22.2. La falacia de la pureza racial

La tercera falacia que es necesario desmontar es la que presupone que la raza se degenera cuando se mezcla con otras, y que por tanto es vital para la supervivencia de la misma, preservarla pura de toda “contaminación”.

Esta tesis fue planteada, como ya hemos visto, por A. Gobineau, y constituye uno de los elementos clave del edificio racista.

“La falta de homogeneidad de la sangre crea discrepancias en las concepciones; a consecuencia de la mezcla de razas, se produce la degeneración, la confusión, el estancamiento morboso”.

“Pienso que la palabra degenerado, cuando se aplica a un pueblo, debe significar y significa que este pueblo no posee ya el valor intrínseco que antiguamente poseía, porque no circula ya por sus venas la misma sangre, gradualmente depauperada con las sucesivas aleaciones”. A. Gobineau

El delirio nazi por buscar la pureza racial, les llevó a realizar políticas inhumanas como el Lebensborn, donde se cruzadban “especimenes arios especialmente seleccionados”, o las políticas de eliminación de “degenerados” mediante el exterminio por eutanasia o en campos de concentración.

Hoy en día se ha demostrado que la base científica de estas políticas carecía de consistencia. Los cruces entre razas puras, conducen a la larga a crear enfermedades y a empobrecer la biodiversidad. Cualquier criador de perros, por ejemplo, sabe muy bien que los cruces entre individuos de una misma familia (por ejemplo entre los descendientes de campeones del mundo) con el fin de conservar una tipología determinada, no hacen sino destruir el linaje. Los cruces de razas puras de campeones generan individuos cada vez más débiles y con más anomalías psicológicas (perros tímidos o absurdamente feroces), funcionales (cojeras, problemas oseos, etc.) o de otra índole, como un sistema inmunitario débil. Por ello, es necesario introducir “sangre nueva” mediante cruces externos, para preservar la fortaleza y la salud de la raza.

Contundente es el argumento que Cavalli-Sforza plantea en contra de la búsqueda de la pureza racial. Si los miembros de una familia practicaran la endogamia durante 20 ó 30 generaciones, no lograrían una colectividad totalmente “pura”, en la que hubiera desaparecido la variabilidad genética. Más aún, el intento de criar artificialmente “seres puros” acarrearía graves consecuencias para la fertilidad y salud de los descendientes, y podría conducir a importantes deformaciones e incluso a la muerte.

La diversidad genética que aportan los individuos heterocigóticos y las poblaciones polimórficas son una garantía de supervivencia. Vamos a verlo con una serie de ejemplos.

El caso del maíz híbrido seleccionado

            Hacia 1917 se realizó en los EE.UU. un experimento de selección artificial de semillas de maiz con el objetivo de mejorar las cosechas. Para ello se creó un maiz híbrido a partir del cruce de cuatro variedades iniciales. La descendencia de estos cruces se volvía a cruzar entre sí. Con el tiempo los cruces se realizaban de forma recurrente con lo que la diversidad genética se fue perdiendo, consiguiéndose progresivamente una población genéticamente homogenea.

            El problema llegó cuando en 1970 una epidemia de helmintosporiosis acabó de golpe con todas las cosechas de maiz híbrido demostrando la vulnerabilidad de estos cultivos. La selección de ciertos rasgos comercialmente beneficiosos había descuidado la diversidad genética y con ello la resistencia a ciertas enfermedades. Si las plantas hubieran conservado su diversidad, hubieran dispuesto de un arsenal genético que les hubiese permitido adaptarse al nuevo agente patógeno, y hubieran sobrevivido a la enfermedad.

Las ratas y la importancia de la heterocigosis

            Para evitar la propagación de enfermedades por medio de las ratas se producen periódicamente campañas de desratización que nunca llegan a conseguir sus propósitos con la eficacia deseada. Las ratas se hacen resistentes a estos venenos y aprenden a evitarlos. Las ratas son animales gregarios, cuya vida en grupos les confiere ventajas. Por ejemplo, al observar los efectos del veneno sobre un compañero, alerta a las demás de comer ese producto.

            Uno de los venenos más empleados con éxito contra estos roedores es la warfarina. Introducida en 1950, tiene por efecto producir hemorragias internas que no llegan a curar al inhibirse la producción de vitamina K necesaria para la coagulación de la sangre. La rata muere varios días después de ingerir la sustancia, con lo que se evita que se establezca la relación causante, con el consiguiente apredizaje y rechazo al alimento que la contiene.

            Sin embargo, se ha comprobado que existen ratas resistentes a la warfarina, lo que permite que estas poblaciones aumenten en relación a las sensibles al veneno. Podría esperarse que el alelo de la resistencia a la warfarina se extendiese a toda la población, pero su presencia en las colonias de ratas nunca sobrepasa el 44%. La explicación de este fenómeno está en que los individuos homocigóticos al gen resistente, producen menos vitamina K, lo cual les obliga a ingerirla en mayores cantidades.

            El zoologista Manuel Berdoy, de la universidad de Oxford, explica las ventajas de la heterocigosis a raiz de sus estudios con ratas:

“Estas observaciones constituyen una de las mejores demostraciones de la ventaja de la heterocigotia entre los mamíferos. En efecto, las ratas heterocigóticas resistentes se benefician no sólo de la protección aportada por el alelo “resistente”, sino también, gracias a su alelo vulnerable, de costes vitamínicos mucho más bajos que los de las ratas heterocigóticas resistentes”.[1]

Los problemas de la endogamia

            Cuando una especie experimenta una reducción tan drástica de sus miembros, y los supervivientes siguen reproduciéndose con sólo parte del patrimonio genético inicial se produce lo que se llama un cuello de botella. En biología se denomina a este fenómeno el “efecto fundador” y se suele dar con frecuencia entre las poblaciones animales y plantas de las islas oceánicas.

            El efecto fundador también se ha dado en poblaciones humanas. Un caso conocido es el que se produce en las comunidades Amish de Lancaster. Los Amish es una comunidad religiosa anabaptista, provenientes de Suiza que se asentó en los EE.UU en 1770. Los Amish forman poblaciones cerradas, con un conjunto de costumbres peculiares y con un alto grado de endogamia en sus matrimonios. Esto ha provocado que sus miembros presenten con más frecuencia un gen, escasísimo en el resto de la población mundial, que provoca una extraña combinación de enanismo y polidactília. Desde su fundación en el s. XVIII se han detectado entre los Amish 61 casos de esta anomalía genética, prácticamente los mismos que en el resto del mundo. En la actualidad, el 13% de los Amish que hay en el mundo, porta o manifiesta el gen afectado como consecuencia de que entre los doce individuos fundadores, uno de ellos era portador del mismo.

            La difusión de enfermedades genéticas también ha afectado a las casas reales europeas, debido a la frecuencia con la que se realizan matrimonios consanguíneos. Así por ejemplo sucedió con Carlos II de Austria (1665-1700), que murió joven y sin descendencia concluyendo así la dinastía de los Austrias en España. Carlos II, conocido como El Hechizado, tuvo un coeficiente de consanguinidad altísimo, como si hubiera sido hijo de una relación entre padres e hijos, o entre hermano y hermana. Carlos creció raquítico, enfermizo y con poca inteligencia, además de estéril. A los 5 años andaba con dificultad y a los 9 todavía no sabía leer ni escribir.

            Otro caso en el que se ve los problemas que supone la endogamia, sucedió con la reina Victoria de Inglaterra (1837-1901), portadora del alelo de la enfermedad de la hemofilia y que transmitió a su descendencia. De los nueve hijos que tuvo, uno de los varones resultó hemofílico, mientras que dos de sus hijas, Alice y Beatrice, fueron portadoras. Siete de los nietos de la reina heredaron este defecto genético; los cuatro que eran varones murieron y las tres mujeres propagaron su enfermedad a sus descendientes. Una de ellas, Victoria se casó con el rey de España y tuvo tres hijos hemofílicos. Otra se casó con un príncipe prusiano y llevó la enfermedad a Alemania; la tercera, Alejandra, se casó con el zar Nicolás II y transmitió la hemofilia a su hijo Alexis. La preocupación por la enfermedad que sufrió la familia imperial desempeñó un importante papel en la historia de Rusia.

La anemia falciforme y la ventaja heterocigótica

            Otro caso en el que se observa la importancia de la heterocigosis frente a la homocigosis genética lo encontramos en el caso de la anemia falciforme. Esta dolencia es una enfermedad endémica que sufren principalmente las personas del África central, y que se caracteriza por la presencia de glóbulos rojos en forma de hoz (de ahí el término falciforme) consecuencia de un proceso de cristalización de la hemoglobina que acaba por destruirlos, causando la muerte en las personas afectadas. Aquellos que lo padecen portan una hemoglobina defectuosa llamada S, mientras que la hemoglobina normal se denomina hemoglobina A. Si una persona presenta homocigosis SS padecerá la enfermedad, mientras que si posee heterocigosis AS tan sólo portará el gen, pero no sufrirá la enfermedad.

            Se da la circunstancia de que en esta zona de África tropical la malaria o fiebres palúdicas es una enfermedad endémica que afecta sólo a los homocigóticos AA. Los homocigóticos SS son inmunes a la malaria, al igual que los heterocigóticos AS. Por ello se da la circunstancia de que sólo los heterocigóticos AS gozan de las dos ventajas adaptativas. Este fenómeno se denomina en genética ventaja heterocigótica. Esto explica porqué el gen de la anemia falciforme no desaparezca de estas poblaciones, pese a sus efectos letales, ya que la combinación con el gen de la hemoglobina da a sus portadores ventaja frente a los individuos puros.

            Por todo ello es absolutamente falso afirmar que la anemia falciforme sea una enfermedad racial “negra”. Si bien la sufre principalmente esta población, se han encontrado frecuencias significativas en países europeos mediterráneos, en países árabes y en la India. También es cierto que afortunadamente no la sufren todas las personas de piel negra. En realidad, sólo se encuentra en aquellas regiones tropicales tradicionalmente afectadas por la malaria. Es por ello que la enfermedad y la resistencia a la malaria estén en relación directa. Las poblaciones ubicadas en zonas tropicales afectadas por la malaria habrían desarrollado también mayor frecuencia del alelo que codifica la enfermedad de la anemia falciforme.

22-2 anemia-falciforme

La anemia falciforme es la forma más común de la enfermedad de células falciformes; se trata de un trastorno grave en el que el cuerpo produce glóbulos rojos en forma de hoz, es decir, son células rojas que tienen forma de media luna. Los glóbulos rojos normales tienen una forma de disco y no se ven como rosquillas con agujeros en el centro.

            Otros ejemplos de enfermedades genéticas debidas a la presencia de dos genes recesivos y que presentarían la ventaja heterocigótica son la fibrosis quística y la enfermedad de Tay-Sachs. La fibrosis quística es un trastorno genético (CFTR) localizado en el cromosoma 7, que produce graves infecciones en los pulmones, páncreas, hígado e intestino. La enfermedad es padecida principalmente por poblaciones europeas de piel clara (1/50.000 niños nacidos lo sufren). Pues bien, algunos estudios apuntan a que ser portador del gen favorece la resistencia frente a otro tipo de enfermedades mortales como el cólera y el tifus. Otro tanto sucede con la enfermedad de Tay-Sachs (TSD), que afecta al sistema nervioso central y que padecen principalmente las personas de ascendencia judía ashkenazies. Localizada en el cromosoma 15, la TSD afecta a la producción de la enzima hexosaminidasa A, que regula el nivel de lípidos en el cerebro y el sistema nervioso. Esta enfermedad es codificada de forma similar a la anemia falciforme: para manifestarse, debe haber dos copias del gen. El genetista Gregory Cochran ha propuesto que la presencia recesiva del gen favorece el crecimiento de las dendritas nerviosas favoreciendo la inteligencia. De esta manera, Cochran propone que un heterocigoto presenta una ventaja selectiva cuando el portador realiza ocupaciones intelectuales.

La importancia de la diversidad genética humana

Los avances en inmunología han permitido a los genetistas identificar gran número de genes humanos que codifican enzimas específicas y otras proteínas. Analizando más de ciento cincuenta proteínas en miles de personas de todo el mundo se han obtenido resultados que clarifican la comprensión de la variación genética humana.

Aproximadamente el 75% de las poblaciones son idénticas en todos los individuos examinados, independientemente de la población elegida. A estas proteínas se las denomina monomórficas y son comunes a todos los seres humanos de todas las razas, con la salvedad de raras mutaciones ocasionales.

El 25% restante son proteínas polimórficas. Es decir, existen dos o más formas alternativas de proteínas codificadas por formas alternativas en un gen. Por ejemplo el gen que determina el tipo sanguíneo ABO, es polimórfico. Existen tres formas alternativas del gen, que se simbolizan como A, B y O. Pues bien, si pretendemos encontrar una asociación entre la frecuencia de este gen y una población determinada encontramos que es imposible. No existen poblaciones con una proporción muy alta de B y muy baja de A y O. Por ello un gen polimórfico nunca discrimina perfectamente a un grupo “racial” de otro. Es decir, no hay ningún gen conocido que sea 100% exclusivo de una raza. Así pues, analizando la variación genética total se concluye que el 85% de diferencias se encuentran entre dos individuos de la misma población local, el 8% se da entre poblaciones locales separadas y tan sólo el 7% restante entre las denominadas grandes “razas”.

Comparado con otras especies de mamíferos, los humanos presentan menos diversidad genética. Este hecho parece contradictorio dada nuestra amplia población y distribución mundial. Por ejemplo, los chimpancés, que sólo habitan en África central y occidental, presentan índices más altos de diversidad biológica que los humanos. Dos humanos escogidos al azar presentan una diferencia de cada 1000 nucleótidos, mientras que dos chimpancés igualmente seleccionados difieren de 1 a 500 nucleótidos.

La fuerza de una población se encuentra en su variedad genética para así poder adaptarse a las condiciones cambiantes del medio ambiente. En la actualidad, el ser humano es capaz de desarrollarse en todos los ecosistemas del planeta, casi sin excepción: Mientras los esquimales habitan el Ártico con temperaturas de -40º C en el invierno y 20º C en el verano, los San que habitan el desierto del Kalahari soportan temperaturas de hasta 40º C en el verano. En cuanto a la pluviosidad el hombre es capaz de vivir en el desierto más árido, hasta en las selvas con 300 días de lluvia al año. También el hombre se ha adaptado a la altura, como por ejemplo los pueblos andinos que poseen mayor cantidad de glóbulos rojos en la sangre, para hacer frente a la menor cantidad de oxígeno en las altas montañas.

La forma de la nariz presenta por ejemplo una adaptación al medio. La nariz larga de los europeos es el resultado de la necesidad de elevar la temperatura del aire frío y húmedo a la temperatura corporal antes de que alcance los pulmones. En cambio, aquellas personas originarias de los países cálidos suelen tener una nariz corta y pequeña, ya que no precisan calentar tanto el aire que llega a sus pulmones, y además les permitiría humedecerlo.

Otro fenómeno adaptativo está relacionado con la altura y la complexión. Los esquimales inuit suelen ser bajos y gruesos como consecuencia de su adaptación al frío extremo, ya que una figura redondeada supone menor pérdida de calor corporal. En cambio africanos como los masai (que vieven en zona scálidas de Tanzania y Kenia) suelen ser personas altas y delgadas precisamente para disipar con más facilidad el exceso de calor corporal. Estas reglas ecológico-térmicas fueron elaboradas y comprobadas por los científicos Carl Bergamnn (1847) y Joel Asaph Allen (1877). La adaptación al clima incidiría también sobre la forma del cráneo. En climas fríos, las poblaciones tienden a tener cráneos más redondeados pues conservan mejor el calor.

El color de la piel constituye otra adaptación humana a la supervivencia. El color oscuro en la piel es debido al pigmento melanina que nos protege de las lesivas radiaciones ultravioletas. Esta protección natural que poseen los pueblos de zonas subtropicales les previene de la aparición de cánceres de piel. Pero no solo eso. Los rayos ultravioletas hacen decrecer los niveles de ácido fólico, lo cual puede generar complicaciones en los embarazos. Por ello la piel pigmentada produce varios efectos defensivos.

Por el contrario, los que habitan regiones donde no hay tanto calor y que el sol brilla por su ausencia, la piel excesivamente pigmentada es perjudicial. Las personas necesitamos la acción de los rayos solares sobre la piel para sintetizar la hormona calciferal (vitamina D) esencial para la absorción del calcio. La carencia de la vitamina D produce raquitismo impidiendo el crecimiento de los huesos. La sangre lleva la vitamina D desde la piel a los intestinos donde juega un papel vital en la absorción del calcio de la alimentación. Recientemente se ha descubierto que la vitamina D parece cumplir una función antienvejecimiento.

Para hacer frente al raquitismo, las poblaciones de piel blanca desarrollaron otro polimorfismo adaptativo en la capacidad de ingerir leche rica en calcio en la edad adulta. Esta capacidad de poder digerir la leche depende de la posibilidad de producir la encima lactasa que se encarga de descomponer la lactosa de la leche en glucosa y galactosa. La mayoría de los mamíferos adultos, incluido el homo sapiens, pierde esta capacidad de producir lactasa al alcanzar la pubertad. A partir de entonces, cada vez que ingiere gran cantidad de leche sin fermentar sufre graves indigestiones. Se presupone que este fenómeno tiene un valor adaptativo pues impide la competencia entre individuos maduros y niños por la leche materna. Sin embargo esto no sucede así en las poblaciones del norte de Europa, en las que la ingestión de gran cantidad de leche de origen animal es esencial para la subsistencia. Es por ello que estas poblaciones poseen un alelo polimórfico que les permite seguir produciendo la lactosa aún en edad madura.

Por todo esto podemos afirmar que el acervo genético de la humanidad contiene una gran variedad de ventajas adaptativas, capaces de responder a un amplio abanico de variación ecosistémica de la distribución de la especie. Es como si cada ser humano poseyera toda la información genética necesaria para poder desarrollarse en todos los ambientes del planeta, sin requerir más que un 15% de otras adaptaciones genotípicas o fenotípicas, para responder a la variación del medio. Si por una fatal desgracia se extinguieran todas las razas del planeta menos una, a la larga todas ellas volverían a aparecer.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Berdoy, 1995. El hombre, la rata y el veneno. Citado por Eduardo Teillet Roldán. Raza, identidad y ética. Ed. Serbal. 2000. p. 112
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