5.8. El factor sanguíneo

En 1901 el científico austríaco Karl Landsteiner (1868-1943) descubrió los tres grupos sanguíneos A, B y O, y un año después sus colaboradores Alfredo de Castello y Adriano Sturli incluyeron el cuarto grupo denominado AB. Este descubrimento tuvo una enorme trascendencia pues permitía explicar la incompatibilidad que los médicos habían observado entre la sangre de diferentes pacientes, lo cual facilitó la realización de transfusiones de sangre con más seguridad.

La existencia de cuatro grupos sanguíneos fue vista por algunos como la demostración de que existían cuatro razas originarias, por lo que se apresuraron en determinar los grupos sanguíneos de diferentes poblaciones. El hematólogo polaco Ludwig Hirszfeld (1884-1954) realizó durante la primera guerra mundial un estudio con heridos de guerra de los ejércitos aliados. Hirszfeld clasificó sistemáticamente los tipos sanguíneos de una gran cantidad de individuos, registrando además su raza y nacionalidad. Estos estudios los publicó en 1928 en el libro Konstitutionserologie und Blutgruppenforschung (Serología constitucional e investigación en grupos sanguíneos). Hirszfeld dividió la humanidad en dos razas básicas según su sangre: etiópida y paleoártica. Esta última la subdividió a su vez en otras dos: mongoloide y caucásica

La racialización japonesa por la sangre

En estos estudios se llegó a la falsa conclusión de que la mayoría de la población asiática tenía el tipo de sangre B, y que por tanto las razas asiáticas pertenecían a un nivel inferior en la escala evolutiva, ya que la sangre de tipo B no es muy común en la población caucásica, pero sí en cambio entre los animales. Esto creo una serie de prejuicios racistas contra la población asiática, que Japón no estaba dispuesto a asumir surgiendo así una gran obsesión por la medida de los tipos de sangre. Japón trató de desmentir esta serie de prejuicios, llegando incluso, mediante extraños artificios histórico-mitológicos, a vincular la raza japonesa con la raza aria.

En 1916 el médico japonés Hara Kimata publicó un artículo donde proponía un posible vínculo entre el temperamento y el tipo de sangre, por lo que durante las décadas de 1930-1940s se divulgó esta idea principalmente con los escritos publicados en 1927 por Takeji Furukawa llamados “El estudio del temperamento mediante el tipo de sangre”. En este tratado realiza una serie de analogías entre las clasificaciones feudales japonesas y los distintos grupos sanguíneos:

  • Tipo O: sería el tipo atlético. Carácter tranquilo, paciente, controla sus emociones, de gran fortaleza, saludable, buen deportista, autoritario, celoso y obsesivo. Correspondería a la denominación feudal del “Guerrero”.
  • Tipo A: Es el tipo artístico. Personas meticulosas, de carácter reservado y agradable, llenas de preocupaciones, indecisas, incombativas, autosacrificables, pesimistas, discretas e inflexibles. En la clasificación feudal correspondería a los “granjeros o campesinos”.
  • Tipo B: Es el creativo. Optimista, independiente, de buen corazón, sensible, creativo, cuidadoso, impredecible, ostentoso e indiscreto. Correspondería en la clasificación feudal a los “vencedores”.
  • Tipo AB: Es el tipo adaptable. Racionales, diplomáticos, organizados, honestos, calculadores. En la clasificación feudal serían los “artesanos”.

Las fuerzas militares japonesas, clasificaron en 1925 los tipos de sangre de sus soldados, a fin de identificar sus fortalezas y debilidades mediante el grupo sanguíneo. Un estudio mediante el cual no llegaron a ninguna conclusión clara.

En la actualidad en Japón sigue existiendo la costumbre o creencia de que se puede adivinar la personalidad de una persona según su grupo sangüíneo, tal y como ocurre con los signos del zodíaco en occidente. El tipo de sangre es un factor muy importante para obtener un empleo, recibir educación, establecer grupos de amistades y encontrar pareja. Es común que las figuras públicas como artistas y políticos anuncien como parte de su currículo su tipo de sangre. Esta cultura popular fomentada por los medios de comunicación, ha sido adoptada como un estilo de vida que nadie cuestiona siquiera. Ni que decir tiene que estudios científicos posteriores han negado que exista una relación entre el tipo de sangre y la personalidad. El primer estudio serio de la cuestión fue el realizado por Takuma y Matsui en 1985 empleando el método Edwards. Hasegawa empleó otro método (Yatabe-Guilford) con el mismo fin. En ambos casos no se encontraron evidencias significativas. Cuando los científicos preguntaban a los individuos estudiados si su carácter correspondía a su tipo de sangre, el 96% respondió que sí. Esto indica la fuerte predisposición de las personas a asumir ciertas características según el tipo de sangre, de la misma forma que lo hacen las prácticas místico-esotéricas del horóscopo o la lectura de la mano.

Con los conocimientos científicos actuales se sabe que los cuatro grupos sanguíneos se encuentran en todas las razas, aun cuando el grupo tercero aparece raramente entre los esquimales y los indios. El descubrimiento de Landsteiner permite de esta manera reconstruir los itinerarios de las migraciones y entrecruzamiento de grupos étnicos. La serología ha constatado que es imposible asignar un grupo sanguíneo a una raza, y que las poblaciones no se distinguen más que por sus diferentes frecuencias. Así se sabe que el 42% de los africanos pertenecen al grupo B y que entre los caucasianos el 45% poseen el grupo A, mientras que el 40% son del grupo O.

Acerca de la relación entre grupo sanguíneo, las respuestas biológicas a diversas enfermedades, y las razas humanas, ha señalado Marvin Harris que, aunque a veces pueden documentarse distribuciones parcialmente coincidentes,

“La explicación del polimorfismo de tipo sanguíneo tal vez deba buscarse más en la historia de las exposiciones transitorias de diferentes poblaciones a diferentes enfermedades que en la estirpe racial”. Marvin Harris

El factor sanguíneo como justificación racial del pueblo vasco

Es interesante mencionar también el estudio que publicó Arthur E. Mourant (1904-1994) en 1949 estudiando el Rh de los vascos, en el cual descartaba cualquier parentesco de estos con sus vecinos. El autor insinuaba de esta manera que la sangre era un factor determinante de la exclusividad de la “raza vasca”.

“Los grupos sanguíneos dan gran frecuencia del grupo O y la mas baja en B de todo el continente. Respecto al Rh, muestran la más alta frecuencia de Rh negativo —cerca del 30% de individuos— hallada en cualquier población Europea. Resumiendo, la posición de los vascos en el extremo final de la escala de frecuencia de estos dos aspectos —grupo sanguíneo y Rh— muestra que son diferentes en origen de los demás pueblos, y que sus vecinos más inmediatos han contribuido muy poco a su linaje”.[1]

Mourant propuso que los vascos eran los únicos descendientes europeos puros de los cazadores-recolectores del Paleolítico. El resto de los habitantes del continente eran, en su opinión, producto de la mezcla entre esa población paleolítica y los emigrantes que trajeron después la agricultura al continente desde Oriente Próximo. En el extremo opuesto estarían los lapones que apenas tendrían una frecuencia del 18,7 por 100 en el gen responsable del Rh negativo.

De esta manera se rodeaba el origen vasco de un halo mítico, que llevó al pseudohistoriador Louis Charpentier a escribir en 1975 un libro titulado El misterio vasco, que actualmente ha sido reeditado como El linaje cromagnon. En él, decía que “el pueblo vasco ha conseguido, a lo largo de los siglos, conservar y desarrollar su cultura de origen cromagnonoide”, y que los celtas no cruzaron sus tierras porque eran “territorio sagrado para los descendientes de la raza cromagnon” y, luego, los romanos firmaron tratados con los indígenas, quienes “aceptaron la instalación de factorías y establecimientos [romanos], que en nada perjudicaron su soberanía”.

            Hubo que esperar hasta 1997 para desmentir estos planteamientos, cuando los doctores Luís Arnaiz y Jorge Martínez Laso del Departamento de inmunología del Hospital 12 de Octubre de Madrid, realizaran un estudio sobre las poblaciones ibéricas. En su investigación tomaron muestras de poblaciones españolas (176 individuos), argelinas –norteafricanas (106) y vascas (82 individuos que tenían hasta ocho apellidos vascos). Las conclusiones del estudio fueron que los vascos estaban más cercanos genéticamente al resto de habitantes de la Península y a los norteafricanos de origen bereber que al resto de poblaciones europeas.

            En 2001 el catedrático de genética humana de la Universidad de Oxford, Bryan Sykes, tras analizar el ADN mitocondrial de un gran número de europeos, concluye que los vascos están escréchamente emparentados con el resto de europeos y pertenecen mayoritariamente a lo que los antropólogos denominan el “clan Helena”.

“Hay una larga historia sobre los vascos porque se consideran a sí mismos genéticamente diferentes, y un grupo separado. Una especie de reliquia de los europeos de antes de que comenzara la agricultura. Pero en realidad son muy europeos. Si analizas su ADN mitocondrial son más europeos que los europeos… de manera que están bastante relacionados. Su principal peculiaridad es que entre los vascos, es más extraño que en ningún otro grupo europeo, encontrar descendientes del clan de Jazmín, (único clan no originario de Europa, al que pertenecen alrededor de un 12% de los europeos nativos), que vivió en oriente medio hace aproximadamente 8.500 años, pero cuyos descendientes entraron en Europa con los primeros agricultores. Y aunque la agricultura y ganadería llegaron al país vasco más tarde que al resto de Europa…, es muy extraño encontrar descendientes de Jazmín entre los vascos. Esa es la diferencia principal con el resto de los europeos; pero no es una gran diferencia”. [2]

En 2007 el genetista Spencer Wells, director del Geographic Project promovido por National Geographic, confirma que genéticamente los vascos son idénticos al resto de los íberos.

Los grupos sanguíneos y la supuesta evolución por la alimentación

            Los grupos sanguíneos también han sido empleados para imponer determinadas dietas a las distintas razas. En 1980 el naturópata James D´Adamo publica el libro “El alimento de un hombre” (One Man´s food). Para James, que poseía una clínica naturista, la dieta vegetariana no era recomendable para todo tipo de personas ya que a algunos les sentaba mal. Creyendo que la sangre es la que determina las características de temperamento de las personas, afirmó que también era la sangre la que determinaba el tipo de alimentación adecuada para cada grupo humano. Así concluyó que el grupo O era el grupo más primitivo y por lo tanto le asoció el término de cazador, conveniéndole una alimentación carnívora. El grupo A sería el grupo ario-agricultor, conveniéndole una alimentación herbívora. Por último estaría el grupo B judeo-oriental, al cual le correspondería un tipo de alimentación omnivora.

D´Adamo se basaría en los textos de dos importantes racistas científicos: Laurance Synder y William Boyd. Laurance Synder publicó en 1929 el libro Blood grouping in relationship to clinical and legal Medicine (Los grupos sanguíneos en relación con la medicina clínica y legal). En él, Snyder propuso un sistema de clasificación racial basado en la sangre, y formado por siete grupos raciales: europeo, intermedio, huno, indomanchú, afromalayo, oceánico-americano y australasiático. De todos ellos destacaría el que denomina grupo europeo-ario con una alta frecuencia del tipo de sangre A, y que correspondería a los ingleses, escoceses, franceses, belgas, italianos y alemanes.

William Boyd, escribe en 1950 el libro Genetics and the Races of Man (La genética y las razas del hombre). Aquí realiza una clasificación racial en seis grupos dependiendo de sus grupos sanguíneos y del tipo de Rh, pero empleando categorías cláramente racistas.

            Hijo de James, Peter D´Adamo, junto con su esposa Catherine Whitney publicarían en 1996 el libro “Los grupos sanguíneos y la alimentación”, ampliando las conjeturas de su padre. Para los D´Adamo la sangre tiene un componente mágico-místico-esotérico. Sería la esencia de la vida, la que determina la cultura y la historia humana. Más aún, en la misma sangre estaría el componente religioso que gestaría las grandes religiones humanas. Así por ejemplo lo reconoce en el comienzo de su libro:

            “La sangre es la vida misma. Es la fuerza primordial que impulsa el poder y misterio del nacimiento, los horrores de la enfermedad, la guerra y la muerte violenta. Se han construido civilizaciones enteras sobre la base de los lazos de sangre. Las tribus, los clanes y las monarquías han dependido de ellos. No podríamos existir – literal ni figuradamente – sin la sangre.

            La sangre es mágica. La sangre es mística. La sangre es alquímica. Aparece a lo largo de la historia humana como un profundo símbolo religioso y cultural. Los pueblos de la antigüedad la mezclaban y bebían para denotar unidad y fidelidad. Desde los tiempos más remotos, los cazadores efectuaban rituales para apaciguar a los espíritus de los animales que mataban, ofrendando la sangre del animal con la cual untaban sus rostros y cuerpos. La sangre del cordero se depositaba sobre las barracas de los judíos esclavizados de Egipto para que el Ángel de la Muerte no los tuviera en cuenta. Se dice que Moisés convirtió las aguas de Egipto en sangre para liberar a su pueblo. Durante casi dos mil años, la sangre simbólica de Jesucristo ha sido fundamental para el rito más sagrado de la Cristiandad”.[3]

Peter D´Adamo considera que la sangre es incluso previa a la raza y más importante incluso que la cultura o la étnia a la que uno pertenezca.

“El grupo sanguíneo, la geografía y la raza se han entrelazado para formar nuestra identidad humana. Podemos tener diferencias culturales, pero cuando se considera el grupo sanguíneo, se puede apreciar hasta qué punto son superficiales. Su tipo de sangre es más antiguo que su raza y más fundamental que su origen étnico”.[4]

Para Peter, la evolución histórica de las razas determinaría la adaptación de sus sistemas digestivos a las nuevas circunstancias, desde el carnivorismo feroz del tipo O, primer habitante del planeta hasta el flexible tipo AB surgido hace diez o doce siglos. Así Peter D´Adamo obtiene los siguientes perfiles raciales:

  • Grupo O – El Cazador: Es un gran consumidor de carne en gran parte gracias a que cuenta con un aparato digestivo realmente resistente. Tiene un sistema inmunológico muy activo, pero no se adapta bien a los cambios ambientales y dietéticos. Una actividad física intensa le ayuda a controlar el stress. Su personalidad se caracteriza por ser vigoroso, confiado en sí mismo y ser un líder nato.
  • Grupo A – El Agricultor: es el primer vegetariano y se alimenta principalmente de los productos de la tierra. No es muy aficionado a la carne seguramente porque su sistema digestivo es delicado. Tiene un sistema inmune tolerante lo que le permite adaptarse bien a las condiciones alimenticias y ambientales. Controla mejor el exceso de stress con actividades relajantes y ejercicios físicos de baja intensidad. La dieta vegetariana ayuda al tipo A a mantenerse en forma. Su carácter sería estable, cooperativo y metódico.
  • Grupo B – El Nómada: es la síntesis de la evolución de los dos grupos anteriores, por lo tanto su dieta es más equilibrada. Dueño de un sistema inmune poderoso y de un sistema digestivo tolerante, opta por elecciones dietéticas más flexibles. Es un gran consumidor de productos lácteos. Controla mejor el exceso de stress con actividades de tipo creativo y necesita encontrar un equilibrio entre actividad física y actividad intelectual para sentirse en forma. Tendría una personalidad equilibrada, flexible y serían personas creativas.
  • Grupo AB – El Enigma: es la fusión moderna de los grupos A y B. Poseen antígenos múltiples, que los vuelven “camaleónicos”, y de esta forma responden a los cambios dietéticos o ambientales. Su sistema inmune es el más tolerante de los cuatro tipos sanguíneos y al igual que el Tipo A, tiene un tubo digestivo sensible y controla mejor el exceso de stress con actividades relajantes y ejercicios físicos de baja intensidad. Sus características personales serían el carisma, la rareza y lo misterioso.

Para los D´Adamo cada grupo sanguíneo es el resultado de la evolución humana. Según ellos, el grupo sanguíneo del tipo O sería el más antiguo y extendido, tendría más de 40.000 años de existencia y procedería de los hombres de Cro-Magnon, cuya alimentación se basaba en la caza y por lo tanto en la carne. A este grupo pertenecerían las razas negras o etiópicas.

El siguiente grupo evolutivo correspondería al tipo A, que aparecería entre 25.000 y 10.000 años. Su origen se remontaría a las tribus arias indoeuropeas. Sociedades dedicadas a las actividades agrícolas y cuya alimentación se basaría en el consumo de cereales y vegetales. Estos grupos se originarían en el Cáucaso y el Oriente Medio y se distribuirían en la actualidad por los países nórdicos de Europa.

El tipo B, correspondería a la raza mongólica. Procedería de las montañas del Himalaya aproximadamente hace 15.000 y 10.000 años siendo propio de los habitantes nómadas de las estepas asiáticas. Estos serían grupos humanos dedicados al pastoreo y que consumirían carne así como productos lácteos. También a este grupo B pertenecerían los judíos por ser un pueblo de orígenes pastoriles. Por último habría surgido el tipo AB como mezcla catastrófica entre caucasianos (A) y mongoles (B).

La evolución de cada grupo humano se llevaría a cabo mediante procedimientos trágicos. Por ejemplo, el paso del grupo O cazador, al grupo A agrícola-recolector estaría marcado por una fuerte lucha por la supervivencia, en la que los más fuertes eliminarían a los más débiles.

“Los hombres de Cro-Magnon finalmente se extinguieron; su éxito fue un anatema. La superpoblación pronto agotó los territorios de caza disponibles. La población animal disminuyó abruptamente en lo que antes había parecido como una fuente inagotable de caza. Esto llevó a una creciente competencia por la carne restante. La competencia llevó a la guerra, y la guerra a nuevas migraciones”.[5]

El grupo A correspondería a las poblaciones humanas mejor adaptadas a la vida cooperativa y por lo tanto a la sociedad industrial moderna:

“¿Cuál puede haber sido la razón de este extraordinario ritmo de mutación humana del tipo O al tipo A? Fue la supervivencia. La supervivencia del más apto en una sociedad superpoblada. Como el grupo sanguíneo A resultó más resistente a las infecciones comunes en las áreas densamente pobladas, las sociedades urbanas industrializadas pronto llegaron a ser del tipo A”.[6]

La principal revolución traida por los arios sería la alimentaria, aspecto que contribuiría a la construcción de las grandes civilizaciones por ellos creadas.

“El gen del grupo sanguíneo A se extendió desde Asia y el Oriente Medio hacia Europa occidental, transportado por los indoeuropeos que penetraron profundamente en las poblaciones preneolíticas… En realidad, la invasión indoeuropea representó la revolución original en la dieta. Introdujo nuevos alimentos y hábitos de vida en los sistemas inmune y digestivo más simples de los primitivos cazadores-recolectores, y estos cambios fueron tan profundos que produjeron la tensión ambiental necesaria para diseminar el gen de tipo A. Con el tiempo, el sistema digestivo de los cazadores-recolectores perdió su capacidad para digerir su dieta carnívora pre-agrícola”.[7]

Según D´Adamo, la sangre de cada tipo guardaría una especie de “memoria celular” en donde se “recordaría” su ancestral tipo de alimentación.

La paleoserología moderna ha demostrado que estos argumentos son científicamente falsos. El Dr. Luigi Cavalli-Sforza italiano y profesor de la Universidad de Stanford, ha rastreado los perfiles de ADN de muchas poblaciones humanas, concluyendo que todos los grupos sanguíneos se encuentran repartidos por todo el planeta, variando únicamente en sus porcentajes de frecuencia en cada población. Datos que por otra parte no son concluyentes para determinar ninguna clasificación racial, ni tan siquiera para concluir supuestos grados evolutivos, ni biológicos, ni culturales.

Los ancestros del hombre no tuvieron una dieta carnívora hasta tiempos muy posteriores, siendo en sus comienzos esencialmente hervíbora. Los estudios de las piezas dentarias de los hombres primitivos demuestran como su alimentación se basaba en la digestión de bayas silvestres, raíces, tallos, etc. Tampoco se ha demostrado una conexión entre los tipos sanguíneos y las formas de alimentarse. Los grupos sanguíneos tienen que ver más con mecanismos de acción contra enfermedades, que con la dietética. La presencia de los antígenos A y B en la sangre se debe a una respuesta a antígenos bacterianos ambientales. Es la sangre la que toma sus nutrientes del tracto digestivo, y los que no son absorbidos, son directamente eliminados por el aparato excretor. Por lo tanto, los sistemas inmunológicos y el aparato digestivo son sistemas totalmente independientes entre si.

Peter D´Adamo concluye su libro con una conjetura profética, anunciando el surgimiento de una nueva raza con un nuevo tipo de sangre que denomina C, que liberará a la humanidad de las enfermedades y que dominará al resto imponiéndose.

“Quizás surja un nuevo tipo de sangre, llamado tipo C. Este nuevo tipo será capaz de crear anticuerpos para repeler cada antígeno que hoy existe, y toda permutación futura de antígenos que se desarrolle. En un mundo superpoblado y contaminado con pocos recursos naturales remanentes, el nuevo tipo C llegará a dominar sus sociedades. Los tipos de sangre anticuados comenzarán a desaparecer en un medio crecientemente hostil para el cual ya no estarán adaptados. Finalmente, se impondrá el tipo C”.[8]

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] G.M Morant, A.E. Mt. (Biometrika, vol. 21, London 1949)
[2] Sykes, Bryan (2001). Las siete hijas de Eva. Editorial Debate. ISBN 978-84-8306-476-4.
[3] Peter D´Adamo (1996). Los grupos sanguíneos y la alimentación. Ed. Vergara, 1998. P. 23
[4] Peter D´Adamo (1996). Los grupos sanguíneos y la alimentación. Ed. Vergara, 1998. P. 32
[5] Peter D´Adamo (1996). Los grupos sanguíneos y la alimentación. Ed. Vergara, 1998. P. 27
[6] Peter D´Adamo (1996). Los grupos sanguíneos y la alimentación. Ed. Vergara, 1998. P. 28
[7] Peter D´Adamo (1996). Los grupos sanguíneos y la alimentación. Ed. Vergara, 1998. P. 28 y 29
[8] Peter D´Adamo (1996). Los grupos sanguíneos y la alimentación. Ed. Vergara, 1998. P. 303
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