados y perdieron el derecho a enseñar en las escuelas públicas. Las enfermeras católicas que rehusaron esterilizar a los pacientes considerados “inútiles”, fueron sencillamente despedidas.

            L´Oservatore Romano, apoyó en todo momento a todos los sacerdotes que se oponían a la ley sobre la esterilización, pero la situación era muy dura para los católicos alemanes.

Fue hacia 1937 que los obispos alemanes enviaron un informe al Papa, que estaba preparando la encíclica Mit brennender Sorge. En ella resumían cuatro años de relaciones con la dictadura de Hitler: “Lo que se pretende es la destrucción radical y definitiva del cristianismo y en especial de la religión católica, o por lo menos su reducción a un estado que desde el punto de vista de la Iglesia es lo mismo que una destrucción”.

            La Pastoral de Fulda del 19 de agosto de 1938 declarará abiertamente que la finalidad de la lucha contra la Iglesia era “la destrucción de la Iglesia Católica en nuestro pueblo, el desarraigo total del cristianismo y la introducción de una fe que no tiene que ver lo más mínimo con la fe en Dios y con la fe cristiana”.

            El enfrentamiento con la Iglesia se agudizó el 1 de septiembre de 1939, cuando Hitler anunció el programa de eutanasia para la eliminación de todos los enfermos incurables. El régimen nazi aprovechó el inicio de la guerra para acelerar los programas de “selección de la raza”. Estos programas seguían directrices eugenésicas, según las cuales, no sólo se eliminaba a los enfermos, sino a todos aquellos que el nazismo consideraba como elementos que podían corromper la raza aria, es decir: incapacitados, enfermos mentales, judíos, gitanos, asociales, opositores al régimen, prostitutas, mendigos, delincuentes, sordos, ciegos, etcétera.

            “Aunque nuestra suerte fuera la de sufrir persecución por amor a Cristo crucificado, no pensamos ser cobardes sino valientes. Existen en suelo germánico tumbas recientes donde reposan las cenizas de aquellos que el mundo católico considera mártires de la fe”. Cardenal Michael Faulhaber. 1937

            Sus homilías y cartas pastorales suscitaron manifestaciones de odio entre los nazis. Todos aquellos que vendían o distribuían sus escritos fueron castigados, encarcelados los sacerdotes, los laicos y los jóvenes que intentaban difundirlo en público. Alfred Rosenberg escribió un libro en 1936 con el título A los hombres oscuros de nuestro tiempo, en el que criticó a la Iglesia católica y dedicó un capítulo al cardenal Faulhaber. Durante un sermón, el cardenal le contestó:

            “El autor del mito del siglo XX ha escrito que no estima al arzobispo de Munich, pero el arzobispo se debería avergonzar hasta desaparecer si hombres de tal calaña le estimaran”.

            El cardenal fue objeto de ataques y manifestaciones violentas por parte de los nazis, hasta el punto de que el palacio arzobispal fue asaltado. Ante esta violencia, Faulhaber dijo:

            “Vendrá el tiempo, es más, ya ha llegado, en que los obispos deberán ponerse la mitra como quien se pone un yelmo y no se la deberán quitar como los soldados en el frente, siempre atentos a quién va por allí. Puesto que se trata de la verdad del Evangelio, del orden moral entre nuestro pueblo, los obispos estarán siempre en primera línea, bajo el fuego”. Faulhaber.

Tras la noche de los cristales, el preboste de la catedral de Berlín, Bernhard Lichtenberg (1875-1943) realizó oraciones públicas por los judíos. El padre Bernhard tramitó quejas formalmente, por via legal, para protestar por los actos de discriminación racial. En 1941 protestó por carta al Jefe de Salud del Reich contra el asesinato de discapacitados. Meses más tarde era detenido por la GESTAPO y condenado por hacer mal uso del púlpito. Pasó dos años en la cárcel y posteriormente deportado al campo de Dachau, pero murió en el vagón de carga en circunstancias aún no aclaradas.

Clemens August von Galen: El “León de Münster”

            Es precisamente en el verano de 1941 cuando el Obispo de Münster, Clemens August Graf von Galen predicó sus famosas homilías (13 y 20 de julio y 3 de agosto) denunciadoras de lo que el régimen nazi estaba realizando. Galen planteó en mayo de 1941 la cuestión de conciencia de si el episcopado podía seguir con un estilo de defensa prudente, como el seguido hasta ese momento, o si los obispos no debían más bien irrumpir en la opinión pública: si fuera necesario, “sacrificando la libertad y la vida”.

En su primera homilía Galen denunciaba que “cualquier ciudadano alemán se encuentra totalmente desprotegido e indefenso ante el poder omnímodo de la policía secreta (…); ninguno de nosotros está seguro (…) de que un día no vayan a su casa a detenerlo, de que no se le robe su libertad y se le encierre en los sótanos y en los campos de concentración de la policía secreta”. El obispo reclamaba un general “un derecho a la vida, a la inviolabilidad, a la libertad” como algo inalienable y terminaba, alzando la voz: “Como alemán, como ciudadano, como representante de la religión cristiana, como obispo católico: exigimos justicia”.

            Desde 1933 no se habían oído en Alemania unas palabras tan contundentes como esas. Galen se convertía así en el portavoz de los derechos humanos más elementales, y en esa medida dejaba en evidencia al sistema totalitario.

            El 31 de julio un grupo de enfermos de un hospital católico de Múnester fueron trasladados para ser asesinados. Galen protestó ante la policía y la justicia, y el 3 de agosto denunció públicamente los hechos en la homilía en la catedral de Münster. Sus palabras recorrieron toda Alemania y llegó al extranjero, donde fueron copiadas por la propaganda británica quien las distribuyó impresas en millones de hojas volanderas soltadas desde aviones por toda Alemania. También los obispos de Hildesdeim y Trier salieron en defensa pública de los disminuidos psíquicos y apuntaron acusadoramente en sus prédicas a la maquinaria homicida del Estado.

            El gobierno nazi tomó la resolución de condenar a muerte en la horca a Galen, pero Goebbels convenció a Hitler de que era más inteligente dejar la venganza para después de la guerra. Hitler interrumpió el Klostertum el 30 de julio y la maquinaria de eutanasia el 24 de agosto. No fueron las palabras de Von Galen las que presuadieron a Hitler de cesar en sus monstruosidades, más bien las postpuso para su “victoria final”.

En 1942 y 1943 se publicaron nuevas cartas pastorales en las de condenaba la política asesina del nacionalsocialismo. En ellas junto a las orientaciones teológicas de fondo se unen las exigencias políticas basadas en los derechos humanos.

“Matar es algo intrínsecamente malo, aunque presuntamente se lleve a cabo en interés del bien común: con lso débiles indefensos e inocentes, con enfermos mentales, con incurables, con los que tienen taras genéticas o con los recién nacidos, con los rehenes inocentes y con los prisioneros de guerra desarmados, con hombres de raza extranjera y distinta estirpe”.

El efecto más importante que produjo la misión pastoral de los obispos alemanes fue la orientación que dio a los católicos y no católicos alemanes. Su oposición no fue política sino moral. Aproximadamente unos 12.000 sacerdotes (la mitad del clero católico alemán) entraron en conflicto directo con el terror hitleriano. El régimen no consideró a ningún otro grupo social – ni siquiera los comunistas – como un enemigo mayor que los católicos que fueron fieles a la Iglesia.

            Durante la guerra, el regimen nazi no dejó de atacar y presionar a la Iglesia Católica, limitando su poder de acción y denuncia. Así por ejemplo se eliminaron todas las escuelas católicas en Alemania occidental y en Silesia. En 1940 el régimen comenzó la expropiación de conventos y seminarios de sacerdotes (Klostertum). En acciones nocturnas, tomaron 120 centros cristianos, deteniendo a los religiosos y sacerdotes. En 1941 desaparecen 190 publicaciones católicas, incluida la prensa episcopal.

            La gran mayoría de los sacerdotes y los religiosos fueron deportados al campo de Dachau, conocido como “el más grande cementerio de curas del mundo”. Según los datos recogidos por los investigadores, en Dachau murieron más de dos mil setecientos miembros del clero, de los cuales 2.579 eran católicos, 109 evangélicos, 22 greco-ortodoxos, 22 entre viejos católicos y maronitas, y 2 musulmanes.

            Muchos fueron los hechos heróicos protagonizados por sacerdotes, religiosos y monjas. En 1943, la asociación de resistencia al nazismo de jóvenes católicos, la «Rosa blanca», fue aniquilada. El sacerdote Max Josef Metzger, fundador en 1917 de la «Cruz blanca», una alianza mundial pacifista muy comprometida en actividades ecuménicas, fue condenado a la pena de muerte y ejecutado en la prisión de Brandeburgo-Goerden el 17 de abril de 1944. San Maximiliano Kolbe, internado en el campo de Auschwitz, ofreció su vida para salvar la de un padre de familia. El beato obispo Michele Kozal fue asesinado en Dachau el 26 de enero de 1943. Rupert Mayer, sacerdote jesuita ya beato, murió justo después de la liberación del campo a causa de los sufrimientos padecidos. Era conocido como el «apóstol de Munich». El padre Alfred Delph formaba parte de un grupo de jesuitas que se oponía al régimen nazi. Después del atentado fallido contra Hitler del 2 de julio de 1944, fue arrestado y trasladado a Berlín. El 2 de febrero de 1945 fue asesinado Don Theodor Hartz, un salesiano que se distinguió por su actividad caritativa y apostólica, fue internado en Dachau y asesinado el 23 de agosto de 1942. Sor Edith Stein, beatificada el 1 de enero de 1987 y canonizada el 11 de octubre de 1998, fue internada y asesinada junto a su hermana Rosa.

El precio pagado por la Iglesia Católica polaca fue enorme. Según una nota de 1941 enviada al Vaticano por el cardenal Sapieha, 2.500 sacerdotes fueron deportados, 700 de ellos al campo de Dachau, y 400 encerrados en campos de concentración de la diócesis de Metz. Hay que tener en cuenta que Polonia era el único país en el que estaba vigente la pena de muerte a quien ayudara a los judíos. Un ejemplo lo tenemos en la familia católica Ulma. Jozef Ulma, junto a su mujer Wiktoria y sus siete hijos (uno todavía no había nacido pues Viktoria estaba en los últimos meses de embarazo) fueron masacrados el 24 de marzo de 1944 por los gendarmes alemanes en la aldea Markowa, por haber escondido en su casa a ocho judíos.

La acción de los cristianos protestantes

            También la confesión protestante alemana se sumó a la resistencia contra el nazismo. En junio de 1937 las SS arrestaron a cuarenta de los más influyentes pastores por “desobediencia a las leyes del Estado”. Entre ellos se encontraba Dietrich Bornhoeffer, pastor y teólogo luterano quien declaró: “Hitler es el anticristo. Debemos combatirlo hasta lograr al menos alejarlo”. Creó la “Iglesia de la Confesión” con el fin de oponerse a las políticas antisemitas de Hitler. Diseñó el Proyecto 7 en el que se recaudaba dinero para ayudar a escapar a judíos a Suiza. El 9 de abril de 1945 Bornhoeffer fue asesinado por miembros de la Gestapo.

            Los nazis realizaron arrestos de protestantes, deportaciones a los campos, confiscación de bienes esclesiásticos y ocupación de casas religiosas. Los presbíteros y sacerdotes fueron castigados por los motivos más triviales. El párroco de Niessen de Riehterich fue condenado a muerte por el tribunal especial de Colonia porque “había ridiculizado el saludo hitleriano”.

Irena Sendler: La madre de los niños del Holocausto

            La vida y obra de esta mujer supone un testimonio de valor, entrega y generosidad salvando a más de 2.500 niños judíos del holcausto nazi. Irena Sendler trabajaba como enfermera para el Departamento de Bienestar Social de Varsovia. Cuando los nazis invadieron Polonia, establecieron un gueto para judíos en el que la miseria y las enfermedades causaban varios centenares de víctimas. Irena Sendler consiguió permisos de la oficina sanitaria para acceder al guetto y luchar contra las enfermedades contagiosas: “Como los alemanes invasores tenían miedo de que se desatara una epidemia de tifus, toleraban que los polacos controláramos el recinto”.

            Irena se puso en contacto con familias de judíos para ofrecerlas salvar a sus hijos sacándoles fuera del gueto. De esta manera en apenas un año y medio logró rescatar a más de 2.500 niños por distintos caminos. Al principio los sacaba en ambulancias como víctimas de tifus, pero luego empezó a esconderlos en sacos, cestos de basura, cajas de herramientas, bolsas de patatas, ataúdes… Cualquier elemento se transformaba en una vía de escape.

            Quiso Irena que los niños pudieran un día recuperar sus verdaderos nombres, su identidad, sus historias personales y sus familias. Así ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades.

            En 1943 los nazis supieron de sus actividades, y la Gestapo la detuvo para conducirla a la prisión de Pawiak donde fue brutalmente torturada. Ella era la única persona que conocía los nombres y direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos, pero soportó la tortura y se negó a traicionar a sus colaboradores o a los niños judíos. Por ello fue sentenciada a muerte. Esperando en prisión su ejecución, un soldado alemán la ayudó a escapar, pero este soldado fue ejecutado al día siguiente.

            Al finalizar la guerra Irena entregó los documentos al doctor Adolfo Berman, primer presidente del Comité de salvamento de los judíos sobrevivientes. Lamentablemente la mayor parte de las familias de los niños habían muerto en los campos de concentración nazis.

            El régimen comunista que relevó al nazi hizo de la historia judía un tema vedado. Por ello Irena Sendler tuvo muchos problemas con el gobierno comunista.

            En 1965 la organización Yad Vashem de Jerusalén le otorgó el título de Justa entre las naciones y la nombró ciudadana de honor de Israel.

            En noviembre de 2003, el presidente de la República, Alexander Kwasniewski, le otorgó la más alta distinción civil en Polonia: la Orden del Águila Blanca por sus servicios a la humanidad. Irena declaró los motivos por lo que expuso su propia vida a favor de los demás:

«La razón por la cual rescaté a los niños tiene su origen en mi hogar, en mi infancia. Fui educada en la creencia de que una persona necesitada debe ser ayudada de corazón, sin mirar su religión o su nacionalidad.» Irena Sendler

 Pio XI: La primera condena internacional del racismo

            El papa Pio XI condenó el racismo nazi en la encíclica Mit brennender Sorge, (única encíclica escrita originalmente en una lengua que no es el latín), con el fin de que fuera leída en la iglesia de Alemania el domingo de Pasión de 1937. En ella el Papa advierte que:

“Todo el que tome la raza, o el pueblo, o el Estado, o una forma determinada del Estado, o los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana […] y los divinice con culto idolátrico, pervierte y falsifica el orden creado e impuesto por Dios”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

Contra la pretensión del provocador neopaganismo que predicaba el régimen nazi realizando confusas referencias a un dios natural, o a un cristo cósmico, para fundar una iglesia nacional alemana, Pio XI aclara:

“No puede tenerse por creyente en Dios el que emplea el nombre de Dios retóricamente, sino sólo el que une a esta venerada palabra una verdadera y digna noción de Dios. Quien, con una confusión panteísta, identifica a Dios con el universo, materializando a Dios en el mundo o deificando al mundo en Dios, no pertenece a los verdaderos creyentes.

Ni tampoco lo es quien, siguiendo una pretendida concepción precistriana del antiguo germanismo, pone en lugar del Dios personal el hado sombrío e impersonal, negando la sabiduría divina y su providencia…

Nuestro Dios es el Dios personal, trascedente, omnipotente, infinitamente perfecto, único en la trinidad de las personas y trino en la unidad de la esencia divina, creador del universo, señor, rey y último fin de la historia del mundo, el cual no admite, ni puede admitir, otras divinidades junto a sí”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

Advierte también de la adulteración de nociones y términos sagrados, que secuestrados por la teosofía nazi eran terjiversados en su contenido y sentido más profundo.

“Venerables hermanos, ejerced particular vigilancia cuando conceptos religiosos fundamentales son vaciados de su contenido genuino y son aplicados a significados profanos.

Revelación, en sentido cristiano, significa la palabra de Dios a los hombres. Usar este término para indicar las sugestiones que provienen de la sangre y de la raza o las irradiaciones de la historia de un pueblo es, en todo caso, causar desorientaciones. Estas monedas falsas no merecen pasar al tesoro lingüístico de un fiel cristiano”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

Denuncia también los peligros de una falsa concepción del término imortalidad cuando se refiere a la colectividad de la raza, como realizan las ideologías totalitaristas:

“La inmortalidad, en sentido cristiano, es la sobrevivencia del hombre después de la muerte terrena, como individuo personal, para la eterna recompensa o para el eterno castigo. Quien con la palabra inmortalidad no quiere expresar más que una supervivencia colectiva en la continuidad del propio pueblo, para un porvenir de indeterminada duración en este mundo, pervierte y falsifica una de las verdades fundamentales de la fe cristiana”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

Defiende el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones religiosas, mientras advierte de las consecuencias que un adoctrinamiento en el ateísmo puede causar en la sociedad:

“Los padres, conscientes y conocedores de su misión educadora, tiene, antes que nadie, derecho esencial a la educación de los hijos, que Dios les ha dado, según el espíritu de la verdadera fe y en consecuencia con sus principios y sus prescripciones. Las leyes y demás disposiciones semejantes que no tengan en cuenta la voluntad de los padres en la cuestión escolar, o la hagan ineficaz con amenazas o con la violencia, están en contradicción con el derecho natural y son íntima y esencialmente inmorales”.

Fomentar el abandono de las normas eternas de una doctrina moral objetiva, para la formación de las conciencias y para el ennoblecimiento de la vida en todos sus planos y ordenamientos, e sun atentado criminal contra el provenir del pueblo, cuyos tristes frutos serán muy amargos para las generaciones futuras”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

En clara referencia al pueblo judío y su tradición bíblica, Pio XI responde contundenmente:

“El que pretende desterra de la Iglesia y de la escuela la historia bíblica y las sabias enseñanzas del Antiguo Testamento, blasfema la palabra de Dios, blasfema el plan de la salvación dispuesto por el Omnipotente y erige en juez de los planes divinos un angosto y mezquino pensar humano”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

En una clara señal de crítica para el régimen nacionalsocialista alemán. La encíclica fue leída el 21 de marzo de 1937 en todos los templos católicos alemanes, que eran más de 11.000. La unanimidad fue absoluta. Durante todo el tiempo que duró el Tercer Reich, ningún documento o declaración tuvo el impacto tan decisivo que supuso la “Mit brennender sorge”. Pio XI no quiso exasperar excesivamente al régimen nazi, pero se sentía en la obligación de ser fiel a la verdad.

“Hemos pesado cada palabra de esta encíclica en la balanza de la verdad y, al mismo tiempo, del amor. No queríamos, con un silencio inoportuno, ser culpables de no haber aclarado la situación, ni de haber endurecido con un rigor excesivo el corazón de aquellos que, estando confiados a nuestra responsabilidad pastoral, no nos son menos amados porque caminen ahora por las vías del error y porque se hayan alejado de la Iglesia”. Pio XI. Mit brennender Sorge.

            Al día siguiente, el órgano oficial nacionalsocialista, Völkischer Beobachter, publicó una réplica a la encíclica. Pero el ministro de propaganda Joseph Goebbels, con gran perspicacia, evitó que continuara el debate. Controlando el gobierno la prensa y la radio, lo más conveniente era ignorar completamente la encíclica y de esta manera minimizar el impacto real que tuvo. Esto no evitó que el clero y la Iglesia católica en Alemania sufrieran una cadena de ataques y sanciones.

El 6 de septiembre de 1938, dirigiéndose a un grupo de peregrinos belgas, Pío XI afirmó: «El antisemitismo es inaceptable. Espiritualmente todos somos semitas».

Pio XII: La voz solitaria

            Al papa Pío XII, le tocó vivir una época especialmente difícil. En Rusia, se había formado el primer estado totalitario de la historia y millones de cristianos fueron fusilados, torturados o enviados a campos de concentración. El propio Eugenio Pacelli, cuando fue nuncio en Alemania, pudo ver de lo que eran capaces los comunistas y nunco lo olvidó. A pesar de esta experiencia, tampoco tuvo simpatía con Hitler.

            Cuando fue nombrado Papa en 1939, se planteó la posibilidad de denunciar pública y explícticamente la persecución de los judíos, pero las consecuencias de esta acción hubieran sido terribles. Los católicos de Holanda habrían sufrido una represión brutal por adoptar esta conducta, asi que la prudencia aconsejó tomar otro tipo de medidas, sin dejar de condenar las políticas nacional-socialistas de manera pública y contundente. En julio de 1942 los obispos holandeses hicieron pública una pastoral contra la deportación de los judíos, a pesar de las amenazas nazis. La Gestapo respondió violando inmediatamente la inmunidad de los conventos y edificios religiosos para deportar a todos los judíos que se habían refugiado en ellos.

El periódico “Das Berlin Morgenpost”, afín al gobierno nazi, atacó en 1939 la elección del nuevo papa Pío XII: “La elección del cardenal Pacelli no es aceptada con agrado en Alemania porque siempre se opuso al nazismo y prácticamente determinó las políticas del Vaticano bajo su predecesor”.

            Pío XII sabía que todo ataque verbal directo, anularía automáticamente todos los esfuerzos desplegados por los nuncios, los obispos, los sacerdotes, y los religiosos, así como de los seglares en su propio ámbito. Aunque al Papa le pesara guardar silencio, en su momento fue la mejor estrategia para luchar contra la maquinaria de terror instalada por el nazismo, atacando su punto débil: el escaso número de agentes de policía política. Para salvar al mayor número de víctimas potenciales del nazismo, Pío XII sabía que era necesario preservar la inmunidad de los conventos ya que eran los auténticos refugios de judíos perseguidos, a la espera de la llegada de los aliados. Todo esto era posible, porque el régimen nazi había pospuesto la hora de la aniquilación del catolicismo a “la victoria” en la guerra, aunque la agresividad del III Reich contra los católicos ya era lo suficientemente explícita.

Pío XII, desde su primera encíclica, Summi pontificatus, del 20 de octubre de 1939, puso en guardia al mundo contra las teorías que negaban la unidad de la raza humana y contra la divinización del Estado, que, según su previsión, llevarían a una verdadera «hora de las tinieblas».

“¡Qué maravillosa visión, que nos hace contemplar el género humano en la unidad de su origen en Dios… en la unidad de su naturaleza, compuesta por igualdad en todos los hombres de un cuerpo material y alma espiritual, en la unidad de su fin inmediato y su misión en el mundo, en la unidad de su vivienda, la tierra, cuyos beneficios da a todos los hombres, por derecho de naturaleza, puede usar para sostener y desarrollar la vida, en la unidad de su fin sobrenatural: Dios mismo, a quien todos deben tender, en la unidad de los medios para alcanzar este fin;… en la unidad de la redención realizada por Cristo para todos.

Esta ley divina de la solidaridad y la caridad asegura que todos los hombres son verdaderamente hermanos, sin excluir la rica variedad de personas, culturas y sociedades”. Pio XII. Summi pontificatus, 1939

Declara su deber de “dar testimonio de la verdad”, exponer y refutar los errores del racismo para poner pronto remedio y cura.

“Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, oye mi voz (Jn 18,37), declaramos que el principal deber que nos impone nuestro oficio y nuestro tiempo es «dar testimonio de la verdad». Este deber, que debemos cumplir con firmeza apostólica, exige necesariamente la exposición y la refutación de los errores y de los pecados de los hombres, para que, vistos y conocidos a fondo, sea posible el tratamiento médico y la cura: Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres (Jn 8,32).

Summi Pontificatus enseña que las culturas superiores e inferiores no existen y que los diferentes niveles de desarrollo dentro y entre las naciones son fuente de enriquecimiento de la raza humana. Más aún, reclama una solidaridad humana universal que traspase fronteras.

“Las naciones, a pesar de la diferencia de desarrollo, debido a diversas condiciones de vida y de la cultura, no están destinadas a romper la unidad de la raza humana, sino más bien enriquecerla y embellecerla por el reparto de sus dones peculiares y el intercambio recíproco de los bienes”.

“…los ciudadanos de cada Estado no se nos muestran desligados entre sí, como granos de arena, sino más bien unidos entre sí en un conjunto orgánicamente ordenado, con relaciones variadas, según la diversidad de los tiempos, en virtud del impulso y del destino natural y sobrenatural. Y si bien los pueblos van desarrollando formas más perfectas de civilización y, de acuerdo con las condiciones de vida y de medio se van diferenciando unos de otros, no por esto deben romper la unidad de la familia humana, sino más bien enriquecerla con la comunicación mutua de sus peculiares dotes espirituales y con el recíproco intercambio de bienes, que solamente puede ser eficaz cuando una viva y ardiente caridad cohesiona fraternalmente a todos los hijos de un mismo Padre y a todos los hombres redimidos por una misma sangre divina”. Pio XII. Summi pontificatus, 1939

Pio XII realiza una profunda crítica de los totalitarismos de Estado

“La concepción que atribuye al Estado un poder casi infinito, no sólo es, venerables hermanos, un error pernicioso para la vida interna de las naciones y para el logro armónico de una prosperidad creciente, sino que es además dañosa para las mutuas relaciones internacionales, porque rompe la unidad que vincula entre sí a todos los Estados, despoja al derecho de gentes de todo firme valor, abre camino a la violación de los derechos ajenos y hace muy difícil la inteligencia y la convivencia pacífica”. Pio XII. Summi pontificatus, 1939

El 29 de octubre de 1939, el Papa Pío XII realizó un gesto de unidad de la Iglesia Católica por encima de las fronteras, de los pueblos y de las razas, consagrando en San Pedro de Roma a doce obispos de diferentes partes del mundo: uno chino, un francés de las misiones extranjeras, un jesuita indio, un salesiano mexicano, un dominico italiano, un sacerdote holandés de Steyl, un americano, un irlandés, un franciscano alemán, un padre belga, un malgache y un congolés. Este hecho, absolutamente simple, explicaba perfectamente el sentido de la posición de la Iglesia Católica ante la cuestión racial.

Un editorial del New York Times declaraba en diciembre 25 de 1941: “La voz de Pío XII es una voz solitaria en el silencio y la oscuridad que envuelven a Europa esta Navidad. El es casi el único gobernante que queda en el continente europeo que se atreve a levantar la voz. ”

En su mensaje de Navidad de 1942, Pío XII reclamó por los “cientos de miles que, sin ser culpables de nada, y solamente como resultado de pertenecer a una nación o raza, han sido condenados a muerte o a la extinción progresiva”.

            El obispo de Berlín, monseñor Honrad von Preysing, respondió a las persecuciones contra los judíos con una carta pastoral afirmando que “los derechos que el hombre posee a la vida, a la propiedad, a la libertad, al matrimonio no deben su existencia al arbitrio del Estado, no pueden ni deben ser quitados ni siquiera a quien no es de nuestra sangre y no habla nuestra lengua”.

            En todo momento Pio XII no dejó de apoyar a los obispos alemanes, asegurando su respaldo y el de la Santa Sede a su valiente denuncia. Pio XII escribió al obispo de Berlín en los siguientes términos:

“Te estamos agradecidos, venerable hermano, por las claras y abiertas palabras que has dirigido a tus fieles y a la opinión pública en diversas ocasiones. Pensamos, entre otras, en tus declaraciones sobre la concepción cristiana del Estado, y aquellas sobre el derecho a la vida y a la caridad de todo hombre y, en modo especial, a tu carta pastoral de Adviento sobre los derechos de Dios, sobre los derechos de los individuos y de las familias…”. Pio XII. La resistenza dei Vescovi», L’Osservatore Romano

            Pio XII intentó dar una respuesta doctrinal al programa de eutanasia nazi. A finales de 1940, ordenó a la Congregación para la Doctrina de la Fe que emitiera una condena formal y explícita de los homicidios en masa que se estaban llevando a cabo en Alemania en nombre de la pureza de raza. El 6 de diciembre de 1940, L´Osservatore Romano publicó un decreto de la congregación en el que se condenaba la eutanasia como “contraria al derecho natural y al divino positivo”.

            Durante la ocupación alemana de Roma, Pio XII dio secretamente instrucción al clero católico para que salvara, con todos los medios, el mayor número posible de vidas humanas. De esta manera la Iglesia Católica llegó a salvar más de 700.000 judíos de la muerte, según los estudios publicados por Pinchas Lapide, que fue cónsul general de Israel en Milán. Si el 80 por ciento de los judíos europeos murieron en aquellos años, el 80 por ciento de los judíos italianos salvaron sus vidas. Sólo en Roma, 155 conventos y monasterios ofrecieron refugio a unos cinco mil judíos. En la residencia papal de Castel Gandolfo se refugiaron hasta tres mil judíos que hubieran sido deportados a los campos de concentración alemanes. Muchos sacerdotes y monjas, siguiendo instrucciones directas de Pío XII, pusieron sus vidas en peligro para salvar la vida de centenares de vidas de juíos. David Dalin, un prestigioso historiador hebreo no ha dudado en afirmar: “Durante el siglo XX el pueblo judío no tuvo un amigo más grande”.

El reconocimiento de la verdad

Muchas comunidades y personalidades judías han expresado su gratitud hacia el papa Pío XII por salvar a cientos de miles de judíos. Por esa razón, muchos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos fueron condecorados por el Estado de Israel. Así mismo, organizaciones y personalidades judías representativas, han valorado positivamente la sabiduría de la diplomacia del papa Pío XII.

“Ante todo, dirigimos un reverente homenaje de gratitud al Sumo Pontífice y a los religiosos y religiosas que, siguiendo las directrices del Santo Padre, vieron en los perseguidos a hermanos, y con valentía y abnegación nos prestaron su ayuda inteligente y concreta, sin preocuparse por los gravísimos peligros a los que exponían”. Giuseppe Nathan. L´Osservatore Romano, 8 de septiembre de 1945.

El 21 de septiembre del mismo año, Pío XII recibió en audiencia al doctor A. Leon Kubowitzki, secretario general del Congreso Judío Internacional, que acudió para presentar “al Santo Padre, en nombre de la unión de las comunidades judías, su más viva gratitud por los esfuerzos de la Iglesia católica a favor de la población judía en toda Europa durante la guerra”. (L´Osservatore Romano, 23 de septiembre de 1945).

El 29 de noviembre de 1945, el Papa recibió a unos ochenta delegados de prófugos judíos, provenientes de varios campos de concentración en Alemania, que acudieron a manifestarle “el sumo honor de poder agradecer personalmente al Santo Padre la generosidad demostrada hacia los perseguidos durante el terrible período del nazi-fascismo” (L´Osservatore Romano, 30 de noviembre de 1945).

El físico judío Albert Einstein reconoció en un artículo en Time en 1940, el importante papel realizado por la Iglesia católica salvando a cientos de miles de personas, en contraposición a otras instituciones que guardaron silencio o se inhibieron del holocausto.

«Siendo un amante de la libertad, cuando la revolución estalló en Alemania, miré con confianza a las Universidades, sabiendo que éstas se habían siempre enorgulecido de su devoción a la causa de la verdad. Pero las Universidades fueron acalladas. Entonces miré hacia los grandes editores de los periódicos que, en fogosos editoriales, proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las Universidades, fueron sofocados en pocas semanas. Sólo la Iglesia permaneció en pie para bloquear el paso a la campaña de Hitler para suprimir la verdad. Nunca antes había tenido un amor especial por la Iglesia, pero ahora siento un gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido el coraje y la tenacidad de alinearse en defensa de la verdad intelectual y de la libertad moral. Por ello, me veo obligado a confesar que ahora aprecio sin reservas lo que durante mucho tiempo desprecié». Albert Einstein.

Al morir del papa Pío XII en 1958, Golda Meir envió un elocuente mensaje:

“Compartimos el dolor de la humanidad (…). Cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó a favor de sus víctimas. La vida de nuestro tiempo se enriqueció con una voz que habló claramente sobre las grandes verdades morales por encima del tumulto del conflicto diario. Lloramos la muerte de un gran servidor de la paz”.

Pío XII seguramente hizo todo lo que podía, teniendo en cuenta que de sus palabras dependía el futuro de millones de personas que no eran judías, y cuyos sufrimientos quiso también aliviar. Proporcionó información al exterior acerca de los crímenes cometidos por el III Reich, intentando salvar al mayor número posible de judíos. Resulta significativo que el departamento de Estado norteamericano recibiera en 1942 las primeras noticias sobre las cámaras de gas de fuentes vaticanas.

Las gestiones del vaticano fueron sin duda más loables que las que realizó Stalin que no movió un dedo para impedir el Holocausto, y que firmó un pacto con el Hitler de las leyes de Nuremberg. O como Roosevelt, que se negó, a pesar de las peticiones de Churchill, a bombardear las vías férreas que llevaban a Auchswitz, por temor a las represalias sobre sus pilotos.

En el documento “Nosotros recordamos: Una Reflexión Sobre La Shoah” de los cardenales Edward Idris Cassidy, Pierre Duprey, y Remi Hoeckman, publicado en 1998, se recuerda la postura de la Iglesia en todo momento de condena del genocidio y de las violencias por motivos raciales, religiosas o de otro tipo.

“Recordamos y hacemos nuestro lo que afirmó el Papa Juan Pablo II, al dirigirse a los jefes de la comunidad judía de Estrasburgo en 1988: «Repito de nuevo, junto con ustedes, la más firme condena de todo antisemitismo y de todo racismo, opuestos a los principios del cristianismo». La Iglesia católica repudia, por consiguiente, toda persecución, en cualquier lugar y tiempo, perpetrada contra un pueblo o un grupo humano. Condena de modo más firme todas las formas de genocidio, así como las ideologías racistas que los han hecho posible. Dirigiendo la mirada a este siglo, nos entristece profundamente la violencia que ha afectado a grupos nuestros de pueblos y naciones. Recordamos, en particular, la matanza de los armenios, las innumerables víctimas en Ucrania durante la década de 1930, el genocidio de los gitanos, también fruto de ideas racistas, y tragedias semejantes ocurridas en América, en Africa y en los Balcanes. No olvidamos los millones de víctimas de la ideología totalitaria en la Unión Soviética, en China, en Camboya y en otros lugares. Y tampoco podemos olvidar el drama de Oriente Medio, cuyos aspectos son muy conocidos. Incluso mientras hacemos esta reflexión, «demasiados hombres son todavía víctimas de sus hermanos».

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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