21.5. El Concilio Vaticano II: Nostra Aetate

            El Concilio Vaticano II (1965) vino a reafirmar lo que la Iglesia católica venía defendiendo desde su fundación, sobre la verdad de la dignidad del ser humano y su llamada a la salvación. Ahora bien, lo que sorprendió del Concilio fue el lenguaje nuevo que adoptó y las nuevas perspectivas que abría para la reflexión común de todos los hombres.

            Uno de los documentos más importantes, en el tema que nos ocupa, fue la declaración “Nostra Aetate” (En nuestro tiempo), en el que la Iglesia Católica exponía su relación con las religiones no cristianas, en especial con el Judaísmo y su pueblo que tanto sufrimiento había padecido en los últimos siglos.

            El documento Nostra Aetate repudia la acusación por varios siglos contra todos los judíos de “deicidio”, hace énfasis en el vínculo religioso compartido entre judíos y católicos, reafirma el pacto eterno entre Dios y el Pueblo de Israel y rechaza el interés de la Iglesia en intentar bautizar a los judíos. Además hace un llamamiento a que los católicos y judíos se comprometan a dialogar y a discutir de forma amistosa sobre temas bíblicos y teológicos para comprender mejor la fe de cada uno.

            Comienza el texto reconociendo la unidad del género humano y sus deseos de buscar la verdad del hombre y lo que conmueve la intimidad del corazón de las religiones.

            “Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra, y tienen también un fin último, que es Dios…

            Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre, cúal es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte? ¿Cúal es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?”.Nostra Aetate

            También se anima a buscar la verdad mediante el diálogo y la colaboración con las otras religiones en cuanto “guardan y promueven bienes espirituales y morales, así como los valores socioculturales que en ellos existen”. Así, por ejemplo se anima al perdón y a buscar la justicia común entre cristianos y musulmanes.

            “Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres”.

            La cuarta parte del documento va dedicada al Judaísmo y al Pueblo de Israel. En él se reconocen los vínculos con que “el Pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham”. Entre otras cosas se reconoce que la revelación del Antiguo Testamento ha sido recibida a través del pueblo judío con quien Dios estableció su Antigua Alianza. Además Cristo, con su muerte en la cruz, reconcilió a judíos y gentiles, haciendo un solo pueblo. Recuerda además, que Jesucristo nació de una mujer judía y que todos los apóstoles también fueron judíos. Es justamente en este apartado donde se repudia la acusación de deicidio contra los judíos.

“Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en Su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra de Dios.”.Nostra Aetate

            Otro documento fundamental del Concilio Vaticano II sobre el reconocimiento de la dignidad de la persona humana y los pueblos es la Gaudium et Spes. Un reconocimiento fundamentado en la creación a imagen de Dios, su filiación divina, su redención por Cristo y su misión y destino común.

“La igualdad fundamental entre todos los hombres exige un reconocimiento cada vez mayor. Porque todos los hombres, dotados de alma racional y creados a imagen de Dios, tienen la misma naturaleza y el mismo origen. Y porque redimidos por Cristo, disfrutan de la misma vocación y de idéntico destino. Es evidente que no todos los hombres son iguales en lo que toca a la capacidad física y a las cualidades intelectuales y morales. Sin embargo, toda forma de discriminación en los derechos fundamentales de la persona, ya sea social o cultural, por motivos de sexo, raza, color, condición social, lengua o religión, debe ser vencida y eliminada, por ser contraria al plan divino”. Gaudium et Spes. Concilio Vaticano II

“Para quien cree en Dios, todos los seres humanos, incluso los menos favorecidos, son hijos del Padre Universal que los ha creado a su imagen y guía sus destinos con amor solícito. La paretnidad de Dios significa fraternidad entre los hombres: éste es uno de los puntos clave del universalismo cristiano, un punto en común también con otras grandes religiones, y un axioma de las más profunda sabiduría humana de todos los tiempos, la que rinde culto a la dignidad humana”. Pablo VI. Discurso al cuerpo diplomático. 1978.

            En 1975 el Vaticano publicó las Sugerencias para la Aplicación Práctica de la Declaración Nostra Aetate en donde se condena con claridad el antisemitismo y se recomiendan medidas concretas para promover el diálogo judeo-cristiano.

            Juan Pablo II ha destacado por una defensa de la dignidad humana de cada hombre, más allá del peligroso prejuicio de la raza. Una dignidad que emana directamente de su relación filial con Dios Creador.

“La creación del hombre por Dios” a su imagen” confiere a toda persona humana una dignidad eminente; supone además la igualdad fundamental de todos los seres humanos. Para la Iglesia, esta igualdad, enraizada en el mismo ser del hombre, adquiere la dimensión de una fraternidad especialísima mediante la encarnación del Hijo de Dios… En la redención realizada por Jesucristo, la Iglesia contempla una nueva base para los derechos y deberes de la persona humana. Por ello, cualquier forma de discriminación por causa de la raza… es absolutamente inaceptable”. Juan Pablo II. Ante las Naciones Unidas.

            Otro documento importante fue las notas sobre el Modo Correcto de Presnetar a los Judíos y al Judaísmo en la Prédica de la Catequesis en al Iglesia Católica (1985). Aquí se declara que “Pecadores cristianos son más culpables por la muerte de Cristo que aquellos pocos judíos que la provocaron”.

            Durante la primera visita de un Papa a una sinagoga desde San Pedro, en Roma en 1986, Juan Pablo II se refirió a los judíos como “nuestros hermanos mayores” condenó la persecución de éstos, invocó “nuestra común herencia”, alabó el “amor fraternal”, y le agradeció a Dios por la “hermandad redescubierta” y por “el nuevo y más profundo entendimiento entre nosotros aquí en Roma. Además, entregó en obsequio un ejemplar de una Torá del Museo Vaticano. En sus palabras de bienvenida, el rabino Elio Toaff aseguró que “Este gesto está destinado a ser recordado a lo largo de la historia”. En una recepción posterior a la visita se reunió con líderes judíos, entre ellos con Settima Spizzichino, la única mujer judía sobreviviente de la deportación de la judería romana de 1943.

“No se puede cargar la culpa atávica o colectiva, por lo que “se hizo en la pasión de Jesús.” No de manera indiscriminada a los Judios de la época, no los que vinieron después, no a los de hoy. Así que cualquier pretendida justificación teológica de las medidas discriminatorias o, peor persecución,. El Señor juzgará a cada uno “, de acuerdo a nuestras obras,” los Judios como los cristianos (cf. Rm 2, 6).Juan Pablo II. Visita a la Sinagoga de Roma. 1986

            El 10 de febrero de 1988 la Comisión Pontificial para la Justicia y la Paz del Vaticano edita en Roma el documento La Iglesia y el racismo. En él se condena todas las formas de discriminación racial e intolerancia y se describe al antisemitismo como “la forma más trágica que la ideología racista ha asumido en nuestro siglo, con los horrores del Holocausto judío y que aún no ha desaparecido del todo”. Así mismo denuncia el surgimiento de organizaciones que alimentan el mito racista del antisemitismo, y condena los actos terroristas contra personas o símbolos judíos.

            El 29 de octubre de 1992, Juan Pablo II condenó enérgicamente el resurgimiento del antisemitismo en Europa, especialmente en Alemania. Declaró que “cualquier forma de racismo es un pecado contra Dios y contra el hombre”. También condenó “los ataques y la profanación antisemitas que ofenden la memoria de las víctimas del Holocausto en los lugares donde se presenció el sufrimiento de millones de personas inocentes”.

            En diciembre de 1993 el Vaticano y el Estado de Israel establecen relaciones diplomáticas a través de la firma del Acuerdo Fundamental. Allí “se comprometen a mantener una cooperación apropiada con el objeto de combatir toda clase de antisemitismo y toda clase de racismo y de intolerancia religiosa”.

            En varias ocasiones Juan Pablo II ha exhortado al mundo a redoblar esfuerzos para “liberar al hombre de los espectros del racismo, la marginación, la subyugación y la xenofobia”. Así mismo siempre que tuvo oportunidad a condenado “los horrores del antisemitismo, los nacionalismos y los genocidios”.

            En el año 2000, durante la visita del papa Juan Pablo II a Tierra Santa, el pontífice rezó frente al Muro de las lamentaciones, y colocó dentro del muro un papel firmado por él, con una de las oraciones universales de la Jornada del Perdón, en el que pidió perdón por los pecados cometidos contra los judíos por los cristianos en el pasado. El documento se encuentra hoy en el Monumento del Holocausto Yad Vashem.

“Dios de nuestros padres, tú has elegido a Abraham y a su descendencia para que tu Nombre fuera dado a conocer a las naciones: nos duele profundamente el comportamiento de cuantos, en el curso de la historia, han hecho sufrir a estos hijos tuyos y, a la vez que te pedimos perdón, queremos comprometernos en una auténtica fraternidad con el pueblo de la Alianza”. Juan Pablo II. Ante el muro de las lamentaciones. 26 de marzo de 2000

El papa Benedicto XVI ha tenido numerosos encuentros con las autoridades religiosas judías. En pocos años visitó tres sinagogas. En la visita que realizó en 2006 al campo de concentración de Auschwitz aclara como el objetivo del nazismo era la extinción del pueblo judío y de su fe en Dios, para sustituirla por un credo basado en la fuerza y el dominio del hombre.

“Los potentados del Tercer Reich querían aplastar al pueblo judío en su totalidad, borrarlo de la lista de los pueblos de la tierra… En el fondo, con la aniquilación de este pueblo, esos criminales violentos querían matar a aquel Dios que llamó a Abraham, que hablando en el Sinaí estableció los criterios para orientar a la humanidad, criterios que son válidos para siempre. Si este pueblo, simplemente con su existencia, constituye un testimonio de ese Dios que ha hablado al hombre y cuida de él, entonces ese Dios finalmente debía morir, para que el dominio perteneciera sólo al hombre, a ellos mismos, que se consideraban los fuertes que habían sabido apoderarse del mundo. En realidad, con la destrucción de Israel, con la Shoah, querían en último término arrancar también la raíz en la que se basa la fe cristiana, sustituyéndola definitivamente con la fe hecha por sí misma, la fe en el dominio del hombre, del fuerte.”. Benedicto XVI. Visita al Campo de concentración de Auschwitz. 28 de mayo de 2006.

Durante la visita a la Sinagoga de Roma el 17 de enero de 2010, el papa Benedicto XVI afirmó que en el núcleo del Holocausto se encuentra en el olvido de Dios como Creador y en la idolatría del hombre, la raza o el Estado.

“El paso del tiempo nos permite reconocer que el siglo XX fue una época verdaderamente trágica para la humanidad: guerras sangrientas que sembraron más destrucción, muerte y dolor que nunca; ideologías terribles que hundían sus raíces en la idolatría del hombre, de la raza, del Estado, y que llevaron una vez más al hermano a matar al hermano. El drama singular y desconcertante del Holocausto representa, de algún modo, el culmen de un camino de odio que nace cuando el hombre olvida a su Creador y se pone a sí mismo en el centro del universo.” Benedicto XVI.

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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