4.4. Buffón y el origen del término raza

            Un naturalista, contemporáneo de Linneo, Georges Louis Leblerc, más conocido como conde Buffón (1701-1788), propuso un enfoque radicalmente distinto de la variación humana. Buffón fue más allá de la clasificación que había realizado Linneo intentando buscar generalizaciones e interrelaciones que dieran cuenta de la variabilidad de las especies. Para él, el hombre constituía originalmente una sola especie que se habría ido diversificando en numerosas variedades debido a factores de su entorno natural, como el clima, la comida o las enfermedades.

“Todo concurre, pues, para demostrar que el género humano no está compuesto por especies que sean esencialmente distintas entre sí; antes al contrario, los indicios son en el sentido de originalmente hubo sólo una especie de hombres”.[1]

Buffón no defiende la monogénesis por razones teológicas, sino por una postura naturalista en la que ante la evidencia de que blancos y negros pueden mezclarse, ambos han de pertenecer a la misma especie. La unidad queda demostrada pues, por la fecundación mutua. Esta unidad del género humano implica además la diferencia radical entre el hombre y los animales.

“Hay una distancia infinita entre las facultades del hombre y las del animal más perfecto, prueba evidente de que el hombre es de una naturaleza diferente, de que él por sí solo constituye una clase aparte, de la cual hay que descender recorriendo un espacio infinito, antes de llegar a la de los animales”.[2]

Influenciado por el pensamiento cartesiano Buffon afirmará que esta diferencia la determina la presencia o ausencia de razón.

“El hombre es un ser racional, y el animal un ser sin razón; y puesto que no hay término medio entre lo positivo y lo negativo, así como no hay seres intermedios entre el ser racional y el que carece de razón, es evidente que el hombre es de una naturaleza completamente distinta a la del animal”.[3]

Pero, aunque Buffón defiende la unidad en el género humano, insiste en que existe una jerarquización interna que hace que unos hombres sean superiores a los otros. Los factores que determinan esta jerarquía entre los humanos son la racionalidad y la sociabilidad. De esta manera opone “civilización” o “urbanidad”, a la “barbarie” y al “salvajismo”. Entre ambos polos se desarrollan una serie de estados intermedios que llevan de la cima a la base. En la cumbre se hallarían las naciones de Europa septentrional, por debajo se hallarían los europeos mediterraneos, luego las poblaciones de Asia y África y, en la parte inferior de la escala, los salvajes americanos que se acercarían a un estado cuasi-animal.

“Se desciende por grados bastante insensibles desde las naciones más esclarecidas, las más refinadas, a los pueblos menos industriosos, de estos a otros más groseros, pero aún sometidos a reyes, a leyes; y de estos hombres burdos, a los salvajes”.[4]

De los australianos dirá que son “aquellos que entre todos los humanos más se aproximan a los brutos”, un puesto que a veces lo ocupa el indio americano que “en sí mismo no es más que un animal de primer orden”. Para Buffón los asiáticos tienen los “ojos pequeños, como de puerco”, mientras que los hotentotes los tienen sencillamente, “cómo los de los animales”.

Implícitamente, lo que Buffon estaba proponiendo era una visión evolutiva que se oponía a la de Linneo, para quien todas las especies habían sido creadas por Dios en su estado natural. Será la visión del naturalista sueco la que predominará durante más de un siglo en los círculos científicos hasta la llegada de la teoría evolucionista de Darwin. Pero a diferencia de la visión progresiva de la evolución darviniana, para Leblerc la evolución es degenerativa de tal manera que el hombre primitivo fue blanco, y todo cambio de color es una degeneración: “por poco que se descienda por abajo del círculo polar, en Europa se encuentra la más hermosa raza de la humanidad”, “la naturaleza, con lo perfecta que puede ser, hizo a los hombres blancos”.

            Para distinguir las distintas variedades humanas Buffón introducirá el término de raza. Un término que hasta entonces sólo se había utilizado para designar variedades de animales domésticos como perros, ovejas y caballos. El origen de la palabra raza es un misterio. Podría derivarse del árabe “ras”, que significa “cabeza”, “principio” u “origen”. Algunos autores creen en cambio que derivaría del latín “generatio” o “ratio”, que vendría a significar “naturaleza” o “cualidad”.

            Para Buffón la raza viene definida por dos factores principales. Por un lado está el factor reproducción y por otro el medioambiente que determina las condiciones en las que se ha desarrollado la especie humana a lo largo del tiempo y del espacio geográfico.

En el volumen tercero de su obra Histoire naturelle generale et particuliere, avec la description de Cabinet du Roi (1749) G. Louis Leclerc dividirá la humanidad en seis razas principales divididas según zonas climáticas en: Lapona o raza polar, sudasiática, etiópicas, mongola, europea y americana.

El peligroso concepto de degeneración

            En 1766, Buffon publicó el libro Sobre la degeneración de los animales (De la degénération des animaux). En él introdujo por primera vez el peligroso concepto de degeneración como el alejamiento de un tipo biológico, es decir como una variación con respecto a la descripción comúnmente aceptada del organismo en estudio. Buffon explicaba la degeneración como una “variabilidad inducida por cambios ambientales”. Así el clima, la alimentación y otros factores externos degradarían a los seres vivos apartándolos de su estándar óptimo.

            Con su ensayo, el naturalista francés se pronunció a favor de una veolución regresiva originada, fundamentalmente, por la acción de un conjunto de factores ambientales como el clima, la alimentación, la distribución geográfica, la domesticación, etc. elementos que facilitarían la variabilidad de los seres naturales, de forma que unos podían originarse de otros por “degeneración”, lo que le lleva a preguntarse, por ejemplo, si el asno no sería un caballo degenerado.

            El calor y el frio extremos constituirían el principal agente degenerativo. Así Buffón no dudaba de que “todo lo que hay de colosal y de grande en la Naturaleza, se formó en las tierras del Norte”; y daba por descontado que, si las tierras del Ecuador “produjeron algunos animales, ellos son especies inferiores, mucho más pequeñas que aquellas producidas en el norte”. Respecto a los animales de América, Buffon los considerará variantes degeneradas de los animales del Viejo Continente. Así, por ejemplo, creía que el tapir era el “irrisorio elefante del Nuevo Mundo”, un ser degenerado que además de no tener ni trompa ni colmillos, no sería mayor que un humilde burrito.

            La teoría de la degeneración le permitirá crear ramas de descendencia por degradación. Así por ejemplo la oveja descendería por degradación del carnero. Las ovejas son débiles y requieren de protección contra el frio y los depredadores, mientras que el carnero está armado de cuernos, posee un pelaje resistente y es muy ágil. El lobo y el zorro constituirían dos troncos principales de un género cuyas ramas colaterales serían el perro y el chacal. Y así sucesivamente. La degeneración habría ido formando “ramas” a partir de la especie original o prototipo. Buffon defenderá que originalmente existieron únicamente treinta y ocho moldes internos de animales cuadrúpedos, a partir de los cuales, por degeneración, se produjeron unas doscientas variedades o especies en sentido restringuido.

            En el fondo de la escala degenerativa, Buffón situará a los animales domésticos y a los del Nuevo Mundo. De los primeros presupone que se han degradado por el estado de esclavitud en que viven. Respecto a la fauna americana afirma que el clima peculiar hacen que la naturaleza viviente se halla más alterada que en cualquier otra parte. Esto le servirá para afirmar que en América el ser humano no ha tenido tiempo de civilizarse. Con su inactividad, no sólo no ha sometido a los animales; tampoco ha dominado los alementos, es decir que no ha “dirigido” las corrientes fluviales ni ha trabajado la tierra.

            Respecto al ser humano, degeneración sería un alejamiento relativo del verdadero modelo de hombre, que correspondería al que encontramos en la zona templada y al cual deben referirse todas las “garduaciones de color y hermosura”. Ante esta perspectiva, las variedades humanas serían la manifestación de un menor o mayor grado de degeneración.

“El salvaje es dócil y pequeño por los órganos de la generación; no tiene pelo ni barba, y ningún ardor para con su hembra, quitadle el hambre y la sed, y habréis destruido al mismo tiempo el principio activo de todos sus movimientos; se quedará estúpidamente descansando en sus piernas o echado durante días enteros”.[5]

            La gran preocupación de Buffón fue determinar el color original de la raza humana. Siendo así que el frio seco del norte origina a los lapones de piel oscura y pequeña estatura, el naturalista expone una idea que se mantendrá a lo largo de su obra: “el frio comprime, apoca y reduce a menor volumen todas las producciones de la Naturaleza”. El calor en cambio también oscurece la piel como se observa a medida que se viaja a latitudes más meridonales. Poe ello es en las zonas templadas donde encontraremos a los seres humanos más “hermosos” y “bien hechos”: a los hombres que conservan su verdadero color natural: el blanco.

Durante el siglo XIX, el concepto de degeneración adquirió paulatinamente una connotación moral y llegó a detonar el carácter de “descendente”, e incluso “decadente”. Durante la misma época, la teoría de la degeneración otorgó a la psiquiatría una explicación biológica de la etiología de las enfermedades mentales, y se integró de modo convincente en el conocimiento científico de la época. Muchos médicos se creyeron custodios del bienestar de nuestra especie, obligados a trabajar por la “desintoxicación” de las gentes, con poder para prevenir la degeneración de la sociedad y guiar el progreso de la humanidad.

Dice Gerbi que “con Buffon se afirma el europeocentrismo en la nueva ciencia de la naturaleza viva. Y no es ciertamente mera casualidad que esto haya ocurrido en los momentos mismos en que la idea de Europa se estaba haciendo más plena, más concreta y orgullosa”.[6]

El lenguaje y el clima como elementos determinantes de la raza

            Buffón se planteará la cuestión de qué es lo que distingue al hombre del resto de los animales. La respuesta la encontrará en el lenguaje, que es la comunicación del pensamiento, y que es el elemento que diferencia al hombre civilizado del salvaje. Según él, el más estúpido de los hombres puede manejar al más espiritual de los animales, no por la fuerza, sino por su superioridad natural. Sostendrá que toda lengua presupone una asociación de pensamientos, razón por la que los animales no hablan, ya que no pueden producir esa asociación de ideas. Ideas que son el fruto de un proceso de reflexión. Por ese motivo no pueden inventar ni perfeccionar nada. Estas tres características: reflexión, lenguaje y capacidad de inventar y perfeccionar, determinan la distancia insalvable entre el hombre y el más perfecto de los animales.

Pero Georges Louis Leblerc irá más allá en su análisis afirmando que el hombre que genera pocas ideas pierde su dignidad humana y se aproxima a la animalidad. Para él, tanto el hombre estúpido como el salvaje (sin historia y por demás grosero, supersticioso y estúpido), pueden considerarse degenerados de su especie, y a mitad de camino entre la humanidad y la animalidad, y como ejemplo, en su “Histoire naturelle” pondrá a los campesinos pobres franceses como modelos de brutalidad pues además de “contrahechos son feos”.

El aspecto estético tiene una importancia capital en su pensamiento, de tal manera que la ética y la estética están tan íntimamente unidas que no se pueden separar. Buffón empleará repetidamente juícios estéticos para determinar la bondad y maldad de las razas. Así por ejemplo utiliza expresiones como: “menos feos y más blancos”, “los hombres más hermosos, los más blancos”, “las mujeres […] son blancas, hermosas”, “más morenos y más feos”, “negros y mal formados”, “con buen cuerpo, aunque negras”, “hombres hermoso y bien constituidos, aunque tengan un tinte de color olivaceo”,…

Todos estos datos le permiten hacer una reflexión sobre la esclavitud diciendo que los negros son seres inferiores y, por lo tanto era normal que fueran sometidos y convertidos en esclavos en su época. Buffón clasifica a los esclavos según su capacidad de trabajo, y el olor más o menos fuerte que despiden al transpirar. Más adelante se enternece por su suerte, no porque sean esclavos, sino porque sus dueños no los tratan bien, los privan de alimentos o los golpean.

En el conde de Buffón encontramos los pilares básicos con los que se construirá un siglo más tarde el edificio antihumanista de la ideología racista: la existencia de grados de mayor o menor perfección dentro del género humano y la importancia del lenguaje como elemento positivo y cuantificador que determine el estado de evolución de una raza. En este sentido las primeras hipótesis sobre la historia evolutiva de las razas vendrán del mundo lingüístico al estudiar el origen y desarrollo de las diversas lenguas de los pueblos. El lenguaje, como un fósil del espíritu conservaría el pasado evolutivo de las razas; incluyendo no solo los esfuerzos del conocimiento, sino sus relaciones políticas y las dependencias de unas culturas con otras.

            Al analizar las diferencias entre las distintas razas, deduce que se deben a tres causas principales. Por una parte el clima que explicaría las diferencias del color de la piel. Los otros dos factores serían la alimentación y las costumbres que darían cuenta de características físicas como el grosor de los labios o el achatamiento de la nariz. Si bien en su origen la especie humana formaba una unidad, las migraciones por todo el planeta en ambientes geográficos diferentes, contribuirían a provocar cambios originando las variedades humanas actuales. Leblerc creía que llevando a un negro a un país nórdico, este cambiaría su piel al cabo del tiempo.

“Para experimentar el cambio del color en la especie humana, habría que trasladar algunos individuos de la raza negra de Senegal a Dinamarca (…) este medio es el único que uno puede emplear para saber cuánto tiempo faltaría para volver a la naturaleza blanca original, y por la misma razón, cuánto tiempo se necesitó para cambiar al blanco en negro. Es la más grande alteración que el cielo le haya dispuesto al hombre”.

“Si el hombre se viese obligado a abandonar los climas a que lo han conducido migraciones sucesivas, (…) recuperaría con el tiempo sus rasgos originales, su talla primitiva y su color natural”. (Buffon, La degeneración de los animales, 1766)

            Para Buffón el medio humano por excelencia se encuentra en la zona templada, entre los paralelos 40º y 50º ya que ofrece mejores condiciones de vida y es donde se hallan, a su juicio los seres humanos más bellos y mejor dotados de la tierra, fruto de un perfecto equilibrio entre el medio y la especie. No es necesario insistir en el hecho de que Buffón vivía justamente entre esos paralelos… Las demás variedades humanas se alejarían de ese modelo ideal en proporción directa a la distancia que les separa del clima templado.

            “El clima más templado se encuentra entre los 40 y los 50 grados de latitud, y produce los hombres más apuestos y bellos. De ese clima es del que deben extraerse las ideas sobre el color genuino de la humanidad, y sobre los diferentes grados de belleza”. [7]

Las apreciaciones de Buffón sobre las sociedades salvajes a las que consideraba un conjunto tumultuoso de hombres bárbaros esclavos de sus pasiones, habituados al robo, al asesinato y la promiscuidad sexual, presentan una visión del salvaje como un hombre más cercano al animal, en contraposición al hombre producto de la civilización.

El discurso racista de Georges Louis Leblerc tuvo una gran influencia en su época precisamente porque venía arropado por el prestigio de la ciencia, de tal manera que la argumentación antropológica venía refrendada por una argumentación de tipo biológico. Así es fácil encontrar en su obra, frases como: “Si se quiere un ejemplo, se puede dar, extrayéndolo de los animales”, “un ejemplo tomado de los animales podrá confirmar aún todo lo que acabo de decir”, etc. La autoridad que se reconocía a Buffón en el campo de las ciencias naturales, se proseguía en el campo socio-cultural y ético de la antropología humana.

La influencia de las teorías de Buffon

            La descripción que se hizo sobre el Nuevo Mundo durante los dos primeros siglos de su descubrimiento por soldados, piratas y misioneros, fueron dramáticamente censuradas a lo largo del siglo XVIII como poco creibles. A partir de entonces se impuso la forma “ilustrada” de interpretar la realidad basada en la historia natural, la geología, el estudio anticuario y lingüístico. Entre estas nuevas tendencias historiográficas hay que destacar a Buffon, Corneille de Pauw y a William Robertson

Buffon comentará que el “salvaje” americano es más débil que el hombre europeo, carece de pelo y de barba, y también de ardor sexual. Definirá su carácter como apático, indolente y poco sensible. Su escaso número y su misma debilidad física han impedido a los americanos someter el territorio en que viven, domesticar a los animales y trabjar la tierra. En consecuencia, el indio americano se encontrarÍa en un estado bruto y primitivo.

Esta visión sesgada y despreciativa del nativo americano influyó en muchos europeos, como el caso del clérigo holandés Corneille de Pauw (1739-1799), autor de unas célebres, por lo polémicas, Recherches philosophiques sur les Américans (1768). De Pauw tenía fama de ser una autoridad sobre el continente americano, si bien nunca había estado allí. Todo su conocimiento se debía a los testimonios que otros le aportaban, rechazando aquellos hechos que no concordasen con sus ideas preconcebidas. Corneille exageró y deformó la tesis buffoniana de la debilidad del continente americano. La supuesta inmadurez se convirtió en decadencia y corrupción. La debilidad del aborigen en “degeneración”. Para Corneille “los más hábiles americanos eran inferiores en industria y sagacidad a las naciones más rudas del Antiguo Continente”.

De lengua acida y de soberbia ingenua, de Pauw fue mucho más allá que Buffon y afirmó sin pruebas que en el clima americano muchos animales pierden la cola, que los perros ya no saben ladrar, que la carne de vaca es incomible y, sobre todo, que el camello se vuelve impotente. Esta idea la trasladará a los peruanos, en quienes la falta de barba “muestra de su degeneración, como ocurre con los eunucos”.[8]

“El americano [nativo], en sentido estricto, no es ni virtuoso ni vicioso. ¿Qué motivo tiene él que ser? La timidez de su alma, la debilidad de sus intelectos, la necesidad de proveer a su subsistencia, los poderes de la superstición, las influencias del clima, todo lo llevó muy desviado de la posibilidad de mejora; pero él percibe que no; su felicidad es, no pensar; permanecer en la inacción perfecta; dormir mucho; a desear nada, cuando se aplaca su hambre; y para estar preocupado por nada pero los medios para comprar alimentos cuando el hambre lo atormenta. No iba a construir una cabaña, no hizo frío y las inclemencias del ambiente obligarlo a él, ni nunca dejar que la cabina, no lo hizo necesidad le echaron fuera. En su entendimiento no hay gradación, continúa un bebé a la última hora de su vida. Por su naturaleza débil en extremo, que es vengativo por debilidad, y atroz en su venganza…”

“Los europeos que pasan en América degenerada, como lo hacen los animales; una prueba de que el clima no es favorable a la mejora del hombre o de los animales. Los criollos, que desciende de europeos y nacido en Estados Unidos, aunque educado en las universidades de México, de Lima, y ​​el Colegio de Santa Fe, nunca han producido un solo libro. Esta degradación de la humanidad debe ser imputada a las cualidades viciados del aire estancado en sus inmensos bosques, y corrompido por los vapores nocivos de aguas estancadas y terrenos baldíos…”[9]

De Pauw sostiene que en el Nuevo Mundo no se ha escrito un solo libro que mereciera la pena ser leído. Esta convicción del indígena americano como ser inferior se irá sedimentando en las clases cultas de Europa porque De Pauw sostiene que los indios americanos son “una raza degenerada, cobarde, impotente, sin fuerza ni valor físico y sin elevación de espíritu”.[10] Su autoridad y reconocimiento intelectual llegó a tal punto que fue comisionado para escribir el artículo sobre América en la Enciclopedia Ilustrada.

            William Robertson publicará en 1777 su History of América, una obra en la que traza una historia filosófica de la civilización y en la que los pueblos americanos aparecen como un “museo viviente” de los orígenes oscuros de la civilización europea.

            Contemporáneo de Buffón fue el naturalista Pierre Louis Moreau de Maupertuis (1698-1759). Presidente de la Academia de Ciencias de Berlín durante el reinado de Federico el Grande, fue un poligenista convencido además de materialista. Maupertuis negaba toda finalidad en la naturaleza separando radicalmente lo natural de lo divino. Precisamente fue él quien más propagó la idea de que la vida surgía por generación espontánea a partir de combinaciones azarosas de materias inertes, moléculas o gérmenes. En su libro Ensayo sobre la filosofía moral (1749) propone que las diferencias raciales y las características de las diferentes razas son debidas al clima. Asegurará que unas razas son superiores a otras, siendo las superiores las que relegarían a las inferiores a tener que vivir en zonas inhóspitas de la Tierra.

            “Si lo que cuentan los viajeros de las tierras magallánicas y de las extremidades septentrionales del mundo es cierto, estas razas de Gigantes (los Patagones) y de Enanos (los Esquimales) se habrían establecido allí, o por la conveniencia de los climas, o mejor porque en el momento en que comenzaban a aparecer habrían sido expulsados a estas regiones por otros hombres que habrían temido a estos Colosos o despreciado a estos Pigmeos”.[11]

            El origen de esta inferioridad para Maupertuis estaría en que las razas negras descenderían por degradación de la raza blanca original.

            “El blanco es el color primitivo de los hombres, (…) el negro no es sino una variación hecha hereditaria hace varios siglos, pero que en absoluto ha borrado enteramente el color blanco que tiende siempre a reaparecer. Porque no se ve ocurrir el fenómeno opuesto, no se ven de padres blancos niños negros, (…) el blanco es el color de los primeros hombres (…); no es sino por algún accidente que el negro se ha convertido en un color hereditario en las grandes familias que pueblan la Zona tórrida; entre las que, sin embargo, el color primitivo no está perfectamente borrado como para que no reaparezcan alguna vez”.[12]

            Hacia 1784, el cirujano Samuel Thomas von Sömmerring (1755-1830) afirma que el hueso occipital de los africanos está más atrás que el de los europeos. Con esto, Sömmerring insinuaba que los africanos se hallaban más cerca de los animales que de los humanos, aportando de esta manera datos al racismo “científico”.

            El médico y naturalista Louis Jean Marie Daubenton (1716-1800), colaborador de Buffón, estudió las diferencias de ubicación del hueso occipital y orientación espacial del rostro en hombres y animales influyendo enormemente en la antropología del siglo XIX.

            Lord Monboddo (1714-1799) fue uno de los principales defensores de la posibilidad de que algunos simios fueran una variedad de la especie humana, pues en su opinión el lenguaje no es necesariamente expresión del pensamiento y la humanidad. Monboddo argumentaba que si a los mudos no se les niega su humanidad, el orang-outan silencioso podía ser perfectamente un animal racional.

            Julien Offray de La Mettrie (1709-1751) médico materialista holandés, se preguntaba en su obra Homme Machine (1747) si era posible educar a los simios, debido al asombroso parecido fisiológico con el hombre. Declarado materialista, en su opinión, el lenguaje no necesita de los principios metafísicos del alma inmaterial para ser explicado, ni puede considerarse signo el pensamiento puro. Para La Mettrie, los signos verbales son producidos por elementos materiales y por lo tanto no son vehículos de expresión de pensamientos situados en el alma.

Voces críticas contra Buffón

Los principales defensores de la dignidad humana de los indios fueron precisamente los jesuitas expulsados de Iberoamérica (1754-1767-1773) y asentados en Italia. Ellos acometieron la loable tarea de la defensa de la dignidad de los indios, tratando de mostrar en Europa la diversidad y excelencia de las tierras americanas, frente a los desprecios naturalistas de los ideólogos del iluminismo ilustrado.

Francisco Javier Clavijero (1731-1787) historiador, naturalista y religioso jesuita, natural de Veracruz, escribió desde el exilio en Bolonia una minuciosa Historia antigua de México (1780-81), obra de diez tomos en que mostraba la profundidad del pasado azteca y la riqueza de su civilización, así como criticaba el desprecio con que los “filósofos de la naturaleza” europeos consideraban a las gentes americanas:

“Cualquiera que lea la horrible descripción que hacen algunos europeos de América, u oiga el injurioso desprecio con que hablan de su tierra, su clima, sus plantas, sus animales y sus habitantes, se persuadirá de que el furor y la rabia han armado sus plumas y sus lenguas, o de que el Nuevo Mundo es verdaderamente una tierra maldita y destinada por el cielo para suplicio de malhechores”.[13]

Clavijero defendió la capacidad de los indios, asegurando que eran tan capaces de todas las ciencias como los europeos. De la misma opinión era otra jesuita criollo, Pedro José Márquez, figura poco conocida a quien se deben obras pioneras de historia del arte mexicano, quien anotó que “la verdadera filosofía no reconoce incapacidad en hombre alguno, o porque haya nacido blanco o negro, o porque haya sido educado en los polos o en la zona tórrida”.

El jesuita veracruzano también replicó a los ataques de Corneille desde las páginas de su Historia antigua de México: “El estado de cultura en que los españoles hallaron a los mexicanos excede, en gran manera, al de los mismos españoles cuando fueron conocidos por los griegos, los romanos, los galos, los germanos y los bretones”. Más adelante, añadió: “tenían los mexicanos, como todas las naciones cultas, noticias claras, aunque alteradas con fábulas, de la creación, del diluvio” y del resto de los episodios de la historia universal. Luego de explicar la calidad de las instituciones educativas en el mundo prehispánico, escribió que “bastaría por sí sola a confundir el orgulloso desprecio de los que creen limitado a las regiones europeas el imperio de la razón”.

Clavijero es particularmente virulento al criticar las afirmaciones que Pauw había publicado en sus Recherches philosophiques sur les américains. Pauw, escribe Clavijero, “copia en gran parte las opiniones de Buffon, y, cuando no las copia, multiplica y aumenta los errores”.

Buffon, en su Historia natural, describe doscientas especies de cuadrúpedos (mamíferos) en todo el mundo. De éstos, de acuerdo con el naturalista francés, ciento treinta habitan el Viejo Mundo y sólo setenta moran las tierras americanas. Si de estas setenta especies se restan las treinta que son comunes a los dos continentes, resulta que la fauna americana cuenta con sólo cuarenta cuadrúpedos propios. Buffon, a partir de este simplista cálculo de la biodiversidad, concluye que en América “ha escaseado prodigiosamente la materia”, lo que en términos modernos significa que la diversidad de especies es menor en el Nuevo Continente.

Clavijero refuta esta conclusión con varios argumentos. En primer lugar Buffon ignora varias especies ampliamente conocidas en América, entre ellas el coyote, que no aparece en las listas elaboradas por el conde francés. En segundo lugar, arremete Clavijero, no hay razón para que de las setenta especies americanas se sustraigan las treinta formas que son comunes a los dos continentes. Adicionalmente, argumenta el jesuita, si el continente americano constituye sólo una tercera parte de las tierras emergidas del mundo, no es de extrañar que habiten en él menos especies que en las dos terceras partes restantes. Finalmente, remata Clavijero, sacando a la luz su condición de hombre de Dios, que todos los animales que hay hoy en América debieron haber pasado del viejo continente, como “deben confesarlo todos los que tengan respeto a los Libros Sagrados”. Si el arca de Noé, argumenta Clavijero, hubiese parado en los Andes y no en el monte Ararat, entonces el Nuevo Mundo tendría más especies que el antiguo continente. Por todo ello Clavijero plantea ideas que en términos modernos podrían considerarse hipótesis macroecológicas.

Sin caer en exageraciones, Clavijero exaltó la antigüedad prehispánica, equiparando el mundo azteca con la cultura grecorromana y desarrolló la idea de una patria mexicana, considerando el pasado indígena como patrimonio de todos los nacidos en el territorio, sin distinción de raza. La obra se publicó en 1870 rápidamente fue recibida con satisfacción por los estudiosos de la época, hasta el punto que no pasó mucho tiempo antes que fuera traducida al inglés y al alemán.

Otros destacados naturalistas católicos fueron Juan Ignacio Molina, José Solís y Felipe Salvador Gilij (1721-1789) quienes publicaron sendos ensayos sobre la historia natural de Chile (1782), la provincia del Chaco (1789) y del Orinoco y Colombia (1782), poniendo de manifiesto los errores y simplificaciones de Buffón y De Pauw. El clima americano no sería, como había sostenido Buffón, húmedo, hostil y malsano; al contrario, el aire es salubérrimo y la naturaleza fertil y benigna. En consecuencia, el aborigen no es débil y apocado, sino sano, robusto y diligente. El padre Juan Celedonio Arteta, de la provincia de Quito, escribió contra los desmanes de Raynal. A la defensa iniciada por los jesuitas expulsados se sumaron más tarde el economista Manuel de Salas en Chile, Mariano Moreno en Río de la Plata, los médicos peruanos José Manuel Dávalos e Hipólito de Unanue, Juan Velasco en Quito y Francisco Antonio Zea en Nueva Granada.

Juan Ignacio Molina (1740-1829) fue un naturalista jesuita de origen chileno que rebatió con argumentos científicos las ideas del naturalista francés Georges Louis Buffon (1707-1788) respecto de la degeneración de las especies en América. También criticó los discriminatorios planteamientos de Cornelius Franciscus de Pauw (1739-1799), quien, a pesar de no haber visitado América, intentó demostrar, no solo la degeneración de las especies causada por las condiciones climáticas en el continente, sino también la degeneración, tanto física como intelectual del hombre americano. Al respecto escribió: “En suma Pauw ha escrito de las Américas y de sus habitantes con la misma libertad que pudiera haber escrito de la luna y de los selenitas”.

            Debido a la expulsión de los Jesuitas del reino de España, por el edicto promulgado por Carlos III, Molina, junto con otros eminentes científicos religiosos, se vio obligado en 1768 a abandonar Chile. Se asentó en Italia donde obtuvo la cátedra de lengua griega en la Universidad de Bolonia, y años más tarde la de Ciencias Naturales. Describió por primera vez la historia natural de Chile e introdujo a la ciencia numerosas especies propias de ese país. Finalmente alcanzó el rango de miembro del Real Instituto de Ciencia, Letras y Artes y la alta dignidad de primer académico americano de la docta Academia del Instituto de las Ciencias.

            Mientras los ilustrados del continente europeo se debatían en analizar y conocer el funcionamiento del sistema reproductivo de plantas y animales, aspecto que para la mayoría era un proceso de generación espontánea, Molina, ya en 1760, hacía descripciones científicas sobre los procedimientos sexuales de las plantas.

Cuatro décadas antes que Darwin, Juan Ignacio Molina, ya había propuesto una teoría de la evolución gradual en su obra “Analogías menos observadas de los tres reinos de la Naturaleza” (1815). En ella describe como el Creador organizó la naturaleza no en tres reinos totalmente independientes, sino como una cadena de organización, sin pasos o quiebros bruscos, en “tres especies de vida, esto es, la vida formativa, la vegetativa y la sensitiva; de modo que la primera, destinada a los minerales, participe en algún grado de la segunda, propia de los vegetales, y esta, de la tercera, asignada a los animales”. Molina llamó a su teoría de la criación, y la fundamenta racionalmente mediante una gran cantidad de analogías. Al respecto, señaló como conclusión.

“No existe ni puede existir ninguna distinción absoluta entre los seres creados; todos están conjuntamente encadenados por recíprocos vínculos, de modo que existe entre ellos una progresión gradual, en virtud de la cual los minerales llegan insensiblemente a vincularse con los vegetales, y éstos con los animales”.

“Los productos de la naturaleza forman un todo único en el diseño y vario en la ejecución”.[14]

Las ideas presentadas por Molina causaron gran polémica en los círculos intelectuales de comienzos de siglo. Sus textos fueron estudiados para ver si constituían herejía, pero tras una revisión realizada por un grupo de teólogos, se autorizó su publicación ya que, según el comité, no constituían nada en contra de la Fe cristiana.

Los estudios del abate Molina fueron la base para que, años después, Jean Baptiste Lamarck (1744-1829) fundamentara sus estudios sin que, por supuesto, citara su fuente.

Algunos autores presentan a Molina como precursor de la teoría darwinista, a sabiendas de que Darwin conocía su obra pues lo citó en algunos pasajes. La existencia de secuencias de vida determinada por elementos derivados del mundo mineral – frontera de la vida como hoy la concebimos – era una tesis que ningún biólogo se había atrevido a anticipar antes de Molina.

En 1818 publicó una segunda obra titulada “Sobre la propagación del género humano en las diversas partes de la tierra”, donde propuso la tesis de que las diferencias físicas que se observan en la raza humana se deben a factores climáticos y geográficos. Defendió el origen común de la raza humana cuando observa: “Apenas se halla costumbre entre los americanos que no se encuentre igual o análoga en otras partes de la Tierra”. Respecto a los que argumentaban acerca del estado primuitivo de la población aborigen, Molina recordará: “Confesemos que todas las naciones sean americanas, europeas o asiáticas, han sido semejantísimas en estado salvaje, del cual ninguna ha tenido el privilegio de eximirse” (Molina 1795).

            El padre Juan de Velasco (1727-1792), nacido en Riobamba (Ecuador) fue profesor de filosofía en Quito. Mientras cumplía con sus deberes religiosos dedicó grandes esfuerzos a la investigación y recolección de informaciones, datos, personajes, idiomas, leyendas, costumbres y tradiciones sobre el Reino de Quito. En 1767 sufrió la deportación de su tierra natal junto a sus compañeros jesuitas y fijó su residencia en Faenza (Italia). Allí emprendió su principal obra, La Historia del Reino de Quito en la América meridional. En ella desenmascaraba las mentiras y calumnias vertidas por los ilustrados del continente sobre los habitantes de las Indias Occidentales. De Pauw, Robertson, Raynal, Marmontel y Buffón, formarían lo que el padre Velasco denominó “una moderna secta de filósofos anti-americanos”. Quiso publicar esta obra en España y para ello envió las tres partes del libro a la Península, pero la Real Academia de Historia española, controlada por el ministro masón Campomanes, censuró la obra justamente en las partes en que Velasco realizaba la defensa sobre los indios. Campomanes, junto a otros veinte historiadores firmaron el oficio de rechazo. La obra se publico mutilada, cuatro años más tarde que haber sido compuesta.[15]

            La expulsión de los jesuitas (de 5.500 a 6.000) supuso la pérdida de importantes científicos y humanistas, la desaparición de importantes profesores de las Universidades católicas, así como la absoluta ruina de las administraciones y misiones del Nuevo Mundo. Es la mayor catástrofe intelectual que sufrió Occidente durante la modernidad, y supuso la pérdida de uno (en algunos casos único) de los principales defensores de la dignidad de los pueblos nativos americanos.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Buffón. Histoire naturelle. Citado por Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo veintiuno, 2007. P. 122
[2] Idem.
[3] Idem
[4] Buffon. Histoire naturelle. Cit. Tzvetan Todorov. Nosotros y los otros. Ed. Siglo XXI, 2003. P. 124
[5] Buffon. Cit. Jorge Abelardo Ramos. Historia de la nación latinoamericana (1968). P.85.
[6] Buffon. Cit. Jorge Abelardo Ramos. Historia de la nación latinoamericana (1968). P.85.
[7] Buffon. Citado por STEPHEN JAY GOULD. La falsa medida del hombre. Ed. Crítica. Pág. 60
[8] Jorge Abelardo Ramos. Historia de la nación latinoamericana (1968). P.85.
[9] Corneluis de Pauw. Investigaciones filosóficas sobre los americanos, 1768.
[10] De Pauw, cit. David Brading, The first americain 1991. P. 463.
[11] Pierre Louis Moreau de Maupertuis. Venus Physique (1745)
[12] Pierre Louis Moreau de Maupertuis. Venus Physique (1745)
[13] Francisco Javier Clavijero. Historia antigua de México. 1780-1781. Cit. Papavero, Nelson. Historia de la biologia comparada desde el Genesis hasta el Siglo de las Luces. UNAM, 1995
[14] Juan Ignacio Molina. Analogías menos observadas de los tres reinos de la naturaleza. 1815.
[15] Luis Hachim Lara. 2006 . El modelo de la Historia Natural en la Historia del Reino de Quito de Juan de Velasco. Documentos Lingüísticos y Literarios http://www.humanidades.uach.cl/documentos_linguisticos/document.php?id=1200
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