5.5. La Escuela americana de craneometría

            A pesar de ser la cuna de la primera Declaración de los derechos del Hombre, la cuestión racial tomará gran relevancia en los Estados Unidos debido a dos hechos fundamentales. Por una parte buscar argumentos que legitimasen el mantenimiento de la institución esclavista sobre los negros. Por otra, justificar la lucha contra los indios americanos y conquista del territorio del Oeste. Para ello se crearán diversas escuelas de Antropología con la intención de encontrar prueba que demostrasen la superioridad racial blanca anglosajona sobre las demás.

Samuel G. Morton y su extensa colección de cráneos

            A principios del siglo XIX el antropólogo Samuel George Morton (1799-1851) creó la Escuela Americana de Antropología siendo esta la principal difusora de la teoría poligenista por América y Europa. Samuel Morton era un convencido poligenista, médico y profesor de anatomía que realizó una enorme colección de más de 1.000 cráneos, sobre cuyo estudio basó sus conclusiones. Sostenía que las razas no provenían de un tronco común sino que cada una tenía una filogenia separada y específica que se remontaba a varios miles de años.

“La raza caucasiana se distingue por la facilidad con que logra el más alto desarrollo intelectual… En sus características intelectuales, los mongoles son ingeniosos, imitativos y altamente susceptibles de cultura… El malayo es activo e ingenioso y posee todos los hábitos de un pueblo migratorio, rapaz y marítimo… Mentalmente los americanos se caracterizan por ser contrarios a la cultura, lentos, crueles, turbulentos, vengativos y afectos a la guerra y enteramente desprovistos de gusto por las aventuras marítimas… El negro es de natural alegre, flexible e indolente y los numerosos grupos que constituyen esta raza poseen una singular diversidad de carácter del que su último extremo es el eslabón más bajo del linaje humano”.[1]

Para Samuel Morton las poblaciones amerindias eran por naturaleza menos inteligentes que las poblaciones blancas. Las evidencias anatómicas apuntaban, según Morton, en esa dirección sin error. Al referirse a grupos particulares dice: “Las facultades mentales del esquimal desde su niñez hasta la ancianidad, presentan una infancia continua; llegan a cierto límite y no evolucionan más”; y de los australianos: “No es probable que este pueblo, como masa, sea capaz de otra cosa que el leve grado de civilización que posee”.

            Es interesante pararse a describir el método que aplicaba S. Morton para obtener sus atrevidas conclusiones. Toda su ciencia se resumía en la medición de la cavidad craneal, para ello rellenaba tal cavidad con semillas de mostaza blanca tamizada y, a continuación, vertía las semillas en un cilindro graduado para conocer el volumen craneal en centímetros cúbicos. Como este método no daba resultados uniformes, sustituyó las semillas por perdigones de plomo obteniendo así resultados más “fidedignos”.

            Morton publicó tres trabajos esenciales: “Crania Americana” (1839), “Crania Aegyptiaca” (1844), y un artículo en el que resumía sus resultados bajo el título “Observaciones sobre el tamaño del cerebro en las diferentes razas”, (1849). En este último, Morton subdividía jerárquicamente la humanidad en seis grandes “razas”: caucasiana moderna, caucasiana antigua, mongólica, malaya, americana y, finalmente negra. Cada una de estas “razas” se subdividía a su vez entre uno y seis grupos. Este estudio tuvo gran influencia en su tiempo, como señala su ferviente amigo y defensor George Combe en una reseña de su libro Crania Americana.

            “Uno de los rasgos más singulares de la historia de este continente es el hecho de que, salvo unas pocas excepciones, las razas aborígenes han perecido o retrocedido permanentemente ante el empuje de la raza anglosajona, y en ningún caso se han mezclado con ella situándose en pie de igualdad, ni han adoptado sus costumbres y su civilización. Esos fenómenos deben tener una causa; y ninguna investigación puede ser más interesante y al mismo tiempo más filosófica que la que se esfuerza por averiguar si dicha causa está relacionada con una diferencia cerebral entre la raza indígena americana y los invasores que emprendieron su conquista”.[2]

El antropólogo Stephen Jay Gould (1941-2002) expresa muy bien como Morton lo único que hizo fue racionalizar sus prejuicios. No titubeaba en expresarse de manera denigrante e insultante en contra de las “razas inferiores” aplicando una metodología que le permitió llegar a un resultado preconcebido.

            Conviene aclarar que el tamaño del cerebro de una persona está en correspondencia con el tamaño del cuerpo. Por ejemplo, una persona alta tiene un cerebro más grande que una persona de pequeña estatura. Además, en la mayoría de los casos, los hombres tienden a ser más altos que las mujeres, por lo cual, los hombres tienden a tener el cerebro proporcionalmente más grande. Por eso, intentar deducir por el tamaño del cerebro la capacidad intelectual es un propósito carente de valor científico.

            En el apéndice de la obra de Morton, el frenólogo ingles George Combe (1788-1858) discute la relación entre la forma de la cabeza y el carácter. Al comparar el cerebro del europeo, más grande, con el del negro, más pequeño, concluye una condición intelectual superior para el primero.

Gliddon y Nott: Los “Tipos de humanidades”

Algunos científicos de la época como el naturalista Harvard Louis Agassiz, George R. Gliddon y Josiah Clark Nott, retomaron las ideas y trabajos propuestos por Samuel Morton. Josiah C. Nott (1804 –1873) fue el primer investigador en expresar públicamente la convicción de que Dios habría creado varias especies humanas diferentes, y que por tanto, habría varias creaciones, perfectamente adaptadas al medio. Gliddon y Nott publicaron en 1854 la obra Types of Mankind (Tipos de humanidades), donde defendían que las razas humanas eran especies distintas creadas separadamente y dotadas cada una de ellas de una naturaleza física y moral constante y sin desviaciones, que sólo podía modificarse por hibridación. En la introducción de su obra explicaban las implicaciones que tiene la interpretación del origen de las razas:

            “El gran problema que más particularmente interesa a todos los lectores es el que implica el origen común de las razas; pues de esta última deducción dependen no sólo ciertos dogmas religiosos, sino la cuestión más práctica de la igualdad y perfectibilidad de las razas – decimos cuestión más práctica porque mientras el Todopoderoso por una parte, no es responsable ante el Hombre por el distinto origen de las razas humanas, éstas, en cambio, deben responder ante Él por la forma en que usan el poder delegado en ellas, unas hacia otras”.[3]

            En esta obra se defiende la permanencia inmutable de las características físicas de cada raza.

            “Admítase o no una diversidad original de las razas, la permanencia de tipos físicos existentes no será discutida por ningún arqueólogo o naturalista de la actualidad. Ni tampoco podrán negar tales hábiles arbitradores la consecuente permanencia de las peculiaridades morales e intelectuales de los tipos. El hombre intelectual es inseparable del hombre físico, y el carácter de uno no puede ser alterado sin un cambio correspondiente en el otro”.[4]

El texto destila un profundo odio racial. Cuando describe a la población del África occidental dice:

            “Estas son todas tribus salvajes, poco distintas, en naturaleza física y propensiones morales, a los hotentotes. Cualquier cosa similar a un análisis detallado de ellos no sería más que una inútil repetición de descripciones, que se encuentran en todos los relatos de viajeros, exhibiendo imágenes de las razas más degradadas de la humanidad. En una palabra, el África toda, al sur de los 10º de latitud norte, muestra una sucesión de seres humanos con su intelecto tan negro como su piel, y con una conformación cefálica que convierte a cualquier esperanza en su mejoramiento en un sueño utópico, filantrópico, pero de alguna manera senil”.[5]

Al referirse a los indios afirmarán:

            “Para quien ha vivido entre los indios americanos es inútil hablar de civilizarlos. Tanto valdría tratar de cambiar la naturaleza del búfalo”.[6]

Para Nott, quien tiene el triste honor de haber sido el primer traductor de la obra de Gobineau al inglés, la educación no puede cambiar nada, de tal manera que el carácter moral debía de depender del carácter físico.

            “… la historia no muestra evidencia de que la educación, o cualquier influencia de civilización que pueda llevarse hacia razas de organización inferior, puedan cambiar radicalmente su carácter físico, ni, en consecuencia, moral”.[7]

Louis Agassiz y los “centros de creación”

            Otro de los defensores de la poligenia y su principal teórico fue el naturalista suizo Louis Agassiz (1807-1873). Discípulo de Cuvier en Europa realizó algunos estudios sobre peces fósiles que le valieron el reconocimiento de la comunidad científica. Hacia 1840 emigra a Norteamérica donde será profesor en Harvard, y donde fundaría y dirigiría el Museo de Zoología Comparada. Firme creacionista se oponía a la esclavitud, ahora bien su aprensión hacía los “negros” le llevó a defender el poligenismo en un intento de ver distintos orígenes para cada raza. Su teoría postulaba la existencia de “centros de creación”. Estos serían lugares en los que se originarían cada especie y que en general estas personas no se alejaban demasiado de dichos centros. Sus teorías las expondrá en el Christian Examiner en 1850.

            “Estas razas deben de haberse originado… en las mismas proporciones numéricas y en las mismas áreas en que existen actualmente… No pueden haberse originado a partir de individuos únicos, sino que deben de haber sido creadas en esa armonía numérica que es característica de cada especie; los hombres deben de haberse originado como naciones, igual que las abejas lo han hecho como enjambres”.[8]

            Para Agassiz, la existencia de razas distintas implica niveles distintos de jerarquía entre ellas:

            “En la Tierra existen diferentes razas de hombres, que habitan en diferentes partes de su superficie y tienen características físicas diferentes; y este hecho… nos impone la obligación de determinar la jerarquía relativa entre dichas razas, el valor relativo del carácter propio de cada una de ellas, desde un punto de vista científico… Como filósofos, debemos abordar de frente esta cuestión”.[9]

             “¡Qué distinto se ve el indómito, valiente y altivo indio junto al sumiso, servil e imitativo negro, o junto al tramposo, artero y cobarde mongólico! ¿Acaso estos hechos no indican que las diferentes razas no ocupan el mismo nivel en la naturaleza?”[10]

Para Agassiz los negros ocupan el nivel más bajo en la jerarquía de razas debido a su aparente apatía ante las ventajas del comercio y el progreso que ha mostrado históricamente.

            “Nos parece que es una parodia filantrópica y filosófica afirmar que todas las razas poseen las mismas capacidades, gozan de los mismos poderes y muestran las mismas disposiciones naturales, y que como resultado de dicha igualdad tiene derecho a ocupar la misma posición en la sociedad humana. En este caso, la historia habla por sí sola… El compacto continente africano exhibe una población que ha estado en constante comercio con la raza blanca, que se ha beneficiado con el ejemplo de la civilización egipcia, de la civilización fenicia, de la civilización romana, de la civilización árabe… y, sin embargo, en ese continente nunca ha existido una sociedad ordenada de hombres negros. ¿Acaso esto no indica la existencia de una peculiar apatía en dicha raza, una peculiar indiferencia a las ventajas que presenta la sociedad civilizada?”[11]

            Después de la Guerra de Secesión norteamericana, S. G. Howe, miembro de la Comisión Investigadora de Lincoln, pidió la opinión de Agassiz sobre el papel de los negros en una nación reunificada. Agassiz le respondió en cuatro extensas y apasionadas cartas.

“Considero que la igualdad social nunca puede practicarse. Se trata de una imposibilidad natural que deriva del propio carácter de la raza negra”; como los negros son “indolentes, traviesos, sensuales, imitativos, sumisos, afables, veleidosos, inconstantes, devotos, cariñosos, en un grado que no se observa en ninguna otra raza, sólo cabe compararlos con los niños, pues, aunque sus estaturas sean la del adulto, conservan una mente infantil… Por tanto, sostengo que son incapaces de vivir en pie de igualdad social con los blancos, en el seno de una única e identica comunidad, sin convertirse en un elemento de desorden social”.[12]

El mayor temor de Agassiz era la posible proliferación de matrimonios mixtos, una vez se dieran los mismos derechos a los negros y a los campesinos blancos:

“El vigor de la raza blanca depende de su aislamiento. La producción de mestizos constituye un pecado contra la naturaleza comparable con el incesto, que, en una comunidad civilizada, representa un pecado contra la pureza de carácter… Lejos de considerarla una solución natural para nuestras dificultades, la idea de la amalgama repugna a mi sensibilidad, y la considero una perversión completa del sentimiento natural… No han de escatimarse esfuerzos para impedir semejante abominación contra nuestra mejor naturaleza, y contra el desarrollo de una civilización más elevada y una moralidad más pura”.[13]

“Tan pronto como el deseo sexual empieza a despertar en los jóvenes sureños, les resulta fácil satisfacerlo dada la prontitud con que se les brindan las criadas de color [mestizas]… Esto estropea sus mejores instintos torciéndolos en esa dirección, y los conduce gradualmente a buscar parejas más sabrosas, como he oído decir a ciertos jóvenes disolutos para referirse a las mujeres totalmente negras”. [14]

            La teoría poligenista estaba en abierta contradicción con la creación única del género humano que plantea la Biblia. Por ello William Frederick van Amringe (1791-1873) intentó conciliar el poligenismo con el relato bíblico, postulando la idea de que la especie semítica se separa de las demás a través del mito de Adán.

            Durante el s.XIX el principal debate en la Escuela Americana de Antropología se centró en la cuestión de la esclavitud. La posición liderada por Morton y Agassiz, sostenía el determinismo racial y la inferioridad de la raza negra, pero se oponía a la institución esclavista. En el otro lado estaba el grupo formado por Nott y Glidon que defendía la esclavitud como la forma de vida más humana para una raza inferior que, se decía sólo podría cosechar penas y decepciones si insistía en aspirar a roles y actividades diferentes en una sociedad sofisticada para la que no estaban preparados. En su opinión, para una especie inferior la esclavitud es la forma de vida más humana.

Uno de los más importantes adversarios de las teorías desarrolladas por la Escuela Americana fue el reverendo John Bachman (1790-1874). Este reverendo luterano, partidario de la esclavitud, utilizó una argumentación bíblica para defender la superioridad de la raza caucásica: a pesar del origen común del hombre en el Génesis, existía una división posterior, a partir de los hijos de Noé: los descendientes de Sem eran los antecedentes de la raza caucásica; los mongoles eran descendientes de Jafet (muchos de ellos continuaban viviendo en tiendas como la Biblia había predecido); y Cam sería el antepasado de los negros, raza de siervos. Según Bachman la esclavitud tiene su justificación moral en la protección y mejora de la raza negra por parte de la raza blanca, argumento ampliamente retomado por los esclavistas.

            Muy pronto varias sociedades científicas europeas se harán eco de todo este conjunto de prejuicios racistas, como la Sociedad Etnológica de París, fundada en 1839 por Edward Burnett Tylor. La Sociedad Etnológica de Londres, creada en 1843 seguía los postulados del anatomista Robert Knox, y negando la doctrina de la perfectibilidad, era poligenista y esclavista. La también londinense Sociedad Antropológica, establecida en 1863, tomaba la tradición de Prichard, que defendía la doctrina de la perfectibilidad, el monogenismo, era antiesclavista aunque racista. Su fundador James Hunt defendía el determinismo biológico racial al declarar que la principal verdad de la antropología “es la existencia de distinciones psicológicas y morales bien marcadas en las diferentes razas de los hombres”. En 1863 James Hunt dejaría consternada a la audiencia de una reunión de la British Association for the Advancement of Sciencie, al afirmar que los negros eran una especie separada de los seres humanos, a medio camino entre el mono y el hombre europeo. Para Hunt, el negro se hacía más humanizado cuando se mantenía en un estado de subordinación natural al europeo, pero concluía con pesar que la civilización europea no era adecuada para el carácter ni las necesidades del negro.

“Las siguientes deducciones generales fueron hechas: 1ª Que hay tan buenas razones para clasificar al negro como una especie distinta al europeo como las hay para hacer del asno una especie distinta de la cebra; y si tomamos en consideración en la clasificación la inteligencia, hay más grande diferencia entre el negro y el anglosajón que entre el gorila y el chimpancé. 2ª Que las analogías son más numerosas entre el negro y los monos. 3º Que el negro es inferior, intelectualmente hablando, al europeo. 4º Que el negro es más humano en su natural subordinación al europeo que bajo cualquier otra circunstancia. 5º Que el negro puede sólo ser humanizado y civilizado por los europeos. 6º Que la civilización europea no es adecuada a las necesidades y al carácter del negro.” James Junt. Sesión científica de la Sociedad Antropológica de Londres. 17 de noviembre de 1863.

En todas estas instituciones se empezaron a crear gigantescas colecciones de cráneos conseguidos de los lugares más inhóspitos del mundo. El Museo del Hombre de París poseía una colección de más de 6.000 cráneos, mientras que el Museo Británico de Londres no le iba a la zaga. Cada museo se preocupaba de disponer entre sus fondos cráneos de grupos “raros”, también llamados de “interés antropológico”. Dada la gran diversidad morfológica existente entre individuos de un mismo grupo, era inevitable la presencia de gran número de ejemplares de cráneos para poder caracterizar métricamente a un grupo humano. Para conseguirlos se organizaron expediciones por todo el mundo con el objeto de capturar “ejemplares” para su medición y estudio. En no pocas ocasiones los cráneos se obtenían de personas vivas que eran “sacrificadas” en aras de la ciencia y del progreso. Así ocurrió por ejemplo con los aborígenes de la Tierra de Fuego, los nativos de Tasmania y con varias tribus del continente africano. Miles de personas fueron asesinadas y acribilladas a balazos con fines científicos, por el simple hecho de pertenecer a una “raza inferior”. Es ilustrativo el hecho de que estos antropólogos estuvieran más interesados en obtener cráneos de esos grupos, que en salvaguardar la supervivencia de estos pueblos.

En 1866 el médico ingles John L.H. Down, pariente de Charles Darwin e influenciado por él, publica la obra “Observaciones sobre una clasificación étnica de los idiotas”. En ella describe a los idiotas de raza blanca (o sea caucasiana) a partir de rasgos no caucasianos de los pueblos africanos, malayos, indios, americanos… Sería este científico racista quien acuñaría la palabra “mongólico” (Idocia mongoloide) para referirse a un tipo de deficiencia mental. Este término lo tomaría del pueblo mongol, pues según Down, en su patrimonio genético “no se apreciaban cualidades intelectivas”. En la actualidad las personas que poseen esta característica peculiar se les denomina “Síndrome de Down”, un término que conocido el pensamiento de quien lo formuló es más un insulto que un honor.

La sociología racista estadounidense

            La nueva ciencia sociológica, no estuvo esenta de los prejuicios racistas. Los primeros tratados en los Estados Unidos trataban de justificar el sistema esclavista. El abogado Henry Hughes (Un Tratado de Sociología, teórico y práctico, 1854) insistía en los valores morales y cívicos de este sistema y el de George Fitzhugh (Sociología para el Sur, o el fracaso de la sociedad libre, 1854) lo defendía basándose en el mantenimiento del orden y una supuesta disciplina “cristiana”.

            El resto de la sociología norteamericana continuó con estos prejuicios. El que fuera Presidente de la Sociedad Americana de Sociología, Howard W. Odum publicó en 1910 la obra Social and Mental Traits of the Negro, recogiendo todos los prejuicios populares relativos a los negros y desarrollando la tesis de su incapacidad para llevar a cabo la integración. Charles A. Ellwood, en Sociology and Modern Social Problems, habla de la “inferioridad” del negro, haciendo un llamamiento que la raza “superior” atendiera a esta “raza inferior”. Grove S. Dow sugerirá que se segregrara a los negros gradualmente en un solo Estado.[15]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Samuel G. Morton. Cit. Franz Boas. Cuestiones fundamentales de Antropología cultural, 1964. P. 38.
[2] Combe y Coates. Crania Americana, 1840, p. 352. Citado por STEPHEN JAY GOULD. La falsa medida del hombre. Ed. Crítica. 2004 Pág. 71
[3] J.C. Nott y George R. Giddon. Types of Mankind. 1854. Cit. Franz Boas. Cuestiones fundamentales de Antropología cultural, 1964. P. 38.
[4] Idem.
[5] Gliddon y Nott.cit. Luís César Bou. África y la historia, 2001. P. 30 y 31.
[6] J.C. Nott y George R. Giddon. Types of Mankind. 1854. Cit. Franz Boas. Cuestiones fundamentales de Antropología cultural, 1964. P. 38 y 39.
[7] Josiah Nott.cit. Luís César Bou. África y la historia, 2001. P. 30 y 31.
[8] L. Agassiz (pp. 128-129). Citado por STEPHEN JAY GOULD. La falsa medida del hombre. Ed. Crítica. 2004 Pág. 66
[9] L. Agassiz (p.142). Idem
[10] L. Agassiz (p. 144). Idem
[11] L. Agassiz (pp. 143-144). Idem
[12] L. Agassiz. 10 de agosto de 1863. Cit. Stephen Jay Gould. La falsa medidad del hombre. Ed. Crítica, 2004. P. 67
[13] L. Agassiz. 9 de agosto de 1863. Cit. Stephen Jay Gould. La falsa medidad del hombre. Ed. Crítica, 2004. P. 68
[14] L. Agassiz. Citado por STEPHEN JAY GOULD. La falsa medida del hombre. Ed. Crítica. 2004 Pág. 356
[15] Grove S. Dow, Society and its Problems, Nueva York, 1920.
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