4.2. El origen de las razas

            Uno de los debates más importantes en lo que respecta a la cuestión racial es el del origen de las razas. Esta cuestión, que en un principio podría parecer como un asunto exclusivamente científico, va a tener una gran importancia social y política.

            En este sentido aparecerán dos tendencias antropológicas radicalmente opuestas entre sí. Los partidarios de la unidad de la especie humana defenderán el monogenismo apoyándose principalmente en el relato del Génesis. Para estos las diferencias anatómicas y fisiológicas que se observan en los hombres se deberían a factores medioambientales, que se irían modificando con el tiempo.

            En el extremo opuesto se encontrarían los poligenistas, quienes desde una cosmovisión gnóstica del mundo y del hombre, defenderán un origen diferente y radicalmente distinto para cada raza humana. Ya los primeros textos gnósticos hablaban de creaciones separadas para el género humano. En ambos casos, monogenismo y poligenismo serán empleados, en muchos casos, para legitimar la validez del sistema esclavista, así como alimentar los prejuicios raciales en la sociedad ilustrada industrial favoreciendo la segregación racial.

El monogenismo como origen común del género humano

            El monogenismo fue la postura predominante hasta el siglo XVIII en el debate cultural europeo. Profundamente influido por la cosmovisión cristiana, que defiende un origen común del género humano, Adán y Eva serían los antepasados comunes a todos los hombres, y las diferencias étnicas se deberían a influencias del entorno.

            Ahora bien, con la implantación de las ideas ilustradas, se empezó a dudar que todos los hombres pudieran disfrutar del progreso que solo una parte de la humanidad estaba logrando. Por ello se creará la doctrina de la perfectibilidad, según la cual la humanidad iría pasando por distintos estadios de progreso biológico hasta alcanzar la perfecta felicidad terrenal.

0402 Nicolas-de-CondorcetCondorcet (1743-1794) publica en 1795 su Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, en el que expone el concepto de progreso como un “proceso de perfectibilidad orgánica del hombre, de tal manera que sin alcanzar la inmortalidad absoluta, el tiempo entre el nacimiento y la muerte natural del hombre se hará cada vez más largo pudiendo llegar a ser indefinido”. En esto ayudarán los adelantos en medicina, una buena alimentación, viviendas saludables y una forma de vida que aumente la fuerza corporal a través del ejercicio físico.

Condorcet planteó la superioridad europea en una conexión entre raza y cultura aderezando sus tesis con la doctrina de la perfectibilidad que decía, que la humanidad siempre podría avanzar hacia el progreso que conducía a la felicidad terrenal.

Autores posteriores como el historiador escocés Thomas Carlyle (1795-1881), llegarían a la conclusión de que razas como la negra, jamás llegarían a un estado de perfectibilidad racial como el que estaba alcanzando la raza blanca, y que siempre permanecerían inamovibles en su estatus actual. La conclusión era clara, las razas de color habían sido creadas inferiores para servir a los blancos. Carlyle sostenía que los negros eran subhumanos, “ganado bípedo” que necesitaba la tutela de los blancos, poseedores de la “fusta benéfica”.

            Esta idea de progreso biológico de la raza humana tendrá dos vertientes: la degenerativa y la gradualista. La versión degenerativa postularía que Adán había sido creado blanco a imagen de Dios y que las distintas pigmentaciones se debían a un proceso degenerativo o involucionista producido por factores ambientales. Autores como Johann Blumenbach en Alemania y Georges Louis Leclerc en Francia defenderán la postura monogenista degenerativa.

0402 James Cowles PrichardLa interpretación gradualista surgirá con el antropólogo inglés James Cowles Prichard (1786-1848) quien sostendrá que Adán habría sido negro en sus orígenes y bajo la influencia de la civilización, el hombre habría ido gradualmente convirtiéndose en blanco.

“Revisando las descripciones de todas las razas enumeradas, debemos observar una relación entre su carácter físico y su condición moral. Las tribus que tienen lo que se denomina el carácter negro en un grado más profundo son las menos civilizadas. Los papels, bisagos, ibos, quienes en el mayor grado se distinguen por caras deformes, mandíbulas salientes, frente rellena, y por otras peculiaridades negras, son las más salvajes y moralmente degradadas de las naciones descritas hasta aquí. Lo inverso de esto es aplicable a todas las razas más civilizadas”.[1]

            Ambas teorías pueden ser consideradas claramente racistas ya que admiten la desigualdad entre las razas humanas y la relación de jerarquía entre ellas.

            Un tercer grupo de monogenistas rechazará la “visión progresiva”, apoyados en una visión cristiana de la igualdad de dignidad del género humano. Entre ellos debemos destacar a Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) y a Samuel Smith. Leibniz rebatió las ideas poligenistas de sus contemporáneos, no solo por la falta de pruebas que estos se negaban a dar, sino por las profundas implicaciones que podría suponer negar la unidad del género humano.

            “Hubo un viajero que creyó que los negros, los chinos y por último, los americanos no tenían ningún parentesco de raza, ni entre sí, ni con los pueblos que se parecen a nosotros. Pero como conocemos el interior esencial del hombre, es decir, la razón que subsiste en el mismo hombre y se encuentra también en todos los demás hombres, y no se nota nada fijo e interno en nosotros que forme una subdivisión, no tenemos base para creer que entre los hombres haya, en lo que respecta a la verdad de lo interior, una diferencia específica esencial, como la que encontramos entre el hombre y la bestia”.[2]

            Al referirse al estudio de las lenguas no niega que el estudio de estas lleve a demostrar un día que, todas tengan un mismo origen.

            “Las lenguas… no las podríamos atribuir al mero azar, ni siquiera al comercio, sino más bien a las migraciones de los pueblos. De suerte que nada encontramos en esto que esté contra el origen común de todas las naciones y de una lengua radical y primitiva; antes bien parece favorecerlo”.[3]

            Y más adelante complementa así la anterior reflexión:

            “Con el tiempo se registrarán y pondrán en diccionarios y gramáticas todas las lenguas del universo y se las comparará entre sí, esto será muy útil, tanto para el conocimiento de las cosas (…) como para el conocimiento de nuestro espíritu y de la maravillosa variedad de sus operaciones. Sin hablar del origen de los pueblos, que la comparación de las lenguas facilitará enormemente”.[4]

Leibniz rechazará la inferioridad congénita del salvaje como afirmaba Locke, pero también rechazará la idea de que el hombre civilizado fuera superior, como pretendían afirmar algunos defensores del “buen salvaje”. Reconoce no obstante que en algo se asemejan los salvajes a los niños y pone como ejemplo la dificultad en la catequización de los hotentotes. Esta resistencia no vendría tanto de un rechazo al cristianismo, sino a la carencia de bases elementales, tanto de conocimientos como de lenguaje, para comprenderlo, por cuanto pertenecen a tradiciones culturales distintas. Para Leibniz, el niño y el salvaje podían ser perfectamente instruidos si se llegara a disponer de tiempo y de recursos suficientes. En este sentido Leibniz negaba la teoría de la predestinación protestante, aceptando un plan universal de salvación por parte de Dios de tales características, que ningún hombre dejará de contar con posibilidades de salvación.

            Estos pasajes demuestran que Leibniz considera a todo el género humano, como una unidad procedente de un mismo tronco común. También se anticipará a los lingüistas del s.XIX al emplear la filología como una de las pruebas concluyentes de la existencia de un origen común de las naciones, con la diferencia de que estos emplearon la lingüística para justificar sus elucubraciones racistas.

Igualmente Samuel Stanhope Smith en 1787 escribió que las diferencias físicas fueron causadas por el clima y que todos somos esencialmente de la misma raza. Para Smith los humanos somos multivariables y tratar de clasificarnos en razas es inútil e imposible.

Determinismo racial y poligenismo

            Otros autores imbuidos por un anticristianismo radical tratarán de demostrar la falsedad del relato del Génesis basándose en las diferencias raciales. En este sentido surgirán las teorías poligenistas que se apoyarán en ciertas exégesis heréticas de la Biblia que aparecieron durante el siglo XVII. Ya en 1560 el italiano Giordano Bruno presentó en su obra De inmenso et innumerabiius una teoría poligenista de la humanidad afirmando que los distintos grupos humanos tenían orígenes diferentes.

0402 Conrad GesnerEntre 1551 y 1558 el naturalista suizo Conrad Gesner (1516-1565) escribe un tratado de zoología en cuatro volúmenes titulado Historia animalium, que va a ser considerado el punto de partido de la zoología moderna. En este texto los “no occidentales” se transforman simbólicamente en extrañas criaturas perdidas en la frontera de lo humano, similares, en este sentido a los demás simios. Por ejemplo, el famoso mono cercopiteco fue descrito como un auténtico “hombre salvaje” en estos términos:

“Es un animal feroz, pero de una inteligencia tal que podría decirse que algunos hombres le son inferiores en este aspecto: ciertamente no entre nuestros conciudadanos, sino entre los bárbaros que habitan regiones de climas inhóspitos, como los etíopes, los númidas y los lapones”.[5]

Un siglo después, el naturalista italiano Aldrovandi (1522-1605) repetía dicha asociación entre el mono cercopiteco, llamado ahora como Homo sylvaticus, y los habitantes humanos de tierras remotas. En una obra publicada tras su muerte, Monstruorum historia (1658), clasificó a “caníbales y pigmeos” al lado de “hombres y mujeres silvestres”. De alguna manera fue ganando peso en el mundo protestante que estas formas humanas o semihumanas tenían una naturaleza esencialmente distinta a la de los pueblos del viejo continente.

0402 Isaac de La PeyréreEl calvinista francés de origen judío Isaac de La Peyrére (1596-1676) defendió la existencia de “preadamitas”. En 1655 escribe un opúsculo titulado Praedamitae, en el que explica las “condiciones de los primeros hombres antes de Adán”. Según este autor, Adán pertenecía a un pueblo preadamita pero fue llevado al Paraíso para ser el padre del pueblo judío. De esta manera Adán habría sido el progenitor sólo de los judíos, mientras que el resto de los pueblos de la Tierra descenderían de antepasados anteriores a Adán. Para Peyrere las poblaciones africanas, americanas y asiáticas ya existían en la tierra antes de que Dios crease a Adán y Eva. Este hecho quedaría supuestamente demostrado por la existencia en el texto bíblico de gigantes y de enigmáticos habitantes de los que provendría, por ejemplo, la esposa de Caín (Génesis, 4, 17). De la lectura del capítulo décimo del Génesis, La Peyrére concluye que la familia de Noe habría originado exclusivamente a los semitas y otros miembros de la “raza blanca”, pero no a todos “pues no menciona a los persas, a los bactrianos, ni a los indios, y por el occidente, no pasa del mar Egeo”. En definitiva, su teoría era que las poblaciones africanas, americanas, asiáticas, etc., ya existían en la tierra antes de que Dios crease a Adán y Eva. La idea de La Peyrére no era en absoluto racista, pero permite descubrir la gravedad de la cuestión, ya que este autor con su tesis lo que pretendía era excluir del plan de salvación divino a parte de la humanidad, en contra de la salvación para todo el género humano que defiende la Iglesia Católica. Por todo ello se puede considerar a Isaac de La Peyrére como el padre del poligenismo, una teoría herética que será asimilada posteriormente por las sectas teosóficas, el Ku-klux-Klan y la New Age. Sus argumentos están recogidos en su Sistema Theologicum ex Preadamitarum hipótesis (1655), y pronto se convirtieron en uno de los soportes teóricos de la esclavitud.

El filósofo escocés Henry Home, Lord Kames (1696-1782), principal líder de la Ilustración escocesa y gran amigo de Hume, defendió el poligenismo. En su obra Sketches of the History of Man (1776) recoge la idea de Peyrére escribiendo que Dios “creó muchas parejas de hombres y mujeres que diferían entre sí externa e internamente”.[6]

Varios filósofos ilustrados como Voltaire o Hume fueron poligenistas en la medida en que la crítica de la Biblia formaba parte de su estrategia de ataque a la Iglesia Católica. Voltaire, usando argumentos del determinismo racial, mantenía que el grado de civilización menor de los negros era el resultado directo de su inferior inteligencia y de un nivel de comprensión que no les capacitaba para el estudio metódico de la filosofía o las ciencias. En su ataque a la revelación bíblica este ilustrado francés se negaba a creer que los judíos fuesen los ancestros de la humanidad, tal y como afirmaba el génesis. Irónicamente decía que “hubiese sido muy triste que, habiendo tantas especies de monos, existiese una sola de hombres”.

            Hannah Arendt reconoce que la principal repercusión del poligenismo fue la destrucción de la idea de la ley natural como nexo de unión entre todos los hombres y todos los pueblos. Esta doctrina aisló entre sí a todos los pueblos mediante el profundo abismo de la imposibilidad física de la comprensión y de la comunicación humanas. En la práctica contribuyó a impedir los matrimonios mixtos en las colonias y a promover la discriminación contra los individuos de origen mixto. Según el poligenismo los mestizos no son verdaderos seres humanos; no pertenecen a una sola raza, sino que son un tipo de monstruos en los que “cada célula es teatro de una guerra civil”.[7]

0402 Bory_Saint-Vincent_1778-1846El poligenismo aparece formulado de forma clara en el Dictionnaire classique d´histoire naturelle (1825), por el naturalista y geógrafo francés Bory de Saint –Vicent (1778-1846). En esta obra describirá a quince especies humanas repartidas por la Tierra y clasificadas de forma jerárquica desde la más bella e inteligente a la más primitiva. En la cima de esta clasificación Saint-Vicent sitúa a la especie jafética (en honor al hijo de Noé, de nombre Jafet) correspondiendo este honor a la raza raza blanca europea. Su ángulo facial se aproximaba a los 90 grados. Además sería la raza más púdica: “los dos sexos se avergonzaron inmediatamente de su desnudez y se cubrieron con diversas vestimentas”. No obstante, no quedaban bien paradas las mujeres de esta raza a quienes describía como maleducadas.

            Sucedían a la raza jafética en orden descendente la raza arábiga, hindú, escítica, sínica (chinos y japoneses), hiperboreana (lapones y samoyedos), neptuniana (polinesios y malayos), australasiana, colombina, americana, patagona, etíope, cafre, melanésica y hotentote. Estas últimas cuatro especies correspondían a los negros, que desde el punto de vista de Boris de Saint-Vicent, eran pueblos desprovistos de religión, de leyes y sobre todo de “la menor idea de su desnudez” ya que “no se les ocurría ocultar los órganos que los reproducían”.

            En el puesto número quince puso al hotentote, que en opinión de estos ilustrados deciochescos era el “eslabón entre el género hombre y el de orangután o mono”. Su figura es “odiosa de animalidad”, y “las mujeres (son) más abominables aún que sus maridos”. “Su lenguaje se reduce a una especie de cacareo”. De ellas afirmará:

“Observemos a los etíopes, pertenecientes sin embargo al grupo negro más evolucionado: ellas “parecían muy lascivas, y sobre todo aparentaban ignorar que se pueden rechazar las solicitaciones de un hombre, en especial si es blanco; siempre están dispuestas a entregarse…”[8]

            El negro sería un pueblo sin leyes, sin religión, que habitaba en cavernas y que se distinguiría por una “suciedad asquerosa”. Para Saint-Vicent, son “tan brutos, perezosos y estúpidos que se ha renunciado a reducirlos a la esclavitud”.

0402 Julián Joseph VireyOtro científico ilustrado defensor del poligenismo fue el doctor Julián Joseph Virey (1776-1847), para quien solo había dos especies humanas, divididas cada una en diversas “ramas” y “razas”. En el Nouveau dictionnaire d´histoire naturelle (1817) describe cada una de estas. La primera especie presentaría un color blanco u oliváceo y un ángulo facial entre los 85 y los 90 grados. Tendrían leyes escritas, una inteligencia más amplia y un estado de civilización más o menos perfeccionado, al cual se añadiría “el coraje y el amor por la gloria auténtica”. Esta raza se dividiría en tres ramas principales: la variedad blanca compuesta por los europeos, la cetrina formada por chinos, mongoles y lapones, y la cobriza en la cual se encontrarían los amerindios.

            La segunda especie humana se caracterizaría “por un tinte de color marrón o enteramente negro”, tendrían un “entendimiento limitado” y una “civilización constantemente imperfecta”, “menos valor auténtico, actividad y habilidad que la otra especie”, estando “más inclinada a los placeres de los sentidos que a las aficiones morales”. Por todo ello esta especie “se acerca más al animal”. Los más evolucionados de los miembros de esta especie parecerían más adecuados para la esclavitud, y los menos evolucionados, como los hotentotes y los papúes, eran poco recomendables para ese comercio pues estúpidamente preferían la muerte a “cualquier trabajo largo y penoso”.

En el artículo “Negro” del mencionado Nuevo Diccionario de historia natural, Julián-Joseph Virey describía la esclavitud del negro como algo inato a su condición: “El negro es y siempre será esclavo; lo exige el interés, lo pide la política, y se somete a ello casi sin problema por su propia constitución: no se oirán nunca entonces a los reclamos contrarios”

            Ya fuesen dos especies o quince, para los poligenistas los negros estaban condenados a ocupar el último lugar en la escala humana en un punto cercano a los monos. En la ilustración que acompañaba el artículo de Virey se representaban las tres especies: blanca, “negra” y “orangután” como dando a entender que el negro estaba en una posición intermedia más cercana al mono que al resto de los seres humanos.

Pero quien más influencia tuvo en la formulación del poligenismo fue el profesor de anatomía Robert Knox (1791-1862). Su obra The races of man (Las razas del hombre, 1850) tendrá una gran relevancia en la ciencia racial del siglo XIX, ya que entre otros aspectos a él se debe el viraje desde el odio a los judíos por motivos religiosos al antisemitismo racial “científico” que culminará, como tristemente ya sabemos, en los campos de exterminio nazis. Ante la evidencia histórica de la superioridad intelectual de los blancos frente a los negros, siempre esclavos de los primeros, Knox se preguntaba: ‘¿Pueden ser civilizadas las razas oscuras? ¡Absolutamente no!’, se respondía. Knox calificó al híbrido o mestizo de “desgracia de la humanidad, degradación que la naturaleza no tarda en vengar con las más diversas taras”. Para él, una “mixed race” es “una anomalía sobre la tierra; algo repudiado por las leyes orgánicas del hombre y de los animales”.

Uno de sus discípulos, Richard Lee, afirmaba: ‘A causa de su superioridad moral e intelectual, la raza anglosajona va barriendo del mapa a las poblaciones inferiores. Es la luz que devora a la oscuridad’.

Knox se anticipó a Darwin, en quien ejerció una gran influencia. Afirmó que en el mundo natural (en quien ubica al hombre como una especie más del mundo orgánico) se producía una lucha por la existencia en la que el más fuerte lucha por la fuerza para ocupar el espacio del más débil, destruyéndolo si era preciso. Konx declarará que el amor cristiano era perjudicial ya que impedía la lucha por la existencia en el ámbito social, un argumento que asumirán muchos socialdarwanistas posteriores.

Pero los grandes debates entre monogenistas y poligenistas iban a tener lugar durante el s. XIX, con figuras como George Robins Gliddon (1809-1857), Josiah Clark Nott (1804-1873), Théophile Simar (1883-1930), John Hunter (1728-1793) o Samuel Smith (1752-1839).

            Durante el siglo XIX la cuestión del esclavismo será el motor del desarrollo racista. Tanto esclavistas como abolicionistas basaron sus teorías en posiciones racistas. En Gran Bretaña el desarrollo del determinismo racial estuvo muy relacionado con esta disputa, existiendo dos facciones encabezadas por James Prichard y Robert Knox, seguidores ambos de William Charles Wells, quien establecerá una correlación entre ciertos pigmentos y la resistencia a enfermedades específicas. Todas estas ideas tendrán, años más tarde, una gran influencia en la obra de Darwin.

En Alemania y Francia las teorías del determinismo racial serán desarrolladas por Gustav Klemm, Theodor Waitz y J.A. de Gobineau. Gustav Klemm dividirá a la humanidad en “razas activas” y “razas pasivas”, las cuales siguen un camino evolutivo pasando por estadios de salvajismo, domesticidad y libertad. En el tronco germánico ubicará la forma más alta de las razas activas. Theodor Waitz (1821-1864) antropólogo alemán, criticará las conclusiones más extremas de la Escuela Americana, pero mantendrá la idea de que existen razas superiores y razas inferiores.

            Pero sin duda será J.A. Gobineau quien más influencia tendrá en la formulación de los prejuicios ideológicos racistas. Ideas que se apoyarán en el pensamiento del idealismo hegeliano y, en el positivismo de Comte y su análisis de la historia del mundo.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Prichard, Historia natural del hombre 1826.cit. Luís César Bou, África y la historia, 2001. P. 31.
[2] Leibniz. 1718. Cit. Lourdes Rensoli Laliga. G.W. Leibniz: Europa, China y la idea de civilización. http://serbal.pntic.mec.es/AParteRei/
[3] Idem. p. 4
[4] Idem. p. 4
[5] Gesner 1551. Cit. En Bartra (1996), p. 239
[6] Carles Lalueza. Razas, racismo y diversidad. Ed. Algar. 2002. Pág. 38
[7] A. Carthill, The Lost Dominion, 1924, p. 158. Cit. Hannan Arendt. Los orígenes del totalitarismo, 2007. P. 278.
[8] Bory de Saint-Vicent.cit. Lucian Boia. Entre el ángel y la bestia: el mito del hombre diferente desde la antigüedad hasta nuestros días. Editorial Andrés Bello, Barcelona, 1997. P. 168
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