4.1. En busca del “hombre salvaje”

            Durante el s. XVIII la filosofía de la naturaleza estuvo marcada por la idea medieval de la escala (o cadena) de los seres vivos (Scala naturae). Según este modelo la naturaleza está formada por una sucesión lineal, continua y progresiva de seres que se disponen como los peldaños en una escalera, desde lo más simples a lo más complejos. En la base se encontrarían los cuatro elementos (tierra, aire, agua y fuego). Seguirían los grandes reinos, vegetal, animal, luego el hombre y, finalmente, un número variable de inteligencias angélicas. Esta escala ordenada de seres suponía una continuidad en la consideración de la existencia de un número infinito de estadios intermedios según la máxima natura non facit saltus. Según Leibniz “todos los órdenes de los cuerpos naturales forman una sola cadena, en la que las distintas clases, como si fuesen anillos, están tan estrechamente unidas entre sí que es imposible determinar el punto en el que acaba una y empieza otra”.

En 1745, la idea de la escala de seres vivos fue formulada por primera vez por el naturalista suizo. Charles Bonnet (1720-1793) en un diagrama de 52 peldaños (desde los cuatro elementos básicos, tierra, aire, agua y fuego, hasta el hombre). En su Tratado de insectología (Traité d´Insectologie), concibe una gradación continua desde la primera partícula viva, que denominó germen, hasta los ángeles. Esta sucesión de seres sería completa (comprende a todos los seres), continua (la naturaleza no hace saltos) y ascendente.

Bonnet estaba influenciado por el cálculo infinitesimal de Leibniz, según el cual la naturaleza no daba saltos. Por ello, Bonnet especuló sobre la existencia de un eslabón desconocido entre el mono (Singe) y el hombre. A este eslabón se le denominó hombre salvaje u orang-outang (literalmente, “hombre de los bosques”). Los naturalistas esperaban encontrar una semibestia parecida a los monos que quizá tenía cola, pero que avanzaba en posición erecta y que era capaz de utilizar herramientas como el ser humano. Algo parecido a lo que Erhard Reuwich (1455-1490) había descrito en su obra Tabla de animales extraños y raros (1483), en la que aparecí, junto a un cocodrilo, un camello, un unicornio y una jirafa, un “hombre selvático”, una semibestia a mitad de camino entre el simio (tiene cola) y el hombre (emplea utensilios y domestica a camellos).

A finales del siglo XVII, el médico inglés Edward Tyson (1650-1708), en una monografía titulada Anatomía de un pigmeo (1698), y que es modelo de investigación positiva de la época, sienta las bases de la anatomía comparada como parte de la antropología física. Tyson realizará un estudio sistemático y comparativo de un chimpancé joven que encontró herido en uno de sus viajes por África. Durante los dos meses que estuvo vivo, Tyson estudió su comportamiento. Decía que le oyó llorar como un niño y alabó su moderación con el alcohol.

            “Cuando el pigmeo se hubo acostumbrado mínimamente a llevar vestidos, estaba contento de ponérselos. Permanecía en la cama con la cabeza sobre la almohada y se cubría con las mantas igual que hace un hombre, pero era tan descuidado y hasta tal punto animalesco, que realizaba allí mismo todas sus funciones naturales”. E. Tyson.

edward tyson

En el dibujo que E. Tyson realizó del chimpancé se observa el intento de humanizarlo. La plasticidad marcadamente humana de las manos, la mirada inteligente, el uso, absolutamente impropio en un mono, del bastón para sostener la posición erecta. En realidad el mono se movía apoyando los nudillos de las manos sobre el suelo, pero Tyson justificaba este hecho aludiendo al estado de salud del animal, que había llegado enfermo a Inglaterra.

Cuando murió, Tyson lo diseccionó. En las conclusiones de su análisis puso en cuestión los caracteres distintivos del ser humano, poniendo a este en relación con el resto de las especies animales. Tyson identificó 34 características anatómicasen común con los simios superiores y 48 con el hombre. Decía que los chimpancés eran animales, pero tan próximos al hombre que debían ser considerados animales míticos, ubicados entre los simios y el ser humano. Desconocía Tyson que los seres humanos tenemos una anatomía más parecida a los chimpancés jóvenes que a los adultos. Esto es debido a que los humanos nos desarrollamos mucho más lentamente que los chimpancés y otros monos, de tal manera que nacemos en un estado menos desarrollado, lo cual permite un mayor aprendizaje a medida que vamos creciendo. Este fenómeno se denomina neotenia.

La idea del hombre salvaje como eslabón de unión entre el mundo animal y el humano, contribuyó a la invención ilustrada de la idea de raza. Prácticamente todas las representaciones de los naturalistas del s. XVIII de estos animales, se presentan muy humanizados (sobre todo en los rasgos faciales).

La primera escala racial será elaborada por el naturalista Jean Baptiste Robinet (1735-1820). En su obra De la Nature (1761), Robinet formula la idea de que los organismos vivos se transforman formando una cadena ininterumpida que asciende hasta el hombre. En este, declarará que, se produce una graduación racial que va desde el negro (cuyo intelecto es sólo un poco superior al instinto de los animales) hasta el europeo (que encuentra en el tipo griego su máxima perfección). Entre medias se hallarían el hotentote, ya plenamente humano pero aún “estúpido e ineducable”, el lapón, el asiático, el tártaro, el chino, el indio y el persa. Robinet colaborará años más tarde en la redacción de la Enciclopedia.

Otros naturalistas como Charles White (1728-1813) defendieron que “todos los organismos están organizados en una cadena estática de ser, cambiando por medio de pequeñas gradaciones de plantas a animales y de estos a personas”. Esta visión gradual de las especies naturales permitía justificar diferencias de superioridad entre la raza blana y la negra y entre los varones y las mujeres. White argumentaba que las razas “no blancas” eran inferiores y más cercanas a lo primitivo debido a su pigmentación y que las mujeres se parecían a estas razas, porque sus cuerpos reveleban áreas de pigmentación más oscuras: “la aureola alrededor del pezón, el pubis y el borde del ano”, lo que era más notable en las mujeres embarazadas.

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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