22.1. La falacia de la clasificación racial o la imposibilidad de clasificar a los seres humanos en razas definidas

Inutilidad científica del concepto de raza

            Ya hemos visto como el racismo científico tuvieron serios problemas en ponerse de acuerdo en el número de razas que existían. Si para Linneo eran cuatro, para Blumenbach eran cinco y para Buffón seis. Peschel hablaba de siete y para D´Agassiz este número era de ocho. Haeckel defendió la existencia de doce razas, para Desmoulins eran deciseis, Morton las clasificó en veintidós y para Crawford este número llegó a ser de sesenta. Cuando después se encontraron más marcadores, este número empezó a multiplicarse tanto que las diferencias entre una y otra eran tan sutiles que empezaron a dejar de ser operativas y concluyentes.

            Según el científico Alberto Piazza, “el estudio de la diversidad genética nos enseña sobre todo la historia de la geografía de las poblaciones” (1997, p.64), lo que hace de la raza “un concepto sin fundamento biológico”.

            Alberto Piazza, colaborador en algunos trabajos de Cavalli-Sforza, realizó un estudio filogenético basado en la frecuencia de 120 genes, en 42 poblaciones, que iban desde los bantús, los pigmeos y los bereberes hasta los ingleses, pasando por los vascos y japoneses. Piazza afirma que:

“El estudio confirma que el nivel en el que hay que detener la clasificación es completamente arbitrario. (…) Todas las poblaciones o grupos de poblaciones se solapan cuando se estudia la distribución de genes individuales. Además, aunque con distintas Además, aunque con distintas frecuencias, todos los alelos están presentes en todas las poblaciones, salvo algunas raras excepciones como ciertos genes mitocondriales que han desaparecido en los europeos pero persisten en los africanos. Por consiguiente, ningún gen individual basta para clasificar las poblaciones humanas en categorías sistemáticas”[1]

            Ahora bien, ¿qué interes tiene seguir manteniendo un concepto como el de raza que se demuestra inútil a nivel científico? La respuesta es que se trata de un concepto más ideológico que científico, y es que la raza “se hereda según leyes no científicas, de acuerdo con un sistema cultural basado en el sentido común o popular. La herencia racial es cualitativa – todo o nada – mientras que la herencia biológica es cuantitativa y puede fraccionarse” (Marks, 1997: 1049).

            Ashley Montagu apunta a que existen términos alternativos al de raza que pueden usar los biólogos y que expresan con mayor precisión el objeto de estudio como son el de población, el de clina y el de etnicidad:

“La idea de población, esencial para los cálculos genéticos, puede sustiuirse por la de raza, sin tener que cargar con consecuencias problemáticas. Esto es así porque el concepto de población no se refiere a un taxón biológico que requiere una definición distintiva. Más bien se refiere a cualquier población reproductora, y estas pueden tener diferente grado de cohesión. El segundo concepto alternativo es el de clina, que se refiere al cambio de la frecuencia de los rasgos biológicos en un gradiente geográfico. El tercer concepto alternativo es el de etnicidad, que ha llegado a ser ampliamente usado para referirse a la autodefinición de cualquier unidad social humana, basada en la definición social de la comunidad religiosa, nacionalidad o supuesta pertenencia racial”.[2]

Clinas y demes

            Hacía 1962, el investigador Frank B. Livingstone observó que las diferencias biológicas entre poblaciones adyacentes no se producían a saltos, como cabría esperar de la existencia de razas perfectamente determinadas por la genética. Al contrario, las variaciones se observan que son graduales y continuas. Algo similar a lo que sucede con el espectro de colores del arco iris, que no pasa bruscamente del rojo al amarillo y de este al azul, sino que gradualmente va pasando por miles de pequeños gradaciones en la coloración, de tal manera que no se puede concluir con precisión donde acaba un color y donde empieza el siguiente.

            Este hecho le llevó a concluir que “no existen razas, sino clinas”. Las clinas son patrones de cambio gradual entre poblaciones de un rasgo biológico. Esta graduación se puede dar, bien por el contacto entre dos poblaciones con características iniciales diferentes, o bien por adaptación a unas condiciones climáticas geográficamente estructuradas. Si representáramos gráficamente las clinas, se parecerían a las isobaras de un mapa de tiempo atmosférico. El término clina empezó a ser empleado a partir de los trabajos del antropólogo C. Loring Brace, para quien las variaciones, en tanto están afectadas por la selección natural, la migración, o la deriva genética, se encuentran distribuidas en gradaciones geográficas llamadas “clines”. (Brace, 1964). El genetista francés Albert Jacquard abunda en esta idea:

“El laboratorio de genética biológica de la Universidad de Ginebra ha demostrado que podemos pasar de manera continua de una población muy oscura, como los sars de Chad, a una población clara, como los belgas, mediando tan sólo dos poblaciones: los bushmen y los chaoias de Argelia. Existe un gran número de chaoia que son de piel más clara que muchos belgas, y también hay gran cantidad de chaoias más oscuros que muchos bushmen. La dispersión de esta característica proviene tanto de las diferencias entre individuos de un mismo grupo como de las que existen entre la media de los grupos”. A. Jacquard. Los hombres y sus genes, 1996:84.

Un descubrimiento importante fue el realizado por el antropólogo C. Loring Brace sobre las variaciones genotípicas y fenotípicas. Brace descubrió que dichas variaciones en cuanto están afectadas por la selección natural, la migración, o la deriva genética, se encuentran distribuidas en gradaciones geográficas que denominó “clinas”. La propagación de genes entre poblaciones adyacentes genera un cambio gradual en la frecuencia de genes con la distancia. El color de la piel, por ejemplo, presenta un modelo clinal desde las latitudes bajas a las más altas relacionado con la intensidad gradualmente cambiante de los rayos solares. Clasificar una raza en base a descripciones externas como la textura del pelo o el color de la piel es poco científico, ya que podrían elegirse otros cientos de parámetros no externos aún más importantes como por ejemplo el tipo de sangre.

Se ha comprobado que la variabilidad natural entre seres humanos se distribuye como si fuese una nube de puntos, impidiendo poder agrupar o realizar clasificaciones de varios rasgos. Por otra parte, el nivel de migración existente en la actualidad es realmente elevado; a su vez, cada vez se producen más uniones entre personas de diferentes zonas del planeta, lo que implica una cada vez mayor homogenización de nuestro patrimonio genético y la disminución de las pequeñas variaciones existentes.

Si el término clina se refiere a la variedad genotípica, hay un término que emplean los científicos para asignar la diversidad fenotípica dentro de una misma especie, esto es de rasgos visibles, y es la palabra deme (pueblo). Con ella, se hace referencia a la existencia de una determinada frecuencia de caracteres fenotípicos en diversas zonas geográficas. El color de la piel, de los cabellos o los ojos, el tamaño de la nariz, la estatura, etc. son algunos ejemplos de demes, que indican la variabilidad adaptativa de la especie humana al medio.

Más de 6.000 millones de razas

A finales del s. XX genetistas como el italiano Cavalli-Sforza comprobaron que no existían argumentos biomoleculares para establecer la categoría “raza” como un criterio fiable para ordenar la diversidad humana.

“Si estudiamos cualquier sistema genético, siempre encontramos un grado elevado de polimorfismo, es decir de variedad genética: significa esto que un gen presenta distintas formas. Esto ocurre tanto en una población muy pequeña como en el conjunto de la población europea, tanto en toda una nación como en una ciudad o en un simple pueblo. Por ejemplo, las proporciones de genes A, B y O varían de unos pueblos a otros, de unas ciudades a otras, de unas naciones a otras, pero no demasiado: en cada microcosmos encontramos una composición genética comparable a la del conjunto, aunque algo distinta (…) Podemos estudiar la clase rica o la pobre, a los blancos o a los negros: siempre hallaremos el mismo fenómeno [de polimorfismo]. La pureza genética es inexistente, simplemente no se encuentra en las poblaciones humanas”. Cavalli-Sforza, 2000.

El concepto de raza entra en crisis a mediados del s. XX, cuando los científicos reconsideran su definición. El antropólogo William Boyd redefinió raza como “una población que difiere significativamente de otras poblaciones respecto a la frecuencia de uno o más genes que posee”. El número de genes loci que hay que escoger para considerar una “constelación” significativa es totalmente arbitrario. ¿Por qué fijarse sólo en el color de la piel? Si las poblaciones humanas presentan variaciones para unos veinticinco mil pares de genes. ¿Por qué tener en cuenta sólo los cuatro pares que determinan el grado de pigmentación cutáneo? De hecho, el estudio de los genes que controlan los grupos sanguíneos ABO, ha revelado que un europeo puede ser muy diferente de su vecino de al lado, y en cambio tener más parecido a un africano o a un habitante de Siberia.

Es por ello que L. Lieberman y F. L. Jackson (1994) han apuntado que “la debilidad de este argumento es que si un gen puede distinguir razas, entonces el número de razas es tan numeroso como el número de parejas humanas reproduciéndose”. Además, el antropólogo Stephen Molnar ha apuntado que la discordancia de los clines provoca una multiplicación en el número de razas que inutiliza la utilidad del concepto (Molnar, 1992).

Para Kattman la genética tiene una respuesta simple para el número de razas existente en la actualidad en la Tierra y esa es 6.000 millones: la misma cantidad de personas que habitan la Tierra.

La teoría de la Eva mitocondrial

El estudio de marcadores clásicos, como el color de piel u ojos, grupo sanguíneo, etc. fueron abnadonados definitivamente en los años 80 debido a las nulas aplicaciones que estaban dando a nivel científico. En su lugar, el estudio del ADN se vio más práctico ya que analizar el genotipo permitía obtener conclusiones claras acerca del al antigüedad absoluta de la variación del genoma.

El ADN mitocondrial es un ejemplo de esto. En 1987, Allan C. Wilson, Rebecca Cann y Mark Stoneking, realizaron un profundo estudio sobre la variación existente en el genoma de las mitocondrias. Estas son unos orgánulos con material genético propio que existen en todas las células, y que son responsables de la respiración celular. Las ventajas del ADN mitocondrial es que es una sóla molécula haploide, que procede genéticamente por herencia tan solo de la madre. Además es una molécula que no se recombina, por lo que se transmite intacta a la siguiente generación. La única vía de variación del ADN mitocondrial es mediante la mutación. Si dos secuencias de ADN mitocondrial difieren en una sola mutación, están más próximas generacionalmente que otras dos secuencias que presenten mayor número de diferencias. De esta manera se pueden realizar árboles genéticos a partir de los ADN mitocondriales de la humanidad actual y deducir su historia evolutiva.

Pues bien, el equipo del doctor Wilson, tras estudiar una muestra de 147 ADN mitocondriales de diferentes grupos humanos, llegó a las siguientes conclusiones:[3]

  1. Toda la variación del ADN mitocondrial actual puede trazarse hacia el pasado hasta un único antepasado inicial. Como la herencia mitocondrial depende exclusivamente de la madre, a este estudio se le ha denominado teoría de la “Eva mitocondrial”.
  2. Este antepasado vivió probablemente en Áfric, pues es precisamente aquí donde se observa que las poblaciones actuales poseen mayor diversidad genética.
  3. Este antepasado común vivió hace unos 100.000 y 200.000 años. Esto se deduce suponiendo que la tasa de mutaciones se ha mantenido constante durante todo este tiempo (modelo del reloj molecular) y que se habrían ido acumulando progresivamente para dar origen a la diversidad genética que se observa hoy en día.

La consecuencia principal de la teoría de la Eva mitocondrial, es que establece que nuestra especie es de origen reciente, y que toda la humanidad surge de una población africana que se expandió por Eurasia y América, reemplazando a las diferentes poblaciones arcaicas que existían en los continentes habitados. El paleontólogo del Museo de Historia Natural de Londres, Cris Stringer afirma, no sin razón, que “todos somos africanos bajo la piel”.

Con los datos de la arqueología se puede ir calculando las fechas de poblamiento del hombre. A Australia llegaría hace unos 70.000 años, a Europa hace aproximadamente 40.000, a Siberia hace unos 35.000 años y a América entre 15 y 30.000 años.

            No obstante, la uniformidad genética del ser humano, no nos permite asignar una estructura geográfica a esta pequeña diversidad genética. Lo reciente del génesis humano, y los constantes flujos migratorios de personas, impiden poder asignar un linaje genético a una zona específica, como no sea en áreas tan grandes como por ejemplo un continente.

La teoría del Adán nuclear

            Estudiando el cromosoma Y, que es transmitido únicamente por vía parental, se puede establecer la contrapartida masculina del ADN mitocondrial. Pues bien, analizando la variación genética del cromosoma Y, se puede retroceder en el tiempo hasta un antepasado masculino de todos los cromosomas Y actuales. Un antepasado que habría vivido hace unos 75.000 años. Esta teoría se la ha denominado del “Adán nuclear”, y sus conclusiones han confirmado las principales consecuencias obtenidas en el estudio del ADN mitocondrial.

            Recientemente se han realizado estudios con los cromosomas no sexuales. Más en concreto en los autosomas. Estos pueden aportar evidencias sobre la historia genética humana, y han corroborado lo concluido en las teorías de la Eva mitocondrial y del Adán nuclear.

            Con los datos disponibles en la actualidad, no se observan grandes divisiones en el género humano que pieden considerarse importantes desde un punto de vista taxonómico. Con ello se desmorona la pretensión del racismo de pretender clasificar a los hombres en razas perfectamente definidas.

            Otra consecuencia que se puede obtener al estudiar los árboles genéticos, es que todas las poblaciones humanas han evolucionado por igual y durante el mismo período de tiempo. Por tanto, es absurdo emplear expresiones como “grupos primitivos”, o “grupos más o menos evolucionados”, ya que ningún grupo humano está genéticamente más o menos evolucionado que otro.

            Tampoco se puede esperar que la genética pueda ayudar a clasificar las razas. Al estudiar el genoma humano se descubrió que no existían genes que fueran particulares de una u otra población, y que toda la especie humana mostraba una notable uniformidad genética, a pesar de su enorme dispersión por el planeta.

El genetista Richard Lewotin observó que el 85% de las variaciones humanas ocurren dentro de una misma población, y no entre poblaciones, mientras que el 8% se da entre poblaciones diferentes y sólo el 7% restante corresponde a diferencias genéticas entre grandes grupos, por ejemplo, europeos, asiáticos y africanos. De esta manera concluyó que ni “raza” ni “subespecie” son términos apropiados o útiles para describir o clasificar una población humana. Por todo ello, los antropólogos físicos prefieren usar ahora los conceptos de población y de cline para referirse a los grupos con elementos biológicos comunes, mientras que los antropólogos culturales emplean el término étnia, para referirse a grupos con elementos culturales comunes.

El estudio del genoma humano ha permitido descubrir, que no existen genes que sean específicos de una determinada raza. Al contrario se observa que todo el género humano muestra una notable uniformidad genética, a pesar de su enorme dispersión por el planeta. Se ha estimado que el 85% de la variación genética total tiene lugar entre individuos de una misma población, mientras que el 8% se da entre poblaciones diferentes y sólo el 7% restante corresponde a diferencias genéticas entre grandes grupos, por ejemplo, europeos, asiáticos y africanos.

            “Se ha descubierto que los seres humanos, considerados en conjunto, son notablemente uniformes desde el punto de vista genético; no hay genes específicos de poblaciones y prácticamente en cada población están representadas todas las variantes genéticas (llamadas alelos) donde es posible localizar un gen. El 99,9% del material genético de dos individuos elegidos al azar es idéntico, y las diferencias se encuentran mayoritariamente en zonas del genoma que no son codificadadoras; además, la escasa variación genética existente la encontramos entre individuos de una misma población más que entre individuos de poblaciones diferentes. No hay, consecuentemente, una correspondencia entre divisiones genéticas y clasificaciones raciales tradicionales. […] La biología molecular, por tanto, lejos de reforzar la existencia de razas, constituye el principal adversario de esta hipótesis, por eso, como dice el genetistas, Jaume Bertranpetit, de la Universidad Pompeau Fabra, la ciencia es un arma contra el racismo”. Carlos Lalueza.

Tal es la uniformidad que, según el biólogo Richard Lewotin, si hubiera una hecatombe mundial y pereciera toda la humanidad excepto un pequeño grupo de individuos, se preservaría alrededor del 80% de toda la diversidad genética de la humanidad.

La unidad de la especie humana es mucho más profunda de lo que hasta ahora se pensaba.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Piazza, 1997: 1054-1055. Citado por Eduardo Teillet Roldán. Raza identidad y ética. Ed. Serbal. 2000. p. 54
[2] Ashley Montagu. Idem. pág. 65.
[3] Carles Lalueza. Razas, racismo y diversidad. Ed. Algar. 2002. Pág. 135
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