21.6. La comisión pontificia Iusticia et Pax

            En 1988 el papa Juan Pablo II encarga la creación de una comisión encargada de estudiar el problema del racismo que llevará el nombre de comisión Iusticia et pax (Justicia y paz). El estudio fue liderado por el cardenal Roger Etchegaray quien siempre había llevado a cabo un servicio incansable a favor de la paz, los derechos humanos y las necesidades de los pobres.

            El documento se inicia realizando un análisis de las conductas racistas a lo largo de la historia, y como estas “hunden sus raíces en la realidad del pecado desde el origen del género humano, tal y como la Bíblia nos lo presenta con el relato acerca de Caín y Abel y de la Torre de Babel”.

            Acto seguido pasa a denunciar algunas de las formas actuales del racismo. Formas que se presentan de formas diferentes, espontáneas, oficialmente toleradas o institucionalizadas. Así por ejemplo se denuncia las políticas del Apartheid o del “separate development” del gobierno sudafricano, haciendo un llamado a la paz y a superar los obstáculos que impiden la convivencia fraterna en este país.

“Es urgente superar el abismo de los prejuicios, a fin de construir el futuro sobre los principios de la igual dignidad de todos los hombres. La experiencia ha podido mostrar, en otros casos, que evoluciones pacíficas son posibles en este terreno. La comunidad sudafricana y la comunidad internacional deben poner por obra todos los medios para favorecer un diálogo correcto entre los protagonistas. Es importante desterrar el miedo que provoca tanta rigidez. Es importante igualmente evitar que los conflictos internos sean explotados por otros, en detrimento de la justicia y la paz”.

            El documento sigue denunciando la discriminación racial que se realiza sobre las poblaciones aborígenes, recordando las heridas que dejaron los genocidios históricos que estos pueblos sufrieron buscando caminos para encontrar la convivencia.

            “En un cierto número de países, subsisten todavía formas de discriminación racial respecto de las poblaciones aborígenes,… sobrevivientes de verdaderos genocidios, realizados en otro tiempo por los invasores o tolerados por los poderes coloniales. Y no es raro que esas poblaciones aborígenes resulten marginadas respecto al desarrollo del país… Ciertamente, las soluciones son difíciles: la historia no puede ser re-escrita. Pero se puede encontrar formas de convivencia que tomen en cuenta la vulnerabilidad de los grupos autóctonos y le sbrinde la posibilidad de ser ellos mismos…”

            También se denuncia la discriminación religiosa que se produce en ciertos países, convirtiendo a las personas que profesan determinadas religiones en ciudadanos de segunda categoría. Así mismo se define el etnocentrismo como actitud en la cual “un pueblo tiende naturalmente a defender su identidad, denigrando la de otros, hasta el extremo de negarles, simbólicamente al menos, la cualidad humana”, y se advierte del peligro que “el rechazo de la diversidad puede conducir hasta aquella forma de aniquilación cultural, que los etnólogos llaman “etnocidio”, la cual no tolera la presencia del otro si no en cuanto se deja asimilar a la cultura dominante”.

            El texto aborda un tema crucial de la justicia como es la denuncia del racismo social, como exclusión de los que son de otra clase o no poseen un determinado poder adquisitivo:

            “No es exagerado afirmar que, dentro de un mismo país y de un mismo grupo étnico, pueden darse formas de racismo social, cuando, por ejemplo, inmensas masas de campesinos pobres son tratados sin ninguna consideración por su dignidad y sus derechos, expulsados de sus tierras, explotados y mantenidos en un estado de inferioridad económica y social por propietarios omnipotentes, que gozan además de la inercia o la activa complicidad de las autoridades”.

            Se denuncia también el llamado racismo espontáneo que se da hacia los ciudadanos extranjeros, especialmente cuando éstos se distinguen por su origen étnico y su religión. Esta forma de racismo supone la negación del otro, del derecho a ser lo que es, y en todo caso del serlo “entre nosotros”. Se anima pues a resolver este tipo de conflictos con la confianza también en la riqueza que aporta la diversidad humana para constituir un crisol de culturas.

            También se retoma el fenómeno del antisemitismo para condenar de nuevo el holocausto judío, asi como para denunciar los brotes que en forma de “organizaciones alimentan mediante ramificaciones en numerosos países, el mito racista antisemita, con el apoyo de una red de publicaciones”.

            Por último se advierte del racismo eugenésico que empleando “técnicas de procreación artificial, con la fecundación in vitro y las posibilidades de manipulación genética”, tiene el peligro de dedicarse a “producir” seres humanos seleccionados según criterios de raza, u otras peculiaridades, cualesquiera que sean. “Un abuso parecido consistiría en evitar que vinieran al mundo seres humanos de tal o cual categoría social o étnica, mediante el recurso al aborto y a campañas de esterilización”.

El Documento de Puebla

El Documento de Puebla (1979), al hablar de las fracturas que sufre el hombre en América denuncia la visión determinista y fatalista del ser humano:

No se puede desconocer en América Latina la erupción del alma religiosa primitiva a la que se liga una visión de la persona como prisionera de las formas mágicas de ver el mundo y actuar sobre él. El hombre no es dueño de sí mismo, sino víctima de fuerzas ocultas. En esta visión determinista, no le cabe otra actitud sino colaborar con esas fuerzas o anonadarse ante ellas. Se agrega a veces la creencia en la reencarnación por parte Se agrega a veces la creencia en la reencarnación por parte de los adeptos de varias formas de espiritismo y de religiones orientales. No pocos cristianos, al ignorar la autonomía propia de la naturaleza y de la historia, continúan creyendo que todo lo que acontece es determinado e impuesto por Dios. (Puebla, Conclusiones 308)

Una variante de esta visión determinista, pero más de tipo fatalista y social, se apoya en la idea errónea de que los hombres no son fundamentalmente iguales. Semejante diferencia articula en las relaciones humanas muchas discriminaciones y marginaciones incompatibles con la dignidad del hombre. Más que en teoría, esa falta de respeto a la persona se manifiesta en expresiones y actitudes de quienes se juzgan superiores a otros. De aquí, con frecuencia, la situación de desigualdad en que viven obreros, campesinos, indígenas, empleadas domésticas y tantos otros sectores. (Puebla, Conclusiones 309)     

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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