3.2. Kant y la definición de raza como herencia

            Según la ideología de la Ilustración, cada ser humano es el único responsable y creador de su destino. En consecuencia, la historia se entiende como un proceso evolutivo, en el cual los esfuerzos de cada individuo repercuten en el bienestar y el progreso de la sociedad. Este proceso debe ser apreciado como una secuencia de distintos niveles de crecimiento y desarrollo (Hund, 2003, p.16)

            El filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804) máximo exponente del racionalismo ilustrado, dedica tres ensayos al problema de la raza. En su obra ¿Qué es la Ilustración?, 1784, desarrollaba la idea de la inocencia haciendo un llamado para que todos los individuos se emanciparan de su estado de “minoría de edad” (Unmündigkeit), concepto que también podría ser traducido como “estado de ignorancia” o “falta de voz y voto”. Ahora bien, cabe preguntarse si este proyecto emancipador del Siglo de las Luces pretendía extender la igualdad para todo el género humano, o tan solo para una pequeña parte que cumpliera con los parámetros marcados por la “racionalidad”.

En 1785 Kant realiza un trabajo titulado “Determinación del concepto de una raza humana” (Bestimmung des Begriffs einer Menschenrasse) en el que toma en cuenta, no sólo los relatos de viajes de la época, sino las teorías que en su tiempo se barajaban. En este estudio alaba la utilidad de la categoría de “raza”. El “beneficio científico” de tal categoría, según Kant, radica en poder entrever las diferencias entre una misma especie (Art), dado que ésta ha desarrollado una variedad de caracteres necesariamente hereditarios (Abartugen).

“Sólo aquello que se hereda indefectiblemente en la diferencia de clases de la especie humana puede justificar la denominación de una raza humana en particular”.[1]

Aunque postula un mismo tronco común (Stamm) para toda la especie humana, afirma que este se divide en cuatro ramas o clases (Arten).

“Creo que sólo es necesario presuponer cuatro razas para poder derivar de ellas todas las diferencias reconocibles que se perpetúan [en los pueblos]. 1) La raza blanca, 2) la raza negra, 3) la raza de los hunos (mongólica o kalmúnica), 4) la raza hindú o hinduística […] De estas cuatro razas creo que pueden derivarse todas las características hereditarias de los pueblos, sea como [formas] mestizas o puras”[2]

Para Kant el concepto de raza se basa en la herencia y la transmisión de los caracteres por generación.

“Las teorías actuales que admiten ciertas semillas del todo peculiares, depositadas originariamente en el primer y común linaje humano y que llegarían hasta las diferencias de raza existentes en la actualidad, descansan enteramente en la indefectibilidad de la transmisión, que la experiencia confirma en las cuatro razas mencionadas”.[3]

Diez años más tarde, Kant introduce a los indios americanos en esta clasificación, a los que anteriormente había considerado como una variante de la “raza mongólica”. Las cuatro “razas” fundamentales serían la blanca, la amarilla, la negra y la roja, cada una de ellas caracterizada por el color de su piel, y determinadas por factores geográficos y medioambientales.

  • Primera raza: ubicados en el norte de Europa, muy rubios y de clima frío húmedo.
  • Segunda raza: americanos de color cobrizo, y clima frío seco.
  • Tercera raza: negros de África, de clima cálido y húmedo.
  • Cuarta raza: hindúes amarillo-oliváceos, de clima cálido y seco.

Para Kant el color de la piel es el factor determinante a la hora de clasificar una raza y conocer su carácter, en espera de poder descubrir más parámetros que pudieran diferenciar aún más estas razas.

“No conocemos con certeza más diferencias hereditarias del color de piel que las de los blancos, los indios amarillos, los negros y los americanos de color rojo-cobrizo”.[4]

“Ruego, además, que se reconozca aquella diferencia hereditaria del color de piel, a veces impugnada, hasta que más adelante encuentre ocasión de confirmarla; igualmente, que se me permita admitir que no existen otros caracteres hereditarios de los pueblos, respecto de su naturaleza, sino los cuatro mencionados; por la sola razón de que aquel número es demostrable y ningún otro, sin embargo, puede probarse con certeza fuera de él”.[5] I. Kant.

Este pensador, que no abandonó jamás su Königsberg natal, realizó algunas afirmaciones sobre la naturaleza de las razas, que fueron auténticas precursoras del pensamiento racista. En sus Lecciones sobre Geografía física (1804) no titubeó en presentar un esquema jerárquico racista.

“En los países tórridos el hombre madura antes en todos los aspectos, pero no alcanza la perfección de las zonas templadas. El género humano en su expresión más perfecta se manifiesta en la raza blanca. Los indios amarillos poseen un exiguo talento. Los negros tienen un nivel aún más bajo, y en el fondo se encuentran una parte de los pueblos americanos”.[6]

Para Kant el progreso es un ascenso lineal de la humanidad en la que el hombre blanco habría pasado progresivamente de la infancia a la juventud y de esta a la madurez. Para él “todas las demás especies de la humanidad… son naturalmente inferiores a los blancos”. Kant establece así una jerarquía de la percepción de lo bello y lo sublime: los germanos se situarían en la cúspide de la pirámide, delante de los ingleses y franceses, mientras que los negros son colocados a la cola de la clasificación.

A los indios nativos de América, Kant les adscribía una piel “roja” y afirmaba que éstos no tenían la capacidad de adquirir cultura. Además decía que se caracterizaban por su profunda indiferencia, y que su amor por la paz era solamente un reflejo de su “independencia haragana” estando destinados, por su esencia nativa, al exterminio.

En un escalón más arriba situaba a los africanos. Asumía que la “raza” de los negros se determinaba por su propia pasión, pero sin que este grupo pudiese controlarla. Por esta razón, los negros estaban restringidos a desarrollar únicamente una cultura de esclavos y, como consecuencia asumía su carácter pueril -hecho que demostraba su dependencia ante el liderazgo-. Para Kant, los blancos y los negros constituyen una división fundamental en la especie ya que, en su opinión ambos conjuntos se perpetúan en áreas geográficas distintas con pocos cruces híbridos entre sí.

“El negro se ha adaptado bien a su clima; es fuerte, musculoso, ágil. Pero producto de la abundancia material de la que beneficia su país natal, es perezoso, blando y frívolo”.[7]

En su texto “de lo Bello y lo Sublime” Immanuel Kant les niega no solo la belleza física si no también la posibilidad de crearla o apreciarla.

“Los negros de África carecen por naturaleza de una sensibilidad que se eleve por encima de lo insignificante. El señor Hume desafía a que se presente un elemento de un negro que haya demostrado talento, y afirma que entre los cientos de millares de negros transportados a tierras extrañas, y aunque muchos de ellos hayan obtenido la libertad, no se ha encontrado uno solo que haya imaginado algo grande en el arte, en la ciencia o en cualquiera otra cualidad honorable, mientras entre los blancos se presenta frecuentemente el caso de los que por sus condiciones superiores se levantan de un estado humilde y conquistan una reputación ventajosa”.[8]

En este mismo texto Kant, como filósofo del racionalismo sobre el que se sientan las bases de la modernidad, nos muestra su concepción hegemónica y su falta de reconocimiento de la alteridad religiosa de los pueblos africanos:

“Tan esencial es la diferencia entre estas dos razas humanas que parece tan grande en las facultades espirituales como en el color. La religión de los fetiches, entre ellos extendidas, es acaso una especie de culto idolátrico que caen en lo insignificante todo lo hondo que parece posible en la naturaleza humana. Una pluma de ave, un cuerno de vaca, una vez consagrada con algunas palabras, se convierte en objeto de reverencia y de invocación en los juramentos”.[9]

A los hindúes los situará por encima de los negros y los indios, y los considerará como “amarillos” condeciéndoles la posibilidad de civilización. Sin embargo, los definirá como representantes de una “cultura de habilidades” y no como partícipes de una “cultura de la ciencia”; de ahí que los hindúes siempre serían aprendices.

En lo más alto de la jerarquía racial se encontrarían los “blancos” que encarnarían todos los talentos necesarios para la “cultura de la civilización”; sólo ellos podían producir cambio y progreso, sólo ellos podían obedecer y liderar. En la “raza blanca” se condensaba la más alta perfección (Hentges, 1999, pp. 209-224; Hund, 2003, p. 16).

Sobre los habitantes de las «zonas templadas» Kant escribe además que estos son «más hermosos físicamente, más trabajadores, más alegres, más moderados en sus pasiones y más inteligentes que ninguna otra raza humana en el mundo». Estas afirmaciones racistas culminan en Kant con la afirmación de un «carácter innato, natural» que existe «en la composición de la sangre de los seres humanos» y que se diferencia de «las características adquiridas, artificiales, de las nacionalidades». Por ello, asegurará, al más puro estilo de los racistas posteriores, que la mezcla de razas es perjudicial para el hombre blanco.

“La mezcla de linajes (der Stämme), que poco a poco disuelve los caracteres, no es provechosa a pesar de todo pretendido filantropismo, para el género humano”.[10]

El espíritu ilustrado lleva implícito un germen de arrogancia que insiste en asignar a lo propio un nivel de superioridad. Todo aquello que no se asimile a lo ilustrado será considerado como inferior, primitivo, supersticioso, antiguo, atrasado, retrógrado, enemigo de lo moderno, etc. Filósofos y científicos de la Ilustración abogarán por la supremacía de la raza blanca, sobre el resto de otros pueblos y razas inferiores. Esos hombres blancos (siempre varones, ya que para las mentes ilustradas las mujeres eran consideradas inferiores) están llamados a ser los dueños de la civilización por antonomasia y a someter los pueblos de otros continentes, a quienes no les quedaría más remedio que ser dominados o ser aplastados por la fuerza del progreso. El desprecio que siente el ilustrado por los pueblos no civilizados, es decir, americanos, africanos y asiáticos, se manifiesta en el desprecio profundo de la élite europea ilustrada por sus culturas, por sus tradiciones y sobre todo por el color de sus pieles.

Esta forma de entender las relaciones humanas entre los pueblos les llevará a reinterpretar la historia humana. Esta servirá para justificar las relaciones de poder en términos de conquista y de conquistados; pueblos superiores y pueblos inferiores.

Un claro ejemplo lo encontramos en el escritor e historiador francés Henri de Boulainvilliers (1658-1722) quien justifica la posición de preeminencia de la aristocracia francesa sobre las demás clases, por su origen germano. En su Historie de l´ancien gouvernement de France (Historia del antiguo gobierno de Francia, 1727) realiza un estudio sobre la historia política de Francia y en él mantiene que los francos eran descendientes de los aristócratas franco nórdicos. El resto del pueblo, serían galo-romanos indígenas que fueron subordinados por los francos mediante el derecho de conquista. El mismo justificaba esta superioridad en base a unas “dotes mentales superiores” de los primeros sobre los segundos.

El abate Sieyes, uno de los sacerdotes juramentados que defendió la constitución de la revolución francesa, tratando de justificar la Revolución francesa dirá que el pueblo llano era heredero de la población galorromana autóctona que reclamaba a la nobleza germánica lo que como clase usurpadora debía de devolver a sus legítimos dueños.

El abate Raynal, conocido antiesclavista y anticolonialista, realiza una mirada desoladora y condescendiente sobre África:

“Nada allí lleva la huella de una civilización un poco avanzada. En el seno de este pueblo tan poco esclarecido, las artes son poca cosa… No se conocen más que los que se encuentran en las sociedades nacientes y todavía están en la infancia”.

“La ruina de este mundo está grabada todavía en la frente de sus habitantes. Es una especie de hombres degradada y degenerada en su constitución física, en su estatura, en su género de vida, en su ingenio poco avanzado para todas las artes de la civilización”.[11]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] I. Kant. En defensa de la Ilustración. Editorial Alba. Cit. Alfonso García Martínez. La construcción sociocultural del racismo. Ed. Dykinson. 2004. Pág. 16.
[2] I. Kant, 1996, pp.14-15, Trad. Castro-Gómez, 2005, p. 40.
[3] Inmanuel Kant. Citado por Alfonso García Martínez. La construcción sociocultural del racismo. Ed. Dykinson. 2004. Pág. 16.
[4] I. Kant. Idem. Pág. 16
[5] I. Kant. Idem. Pág. 16
[6] I. Kant. Physische Geographie” (Geografía física, 1804)
[7] I. Kant, Opúsculos sobre la historia
[8] I. Kant. Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime. 1764
[9] I. KANT. Idem
[10] I. KANT. Anthropologie in pragmatischer Hinsicht.
[11] Abate Raynal. Cit. Jorge Abelardo Ramos. Historia de la nación latinoamericana (1968). P.86.
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