4.3. Linneo y la clasificación de las especies

            La primera clasificación taxonómica rigurosa moderna de los seres vivos se debe al biólogo sueco Carl von Linne, más conocido por Linneo (1707-1778). Este científico amaba profundamente la naturaleza, y siempre se asombraba de las maravillas del mundo de los seres vivos. Sus profundas convicciones religiosas le condujeron hacia la teología natural, una escuela de pensamiento muy antigua pero que estaba muy en boga alrededor del 1700 y que tiene como premisa principal: ya que Dios ha creado el mundo, es posible comprender la sabiduría de Dios estudiando su creación. Así lo expresó en el prefacio de su Sistema Naturae: Creationis telluris est gloria Dei ex opere Naturae per Hominem solum (La creación de la Tierra es la gloria de Dios, tal como sólo el Hombre lo ve por las obras de la Naturaleza), publicado en 1758. El estudio de la naturaleza revelaría el Orden Divino de la creación de Dios, y el trabajo del naturalista es construir una “clasificación natural” que revele este orden en el universo.

Amante de la armonía y el método, retomó los trabajos de Aristóteles (Historia de los animales) y de Galeno, para realizar un riguroso esfuerzo clasificatorio del mundo natural. Linneo realizará una división de los seres vivos en reinos, y estos a su vez los subdividirá en subreinos, tipos, clases, órdenes, familias, géneros y especies.

            El término especie lo tomará del Génesis, pero perdiendo por completo su significado original, de tal manera que si en la Biblia, el término especie alude al diseño divino, esa imagen que Dios tenía en su mente de cada ser vivo y que da forma en el momento de la creación. A partir de Linneo el término “especie” hace referencia al concepto clasificatorio mínimo en el que se pueden subdividir los seres vivos de tal manera que al cruzarse puedan dar descendencia fértil. Posteriormente tendrá que realizar una subdivisión menor a la que denominó subespecie y que otros autores asimilarán al concepto de raza. De esta manera los aspectos de subdivisión natural y de reproducción con descendencia fértil quedarán definitivamente asociados al concepto de especie. Con este significado del término especie trabajará, un siglo después, Charles Darwin y no con el concepto original que pretendía expresar la Biblia de “diseño divino” con el que Dios crea a cada ser del mundo.

            Para Linneo las especies no solamente eran reales sino que también eran inmutables, escribiendo: Unitas in ovni specie ordinem ducit (La invariabilidad de las especies es la condición para el orden en la naturaleza). No obstante observó como especies diferentes de plantas podían hibridarse, creando formas que semejaban nuevas especies. Fue entonces cuando sugirió que algunas especies podían haberse originado luego de la creación del mundo a través de la hibridación. Estas especies generadas a partir de la primae speciei, la especie original en el Jardín del Edén, seguían formando parte del plan creador de Dios, ya que habían estado potencialmente presentes en su plan inicial.

En algún momento Linneo apuntó a una especie de lucha cruel que se daba en la naturaleza, una especie de “tabla de carnicero” y una “guerra de todos contra todos”. Parece que en este punto se adelanta a Darwin, pero para Linneo la competencia era necesaria para mantener el equilibrio de la naturaleza, y por lo tanto formaba parte del Orden Divino.

La clasificación biológica del hombre

            En la primera edición de su Sistema naturae, Linneo incluye en su clasificación de los seres vivos al hombre y los monos dentro del reino animal, en el grupo de los antropomorfos y en el subconjunto de los cuadrúpedos. A partir de la décima edición reemplazará a los cuadrúpedos por los mamíferos y, como primer orden de estos puso a los primates, entre los cuales incluyó al hombre. En el hombre reconocerá como factor diferenciador la razón, pues mediante la nobilísima ratio, el hombre superaba a todos los animales. Esta concepción permite entender que asignara al ser humano el término de Homo sapiens, en contraposición al de Homo sylvestris, que englobaba a los antropoides.

            La especie Homo sapiens se subdividirá en cuatro razas, a las que Linneo asigna una serie de rasgos anatómicos, cualidades morales y unas aptitudes mentales. El Homo sapiens linneano cambiaba según la educación y el clima, y comprendía las siguientes variedades:

  • Homo europeus: Blanco, sanguíneo, ardiente; pelo rubio abundante; ligero, fino, ingenioso, lleva ropas ceñidas; se rige por leyes.
  • Homo americanus: Rojizo, bilioso, recto; pelo negro, liso y grueso; ventanas de la nariz dilatadas; cara pecosa; mentón casi imberbe; obstinado, alegre; vaga en libertad; se pinta con líneas curvas rojas; se rige por costumbres.
  • Homo asiaticus: Cetrino, melancólico, grave; pelo oscuro; ojos rojizos; severo, fastuoso, avaro; se viste con ropas anchas; se rige por la opinión.
  • Homo afer: Negro, indolente, de costumbres disolutas; pelo negro, crespo; piel aceitosa; nariz simiesca; labios gruesos; vagabundo, perezoso, negligente; se rige por lo arbitrario.

Puede extrañarnos que Linneo asigne unas cualidades morales a unos rasgos físicos, pero en ese punto Linneo es continuador de la fisonomía y la patología humoral de Hipócrates y Galeno, quienes relacionaban la interioridad del espíritu, con la apariencia física. En la antigüedad griega se creía en el principio de kalokagáthía – según la cual no podía existir belleza, si no existía una correspondencia saludable y, por tanto, tampoco existía un estado de salud o bondad si no existía la belleza (Hering Torres, 2006).

Dentro del género homo, Linneo incluirá a los troglodytes y a los Orang Outang como animales nocturnos, reservando al sapiens el calificativo de animal diurno.

Christianus Emmanuel Hoppius, que fue discípulo de Linneo, en su tesis Anthropomorpha (1760) dividirá a los antropomorfos en cuatro grupos:

  • Pygmaeus: correspondería al Homo sylvestris de Linneo, vivían en África y posiblemente se refiriera al chimpancé.
  • Satyrus: vivían en Angola, pertenecientes al género Simia y son claramente chimpancés.
  • Lucifer: vivirían en la isla de Nicobar y Java. Hoy en día es difícil precisar a que ser vivo se refería.
  • Troglodyta: sería el Homo nocturnus de Linneo. Se localizarñia en Etiopía, Java, Amboina, el monte Ophir, la península de Malaca y las islas Ternate. Viviría en cavernas, y sería el más próximo al ser humano, con un aspecto que correspondería a la representación tradicional europea del hombre salvaje.

Para Hoppius era difícil encontrar distinción entre el hombre y el simio, ya que:

“Entre todas las producciones del globo terráqueo, nada se parece más a la humanidad que el género simia (genus Simarium). Sus caras, sus manos, sus pies, sus brazos, sus piernas, sus pechos y sus intestinos tienen, en muchos aspectos, una fuerte semejanza con nosotros. Sus hábitos, y su ingeniosidad para practicar trucos y bromas, además de su imitación de otros […], los hace tan parecidos a nosotros mismos, que es difícil llevar a cabo ninguna distinción natural entre el hombre y su imitador, el simio”. Ch. Emmanuel Hoppius.

En ningún momento Linneo empleó el término raza, si no que se limitó a dividir al género humano en variedades, sin intercalar entre ambas categorías la de especie. Profundamente creyente y fiel a la antropología cristiana que sostiene la unidad del género humano, Linneo consideró que las especies y las variedades no podían transformarse ni desaparecer, ya que de cada especie había sido creada una sola pareja destinada a perpetuarse de manera indefinida e inmutable, y en la que el hombre era el fin último de la creación. En su concepción, la naturaleza forma un todo único, estructurado y jerarquizado, y todo el universo respondería a la sabiduría divina. Aun cuando los investigadores posteriores modificaran las partes defectuosas de esta clasificación, todos han reconocido que el principio clasificatorio iniciado por Linneo era excelente.

El mérito de Linneo está en crear un nuevo campo de estudio científico, el de la taxonomía. A él tendrán que remitirse todos los científicos posteriores, tanto para retomar sus definiciones, como para criticarlas. No obstante sería el francés Buffón quien desarrollaría más este nuevo campo completando el estudio abierto por Linneo.

Autor: José Alfredo Elía Marcos
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