3.1. El lado oscuro de la Ilustración

            Los orígenes del racismo y los términos que constituirán la base de la idea de raza debemos encontrarlos en el siglo XVIII, en el pensamiento iluminista de la Ilustración, si bien de manera contradictoria. Por una parte se defiende el carácter universal de los derechos humanos, pero por otra se afirma que la civilización y el progreso solo pertenecen a una pequeña parte de la humanidad pues el resto o es salvaje, o primitiva, o poco evolucionada, o infantil, o… “inferior”.

La Ilustración asume como dogma principal una fe ciega en la idea de progreso. El ilustrado francés Jean Antoine Nicolas, más conocido como marqués de Condorcet (1743-1794) definirá el progreso como un perfeccionamiento orgánico del ser humano individual y un mejoramiento hacia formas superiores de gobierno en el plano colectivo. Pero por otra parte reconoce la existencia de culturas “diferentes” que en un principio se definirán como débiles incluso infantiles, pues viven en un estado de inocencia. Esta debilidad cultural será el pretexto para la conquista y la subordinación de estos pueblos, así como la justificación para explotar de forma indiscriminada sus recursos naturales. Condorcet, propugnará la superioridad europea en una conexión ente raza y cultura aderezando sus tesis con la doctrina de la perfectibilidad, en la que se decía que la humanidad siempre avanzaba hacia el progreso que conducía a la felicidad terrenal.

Otro de los ideólogos ilustrados del progreso será el francés Robert Turgot (1727-1781), quien afirmará que la historia es una marcha progresiva de la humanidad. Para Turgot el proceso civilizador había alcanzado su cumbre en la Europa moderna, de ahí que el progreso fuera una posesión exclusivamente europea.

            George Mosses en su libro Die Geschichte des Rassismus in Europa (Historia del racismo en Europa, 1990) define el racismo como el lado oscuro de la Ilustración (Der schattenseite der aufklärung). Durante el período ilustrado, las clasificaciones raciales se usaron para justificar la esclavitud de aquellas razas “no blancas”, consideradas como inferiores y cuya función social no era otra que la de realizar trabajos duros bajo la supervisión blanca.

            El sociólogo español Raimundo Otero, en su debate sobre Hutington, explica como la Ilustración al transformar la naturaleza y al hombre mismo en materia, no hace sino convertir toda la realidad en objeto de dominación:

“En realidad, la Ilustración -entendida como una metáfora de Occidente y no sólo de la historia del siglo XVIII- desembocó en un género de barbarie sustentado en el triunfo de una razón instrumental o formal no sujeta a ningún tipo de reflexión ética sobre los fines perseguidos. En realidad, “la inventora de la modernidad”, la Ilustración, “ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlo en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad. En realidad, tras este período histórico “lo que los hombres quisieron de la naturaleza fue servirse de ella para dominarla por completo, a ella y a los hombres”. La naturaleza tanto física como humana había sido degradada a pura materia, había que dominarla sin otro propósito que no fuese el de dominarla, pues, en Occidente la dominación se convirtió en un fin en sí mismo”.[1]

La propia Ilustración, en su idea de avance fatal del progreso humano, estableció una jerarquía implícita y explícita en la que el hombre de raza negra ocupaba el escalón inferior. Ellos fueron los más perjudicados por estas ideologías, ya que será durante el período de las Luces donde se producirá el mayor auge en la trata de esclavos del continente africano. Durante este período más de 6 millones de negros africanos fueron deportados a las plantaciones americanas, principalmente las inglesas y francesas.

A partir de la Revolución Francesa el Estado se hace cargo de la vida y la felicidad del hombre. El poder estataliza lo biológico. Él regula el nacimiento, la educación, el casamiento y el divorcio, la salud y hasta la muerte de los ciudadanos. El Estado se convierte en biopoder para realizar una biopolítica de la especie humana. Ahora bien, si el biopoder asume el derecho de controlar la vida, ¿cómo podrá arrogarse el derecho a matar y desarrollar la función homicida? El racismo será la ideología que legitimará al estado determinar quien y quienes tienen derecho a vivir y quienes han de morir.

El peligroso mito del “buen salvaje”

            Hacia 1580 el humanista francés Michel de Montaigne (1533-1592) escribió un ensayo sobre el canibalismo en donde apunta las líneas generales de lo que luego se denominó “buen salvaje”. Montaigne mostraba las costumbres ajenas de Europa como expresión de pureza, naturalidad y dignidad, aún en sus aspectos más violentos. En su obra oponía los tormentos de la inquisición a las costumbres caníbales de los salvajes en cuyo caso más nobles y llevaderos que las sufridas por la justicia inquisitiva.

0301 RousseauSerá el filósofo francés Jean Jacques Rousseau (1712-1778) quien dará forma al mito del “buen salvaje”. Según Rousseau, el hombre nace en un estado natural de inocencia, siendo la sociedad y sus instituciones quien lo pervierte o civiliza, según el caso. Si para Hobbes “el hombre es lobo para el hombre” y es la política y la estructura, quien lo civiliza y lo hace humano, en Rousseau el planteamiento es justo el contrario. El hombre nace bueno por naturaleza y son las estructuras injustas las que lo pervierten.

En su obra Discurso sobre las ciencias (1750) sostuvo la superioridad ética de un hipotético hombre salvaje que, viviendo e perfecta armonía con la naturaleza, no conocería la maldad producida por la civilización. Esta hipótesis, más que alabar a los hombres primitivos, pretendía criticar a los hombres occidentales.

“Los salvajes no son malos, porque no son buenos. No es el incremento de las luces ni el freno de las leyes lo que les impide hacer el mal, sino la calma natural de las pasiones y la ignorancia del vicio”.[2]

            Para Rousseau los pueblos salvajes, en especial los nativos africanos, al no poseer instituciones ni estructuras políticas, permanecen en un estado cuasinfantil que el denominó la “Edad de la inocencia”. Refiriéndose a los grandes simios de Asia y África, llegó a dudar que fueran verdaderos animales y no fueran en realidad razas de hombres salvajes sin civilizar. El se preguntaba:

“[si] no serían, en efecto, verdaderos hombres salvajes, cuya raza dispersa antiguamente en los bosques no había tenido ocasión de desarrollar ninguna de sus facultades virtuales, no había adquirido ningún grado de perfección, y se hallaba todavía en el estado primitivo de la naturaleza”.[3]

El mito de la bondad del salvaje había sido planteado por el francés Louis-Armand, barón de Lahontan (1666-1716). En 1683 viaja al Canadá como parte de la marina francesa. Deista por convicción, en sus memorias ataca todo lo que es la civilización cristiano-europea, ensalzando la indígena-americana. Louis Armand atribuye todos los males de la sociedad a la propiedad individual, por lo que alabará que los pueblos americanos no tengan propiedades:

“Me parece que hay que ser ciego para no ver que la propiedad de los bienes (por no hablar de la de las mujeres) es la única fuente de todos los desórdenes que agitan la sociedad de los europeos”.[4]

En su opinión ser salvaje significa ser honesto, mientras que ser civilizado es signo de corrupción: “No hay ninguna duda que las naciones que no han sido corrompidas por el contacto con los europeos no tienen ni tuyo ni mío, ni leyes, ni jueces, ni curas”. Para Louis Armand el salvaje posee una felicidad natural que le permite tener “el cuerpo desnudo y el alma tranquila”.

En sus estudios sobre el pensamiento, el filósofo inglés John Locke (1632-1704) afirmará que los niños, los salvajes y los deficientes mentales no poseen ideas innatas. Estos tres grupos los equiparará de tal manera, que los pueblos llamados “salvajes” estarían en una situación de minoría de edad o incluso de inferioridad congénita. Necesitarían pues que fueran adoctrinados en los más elementales principios del saber y de la moral, por parte de los europeos, a quienes Locke considera portadores de las verdades fundamentales.

            Aunque Locke se oponía a la esclavitud en Inglaterra, defendió la institución de la esclavitud en las colonias, por las cuantiosas ganancias que le estaban reportando, a través de sus acciones en la Compañía Real de explotación de África. Por ese motivo ayudó a escribir los estatutos del gobierno de una aristocracia esclavista en la colonia norteamericana de la Carolina. En su obra Dos tratados sobre el gobierno civil (1690), justificará la esclavitud definiéndola como “un estado de guerra permanente entre un conquistador legítimo y un cautivo”. De esa manera el conquistador alarga la pena de muerte a la que tiene derecho sobre el conquistado poniéndolo a su servicio, de tal manera que si el conquistado estimara que la dureza de la esclavitud sobrepasa el valor de su vida siempre puede en todo caso quitarse la vida.

“La libertad ante el poder arbitrario, absoluto, es tan necesaria para la preservación del hombre, y a ella va tan estrechamente unida, que de aquélla no podrá separarse sino por circunstancias que conllevaren pérdida de su derecho a la preservación y vida a un tiempo. Porque el hombre, careciendo de poder sobre su propia vida, no sabrá por pacto o propio consentimiento hacerse de nadie esclavo, ni ponerse bajo el arbitrario, absoluto poder de otro que pueda quitarle la vida a su albedrío. Sin duda, si por su falta hubiere perdido el derecho a la propia vida mediante algún acto merecedor de muerte, el beneficiario de tal pérdida podrá, cuando le tuviere en su poder, dilatar la ejecución de muerte, y usarle para su propio servicio; mas no le causa con ello daño. Porque siempre que el tal sintiere que las asperezas de su esclavitud sobrepasan el valor de su vida, en su poder está, con resistencia a la voluntad de su dueño, ocasionarse la muerte que desea”.[5]

En su tratado sobre el gobierno justifica la esclavitud en base a la pérdida al derecho a la vida por parte de los cautivos.

“Se trata de cautivos hechos en una guerra justa, por el derecho natural, y sometidos al dominio absoluto y al poder arbitrario de sus amos… Perdieron el derecho a la vida y a sus libertades al mismo tiempo que sus bienes, y como su condición de esclavos los hace incapaces de poseer ninguna propiedad, no pueden ser considerados, dentro de ese estado, como partes de una sociedad civil, ya que la finalidad primordial de ésta es la defensa de la propiedad”.[6]

Otro de los pensadores ingleses que ejercerá una gran influencia con sus ideas en el período ilustrado será David Hume (1711-1776), quien además de filósofo ocupó cargos políticos como el de administrador del Ministerio inglés de Colonias en 1766. Pensador escéptico, anticlerical y anticristiano defendía la inferioridad innata de las razas así como sus génesis separadas:

            “Tiendo a pensar que los negros y en general todas las especies de hombres (porque hay cuatro o cinco clases distintas) son naturalmente inferiores a los blancos. Nunca ha existido una nación civilizada cuya tez no fuese blanca, como tampoco ningún individuo que se destacara en la acción o en la especulación. Entre ellos no existen fabricantes ingeniosos, ni artes ni ciencias… Una diferencia tan uniforme y constante no podría darse en tantos países y épocas si la naturaleza no hubiese establecido una distinción original entre esas razas de hombres”.[7]

En sus Ensayos políticos afirmará la superioridad de la raza blanca:

“Apenas ha existido una nación civilizada que haya tenido una complexión que no sea blanca (…) De la otra parte, los más groseros y los más bárbaros entre los blancos, como los antiguos germanos o los tártaros de hoy, tienen todos algo de eminente, sea su valentía, sea la forma de su gobierno o algo en particular”.[8]

            Para Hume, por mucho que se esforzaran los negros, hay algo intrínseco en ellos que los devalúa en relación a los blancos y que les impide desarrollarse como personas.

            “Para no mencionar nuestras colonias, en toda Europa hay negros esclavos, y nadie ha descubierto en ellos síntoma alguno de ingenio, mientras que entre nosotros hay personas de baja condición y sin cultura que se destacan y llegan a distinguirse en cualquier profesión. De hecho, en Jamaica se menciona el caso de un negro que posee talento y cultura; pero es probable que esa admiración se refiera a alguna habilidad sin importancia, como la de los loros que pueden decir con claridad unas pocas palabras”.[9]

            El mito del “buen salvaje” influyó en la literatura del siglo XVIII en libros como Los viajes de Gulliver, Robinson Crusoe, Cartas marroquíes, etc. Los ilustrados considerarán al salvaje como un niño inocente y por lo tanto irresponsable. Este hecho justificaba el trato desigual que recibían los negros en las colonias y el que no se les aplicara a ellos los mismos derechos que recibían los ciudadanos de la metrópoli. Al asumir la Ilustración que el progreso era intrínsecamente bueno, creyeron que el contacto con la civilización habría de resultar forzosamente beneficioso para ellos.

Pero esto no fue así. La civilización ilustrada puso a numerosos grupos humanos al borde de la extinción. Aquellas tribus, pueblos o razas que no se adaptaron al ritmo que marcaba la “maquinaria del progreso”, fueron literalmente exterminados. Así pasó con numerosos pueblos de Norteamérica, la Patagonia, África, Oriente Medio, Asia, Australia, etc. que fueron aniquilados y sus craneos exhibidos en laboratorios y museos en nombre del “progreso científico”.

Voltaire: El divulgador del poligenismo

0301 VoltaireGran influencia ejercerá el ilustrado francés Voltaire (1694-1778). Escritor, filósofo y miembro de la masonería, su profundo desprecio racista contra los judíos y negros, y su visceral odio hacia la Iglesia Católica, le llevó a cuestionar el origen común del género humano. En su extensa literatura, de más de tres mil ochocientos volúmenes, tan sólo treinta y tres trataban del mundo no occidental y de ellos sólo cuatro sobre África. En los negros, Voltaire no veía más que “animales”.

            “Sus ojos redondos, la nariz aplastada, sus labios siempre gruesos, sus orejas diferentemente dibujadas, la lana de su cabeza, la medida misma de su inteligencia, ponen entre ellos y las demás especies de hombres diferencias prodigiosas. Y lo que demuestra que no deben esta diferencia al clima que tienen, es que los negros y las negras transportados a los países más fríos siguen produciendo animales de su especie, y los mulatos no son sino una raza bastarda”.[10]

            Llegó incluso a sugerir que su origen estuviera en el cruce con monos.

            “No es improbable que en los países calientes los monos hayan subyugado a las muchachas”.[11]

Esta diferencia entre las razas negra y europea la justificaba Voltaire en base a la supuesta incapacidad para poder expresar pensamientos profundos.

            “La raza negra es una especie de hombres tan distintos a nosotros como lo es la raza de spaniels de la de los galgos. Si su pensamiento no es de naturaleza distinta a la nuestra, es, al menos, bastante inferior. No son capaces de aplicaciones o asociaciones de ideas de ningún tipo, y no se prestan ni para las ventajas ni los abusos de la filosofía”.[12]

Voltaire, al igual que muchos ilustrados, adoptó el poligenismo como medio de enfrentamiento a la Iglesia. Considerar la existencia de dos especies humanas, con orígenes independientes, era una forma de negar el dogma monogenético de la creación.

“Sólo a un ciego se le permite dudar de que los blancos, los negros, los albinos, los hotentotes, los lapones, los chinos, los americanos, sean razas enteramente distintas”.[13]

Para Voltaire las razas humanas son tan diferentes entre ellas como las especies animales y vegetales, por lo que para él las razas son especies.

“Tengo buenas razones para pensar que los hombres son como los árboles: esto es, que los perales, los abetos, los robles y los albaricoqueros no provienen de un mismo árbol, y que los blancos barbados, los negros que por cabellos tienen lana, los amarillos con crines y los lampiños, no provienen del mismo hombre”[14]

Pero esta forma de pensar entraña una contradicción pues aceptar el poligenismo era aceptar las desigualdades entre los humanos, contrariando el espíritu igualitario de la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos Humanos. Es notable cómo la “razonable” Ilustración defenderá estas creencias de manera irracional como parte de su estrategia de enfrentamiento con la Iglesia Católica.

 “Representa un gran problema respecto de ellos [los africanos] saber si descienden del mono o si el mono desciende de ellos. Nuestros sabios han dicho que el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios: ¡he aquí una cómica imagen del Ser eterno, con una nariz aplastada y con poca o ninguna inteligencia!”[15]

Al menos el gran filósofo creía en el mejoramiento de los negros:

 “Llegará un tiempo, sin duda, en que tales animales sabrán cultivar la tierra, embellecerla con casas y jardines, y conocer la ruta de los astros: hace falta su tiempo para todo”.[16]

Con relación a la esclavitud, Voltaire la defendía pues para él el mal no era la esclavitud en si, sino el maltrato que se daba a los esclavos. Pero para Voltaire el hecho de que los propios negros comerciaran con sus propios semejantes como esclavos era suficiente para asegurar la existencia de una superioridad en el hombre culto y civilizado respecto al hombre salvaje y primitivo.

“No compramos esclavos domésticos sino donde los negros. Se nos reprocha este comercio: un pueblo que trafica con sus hijos es aún más condenable que el comprador. Este negocio demuestra nuestra superioridad; lo que nos da una maestría para tenerlos.”[17]

Tuvo Voltaire importantes participaciones en el negocio esclavista invirtiendo sus ahorros en empresas dedicadas a la trata de esclavos. De hecho un armador esclavista de Nantes, puerto por ese entonces dedicado casi totalmente a la trata, le rindió homenaje bautizando Le Voltaire a uno de los barcos de su propiedad.

            Personajes influyentes de la época como Lord Chesterfield (1694-1773) gran amigo de Voltaire, irán más alla en su desprecio: “los africanos son las gentes más ignorantes y mal educadas del mundo, diferenciándose apenas de los leones, tigres, leopardos y otras fieras que abundan en sus países”.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Raimundo Otero. La dinámica de la civilización occidental: Hutington a debate.
[2] Jean Jacques Rousseau. Discours sur les sciences et les arts (1750)
[3] J.J. Rousseau. Discours sur l’origine et les fondements de l’inégalité parmi les hommes, 1755
[4] Louis Armand. Noveaux voyages, mémoires de l´Amerique septentrionale y Dialogues curieux entre l´Auteur et un Sauvage, 1703
[5] John Locke. Dos tratados sobre el gobierno civil. Capítulo IV. 1689
[6] John Locke. Tratado sobre el gobierno. capítulo VII trata “De la sociedad política o civil”.
[7] Hume en Popkin, 1974, p.143. Citado por STEPHEN JAY GOULD. La falsa medida del hombre. Ed. Crítica. 2004 Pág. 61
[8] David Hume, Ensayos políticos, 1742.
[9] David Hume. De los caracteres nacionales”. (en Popkin, 1974, p.143)
[10] Voltaire. La filosofía de la historia. Tomo I. París 1825. P. 9.
[11] Voltaire. La filosofía de la historia. Tomo I. París 1825. P. 13.
[12] VOLTAIRE. The Works of Voltaire, A Contemporary Version, with Notes by Tobias Smollett. 1901
[13] Voltaire. La filosofía de la historia. Tomo I. París 1825. p. 8.
[14] Voltaire. Tratado de metafísica.1734. Citado por Poliakov, L.: Der arische Mythos. Hamburg 1993, p. 201.
[15] Voltaire (cit. Ki-Zerbo, Historia del África negra, 1980)
[16] Idem.
[17] Voltaire. Ensayos sobre las costumbres y el espíritu de las naciones
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