3.3. Montesquieu y el determinismo ambiental de las leyes

En la misma línea irá el pensamiento de Montesquieu, quien puede ser considerado el Maquiavelo francés en política. En El espíritu de las leyes (1748), afirmará que son los germanos los impulsores del progreso del mundo moderno, en contraposición a los romanos decadentes. También argumentará que la inferioridad racial se manifiesta en la falta de valor y coraje de los negros, lo cual permite su sometimiento por parte de los pueblos europeos. Ese era el caso de la colonia francesa de Haití donde miles de esclavos negros trabajaban en la plantación de azúcar.

“El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro”.[1]

Curiosamente cincuenta y cuatro años más tarde, esos haitianos que tanto despreciaba Montesquieu conseguirán la independencia de su país, siendo el primer estado moderno fundado por negros con una constitución propia.

Montesquieu, uno de los “defensores” de los derechos humanos, decía que existían circunstancias en que la esclavitud podía ser razonada y justificada. Por ejemplo, dice que en las regiones cálidas del mundo, en particular del sur, el clima hace que la gente sea perezosa (indolente) y la esclavitud estaba plenamente justificada para así garantizar la producción en las colonias. También dirá que en un país donde hay despotismo y represión de los derechos políticos, es posible que la esclavitud no empeore la vida.

“El exceso de calor enerva el cuerpo, y suministra a los hombres tal grado de pereza y desmotivación que nada salvo el miedo al castigo puede obligarlos a llevar a cabo cualquier obligación de labor: la esclavitud es más propensa a razonar”.[2]

“Una prueba que los negros no poseen sentido común es que hacen más caso de un collar de vidrio que de uno de oro, lo cual en las naciones cultivadas es un asunto de mucha importancia”. [3]

Para Montesquieu el régimen político de un país es consecuencia de su clima. Aquellos países de clima cálido serán más fértiles y preferirán la monarquía, siendo estos países más fáciles de conquistar. Por el contrario aquellos países donde el sol es más débil, han de trabajar más duro para sobrevivir. Sus habitantes serán más diligentes, sobrios, intrépidos y apropiados para la guerra, por lo que preferirán la república como forma de gobierno.

“No hay que asombrarse que la cobardía de los pueblos de climas calientes los haya casi siempre convertido en esclavos, y que el coraje de los pueblos de climas fríos los haya mantenido libres. Es un efecto que deriva de su causa natural (…) En Europa, las naciones se oponen en igualdad de fuerza, tienen más o menos el mismo coraje. Esa es la gran razón de la debilidad de Asia y de la fuerza de Europa, de la libertad de Europa y de la servidumbre de Asia”.

“Reina, en cambio, en Asia un espíritu de servidumbre que nunca la ha dejado; y en ninguna historia del país se hallará nunca una sola acción que revele un alma libre: jamás se verá allí otra cosa que el heroísmo de la servidumbre”.[4]

            Para Montesquieu el derecho es relativo al clima de cada país, pues el temperamento de los hombres viene determinado por las condiciones climáticas.

“Si es verdad que el carácter del alma y las pasiones del corazón son muy diferentes según los distintos climas, las leyes deberán ser relativas a la diferencia de dichas pasiones y de dichos caracteres”. [5]

            Toda su argumentación la basa en un ingenuo experimento que realizó con una lengua de carnero. Montesquieu congeló la mitad de la lengua observando como las papilas gustativas se retraían, para luego volver a desplegarse cuando se deshelaron. De dicho experimento concluyó que: “En los países fríos se tendrá poca sensibilidad para los placeres; pero dicha sensibilidad será mayor en los países templados y muy grande en los países cálidos. Del mismo modo que se distinguen los climas por el grado de latitud, se podrían distinguir también, por así decirlo, según los grados de sensibilidad”.

            Y siguiendo esta arriesgada “lógica”, el experimento le sugerirá una abusiva serie de generalizaciones:

“En los países del Norte, una máquina sana y bien constituida, pero pesada, encuentra el placer en todo aquello que puede poner el espíritu en movimiento: la caza, los viajes, la guerra y el vino. Encontraréis en los climas nórdicos pueblos con pocos vicios, bastantes virtudes y mucha sinceridad y franqueza. Pero si nos acercamos a los países del Sur nos parecerá que nos alejamos de la moral: las pasiones más vivas multiplicarán los delitos y cada uno tratará de tomar sobre los demás todas las ventajas que puedan favorecer dichas pasiones. En los países templados veremos pueblos inconstantes en sus maneras y hasta en sus vicios y virtudes; el clima no tiene una cualidad lo bastante definida como para hacerlos más constantes”.[6]

            Para Montesquieu el origen del budismo habría que encontrarlo en que es un sistema metafísico que sacraliza la inacción debido al excesivo calor que hay en los países que lo adoptaron. La doctrina budista nacería así de la “pereza del clima”. Otro tanto sucedería con el monacato, que para el ideólogo francés, surgiría cuando existe poca disposición para la acción: “En Asia el número de derviches o monjes parece aumentar con el calor del clima; la India, donde el calor es excesivo, está lleno de ellos. La misma diferencia encontramos en Europa”. Montesquieu.

            Esta alusión al monacato europeo no es casual, pues la intención de Montesquieu era realizar una feroz crítica de una institución básica de la Europa católica. Más aún, según su teoría ambientalista, las convicciones religiosas y morales tendrían unas causas físicas ambientales que con el tiempo la ciencia podría desvelar.

            El jesuita Lorenzo Hervás y Panduro (1735-1809) acometió una profunda crítica de las tesis deterministas de Montesquieu. Si bien reconoce que el clima pueda afectar a la fisiología, no así a las costumbres. Muy acertadamente afirmará que ni el frío ni el calor pueden hacer que los hombres sean industriosos o indolentes. Lo físico no puede predominar sobre lo moral:

“Lo más que se puede conceder al clima en orden a las costumbres, es que influye remotamente en ellas, en cuanto influye en el temperamento. En realidad el clima no toca inmediatamente a las costumbres, siendo mero agente extrínseco y lejano de las pasiones de los hombres”.[7]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Charles de Montesquieu, El espíritu de las leyes 1748. Biblioteca de derecho y ciencias sociales. Madrid, 1906. P. 355
[2] Idem. p. 357
[3] Idem. P. 355 y 356.
[4] Idem. P. 404
[5] Idem. P. 329
[6] Idem. P. 333
[7] Lorenzo Hervás y Panduro, Historia de la vida del hombre, Madrid, Aznar, 1798. P. 186. Hervás descubrió, 25 años antes que Franz Bopp la relación entre el griego y el sánscrito.
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