6.1. Los factores que favorecieron el racismo

La ideología racista que, como hemos visto, se fue gestando durante los siglos XVII y XVIII encontrará su máxima expresión en el siglo XIX. En ese momento se van a dar en el contexto europeo una serie de factores que favorecerán la recepción de tales ideas.

Por una parte se da una visión biológica de la política alentada por la Naturphilosophen. El segundo factor es la expansión colonial de las grandes potencias en la idea de que al aumentar el espacio vital aumenta la riqueza económica y el poder político. Todo ello encontrará un respaldo en la ciencia positiva materialista que justificará la colonización en términos de supervivencia del más fuerte y eliminación del más débil. Por último encontramos los estudios lingüisticos y de historia de las civilizaciones antiguas que tratarán de justificar el papel preponderante del hombre blanco ario sobre el resto de las razas de la tierra.

El racismo se construirá sobre una serie de elaboraciones míticas, consistentes en integrar en una sola y misma imagen diversos elementos constitutivos de una cultura nacional, como la lengua, las tradiciones, el floklore y en inventar una serie de mitos sobre el origen de estas. Según Poliakov, todas las representaciones míticas nacionales son sectarias y son simbólicamente portadoras de conflictos.[1]

La interpretación biológica de las teorías de Herder.

            Aunque no se le puede considerar un pensador racista, las ideas de Johann G. Herder (1744-1803) sobre el Volksgeist (genio nacional) específico e inalterable de cada nación, servirán para dar credibilidad a las tesis del que será el principal ideólogo del racismo, el francés Gobineau. Este “carácter nacional” encontrará su máxima expresión en la lengua y la literatura de un pueblo. Herder mitificó románticamente la Edad Media como Edad germánica y resucitó los textos de La Germania de Tácito, donde se presentaba a los antiguos alemanes como gente de determinadas cualidades de vigor, belleza y valentía, en comparación con los romanos decadentes.

            Herder cuestiona la idea de que exista una “naturaleza humana” y una racionalidad común a todos los seres humanos. Según él, “hombre”, al igual que “razón” no son más que abstracciones vacías: lo que en realidad existe para Herder son: franceses, alemanes, ingleses… pero no “el Hombre”, en sentido genérico. O sea que para Herder es más importante lo que nos distingue como pueblos que lo que nos une como miembros de una misma especie. Cada nación tendría su propia cultura y, desde niños, estos son educados y formados en ella. Por eso, los franceses piensan y actúan y entienden las cosas como franceses, los alemanes como alemanes, etc. Lo que para los ilustrados no eran más que prejuicios y supersticiones de las culturas tradicionales, para Herder serán formas de ver el mundo, de entender la realidad, tanto natural como social, tan dignas y valiosas como la filosofía ilustrada. Mientras los ilustrados creen que la misión de la razón es corregir y criticar la cultura, Herder reivindica la cultura o mejor dicho, las culturas. Una cultura supone una “cosmovisión” (Weltanschauung), que sería una forma de concebir, entender el mundo: a los hombres, sus relaciones, sus valores… y que estaría compuesta por una serie de creencias y tradiciones. Para Herder, cada nación, en la medida en que posee su propia cultura posee también su propia Weltanschauung, que viene determinada por la lengua, de tal manera que cada lengua lleva aparejada una manera de pensar y una forma de entender la realidad. Herder observa que el “Volk” había creado una “cultura popular” que definía un “arte genuino”. Esta “cultura popular” contenía el germen del “volkgeist” o espíritu del pueblo aleman.

            Según Herder la humanidad se halla dividida en razas, donde cada una de ellas posee su propio orden de valores ante la vida y, por tanto, existen razas superiores e inferiores. Esta división en razas está estrechamente relacionada con el medio ambiente geográfico, y cada una de las características físicas y mentales está moldeada por ese ambiente. De esta humanidad racialmente diferenciada surgiría el organismo humano-histórico, que evolucionaría con el tiempo en formas cada vez más elevadas y perfectas. Para Herder este organismo superior se encontraría en la raza blanca de Europa occidental, única raza creadora de progreso. En cambio, en China, la India o en los nativos de América no hay un verdadero progreso histórico, sino solamente civilizaciones estáticas e inmutables.

            La idea principal de la filosofía natural (Naturphilosophen) de Herder es su concepción progresista de la idea de Scala naturae desarrollada por Charles Bonnet. En Herder, esta progresión no solo afecta a la forma de las especies, sino también a su fisiología: cuanto más progresa el hombre en la escala de los seres, más elevadas son también sus funciones vitales.

            Para Herder la responsable de esta progresión no es una fuerza externa, sino una especie de voluntad interna de la materia que la lleva a organizarse. Esta idea va ligada al concepto de recapitulación: en cada etapa, las especies que ascienden en la Scala naturae, conservan los rasgos adquiridos en la etapa anterior. El hombre, sería pues la cumbre de la serie natural y conservaría en él la historia entera de su trayectoria natural.

La expansión de las grandes potencias europeas por el mundo.

            Durante el siglo diecinueve Europa va a experimentar un gran auge en lo político, militar, tecnológico, científico y cultural. Países como Inglaterra, Francia, Bélgica, Rusia, Italia, Holanda y Alemania se lanzan a la conquista del mundo. La colonización de extensas áreas geográficas se realiza mediante la conquista y el sometimiento de muchos pueblos. El racismo fue la ideología utilizada por estas naciónes para legitimar sus ansias imperialistas y justificar el dominio lo que denominarán “razas inferiores”. Si Tim Healy definía el nacionalismo como aquello por lo que un hombre está dispuesto a morir, bien podríamos reconocer que también es aquello por lo cual un hombre está dispuesto a matar.

            Pero también entre las distintas potencias europeas existía un conflicto al que se quiso dar también una explicación racista, por medio de jerarquías dentro de la raza blanca. Así, para los sajonistas eran los británicos y norteamericanos los mejor dotados. Los celtistas legitimaban las aspiraciones francesas en las bondades de la raza celta, pueblo que había habitado la Galia antes de la invasión franca. No les interesaba exaltar a los francos, ya que al ser este un pueblo indudablemente germano, habrían exaltado indirectamente a Alemania, a la que consideraban una potencia enemiga. El teutonismo reclamaba para sí, que el pueblo alemán era el que mejor encarnaba las cualidades de la raza aria.

            Todas estas doctrinas fueron ampliamente difundidas y aceptadas, tanto en ámbitos populares, como en los más prestigiosos círculos académicos. Un autor norteamericano, Homer Lea (1876-1912), en su The day of Saxon (1912) animaba a la “raza sajona” a aniquilar a la “raza teutónica” si quería asegurarse el dominio del mundo.

            Los pueblos latinos no solían salir bien parados en estas especulaciones racistas. La cultura grecorromana se presentaba como fruto de elementos nórdicos emigrados del norte al sur para originar lo más noble de estas civilizaciones. Incluso la mayor gesta de España en el mundo moderno, como es el descubrimiento de América, era desplazada por historias en las que se narraban unos supuestos viajes de los vikingos a América[2]. Carl Christian Rafn (1795-1864) lanzó en 1837 la teoría de que los vikingos habían explorado el norte de América, años antes que los españoles. Para Rafn, la Vinland que aparece en las sagas noruegas no es sino Nueva Inglaterra en los Estados Unidos. Esta teoría la asumirá Gwyn Jones (1907-1999) en El Primer Descubrimiento de América, donde presenta el viaje de Erick el Rojo como el primer y verdadero descubrimiento del nuevo continente. Que la eventual presencia de escandinavos en América no tuviera la más mínima consecuencia história, era irrelevante, cualquier cosa era preferible antes que admitir que un hecho capital de la historia de la Humanidad, como es el descubrimiento del Nuevo Mundo se debiera a una tripulación de andaluces mandados por un marino italiano.

            Inglaterra llevaba una férrea política racista en sus colonias, que no era fruto de la casualidad, ni de la simple xenofobia, sino resultado de todo un andamiaje teórico de carácter inequívocamente racista. El racismo arraigó profundamente en la burguesía inglesa de tal manera que incluso las obras de literatos como Rudyard Kipling, Emilio Salgari o Joseph Chamberlain venían a justificar el Imperio colonial inglés. Este último fue ministro de colonias británico y su visión sobre el papel civilizador del Imperio británico es esclarecedora:

            “Es la británica la más grande de las razas dominantes que el mundo ha conocido y, por consiguiente, el poder determinante en la historia de la civilización universal. Y no puede cumplir su misión, que es crear el progreso de la cultura humana, si no es merced a la expansión de la dominación inglesa. El espíritu del país tendrá fuerzas para cumplir esta misión que nos ha impuesto la Historia y nuestro carácter nacional. […] El Imperio británico, firmemente unido, y los Estados Unidos deben juntos asegurar la paz del mundo y asumir la pesada responsabilidad de educar para la civilización a los pueblos retrasados”.[3]

            En uno de sus discursos Joseph Chamberlain (1836-1914) aseguraba que solo la dominación era capaz de asegurar la paz, la prosperidad y el progreso.

            “Una nación es como un individuo: tiene sus deberes que cumplir y nosotros no podemos desentendernos de los nuestros hacia tantos pueblos encomendados a nuestra tutela. Sólo nuestra dominación puede asegurar la paz, la seguridad y la riqueza a tantos desgraciados que, nunca anteriormente, han conocido estos beneficios. Y es terminando esta obra civilizadora como nosotros llevamos a cabo nuestra misión nacional, para el eterno provecho de los pueblos a la sombra de nuestro cetro imperial”.[4]

Cuando Cecil Rhodes (1853-1902) escribiera: “sostengo que somos la primera raza del mundo y que cuanta mayor porción del planeta esté habitada por nosotros tanto más se beneficiará la humanidad”, no estaba sino expresando con meridiana claridad una parte de esa filosofía racial-imperialista. Él mismo defendía la expansión colonialista en estos términos:

            “Estaba ayer en el East End y asistí a una reunión de parados. Escuché fuertes discusiones. No se oía más que un grito: “pan, pan”. Cuando regresé a mi casa me sentí todavía más convencido de la importancia del imperialismo (…). Para salvar a los cuarenta millones de habitantes del Reino Unido de una mortífera guerra civil, nosotros, los colonizadores, debemos conquistar nuevas tierras para instalar en ellas el excedente de nuestra población y encontrar nuevas salidas a los productos de nuestras fábricas”. [5]

             En sus confesiones, Cecil Rhodes reconoce sus delirios mesiánicos:

 “Mi principal objetivo en la vida es ser útil a mi país… Yo afirmo que somos la mejor raza de la tierra y que la absorción de la mayor parte del mundo bajo nuestro gobierno significará el fin de todas las guerras… Si Dios tiene un Plan, hay que saber primero cuál es la raza que Dios ha escogido como divino instrumento de su Plan…

Incuestionablemente, esa raza es la blanca. Los blancos han alcanzado la cima en el esfuerzo de la existencia y logrado el más alto nivel de perfección humana. Dentro de la raza humana, el hombre anglohablante, sea británico, americano, australiano o sudafricano, ha demostrado ser el mejor instrumento del Plan Divino para desarrollar la Justicia, la Libertad y la Paz en la más amplia extensión posible del planeta. Por eso, yo dedicaré el resto de mi vida a los propósitos de Dios y le ayudaré a lograr que el mundo sea inglés”.[6]

            En la lucha por el dominio de la India el Imperio Británico se sirvió de la ideología racista y de la idea de una raza aria dominadora como forma de aliarse con el sistema de castas del país. Su propósito era justificar su presencia en la India, para lo cual sostuvieron que los aryas fueron pueblos de raza “blanca” que habían invadido la India en la antigüedad, sometiendo a los pueblos dravídicos nativos de piel oscura, que fueron expulsados hacia el sur. De esta manera los arios constituirían las castas dominantes y serían los estudiosos de las sofisticadas escrituras védicas de la fe hinduista.

La discusión sobre las “razas” aria y dravídica sigue vigente en la India en la actualidad, afectando al debate religioso y político. Algunos grupos dravídicos, en especial los tamiles, sostienen que el culto a Shiva es una religión dravídica independiente del hinduismo brahmánico. Por otra parte, el movimiento nacionalista indio Hindutva niega que la migración o conquista arias llegara a producirse ya que el vedismo habría surgido de la civilización Indo, que se supone anterior a los presuntos arios de la India.

Varios escritores británicos utilizaron el racismo para justificar los abusos coloniales del Imperio Británico. Entre ellos destaca Thomas Henry Huxley que escribió en 1888 “La lucha por la existencia en la sociedad humana”, Benjamín Kidd que escribió en 1894 su Evolución Social, P. Charles Michel (Un visión biológica de nuestra política internacional, 1896), Charles Harvey (La biología de la política británica, 1904), etc. En 1911, la 14ª edición de la Enciclopedia Británica adoptó la ideología racista al afirmar que “el negro es intelectualmente inferior al caucasiano”.

Para el sociólogo ingles Benjamin Kidd (1858-1916), la expansión anglosajona es la victoria de una raza vigorosa y viril; para Chamberlain la raza británica es la más potente raza dominante que el mundo ha visto jamás. Lord Rosberey se pregunta: ¿Qué otra cosa es el Imperio sino el predominio de la raza? Este imperialismo popular inglés no fue solamente alimentado por la clase política sino que multitud de intelectuales hicieron de altavoz de la concepción de la supremacía inglesa frente al resto de los pueblos. Autores como J.R Seely (The expansion of England), Dilke o Fraude insistieron con firmeza en esta proyección de la nacionalidad inglesa más allá de las propias fronteras, basándose en la raza y la cultura, y sólo en segundo término, usando criterios políticos, económicos o estratégicos. También participaron de esta visión escritores como A.E.W. Mason, Sir Arthur Conan Doyle, Joseph Conrad y Rudyard Kipling, sobre todo este último considerado como “El escritor del Imperio” quien en su poema “La carga del hombre blanco” ilustra la misión civilizadora del hombre blanco inglés.

En Estados Unidos, paradigma de la democracia formal, la vida estaba impregnada de un racismo radical frente a indios, negros, irlandeses, italianos, polacos, etc. Las leyes impedían que blancos y negros viajaran juntos en autobús, se cortaran el pelo en la misma peluquería o fueran juntos a la misma escuela. De hecho, el racismo institucionalizado se mantuvo en los EE.UU hasta bien entrados los años sesenta del siglo XX.

            Alemania fue uno de los fértiles caldos de cultivo para todo tipo de ideas racistas, ya que permitían justificar las aspiraciones expansionistas alemanas. Debido a la tardía unificación de la nación alemana en 1870, esta había llegado tarde al reparto de poder en las colonias mundiales que se produjo durante la Conferencia de Berlín de 1884. La ideología racista ofrecía un nutrido surtido de argumentos útiles que Von Treitschke aprovecharía para legitimar el afán expansionista alemán. Incluso el racismo consiguió lo que no pudo hacer la unificación política, que fue la unificación de las gentes alemanas que seguían viviendo fuera del territorio de II Reich, fundamentalmente en el Imperio Austro-Húngaro, pero también en Suiza.

Algunos de los imperialistas ingleses más importantes como Milner, Chamberlain, Asquito y Rosebey, basaron sus políticas en las teorías raciales, llegando incluso a sugerir la formación de una Unión de Pueblos Teutónicos. Esta alianza entre Inglaterra, Alemania y Estados Unidos tendría como finalidad conseguir la supremacía colonial aria, en contra de la influencia de los pueblos latinos inferiores del Mediterraneo. En Estados Unidos estas ideas calaron hondo en expansionistas tan importantes como Alfred Thayer Mann, Brooks Adams y Thedore Roosevelt, quienes aceptaban la superioridad racial teutónica como algo evidente.

El periodista John O´Sullivan escribía en 1845 en la “Revista Democrática Anexión” acerca de este papel mesiánico reservado para las naciones teutónicas: “el derecho que nuestro Destino Manifiesto para expandir y dominar todo el continente es el que la providencia ha puesto en nuestras manos para el desarrollo de la libertad y del autogobierno federal, lo que se nos ha confiado y el Dios de la Naturaleza y de las naciones nos ha asignado tal tarea”.

Los estudios de las ciencias biológicas.

            Poco después de la aparición de la obra de Gobineau, en la que postulaba que la historia consistía en la lucha entre las razas, aparece la obra de Darwin El origen de las especies (1859). En ella, el biólogo inglés dirá que en la naturaleza se da una lucha entre especies por la existencia, una “batalla por la vida” en la que triunfan “los más fuertes” y perecen “las formas más débiles”. Esta lucha por la existencia constituirá el “motor de la evolución” y es el signo del progreso humano. Estos conceptos serán trasplantados al ámbito humano y sociológico dando origen a tres grandes ideologías inhumanistas: el darwinismo social desarrollado por Herbert Spencer (1820-1903), el racismo expuesto por J.A. Gobineau (1816-1882) y el materialismo dialéctico de Karl Marx (1818-1883).

            Los estudios de tipo humanista padecen en esta época un complejo frente a las ciencias exactas, físicas y biológicas, que con una metodología sistemática son capaces de establecer hipótesis, demostrarlas y obtener predicciones prácticas. Las ciencias sociales tratarán de imitar los métodos de estas ciencias, copiando los principales paradigmas de las ciencias biológicas para aplicarlos al estudio de las sociedades. Historiadores, filósofos, psicólogos, etc. que antes encontraban su inspiración en los textos sagrados, ahora copiaban las técnicas de los laboratorios. La ciencia se convierte de esta manera en la teología del hombre y del mundo moderno.

Fruto de estas especulaciones y ligado a la ideología racista, surgirá una corriente ideológica antihumanista denominada “darwinismo social” que tuvo un gran arraigo entre los círculos dirigentes de la burguesía anglosajona y de la Europa occidental. Dicha ideología política propugnaba, no solo la superioridad biológica de unas razas sobre otras, sino también la de determinados individuos sobre los restantes del propio cuerpo social de la “civilización superior”. Estas tesis fueron sostenidas indistintamente por elementos dirigentes tanto de la derecha como de la izquierda burguesa. En este sentido son esclaredeoras las palabras pronunciadas por Jules Ferry, líder de la izquierda republicana francesa, en el parlamento galo:

 “Señores, hay que hablar más alto y proclamar la verdad. Hay que decir abiertamente que las razas superiores tienen un derecho ante las razas inferiores; y hay un derecho para las razas superiores porque hay un deber para ellas, que es el de civilizar a las razas inferiores”.[7]

El darwinismo social fue formulado por los ingleses Herbert Spencer y Walter Bagehot, y por el norteamericano W. Gramham Summer con un doble objetivo. Por una parte dar soporte ideológico al capitalismo liberal del “laissez faire”, y por otra justificar la estratificación social en razón de las desigualdades biológicas existentes entre los individuos.

Según estos autores, la riqueza y la posición social no eran sino el resultado de la adaptación al medio (capitalista) de los mejor dotados, por lo que la competitividad debía de mantenerse sin leyes que la limitaran como medio para garantizar la selección natural.

En el plano internacional, el darwinismo social se utilizó como soporte ideológico del imperalismo y del colonialismo, dos conceptos fundamentados en la idea de la superioridad biológica y cultural de anglosajones y arios.

            El racismo se presentará desde entonces como una forma de biologización del pensamiento social, que absolutiza la diferencia convirtiéndola en un rasgo cultural.

Los avances en lingüística comparada

            En cuanto al factor que preparará el surgimiento del racismo científico tendrá una gran influencia el estudio comparado de las diversas lenguas habladas en Europa. Este demostrará que todas procedían de una lengua originaria común, que se llamó indoeuropeo. En esta denominación se incluían la mayoría de las lenguas europeas, las persas y las del norte de la India. A partir de este descubrimiento se dedujo la existencia de un pueblo primigenio al que se llamó ario, cuya genialidad quedaría manifiesta el haber sido la matriz de los pueblos que crearon grandes culturas como la India, Persia, Grecia, Roma y la cultura Occidental.

            Este análisis está hoy en día desechado ya que el hecho de hablar una misma lengua no implica una misma raza. Pueblos racialmente distintos pueden hablar una misma lengua sin que exista una filiación genética entre ellos. Es el caso del idioma castellano que se habla en la Península Ibérica y en Sudamérica, y ello no implica que pertenezcan al mismo grupo racial. Un estudio más profundo de esta cuestión lo veremos en el siguiente apartado.

Autor: José Alfredo Elía Marcos

[1] Véase León poliakov, Le mythe aryen, París, Calmann-Lévy, 1971.
[2] La tesis del desembarco vikingo la tomará el sociólogo francés pronazi Jacques de Mahieu (1915-1990) quien sostendrá la idea de que la población indígena americana tendría un origen ario. Según de Mahieu, los restos de las grandes civilizaciones precolombinas se referían a la intervención de un grupo de antiguos vikingos llegados al continente antes de Cristobal Colón. Mahieu creará la leyenda del soberano de raza blanca Quetzalcóalt que se ocultaba a sus súbditos y al que repugnarían los sacrificios humanos. Ese soberano sería divinizado por el vikingo danés Ullman en el 967 a su llegada a México y América del Sur. Sería este personaje quien habría enseñado a los indígenas americanos las técnicas del trabajo de los metales. Estas tesis serán apoyadas por el neonazi chileno Miguel Serrano (1917-2009), un personaje neo-gnóstico que afirma un origen extraterrestre de los arios hiperbóreos, y que postula que Hitler sería un avatar que habría luchado contra las fuerzas materialistas demoníacas del Kali Yuga.
[3] Joseph Chamberlain. 1895. Cit. Historia Universal, tomo IX,Espasa Calpe
[4] Joseph Chamberlain. Discurso
[5] Cecil Rhodes, carta el periodista Otead. 1895.
[6] Cecil Rhodes, Confesión de Fe. Cit. Javier Reverte. Trilogía de África. 2002.
[7] Jules Ferry. Discurso. Julio de 1885. Cit. Revista Arbil. Nº 58.
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