3.4. Hegel y los pueblos “sin historia”

            Los pensadores ilustrados alemanes Fichet y Hegel, van a realizar una reflexión sobre la nación alemana legitimando su poder y progreso según supuestas bases históricas.

Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), uno de los ideólogos del nacionalismo alemán, pronunció en el Berlín de 1807 una serie de conferencias sobre la excelencia de la nación alemana, a la que asigna atributos divinos. En su opinión la nación alemana ha conservado una pureza original y un frescor específico, gracias a su lengua y a su cultura, no contaminadas por el mundo latino como el caso de Francia. Fichte explicará que las cualidades eminentes del pueblo alemán se fundan en los conceptos de “sangre” y de “raza”. De lo cual se sigue una misión universal, porque el pueblo alemán posee, “de un modo más neto” que el resto de los pueblos, “el germen de la perfectibilidad humana”. Por ello, “en la historia de la humanidad, la potencia” pertenece al pueblo alemán, cuyo destino determina el destino de todo el mundo. En 1800 escribiría:

“Es vocación de nuestra raza unirse en un solo cuerpo, donde todos poseerán una cultura similar que será la más elevada y perfecta, civilizada, de la historia”.        

“El mundo antiguo con su esplendor y grandeza… se ha hundido por causa de la propia indignidad y del poder de vuestros padres… Sois vosotros, de entre todos los pueblos nuevos, en los que de una manera más decisiva radica el germen del perfeccionamiento humano… Si se hunde vuestra esencialidad se hundirá también con vosotros todas las esperanzas de todo el género humano de salvarse del abismo de su mal… Si vosotros os hundís, se hunde toda la humanidad sin esperanza de futura restauración”.[1]

El filósofo alemán Friedrich Hegel (1770-1831), inspirador del idealismo transcendental, basó parte de su pensamiento en una antropología racista. Así distingue cinco razas: «La Fisiología diferencia en primer término las razas caucásica, etiópica y mongólica, a las que se agregan aún las razas malaya y americana.» Para la caracterización de las “razas”, Hegel recurre a métodos anatómicos de medición del cráneo, en los que serían particularmente significativos, la “gran prominencia de los pómulos” así como la “convexidad y anchura de la frente”.

Como filósofo e intérprete de la historia Hegel desarrollará un nacionalismo más estricto que el de Fitche. Para él, en cada época histórica hay un Estado predestinado a ponerse a la cabeza de los demás, y a imponerles una civilización, por así decirlo, más avanzada. Para Hegel, este estado era el Estado prusiano, ya que representaba la encarnación política del Espíritu del mundo en su estadio dialéctico último. Para este Estado la conquista es una obligación, y todas las guerras que emprenda están plenamente justificadas por el mismo hecho de acabar en victoria. Sus triunfos son al mismo tiempo el triunfo de la humanidad para el progreso de la civilización.

Para Hegel las culturas africanas no tienen historia. En su obra Filosofía de la historia, Hegel realiza un recorrido por la historia universal, siguiendo el devenir de la razón. De las 460 páginas del libro apenas dedica poco más de una a África, pero en ese espacio desarrollará una idea que será sostenida por la izquierda hasta el siglo XX. Para Hegel todos los no europeos son seres inferiores en la medida en que no tienen plena consciencia de su ser:

            “Los americanos viven como niños, que se limitan a existir, lejos de todo lo que signifique pensamientos y fines elevados…

En África nos encontramos con lo que se ha llamado la “edad de la inocencia”, en la que se supone que el hombre vive de acuerdo con Dios y la naturaleza. En este estado, el hombre no es todavía consciente de sí mismo…, este estado natural primitivo es en realidad un estado de animalidad. El paraíso era un parque zoológico en el que el hombre vivía en un estado animal de inocencia”.[2]

            De esta manera Hegel negará que el continente africano posea su propia historia. Tan solo reconocerá a la cultura desarrollada en Egipto como una civilización digna de ser tenida en cuenta, pero con el presupuesto de que fue una “civilización blanca”.

 “El segundo sector de África consiste en la procelosa vía fluvial del histórico Nilo, que estuvo destinado a convertirse en un importante centro de cultura independiente y que estaba aislada de África de idéntica manera como el continente negro con respecto a los otros”.[3]

Parece que Hegel no considerara a Egipto como africano. Hay autores que llegaron a sostener la idea de que Egipto fue una civilización blanca, a pesar de los múltiples datos en contra de esta tesis: rasgos negroides de las esfinges, la existencia de dinastías “nubias”, el alto contenido de melanina en la piel de las momias, el testimonio de Heródoto, y de muchos notorios elementos culturales comunes con los pueblos melano-africanos.

La crítica de Hegel hacia los negros también alcanza a su primitivo sentido religioso, acusándoles de fetichismo.

“En los negros aparece como detalle saliente el hecho de que su conciencia no ha cristalizado todavía en puntos de mira de estricta objetividad, tal por ejemplo como los conceptos de Dios o ley, en los cuales el ser humano participase con su voluntad y tuviese en los mismos la imagen de su ser. Lo que representan como poder no es, en consecuencia, nada objetivo, concreto y diferente, sino que puede serlo con absoluta indiferencia cualquier objeto al cual elevan a la categoría de un genio, ya sea un animal, una piedra o un palo totémico”.[4]

Respecto a la esclavitud, Hegel ingenuamente cree que esta es querida por los negros, básicamente porque la toleran. ¿De nada sirven los centeneares de revueltas que tuvieron lugar en las colonias buscando mejores condiciones de trabajo o la misma libertad?

“De algunos de estos trazos se deduce que es la incivilidad lo que caracteriza al hombre de color. La única relación que han tenido los negros con los europeos y todavía tienen es la de la esclavitud. Por lo general no ven los africanos en la misma algo absolutamente repudiable. Es así que los británicos, que tanto están haciendo en pro de la abolición de la esclavitud, son peor mirados por los negros”.[5]

Y termina su análisis de una página sobre África diciendo:

“Con esto abandonamos el tema de África, por cuanto no se trata en nuestro análisis de un continente histórico. No nos ofrece, en razón de su estatismo y de su falta de desarrollo, material de alcance constructivo. […] Lo que entendemos como África es lo segregado y carente de historia, o sea lo que se halla envuelto todavía en formas sumamente primitivas, que hemos analizado como un peldaño previo antes de incursionar en la historia universal”.[6]

A esto se reduce el escueto análisis histórico que Hegel realiza del continente africano. En realidad lo único que hace es reunir una serie de lugares comunes de su época, pero estas pocas líneas y su virulento contenido, en el que África se presenta como el continente sin civilización y sin historia, van a tener una gran importancia, ya que van a influir durante mucho tiempo en el pensamiento autodenominado “progresista” o “de izquierda”. Por ejemplo el británico Meredith Townsend (1831-1911) quien a principios del s. XX retomará esta idea de la izquierda hegeliana.

“Ninguna de las razas negras, ya se trate de negros o australianos, ha mostrado en el tiempo histórico la capacidad de desarrollar civilización. Ellos nunca han pasado las fronteras de sus propios hábitats como conquistadores, y nunca han ejercido la menor influencia sobre los pueblos no negros. Nunca han fundado una ciudad de piedra, nunca han construido un barco, nunca han producido una literatura, nunca han sugerido un credo… Parece no haber razón para esto excepto la raza. Se dice que el negro ha estado enterrado en el más “impenetrable” de los cuatro continentes, y ha estado, por así decirlo, perdido para la humanidad; pero él estuvo siempre sobre el Nilo, la ruta inmediata al Mediterráneo, y al este y al oeste de África estaba sobre el mar. África es probablemente más fértil, y casi ciertamente más rica que Asia, y está atravesada por ríos poderosos, y algunos navegables. ¿Qué más podía desear una raza singularmente saludable que resiste el sol y desafía a la malaria, que estar asentada en el Nilo, o en el Congo, o en el Níger, en cantidad más que suficiente para ejecutar todo el trabajo necesario, desde talar la selva y construir caminos a edificar ciudades? …El negro llegó por sí mismo mucho más lejos que el salvaje australiano. Aprendió el uso del fuego, el hecho de que sembrando crece el cereal, el valor de la vivienda, el uso del arco y la canoa, y la bondad de las ropas; pero allí se detuvo, inepto, a menos que fuera estimulado por otra raza como la árabe, para avanzar otro paso”.[7]

El historiador francés Pierre Gaxotte (1895-1982) despreciaba a los africanos por “no haber aportado genios” a la humanidad.

“Estos pueblos no han dado nada a la humanidad; y no cabe duda de que hay algo en ellos que se lo ha impedido. No han producido nada, ni un Euclides, ni un Aristóteles, ni un Galileo, ni un Lavoisier, ni un Pasteur. Sus epopeyas no han sido cantadas por ningún Homero”.[8]

 Eugene Pittard, historiador y creador del museo etnográfico de Ginebra, redunda en la misma idea:

“…las razas africanas propiamente dichas -si dejamos a un lado la de Egipto y la de una parte del África Menor- no han participado en absoluto en la Historia, tal como la entienden los historiadores… Sólo dos razas humanas que habitan en África han jugado, pues, un papel eficiente en la historia universal: en primer lugar, y de modo considerable, los egipcios, y luego, los pueblos del norte de África”.[9]

El descubrimiento de las grandes civilizaciones africanas

Todas estas ideas influyeron en el geólogo alemán Karl Match (1837-1875) quien al descubrir en 1871 las impresionantes murallas del Gran Zimbabwe, las identificará con las ruinas de la ciudad bíblica Ofir que la reina de Saba hubiera entregado al rey Salomón. Match no podía creer que hubieran sido los antepasados africanos de piel negra quienes hubieran construido aquel imponente “desafío para la imaginación”. Esta conciencia de que el actual Zimbabwe era una cultura prehistórica permitió justificar el expolio que la British South-Africa Company de Cecil Rodes realizó a partir de 1871 de sus enormes riquezas naturales, mientras arrasaba las tribus shonas y ndebeles.

Fue el arqueólogo David Randall-Maclver (1873-1945) quien contradijo la teoría de Match al realizar en 1905 excavaciones en el lugar y hallar objetos muy similares a los que la cultura Shona usaba por entonces. Fue cuando propuso que la ciudad había sido construida en el s. XIII por un pueblo antiguo de negros de etnia bantú. El gobierno de Rhodesia trató de ocultar estas conclusiones, hasta que en 1980, el régimen racista de Ian Smith cayó y pudieron iniciarse investigaciones serias y en libertad sobre el Gran Zimbabwe.

La historiografía colonialista de principios del s.XX, marcada por un profundo etnocentrismo, insistía en presentar la época precolonial africana como una sociedad históricamente estancada en la repetición continua de ciclos vegetativos. Por ejemplo, el distinguido historiador colonialista Reginald Coupland, a cargo de la Cátedra de Historia Colonial en Oxford, escribió en 1928 la siguiente apreciación sobre el África precolonial.

“El grueso de los africanos, de los pueblos negros, que permaneció en sus hogares tropicales entre el Sáhara y el Limpopo, no había tenido…historia. Habían estado durante incalculables siglos hundidos en la barbarie. Esto casi podría parecer que ha sido decretado por la naturaleza… Así que continuaron estancados, sin avanzar ni retroceder. En ninguna parte del mundo se hallaba tan detenida la vida humana, excepto quizá en algunos pantanos llenos de miasmas de América del Sur o en algunas islas abandonadas del Pacífico. El corazón de África apenas latía”.[10]

            La imagen que aquí se presenta es la de un África paleolítica, necesitada de un impulso civilizador, lo cual es completamente falso. Coupland, como buen inglés debería saber que justo en la época en que los ingleses se vestían con pieles, comían carne cruda y adoraban a los genios de los bosques, en el África negra, en Etiopía existía un reino con una cultura altamente refinada, una escritura propia y que además había adoptado el cristianismo. El historiador y geógrafo griego Heródoto ya describía en el siglo V a.d.C las hazañas de este pueblo negro. A la monarquía etíope se la atribuye descender de Menelik, hijo de Salomón y la reina de Saba (negra, según la Biblia). La Iglesia copta etíope afirma poseer, en Axum, el Arca de la Alianza, sustraída por Menelik del Templo de Jerusalén. El alfabeto etíope es contemporáneo del griego (siglo VI a.C.).

El cristianismo fue introducido en el país por el monje sirio Frumencio (¿? – 383), quien consiguió la conversión del rey Ezana, y con él la de todo el reino, en el siglo IV, en la misma época en que se producía la conversión del emperador romano Constantino. De la época del rey Ezana procede también la difusión de la escritura ge´ez. Una escritura que terminó sustituyendo al griego en la liturgia y que todavía hoy es la lengua litúrgica de la Iglesia etíope.

El final del Reino de Etiopía llegó en el siglo VIII ante el avance del Islam, el cual fue dificultando cada vez más su comercio por el Mar Rojo, obligando a los etiopíes a replegarse hacia el sur donde sobrevivirían tres siglos más. Este aislamiento de la civilización negra respecto a Europa a través del islamismo será en parte causa de su decadencia cultural.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] J.G. Fichte. Cit. Arthur Herman (1998). La idea de decadencia en la historia occidental. P. 35
[2] Hegel, G.W.F. Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal. Madrid: Alianza Editorial, 2001. p. 172,183
[3] Hegel. Filosofía de la historia.1825. cit. Luis César Bou, África y la historia (2001), p.47
[4] Hegel. Filosofía de la historia.1825. cit. Luis César Bou, África y la historia (2001), p.48
[5] Hegel. Filosofía de la historia.1825. cit. Luis César Bou, África y la historia (2001), p.48
[6] Hegel. Filosofía de la historia.1825. cit. Luis César Bou, África y la historia (2001), p.49
[7] Meredith Townsend. Citado por Lothrop Stoddart, The Revolt Against Civilization: The Menace of the Under Man, 1922
[8] Pierre Gaxotte, 1957. citado por Joseph Ki Zerbo, 1980. Historia del Ãfrica Negra. Alianza, Madrid, 1980.
[9] Eugene Pittard. Citado por Joseph Ki Zerbo, 1980. Historia del Ãfrica Negra. Alianza, Madrid, 1980.
[10] Reginald Coupland, Citado por Adu Boahen, África bajo el dominio colonial, 1987
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